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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-06-2008

Apuntes sobre la crisis poltica en Argentina
El retorno de Pandora

Ezequiel Meler
Rebelin


Se han marchitado los laureles de nuestro pas, y los

meteoros hacen que se oculten de espanto las estrellas fijas

en el cielo; la luna de plido rostro lanza resplandores

sangrientos sobre la tierra, y los profetas de semblante

esculido cuchichean anuncios de cambios terribles.

WilliamShakespeare, Ricardo III,

Acto III, escena IV.

Siempre resulta complicado enhebrar interpretaciones de acontecimientos en despliegue. Nueve de diez veces, el analista sabe de antemano que ha de elegir el camino equivocado. Pero, pasado cierto tiempo, y en vista de que la crisis poltica desatada por el conflicto entre las corporaciones agropecuarias y el gobierno de Cristina Kirchner ha asentado con toda normalidad sus reales en la vida cotidiana de nuestro pas, sin visos de resolucin a la vista, tampoco se puede dejar de pensar sobre ella, a la espera que ya parece eterna- de su improbable desaparicin. Sobre todo porque, a medida que pasan los das, y los meses, queda cada vez ms claro que las transformaciones acontecidas en este lapso son duraderas, y que los problemas que afrontamos, a la vez similares y distintos respecto de otras encrucijadas del pasado, vienen para quedarse. Una razn adicional es la forma en que la contienda va proyectando su desenlace. Como el fantasma de Hamlet, el espectro de la violencia, otro viejo conocido de nuestra vida pblica, se cierne, de modo cada vez ms amenazante, sobre las luces y sombras de un diferendo que insiste en aparecer como iniciado en torno a la elevacin de un simple derecho aduanero. Finalmente, es urgente volver sobre este conflicto porque queda claro que, ya hecho carne en diferentes sectores de la sociedad como una lucha absoluta, a todo o nada, ya no importa la verdad, ni tampoco quin tiene razn. Importan, s, las consecuencias del resultado, de la eventual victoria, y tambin de la eventual derrota, de cada uno de los bandos para los sectores que los apoyaron. En un conflicto de estas caractersticas, dichas consecuencias suelen ser devastadoras.

Ante todo, queda claro que el conflicto entre las corporaciones de productores agropecuarios y el gobierno ha reabierto la Caja de Pandora de nuestra historia reciente. En dos sentidos, al menos. En primer lugar, ha reaparecido, en su desnudez socialmente ms insensible, la crisis de representacin que decantara en diciembre de 2001, con la cada del gobierno de Fernando De La Ra. El discurso antipoltico instalado entonces, que inicialmente pudo mostrarse, para ms de algn observador aventurado [1] , como el germen de un cuestionamiento social del orden establecido, devino en un residuo de rencores y amarguras sin canalizar para buena parte de los sectores medios urbanos. Rencores que, y as ingresamos en el segundo elemento, se fueron revolviendo y envenenando ante el surgimiento, desde 2003, de un nuevo gobierno popular.

La combinacin espuria del desencanto de parte de la sociedad con la poltica como actividad extendido, a veces, a la democracia como rgimen poltico-, con el hechizo del retorno de la poltica [2] encarnado en el proyecto nacional de Nstor Kirchner, estaba destinada, ms tarde o ms temprano, a encauzarse como un curso de colisin frontal. Esta inevitable conclusin apareci claramente en ocasin de la victoria de Mauricio Macri en las elecciones municipales de la Ciudad de Buenos Aires, y volvi a asomar cabeza, con mayor virulencia an, en el transcurso de la campaa electoral que coron, apenas seis meses atrs, a Cristina Fernndez como presidenta electa de la Nacin. Antipoltica neoliberal en el primer caso, antiperonismo visceral en el segundo. La crisis desatada por el conflicto con las entidades agrarias permiti la condensacin de ambos elementos, en un movimiento de oposicin no institucional, que por sus caractersticas y apoyos agrieta seriamente las expectativas de vida de la democracia argentina en el porvenir inmediato.

En una secuencia que, como me ha recordado en estos das Federico Vzquez, recuerda mucho al largo conflicto del gobierno y la oposicin de Venezuela en torno a la huelga de los gerentes de PDVSA, diversos sectores se colgaron, para decirlo coloquialmente, de una lucha de intereses sectoriales para mostrar su enojo respecto de su condicin de minora, as como respecto del curso de la poltica nacional. Como lcidamente advirti la presidenta en una de sus mltiples alocuciones, esa rabia primaria tena poco que ver con la discusin sectorial concreta, y mucho que ver con otros aspectos de la agenda pblica en particular, con la revisin del pasado presente que supone la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad durante el transcurso de la ltima dictadura militar-. Tena tambin que ver, y en esto hubo menos lucidez, con la continuidad de la crisis de autoridad desatada en las jornadas de diciembre de 2001, de las que, al parecer, muchos dirigentes opositores extrajeron la conclusin de que un gobierno democrtico poda ser derrocado, sin daos mayores para el rgimen democrtico como tal, y an sin el recurso a las Fuerzas Armadas como sujeto de la accin destituyente. Ante la perspectiva irremediable de otra derrota, estos mismos dirigentes han fogoneado y fogonean, incluso con anterioridad a su derrota en octubre, cualquier alternativa que erosione el poder del gobierno en trminos institucionales, articulando su conducta, si es necesario, con grupos completamente ajenos a las prescripciones propias de una repblica democrtica. En la mirada de personajes como Elisa Carri y, en menor medida, Mauricio Macri, lo que 2001 ensea, y este conflicto reafirma, es que tal vez no sea necesario esperar otros cuatro aos para alternar con el gobierno saliente. Lo que se preguntan menos y, a no olvidarlo, se les pregunta menos- es si la continuidad de esta lgica puede ser compatible con las condiciones mnimas de gobernabilidad que requiere todo gobierno.

En diversos trabajos, publicados en este y otros espacios, se ha aludido a la lgica poltica de los actores econmicos en pugna los exportadores, los pooles de siembra, los terratenientes tradicionales, etc. [3] Tambin ha sido expuesta, con la suficiente contundencia, la complicidad de los medios de comunicacin masiva con el movimiento opositor, as como sus intereses comunes con la alianza de corporaciones agropecuarias [4] . Los dirigentes opositores se han posicionado por s mismos del lado de la patronal agraria, a la espera de que acontecimientos que no pueden desencadenar por s mismos abran el paso a un cambio de gobierno. No es tampoco un secreto, al menos para nadie que quiera saberlo, que el ncleo inicial del debate la movilizacin ante la crtica situacin de los chacareros, en un contexto de rentabilidad en extincin- se ha revelado falaz: los sectores en protesta, an con la aplicacin de las discutidas retenciones mviles, ganan ms que antes [5] . Por eso, el eje de la polmica se fue desplazando recientemente de modo subrepticio: aunque el escollo formal de la negociacin sigue siendo, en principio, la fijacin del porcentaje correspondiente a los derechos de exportacin, los barones de la soja tradujeron su reclamo a trminos institucionales federalismo, divisin de poderes, democracia participativa-, esto es, ingresaron de lleno en el lenguaje de la poltica, pero sin asumirse como un actor que acepta las reglas del juego poltico como tal.

As, pudieron presentar como legtima reiteracin de un mtodo de protesta vlido la realizacin de piquetes indefinidos y sistemticos, explcitamente dirigidos al transporte de cargas y alimentos, que amenazaron y, en parte, cumplieron- con desabastecer a las grandes ciudades. Ms tarde, presentaron de igual modo como campaa de concientizacin, con bombos y platillos, el intento hasta ahora, poco exitoso- por extorsionar y apretar a los lderes polticos locales (intendentes, legisladores, gobernadores), demandando el apoyo a su causa sin plantear la posibilidad del disenso. Todo ello, vale recalcarlo, con el obsceno apoyo de los mismos multimedios que dos aos atrs se escandalizaban del corte de rutas efectuado por obreros desocupados y sectores empobrecidos. Por todas estas razones, se fue generando un indudable proceso de polarizacin poltica, que se centr en la toma de posicin frente al mtodo del piquete, mtodo que no slo contrara el antecedente de los piquetes espordicos de trabajadores desocupados, sino que implica ni ms ni menos la voluntad de un sector econmico de arrogarse poderes de polica y ejercicio del derecho pblico, impidiendo por tiempo indeterminado el trfico comercial destinado al mercado interno, el trnsito de personas y el transporte de mercaderas. Todo esto ha sido suficientemente descrito y analizado, y no es mi intencin volver aqu sobre ello.

El sbado 14 de junio, cuando, finalmente, el gobierno se dispona a desalojar a uno de los piquetes ms emblemticos de esta contienda el que se localiza en la interseccin de las rutas nacionales 12 y 14, en cercanas de la ciudad de Gualeguaych, el conflicto pareci llegar a su ground zero. Pese a que la medida haba sido anunciada por medios nacionales con veinticuatro horas de anticipacin, pese a que la gendarmera nacional actuaba en evidente ejercicio de sus facultades, pese a la presencia de una orden judicial, el desalojo pacfico ordenado por Buenos Aires, manejado con soberana impericia por el comandante local, se convirti en uno de tipo violento. El gobierno, que cumpla acabadamente con una medida necesaria, prescrita por instruccin judicial, en el marco del Estado de Derecho y dems garantas constitucionales, volvi a perder estrepitosamente el control de los acontecimientos: la dirigencia agraria inici un sinnmero de piquetes espontneos, convenientemente cubiertos por los medios masivos, a escala nacional. La liberacin de Alfredo de ngeli, referente local de la Federacin Agraria Argentina que, pese a su historia, acta en la coyuntura como fuerza de choque de los seores de la tierra y del capital-, fue convertida en el escenario propicio para el relanzamiento del lock out patronal ms largo que haya enfrentado el pas desde el retorno de la democracia. Horas despus, el gobierno nacional respondi con una numerosa convocatoria en Plaza de Mayo, que anticipa el inicio de una confrontacin directa por el control del espacio pblico. En la concentracin, como un manifestante ms, estuvo por espacio de ms de media hora el ex presidente Nstor Kirchner.

Tras esta larga pero en cierto modo inevitable introduccin, nace la pregunta: Y ahora? El conflicto parece estar en fojas cero, la imagen pblica de la presidente se ha deteriorado, los recursos institucionales a su disposicin se encuentran deslegitimados por un sector considerable de la poblacin, y mientras tanto la crisis poltica se profundiza. El logro de no judicializar la protesta social, tan celebrado por su xito en el tratamiento de las acciones dirigidas por los sectores excluidos y empobrecidos, aparece ahora, en un fulminante efecto bumerang, como una espada de Damocles sobre la cabeza de la conduccin poltica del pas. Las fronteras entre lo legtimo y lo legal se difuminan a gran velocidad a medida que los barones de la soja incrementan su cerco sobre el gobierno, y la respuesta de ste, apelando a la defensa de las instituciones, suena a poco para un electorado y una base social que bien sabe del escaso contenido concreto de las mismas. Para peor, la estrategia oficial consistente en recurrir a la poltica monetaria, apreciando el peso, como mecanismo de presin sobre las exportadoras, acelera inevitablemente los tiempos de la confrontacin, en la medida en que expone a las corporaciones a prdidas por valores siderales, en un contexto internacional signado por precios externos sumamente favorables para las materias primas del pas.

El gobierno, ya lo hemos dicho, perdi desde el inicio la que siempre valoramos como su arma por excelencia: la iniciativa poltica [6] . Y ese hecho, que aisladamente no dice demasiado, s seala su falta de voluntad por adecuarse a este escenario de pesadilla, radicalizando la democracia hacia el plano social en la misma medida pero, en sentido contrario- a la radicalizacin poltica de las asociaciones de inters, en su avanzada sobre las facultades del Estado. No es visible, al menos por ahora, un plan de contingencia que incluya medidas favorables a los sectores ms desprotegidos, tanto rurales como urbanos, a fin de ampliar la base de consenso respecto del papel de ese Estado cuestionado de plano por los piquetes del poder. Dentro del Congreso, vaciado ahora por la propia mayora oficialista, esperan los proyectos de reforma de la ley de arrendamientos, as como iniciativas que contemplan la creacin del ente nacional de comercializacin que controle a las grandes multinacionales, un plan de alimentacin para atacar el problema del hambre y la indigencia, una nueva normativa de radiodifusin, la derogacin de la legislacin financiera promulgada por la ltima dictadura militar, la reforma del cdigo electoral (conocida como reforma poltica) y dems reclamos y necesidades de una sociedad diariamente bombardeada por discursos mediticos que sealan alegremente la esterilidad de un conflicto en el que, en verdad, se juega todo. En la misma medida, los hechos de ayer demuestran que no es viable la solucin del conflicto a travs de la imposicin del orden, sea por medios convencionales, sea por la invocacin de la Ley de Defensa de la Democracia o de la implantacin del Estado de Sitio, que tan malos recuerdos trae a los dirigentes polticos.

Estas seales conforman un cuadro de debilidades estratgicas que abarcan falencias en la comunicacin del propsito de las medidas oficiales, amagues tcticos de ataque a los intereses ms concentrados que rpidamente son descartados, deserciones de un campo popular muy poco homogneo y dbilmente encuadrado en la estructura tradicional del justicialismo, proyectos de redistribucin del ingreso trabados en su implementacin, etc. Este cuadro, a su vez, expresa a los gritos su diagnstico: la crisis del kirchnerismo como proyecto poltico de apertura y democratizacin del Estado, proyecto que comenz su naufragio mucho antes de que Cristina Fernndez de Kirchner se calzara la banda presidencial [7] . A su favor, el gobierno cuenta con el clarsimo perfil clasista de la oposicin, que amedrenta a muchos sectores del progresismo y, principalmente, de los sectores populares, expuestos a la perspectiva de una restauracin de la repblica oligrquica conservadora, restauracin que expresara el retorno de lo peor de nuestra historia desde 1955 a la fecha. Pero, sin su voluntad de avanzar en una senda de reformas sociales que zanje la disputa respecto de quin garantiza el inters comn, todo ello suena a poco. El kirchnerismo, que hizo amigos como quien construye un basurero nuclear, integrando en su seno a caudillos provinciales que le garantizaran el resultado an sin el menor contenido, se ve ahora en la misma paradoja expresada por Cooke respecto del peronismo: tiene los enemigos que se merece, lo que no se merece, en cambio, son sus amigos

Como resultado de lo antes mencionado, y de todo lo dicho en oportunidades anteriores, queda claro un panorama general de sendas tonalidades grisceas, que separan discursos grandiosos sobre la unidad y el porvenir de la nacin respecto de realidades mucho ms modestas. Analizando los discursos de la ltima campaa electoral, Mara Esperanza Casullo sealaba lo siguiente:

Desde un punto de vista, que la poltica est recorrida por discursos que apelan a la inclusin, al pluralismo, a difuminar los lmites entre nosotros y ellos es un avance hacia formas racionales de resolver diferencias polticas. El peligro es terminar as en una poltica en la que o bien no hay diferencias (la poltica reducida al mbito gris de la administracin burocrtica) o bien esas diferencias, al no poder expresarse de manera propiamente poltica, derivan en conflicto. Habr que ver qu nos depara el destino. [8]

Parece claro, no?

http://horizontelibertario.blogspot.com/



[1] Me refiero, por tomar un caso, a John Holloway: Cambiar el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolucin hoy, Buenos Aires, Herramienta, 2002, p. 11, en su disparatado elogio del Que se vayan todos, como utopa fundante de un nuevo socialismo.

[2] El regreso de la lucha de clases, entrevista a Nicols Casullo, en Pgina 12, 04/11/2007.

[3] Meler, Ezequiel: Modalidades de concentracin en la Argentina reciente. Los pooles de siembra, en www.rebelion.org, 03/05/08.

[4] Casullo, Nicols: Medios, poltica y sociedad. Una nueva historia vieja, en Pagina 12, 20/04/2008.

[5] Julio Sevares: Los nmeros dicen: an con retenciones el campo gana ms, en http://weblogs.clarin.com/i-desarrollo.

[6] Vase Meler, Ezequiel: Acerca del surgimiento y crtico presente de las constelaciones progresistas. El caso argentino, en www.rebelion.org, 29/11/2005.

[7] Meler, Ezequiel: El kirchnerismo en la encrucijada, en www.rebelion.org, 27/04/08.

[8] Casullo, Mara Esperanza: La exclusin popular, en Pgina 12, 31/10/2007.



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