Portada :: Cultura
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-04-2008

Leer, para qu?

Santiago Alba Rico
Rebelin

Manifiesto por la lectura. II Jornada de reflexin sobre la lectura. Cuenca 22 abril 2008.



La necesidad de renovar una y otra vez los llamados a la lectura -de promover, estimular y colorear las letras- revela una doble angustia. Los lectores -primera- sentimos los libros amenazados. Los lectores -segunda- nunca encontramos argumentos convincentes a favor de nuestro vicio.

Es verdad que los hombres se han quejado siempre de las inclemencias del tiempo, pero slo hoy podemos hablar de cambio climtico. Es verdad que ya Cicern se lamentaba de la escasa pasin por la lectura de los jvenes romanos, pero slo hoy podemos hablar de un cambio de paradigma. Instrumento de dominio y de liberacin, la escritura est en peligro como lugar de construccin y decisin de los destinos humanos. Algunos datos sumarios as lo expresan. Mientras aumenta el nmero de ttulos y las cifras de ventas, disminuye el de lectores efectivos. Mientras se mantiene el analfabetismo real en los pases pobres, aumenta el analfabetismo funcional en los pases ricos. Mientras se multiplican los medios tecnolgicos de registro y archivo de la humanidad, flaquea y agoniza la memoria individual de los humanos. Pocos somos capaces ya de recordar un poema, una cancin, una cita de memoria; pocos somos capaces de recordar -como un fuego vivo bajo nuestros pies- los acontecimientos ms recientes: la cada del muro de Berln es para las nuevas generaciones tan antigua, tan inexpresiva, tan irrelevante, como la cada de Roma; incluso la invasin de Iraq es tan remota y est tan desprovista de sentido como la conquista de Granada o las Cruzadas. La Historia ha desaparecido en el instantneo y sucesivo consumo de imgenes muy intensas, muy solubles, que no dejan ms rastro que el apetito de una imagen nueva, de una visualidad ininterrumpida: la mirada se ha convertido en una extensin del sistema digestivo.

En estas condiciones, los libros no hace falta ni quemarlos: se descatalogan solos a medida que salen de la imprenta. En estas condiciones, los libros -pobrecitos- no pueden denfenderse a s mismos. En la mitad pobre del mundo son inalcanzables; en la mitad rica se distinguen ya mal de una chocolatina o de un electrodomstico. Si queremos salvarlos -junto a los elefantes, los glaciares y los nios- habr, por tanto, que cuestionarse el modelo en su conjunto. Si queremos salvar a Joyce y a Garca Lorca -aunque slo queramos salvar a Joyce y a Garca Lorca- tendremos que salvar los elefantes; si queremos salvar La Iliada y el Quijote -aunque slo queramos salvar la Ilada y el Quijote- tendremos que salvar tambin los glaciares y los nios.

Pero, por qu salvar los libros? Para qu leer? Es verdad que la lectura ensea, pero tambin ensea cosas erradas o perjudiciales. La lectura libera, pero tambin ata a prejuicios y sinsentidos. La lectura entretiene, pero es ms entretenido el sexo, la montaa rusa o la televisin. La lectura informa, pero tambin manipula. La lectura hace pensar, pero, quin quiere pensar? La lectura puede cambiar el mundo, pero hoy casi nos conformaramos con conservarlo. La lectura ayuda a conservar el mundo, pero mucho me temo que no podremos conservarlo sino con las manos y todos juntos. Entonces, para qu leer?

El crtico y escritor George Steiner sostiene que precisamente en esta indeterminacin -anfibia entre el bien y el mal- radica la fuerza de la literatura. Yo dira que radica ms bien en el hecho de que esta indeterminacin es absolutamente determinada. Es decir, en que esta indeterminacin luce una caperuza roja o una barba azul; o se nos presenta pequea, peluda, suave, tan blanda por fuera que se dira toda de algodn; o parece verde que te quiero verde; o tiene cincuenta aos y es de complexin recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza; o ha nacido en un lugar concreto llamado Macondo.

La vida, deca Kafka, es un enigma del que hemos olvidado la clave. Los libros, al contrario, son claves -llaves- cuyo enigma no hemos localizado todava. Las grandes novelas, los grandes relatos, los buenos poemas, dan respuesta a preguntas que an no no nos hemos hecho, que todava no hemos encontrado. La vida es un cuaderno de ejercicios; los vamos haciendo sin saber jams si hemos dado o no con la solucin justa. Frente a ella, los buenos libros proporcionan siempre soluciones justas -precissimas- a problemas que luego hay que reconocer y plantear. Sabemos que est ah la solucin, pero no sabemos cul es ni a qu dilema responde. Sabemos, en todo caso, que se trata de problemas radicales y generales cuya solucin es una flor concreta de retama agarrada a la falda del Etna, una nia concreta que quiere tocar el violn y acaba trabajando de cajera en unos almacenes, un pirata concreto con una pata de palo concreta y un loro concreto posado en el hombro; o una concreta maana de mayo en que un viejo lama concreto llega a la concreta ciudad de Lahore. Cada vez que leemos a Leopardi o a Carson McCullers o a Stevenson o a Kipling nos embarga la certidumbre maravillosa de haber llegado a alguna parte, aunque no sepamos a dnde, y de haber resuelto alguna adivinanza, aunque no sepamos cul.

El enigma de una solucin concreta -una flor concreta, una nia concreta, un pirata concreto, un lama concreto- es que no sabemos a qu enigma responde. Por eso, la maravillosa satisfaccin, la apaciguadora certidumbre de los buenos libros va acompaada enseguida de una insatisfaccin no menos intensa: porque una clave sin enigma es un nuevo enigma cuya solucin habr que buscar en un nuevo libro. De ah que leer sea tan peligroso; empezar es azaroso, imprevisible, incoercible; terminar es imposible. Hay un cuentecito en el que un sabio oriental trata de concentrar toda la sabidura humana en una pgina, luego en una frase, por fin en una palabra; y acaba por sumirse en el silencio e imponer silencio a todo el mundo. Hay escritores que suean con escribir el ltimo libro, el libro definitivo, el libro despus del cual ya no habr que leer ms libros. Y estn las religiones llamadas del Libro, que consideran que la Biblia o el Corn vuelven ociosos o redundantes todos los libros y que, a fuerza de imponer la lectura de un solo libro, acaban por impedir precisamente la lectura. El monoteismo, el monobiblismo, es el silencio del mundo antes del big-bang de la creacin.

La lectura no tiene fin porque se compone de muchos comienzos y slo podemos comenzar algunos de ellos antes de que nuestra vida termine. No es un proceso, como la reproduccin de la vida o la acumulacin de riqueza, sino una sucesin, s, de paradas y comienzos (como el recorrido de un tren o la lnea de un autobs). Slo los nios muy pequeos, los militares y los capitalistas cuentan los nmeros. Las cosas finitas, los hombres concretos, son incontables. Por eso no los contamos sino que los contamos. No hacemos cuentas con ellos sino cuentos. Por eso, al mismo tiempo, la literatura es lo contrario de la tecnologa: podemos decir que el ordenador ha suprimido la mquina de escribir, pero no que Coetzee ha suprimido a Balzac o Roberto Bolao a Dickens. En todos ellos encontramos por igual la emocin alboral de ese nuevo comienzo contenido en el haba una vez de los relatos: el placer cardinal, el suspense local -localizador- de que haya algo en lugar de nada (o de yo mismo); la excitacin subracional de que ocurran cosas que no hemos decidido nosotros y que pueden cambiar una vida concreta en un espacio concreto -quizs tambin nuestra vida y nuestro espacio.

Pero, quin puede querer dedicar su vida -un solo minuto de su vida- a acumular soluciones para las que hay que buscar luego un enigma? A encadenar respuestas a las que an les falta la pregunta? Cualquier ser humano que tenga problemas; es decir, cualquier ser humano digno de ese nombre.

Y quin puede querer concentrar su atencin -un solo minuto de atencin- en un terreno en el que hay innovaciones y descubrimientos pero no progreso? Cualquier ser humano que tenga antepasados; es decir, cualquier ser humano digno de ese nombre.

Entonces, para qu leer? Marcel Proust escriba que, de la misma forma que no percibimos la rotacin de la tierra, tampoco percibimos el paso del tiempo y que las novelas son por eso -y la suya ms que ninguna otra- relojes paradjicos que, al acelerar el tiempo, lo introducen all donde habitualmente no sentimos su movimiento. Se dir que no tenemos tiempo para la lectura. Pero esto es como decir que no tenemos tiempo para el tiempo; que no tenemos tiempo para la duracin. Tenemos tiempo, en cambio, para ignorarlo durante horas, para abolirlo ilusoriamente durante das; para despreciarlo durante toda una vida. Tenemos tiempo para ir a Australia, pero no para llegar hasta la cocina o hasta la casa de enfrente; tenemos tiempo para fotografiar un milln de veces las Pirmides, pero no para levantar en la playa un castillo de arena; tenemos tiempo para dar la vuelta al mundo en una pantalla, pero no para pelar una patata. Tenemos, claro, ese minuto que basta para la destruccin de un mundo, pero ya no los siete das que hacen falta para crear uno. Tenemos tiempo, en fin, para la digestin y para la televisin, pero no para la duracin.

Los libros no quitan sino que dan tiempo, nos devuelven el tiempo; nos devuelven precisamente el tiempo geolgico que necesitan las montaas para formarse, los nios para crecer, la atencin para fijar la mirada, las manos para prestar cuidados, la lengua para conservar su riqueza, los cuerpos para conocerse, la inteligencia y la imaginacin para interesarse por un objeto o un ser humano concretos. En ese tiempo -que el reloj del relato nos restituye y que es el tiempo propiamente humano- pueden ocurrir cosas terribles. Pero sin ese tiempo, las buenas, las mejores, aquellas de las que dependen la salvacin de los elefantes, los nios y los glaciares, son imposibles. El problema hoy no es el desprecio por la realidad sino el desprecio por el relato, la degradacin de esa trabajada ficcin -aprendizaje del tiempo- desde la que hemos venido juzgando durante los ltimos siglos la consistencia real del mundo exterior. Se puede leer y abandonar a los propios hijos; se puede leer y conquistar a sangre y fuego otro pas; se puede leer y colaborar en un genocidio. Pero, cmo va a impresionarnos la muerte de Aischa y Omar en Bagdad si no nos impresiona la muerte de Jo en Casa Desolada? Cmo va a afectarnos el dolor de los palestinos si no nos afecta el de los liliputienses? Cmo vamos a interesarnos por el destino de la humanidad si no nos interesamos por el de los unicornios o el de los mulefas?

De la misma manera que ningn argumento de un ateo sensato podr jams persuadir a un fantico religioso para que use la razn, tampoco ningn argumento a favor de la lectura podr jams persuadir a un fantico fugitivo del tiempo, disuelto en sus imgenes intensas, para que lea a Stendhal, a Jack London o a Proust. Creo que en un mundo menos injusto habra ms gente razonable; y creo que en un mundo ms lento la lectura tendra an una oportunidad. La justicia y la lentitud habr que defenderlas a la intemperie. Entre tanto, por misteriosas razones que tienen que ver con el fracaso parcial de la lgica en los cuerpos concretos, siguen siendo posibles, como en los cuentos, las conversiones: bajo el contacto de un beso inesperado -un aburrimiento desarmado, un maestro heroico, un revs movilizador- algunas ranas se convierten todava a la conciencia y a la literatura. Por eso, aunque sea en las catacumbas, tenemos que seguir pronunciando en voz alta el nombre de la justicia y la libertad: por eso, aunque sea en las catacumbas, tenemos que seguir pronunciando en voz alta los ttulos de nuestras obras preferidas. Para salvar los elefantes, los glaciares y los nios -si conseguimos salvar los elefantes, los glaciares y los nios- estas palabras y estos libros nos sern indispensables.











Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter