El honor perdido de Elena Varela
El Clarin de Chile
No la conozco, nunca había oído hablar de ella, he tenido que hacer
esfuerzos para adivinar cómo es su cara en la única borrosa foto que
apareció en la prensa, pero es difícil no pensar hoy en Elena Varela,
cineasta, productora y guionista, compositora y gestora cultural,
directora de Ojo Film, fundadora de la Escuela de Todas las Artes y de
la Orquesta Sinfónica de Niños de Panguipulli. En este momento ella
está encerrada en una celda helada y sin luz, sin comunicación con el
exterior, sin derecho a leer o ver las noticias. Ha sido interrogada
con virulencia. Amigos, colaboradores y familiares fueron amenazados.
Su productora fue destrozada en un allanamiento.
Los cargos
contra ella son graves: entre otras cosas, se la acusa de ser
financista y autora intelectual de dos asaltos –uno de ellos con
víctimas fatales- como parte de una célula mirista. La jueza Andrea
Urbina decretó increíblemente que ella debe estar en "prisión
preventiva" durante seis meses. "Para que la fiscalía investigue",
dijo. Todavía no es posible saber de la seriedad o sustento de las
acusaciones, pero sí se sabe ya que el escarnio fue brutal. La Policía
de Investigaciones requisó todo el material fílmico que ella había
acumulado durante cuatro años de trabajo como parte del documental
Newen Mapuche.
Lo primero que asombra es el comportamiento de la
prensa y la televisión: sin que medie juicio o sentencia alguna, Varela
ya fue condenada. En la prensa chilena el caso ha sido confinado a
escuetas notas en las páginas policiales. Nadie ha investigado el caso,
nadie ha averiguado sobre la cineasta, nadie ha preguntado quién es ni
qué estaba haciendo realmente allí. Se han limitado a lapidarla. No es
forzado el paralelo con la novela del Premio Nobel alemán Heinrich
Böll, El honor perdido de Katharina Blum, que relata un caso real: cómo
la prensa hizo pedazos la vida privada de una mujer.
En las
páginas culturales el tema de Elena Varela no ha sido tratado ni por
asomo. Los periodistas se limitaron a inquirir a las autoridades cómo
es posible que se le haya otorgado financiamiento del Fondart a una
terrorista. El reportero que cubrió el caso para Televisión Nacional
acusó a la cineasta, textualmente, del crimen de "vinculación con la
etnia mapuche". El estereofónico ministro Vidal y la propia Presidenta
Bachelet avalaron implícitamente esta sentencia a priori cuando
esbozaron disculpas por el asunto del Fondart.
Si los propios
periodistas reivindican su derecho a proteger sus fuentes (algo que ya
no se discute en los países más desarrollados del mundo), ¿por qué
nadie pregunta sobre el derecho de Varela a proteger a sus
entrevistados? ¿Por qué ni siquiera ha dicho una sola palabra el
Colegio de Periodistas sobre el asunto? ¿Qué está pasando con el
llamado mundo cultural? ¿No es este, acaso, un tema que involucra o
debiera preocupar a la cultura en su totalidad, sino a toda la
sociedad? ¿Por qué ni uno solo de los actores de cine o "rostros" de
teleseries, que tanto hablan en la prensa y a quienes el tema vaya si
les concierne, ha dicho ni mu? ¿No es impresionante que en un caso de
esta naturaleza la única fuente, para los periodistas de los
principales medios de comunicación del país, sea en definitiva el
Ministerio del Interior?
El caso de Elena Varela es
paradigmático. Habla de una sociedad ensimismada, egótica, adolescente,
presa del individualismo, el consumo y el sálvese quién pueda. Todos
miran hacia otro lado. Hace tres años un estudio científico de la
Facultad de Medicina de la Universidad de Chile –encabezado por el
doctor Francisco Rothhammer- planteó que los chilenos tenemos un
promedio de 84% de ascendencia originaria indígena, y que esto incluye
a los estratos económicos más altos, aunque no les guste, pero en el
próspero y arrogante Chile sólo se quieren recordar los presuntos
orígenes vascos o franceses o alemanes y el tema mapuche sencillamente
no existe. Se niega. Es invisible.
De esa invisibilidad está
siendo víctima Elena Varela. Durante cuatro años recorrió la Araucanía
hablando con lonkos y recogiendo testimonios mapuches y, en el contexto
de un conflicto feroz del que nadie habla, acabó enfrentada a un sector
productivo muy poderoso: el forestal. Y así no más le fue. Como así les
fue este 17 de marzo a dos periodistas franceses, Christopher Cyril
Harrison y Paul Rossj, que también tuvieron la mala idea de meter sus
narices en el conflicto mapuche y filmaron un incendio. Fueron
detenidos, vejados y maltratados en Collipulli. "Nos trataron como a
delincuentes, nos acusaron de provocar el fuego y de pertenecer a la
ETA", declaró Harrison, todavía en estado de shock. El cónsul francés
logró que quedaran en libertad, pero al día siguiente un grupo de
civiles –una docena de individuos armados con linchacos y cuchillos-
atacó a los dos periodistas en la calle: la paliza fue tremenda.
Huyeron del país.
Y hace sólo dos de semanas, el 3 de mayo, el
guión se repitió con dos documentalistas italianos, Giuseppe Gabriele y
Dario Ioseffi, que estaban filmando una movilización mapuche en un
predio de la Forestal Mininco cuando fueron detenidos. "Nos trataron
como terroristas, con la cara al suelo y las esposas apretadas. Nos
acusaron de estar robando madera en el predio". Al día siguiente la
intendenta de la Araucanía, Gloria Barrientos, incurrió en una
barbaridad jurídica y ética: expulsó sin más a los italianos del
territorio.
Los documentalistas chilenos sacaron la voz este fin
de semana, alarmados por la suerte de Elena Varela y por la requisición
de sus filmaciones. Ignacio Agüero, Francisco Gedda, Viviana Erpel y
Martín Rodríguez convocaron a una conferencia de prensa en la que
estuvieron varios de los principales cineastas del país, como Silvio
Caiozzi, Andrés Wood, Pablo Perelman, Andrés Racz y Alicia Scherson,
pero de los medios de comunicación apenas llegaron dos: una radio y un
periódico de provincia. El contraste con la multitudinaria convocatoria
de cámaras y micrófonos que tuvo la fiscalía cuando presentó el caso
ante los reporteros policiales como un tema estrictamente criminal, nos
sugiere que algo está oliendo terriblemente mal en el reino de Chile.