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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-06-2008

Periodismo en Colombia
Recurso

Alfredo Molano Bravo
CEPRID


El asesinato de periodistas en Colombia no deja de ser cotidiana. Baste que un inters creado se vea comprometido por una denuncia e inclusive por una mera referencia para que el periodista termine muerto, exilado, silenciado. O peor, aconductado. No hay regla fija, habiendo tantas reglas. Una acusacin simple puede terminar en un asesinato; una crnica, en un tribunal. El gobierno saca pecho y se ufana mostrando que la cifra de periodistas muertos ha bajado. Obvio, si quedan menos. En Arauca, o en Caldas, por ejemplo, ya no matan porque los que salvaron su vida huyendo o callndose han aprendido a decir las cosas de tal manera que a nadie incomoden. Un logro de la democracia. Han aprendido tambin a escribir sin menoscabo de la pauta. Saben que hay lmites, que hay cosas que no se pueden menear.

Detrs de la tragedia del silencio obligado, de la palabra a medias, est la paranoia creada al efecto. No es difcil: baste dividir una sociedad entre buenos y malos, entre rojos y azules, entre los de ac y los de all, entre patriotas y aptridas, para tener resultados a mano. Un efecto creciente que falsifica, aplasta, resea. Y, llegado el caso, mata. A un periodista, como ha sucedido, lo pueden asesinar por extralimitarse en una opinin o en una nota, y automticamente la sentencia flota en el ambiente: algo deba. Y la investigacin queda prcticamente cerrada, as la justicia, cojeando, llegue a otra conclusin.

La paranoia creada por un rgimen que impone el maniquesmo hace de la autocensura un modo de ser, de hablar y de escribir. La palabra pierde su vuelo. La adulacin gana lo que la crtica pierde. El silencio se toma las calles, las oficinas; se balbucea por telfono; toda carta o memorando es susceptible de convertirse en un documento judicial, en una prueba irrebatible. Los celulares son lneas directas con las centrales de inteligencia. O se hace creer en esos hilos. Para hablar claro se hace necesario ir a la esquina donde el viento se lleve la voz.

El gobierno logra as el tan manido consenso social y poltico. Nadie puede negarlo: aparece en las encuestas y las encuestas aparecen en internet y lo que all no aparezca, no existe. Despus vienen las votaciones que ratifican y consolidan las verdades oficiales nacidas del miedo a ser sealado, a ser puesto contra la pared; una pared que puede volverse un muro de fusilamiento. Lo vemos a diario. La paranoia hace nacer en el ciudadano y no slo en el periodista su propio censor. El enemigo se lleva adentro, comienza a ser parte de su mirada y poco a poco de su palabra.

Una especie de esquizofrenia se generaliza: la gente ve una cosa y dice otra, tiene que decir otra para ser odo y no sealado. A partir de esa locura colectiva, maquinada a conciencia, todo puede pasar. El Prncipe puede hacer o deshacer, todo le est permitido, todo le queda bien. El aplauso es su nico interlocutor. Todo funcionario publico y hasta todo ciudadano se convierte en su agente.

La nica virtud de tan enajenante estado de cosas es que el periodista y hasta el ciudadano que decida seguir sindolo, tiene que apelar a la metfora, a la hiprbole, a la parbola. La imaginacin y, a la larga, hasta la literatura, gana lo que el periodismo pierde.



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