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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-06-2008

Maldita Irlanda?

Carlos Taibo
La Repblica


En las jornadas anteriores a la celebracin del referendo irlands sobre el llamado tratado de Lisboa la plaga de nuestros opinadores se ha agarrado a dos clavos. Si, por un lado, nuestros todlogos han sealado que las razones que parecan inducir a muchos irlandeses a rechazar el texto en cuestin remitan a perspectivas mentales y horizontes ideolgicos extremadamente dispares, por el otro han aducido hasta la extenuacin que no pareca razonable aceptar que lo que decida un pas pequeo, poco poblado y nada relevante determine lo que en el futuro ha de ser la Unin Europea.

A decir verdad, nada mayor hay que oponer, en sentido estricto, a esas dos afirmaciones, y ello por mucho que sea posible que sea indispensable darles algn revolcn. Y es que, y para empezar por la primera, lo suyo hubiera sido que nuestros opinadores hubiesen tenido a bien recordar que tambin son extremadamente dispares las razones que han invitado a tantos a respaldar el texto aprobado en Lisboa. No slo eso: la idea de que los detractores del tratado son por definicin gentes fuera del mundo, dramticamente desinformadas y egostas, tiene poco sustento: en esto de la desinformacin ms bien parecen despuntar los partidarios de aqul, por lo general dciles ciudadanos dispuestos a acatar lo que dan por bueno las cpulas dirigentes de los partidos con que se alinean.

Por lo que a la segunda de las afirmaciones se refiere, lo que debe certificarse es un sorprendente silencio: Irlanda es el nico Estado de la Unin Europea que ha organizado un referendo con respecto al tratado de Lisboa. Si alguien se pregunta por qu los dems no han seguido un camino similar, la respuesta parece sencilla: porque a los diferentes gobiernos, o a la mayora de ellos, les sobran las razones para concluir que, a manera de lo que acaba de ocurrir, perderan esas consultas. No est de ms agregar, claro, que Irlanda ha sido en el ltimo decenio la nia bonita de la UE, el pas en el que sta parece haber operado los mayores prodigios. Si el tratado ha naufragado all donde ms lgico hubiera sido que los ciudadanos se declarasen hechizados por todo lo que llega de Bruselas, qu es lo que no estar llamado a ocurrir en los muchos lugares en los que la UE realmente existente se percibe con menos entusiasmo?

Es urgente que, en un escenario como ste, de franca e interesada simplificacin, escapemos a los muchos lugares comunes que nos acosan. As, y en primer lugar, bueno ser que nuestros todlogos dejen de demonizar a los detractores del tratado de Lisboa, y dejen, en particular, de colgarles el sambenito de antieuropeos: el tiempo dirimir quin es quin. En segundo trmino, hay que plantar cara a la sugerencia, por momentos omnipresente, de que lo razonable y lo democrtico es garantizar que la ratificacin del tratado de Lisboa se produzca va parlamentos. O lo que es lo mismo: conviene colocar en su sitio a quienes, con lamentable descaro, sostienen que los referendos configuran un camino torcido a la hora de tomar las decisiones importantes. A algunos nos gustara certificar dicho sea de paso que el paseo militar que el pattico referendo espaol de febrero de 2005 supuso sera literalmente impensable hoy, con una opinin pblica, la nuestra, que pese al ejercicio de desinformacin y manipulacin al que se han entregado la mayora de nuestros medios, parece haberse percatado, bien que tarde, de que no es oro todo lo que reluce en esta Unin Europea firmemente decidida a alentar la semana de ciento cincuenta horas.

Bueno ser que denunciemos, en suma, cualquier intento de repetir el triste espectculo al que hemos asistido desde que la mayora de los franceses y de los holandeses rechazaron, en la primavera de 2005, el tratado constitucional: slo en virtud de un ejercicio de cinismo malsano puede afirmarse, en singular, que el texto sobre el que se han pronunciado los irlandeses es diferente del que rechazaron galos y neerlandeses. En paralelo, hay que asumir sin dobleces que el texto aprobado en la capital portuguesa el pasado otoo no es ese dechado de perfecciones que tantos aprecian y merece dormir, por un sinfn de motivos, en un cajn lateral de la mesa de algn alto funcionario de sos propicios a aceptar las presiones que emanan de algn lobby transnacional.

Empearse en promover con argucias y malas artes el texto que muchos irlandeses acaban de rechazar se antoja, por cierto, pan para hoy y hambre para maana. Y es que, si como tantos temen, el tratado de Lisboa sale, pese a todo, adelante, pronto se har evidente que la distancia entre ciudadanos y elites polticas en la UE empieza a ser inquietantemente alarmante.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Potica en la Universidad Autnoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.



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