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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-06-2008

Noticias desde el trabajo inmaterial VI
El salto mortal. La animalidad rousseauniana frente al capitalismo

Simn Royo Hernndez
Rebelin


El amor de un ser intrauterino, del recin nacido y de un nio muy pequeo, es un amor pleno, completo, absoluto, por eso la reciprocidad que demanda es imposible de alcanzar por los adultos excepto en esa relacin de dos seres en uno que se da entre la madre y el nasciturus por su albergar y cobijar y en el amamantamiento; quizs los dos casos en los que nuestro ser-dual originario se manifiesta ms visiblemente. A ese amor primitivo se le puede hacer justicia pero no igualarlo, porque igualarlo requerira la ausencia de miedos, de temores, de distancias, de medidas, depende de la inexistencia de la evaluacin racional de las acciones y problemas; de no atender a una serie de sentimientos, emociones y razonamientos que son fruto del aprendizaje y de los que los adultos no pueden -y en caso de poder quizs no deben- prescindir, sopena de no poder vivir en sociedad. Cuando se viaja en avin con un beb se advierte al pasajero que lo lleva que en caso de despresurizacin el adulto ha de ponerse la mascarilla primero a s mismo y luego al beb, el adulto tiene que mirar por su bien primero porque es condicin para el cuidado del infante. El filsofo Peter Sloterdijk lo ha expresado magnficamente en esa apologa de la natalidad y de la maternidad que, reencantando el mundo, constituye el primer libro de su ya famosa triloga de las esferas: con el embarazo las madres sienten que se han hecho responsables de sus estados de nimo y de sus xitos vitales, y saben que ellas mismas no son una condicin marginal indiferente para el buen resultado de la vida venidera. Sienten especialmente, aunque sea de manera implcita y discreta, la obligacin de ser felices por amor al hijo (Peter Sloterdijk Esferas I, p.454. Siruela. Madrid 2003).

Busquemos una imagen que nos pueda ayudar a la comprensin. El mismo fenmeno desde el punto de vista paterno. Un nio de 11 meses acaba de aprender a ponerse de pi y a dar sus primeros pasos, est, con sus padres, a las orillas de un ro profundo y se acerca gateando hasta el borde del agua. En el agua se encuentra su padre que le devuelve la increble sonrisa. El beb se pone de pi en el bordillo y mira a su padre, slo un paso le separa de su amado padre, es un paso mortal, pues no sabe nadar. Su padre le dice ven hijo mo, ven con pap. No media tiempo entre el requerimiento y la respuesta, no media deliberacin, no hay medida, es un instante, el beb da un paso al vaco y cae en el agua. Su confianza en su padre es absoluta, plena, completa, la diligencia del padre que lo atrapa de bajo los hombros cuando sus piececitos se han hundido en el agua hasta la cintura, slo puede actuar, poniendo todos sus sentidos y toda su agilidad en responder a la confianza que se le ha otorgado. Hay una diferencia abismal, el padre es consciente del peligro y la factibilidad de la accin propuesta, ha realizado un clculo y razonado previsoramente el proceso de autolanzamiento que iba a acometer el beb, anticipando en su mente su posterior captura. Acepta la misin, pues, la ms mnima duda sobre la capacidad de proteger con todo su ser al pequeo le llevara a abortar el desafo. Milenios de evolucin han preparado sus msculos y su nervios para semejante captura, sus sentidos se agudizan, sus msculos se tensan, el ms enclencle de los hombres adquiere la agilidad de un atleta profesional. Decir, simplemente, que el beb es inconsciente de los peligros significa no comprender el problema y no captar lo infinito y desmedido de su accin. El suyo es un salto mortal.

Procurar la felicidad afectiva y sensitiva del Recin Nacido y del nio pequeo es la primera misin pedaggica de sus padres, de los adultos que los rodean y de la sociedad que los cobija como nuevos miembros. Hay una responsabilidad colectiva para con las generaciones futuras que compete a todo el mundo. Por eso hay que estar con Jean Jacques Rousseau cuando en el libro segundo de su Emilio nos instruy acerca de la primera pedagoga, previnindonos contra una perniciosa instruccin aplicada a los bebs o a los nios pequeos: Qu habra que pensar, pues, de esa brbara educacin que sacrifica el presente a un futuro enigmtico, que carga con cadenas de toda especie a un nio, y lo hace desdichado preparndole para un porvenir de no se qu pretendida felicidad, de la que tal vez no gozar nunca? Aunque yo supusiera esta educacin razonable en su objeto, cmo ver sin indignacin a unos pobres desventurados sometidos a un yugo insoportable y condenados a trabajos continuos como galeotes, sin estar seguros de que les sern siempre tiles tantos sufrimientos? La edad de la alegra se pasa entre llantos, castigos, amenazas y esclavitud. Por su bien, se atormenta al desdichado y no se dan cuenta de que es a la muerte a quien llaman y que le llegar en medio de este triste aparato. Quin sabe cuntos nios perecen vctimas de la extravagante sabidura de un padre o de un maestro? (). Hombres, sed humanos; (). Amad la infancia; favoreced sus juegos, sus deleites y su amable instinto. Quin de vosotros no ha aorado alguna vez esa edad en la que la risa no falta de los labios y en la que el alma siempre est en paz? Por qu queris quitar a esos pequeos inocentes el disfrute de esos breves momentos que tan pronto se marchan, y de un bien tan precioso del que no pueden abusar? Por qu queris colmar de amargura y dolores esos primeros aos tan fugaces, que pasarn para ellos y ya no pueden volver para vosotros? (). Cuntas voces se van a levantar en mi contra! (). Este es, me contestaris, el tiempo de corregir las malas inclinaciones del hombre; que es durante la infancia cuando las penas son menos sensibles, y que hay que multiplicarlas con el fin de eludirlas en la edad de la razn. Pero quin os ha dicho que todo este arreglo est a vuestra disposicin, y que todas esas hermosas instrucciones con que agobiis el dbil entendimiento de un nio no le hayan de ser un da ms perniciosas que tiles? Quin os asegura que le evitis algo con las penas que ahora le prodigis? () Y como me probaris que estas malas inclinaciones de las que pretendis curarle no le vienen ms de vuestros deseos mal entendidos que de la naturaleza?.

Sabias palabras las del pensador francs, el cual, humano demasiado humano, abandon a sus propios hijos en un orfanato. Por contra, lo que ocurre en la actualidad en los pases de nuestras caractersticas, es que se otorga una educacin de bebs, a los adolescentes, supuestamente para evitarles traumas, mientras que se disciplina como en un cuartel a los nios pequeos; diminutos seres puramente afectivos que han de amoldarse a los infames horarios laborales de sus padres, dormir y comer no cuando tienen sueo o hambre y sed, sino cuando se les obliga y fuerza. Los padres, vctimas de la explotacin capitalista, llegan cansados a sus casas y han de pagar para que otros se ocupen de sus hijos, ocuparse de ellos con enojo o dejarlos en abandono. Por qu culpamos a los pequeos de nuestro cansancio y no a nuestro patrn laboral? No ser porque es ms fcil responsabilizar a quien nada puede y todo se le debe, que a quien nos domina y nos oprime? Enorme cobarda es que un beb llore y se le recrimine a un ser totalmente dependiente de los que le rodean el nico acto con el que es capaz de comunicar sus problemas y necesidades, que a la sazn, son de un nmero muy reducido, como necesidad de comida, de cambio de paal, gases, dolor, calor o fro, junto a la peticin de mimo. Sobre este ltimo punto hay que reflexionar y reparar rousseauniananmente que el deseo de recibir afecto por los padres no es un capricho, sino una necesidad, tan importante como el comer. En realidad el nio, hasta prcticamente bien cumplido el ao, ser siempre veraz en sus manifestaciones, pues no conocer hasta muy tarde las sutilezas del capricho y todo lo que de esa manera deduzcamos, a partir de sus actos, ser una mala interpretacin por nuestra parte y una injusticia para con l.

Comparndola entonces con la de Rousseau, habra que rechazar la Pedagoga infanticida del supuestamente rigorista y disciplinado Immanuel Kant, al menos en tanto que nos indica sin que el sentido comn de un padre lo apruebe, lo contrario que el francs, por ejemplo, al decirnos en su obra mentada, en el captulo dedicado a La educacin fsica, que: Se puede decir con verdad, que los nios de la gente vulgar estn peor educados que los de los seores, porque la gente ordinaria juega con sus hijos como los monos: los cantan, los zarandean, los besan, bailan con ellos; piensan hacerles un gran bien corriendo hacia ellos cuando lloran, forzndoles a jugar, etc.; pero as gritan ms a menudo. Cuando, por el contrario, no se atiende a sus gritos, acaban por callarse, pues ninguna criatura se toma un trabajo intilmente. Si se les acostumbra a ver realizados todos sus caprichos, despus ser demasiado tarde para quebrar su voluntad. Esto pudiera aprobarse ms tardamente, hacia los dos aos del nio, pues hacerlo antes es una necesidad del mercado y no una necesidad de la criatura, a la que se atormenta sin sentido. Puede ser aceptando el comienzo del condicionamiento conductista entre los dos y los tres aos, siempre que se mantenga preferentemente en los refuerzos y casi nunca en los castigos. Hacerlo antes no es sino un crimen y una barbaridad. Y en este sentido, en el de oposicin a la disciplina kantiana para con el nio menor de dos aos es que podemos ver con espanto como se emplean las indicaciones de un libro, s, ciertamente muy efectivo, un libro de dura psicologa conductista que se titula: Durmete nio, de un tal Dr. Estivill; un escrito en el que el bienestar de los hijos se sacrifica al las necesidades del mercado por unos padres agobiados y agotados por la sociedad. El intento europeo de aumentar la jornada laboral de 48 a 65 horas, ante lo que slo se sabe solicitar guarderas, retrotraer a Europa a condiciones capitalistas del siglo XIX.

Se hace que los nios pequeos, desde recin nacidos, se adapten al horario laboral arbitrario que tengan sus progenitores o a sus caprichos consumistas, padres que se quejan de no poder dormir, en lugar de dejar que el nio marque sus ritmos de comida y sueo de acuerdo con sus necesidades y en correspondencia con los ciclos de la naturaleza a los que se amoldan todos los cachorros de un mamfero. Resulta oprobioso para la especie humana ver como las gorilas y las leonas cuidan de sus cras, con que amor, que afecto, que paciencia, como tienen siempre limpios y protegidos a sus cachorros, como los amamantan hasta que les salen los dientes y entonces pueden comer ya por s mismos las viandas que les traen los miembros de su manada. De todo eso nos ha librado el Progreso (*), un bibern con unos polvos y agua sustituye a los pechos maternos, una disciplina de adaptacin al mercado sustituye el orden del universo y se piensa que con ello que se est siendo un ser humano y no un animal, avanzando en la civilizacin y alejndonos de la barbarie. Habr entonces que corregir nuevamente a Rousseau, Hombres! sed animales! Dad ese salto mortal!

NOTAS:

(*) http://www.lacavernadeplaton.com/articulosbis/progreso0708.htm



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