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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-06-2008

Prlogo del ensayo de Eduard Rodrguez Farr y Salvador Lpez Arnal, "Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energa nuclear en la salud y el medio ambiente"
Lelo y psalo

Enric Tello
Rebelin

Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energa nuclear en la salud y el medio ambiente. El Viejo Topo, Barcelona, 2008.


Cualquier persona razonable que intente formarse una opinin propia sobre el anunciado retorno de la energa nuclear tiene motivos sobrados para sentirse perpleja. Con una insistencia sospechosamente sincronizada se nos bombardea, un da s y otro tambin, con declaraciones de gente que manda mucho defendiendo las bendiciones econmicas y hasta ecolgicas! de las centrales nucleares, o dando simplemente por hecho su inevitable incremento futuro. Tan estrepitoso ejrcito de convencidos pronucleares no parece que acabe de descender nunca, sin embargo, del reino de la retrica meditica a la dura y concreta realidad. De qu estamos hablando? Comienza de verdad un nuevo ciclo de construccin de centrales nucleares, o se trata slo de la accin combinada de una serie de influyentes grupos creadores de opinin que proclaman a los cuatro vientos su caprichosa carta a los reyes magos?

Veamos, para hacernos una idea, qu nos deca la prensa tras la ltima epifana. Les haban trado los reyes magos su tan anhelado relanzamiento nuclear? El editorial de El Pas del pasado 8 de enero del 2007 afirmaba conocer por anticipado el contenido de una declaracin que la Comisin Europea iba a presentar la prxima semana para romper con un tab en Europa en las ltimas dcadas (con la excepcin de Francia y Finlandia) y plantear la necesidad de relanzar el sector nuclear como fuente de energa. El editorial admita, a continuacin, que hoy la energa nuclear representa el 6% de la energa primaria en el mundo [aunque otras fuentes le atribuyen el 2% de la energa til final contando todas las fuentes] y el 10% en Europa, y no puede solucionar el problema del transporte que depender todava durante mucho tiempo de combustibles lquidos como los derivados del petrleo. Ante tan magro escenario, qu permita a aquellos editorialistas tan bien dotados de artes adivinatorias vaticinar un seguro retorno de la industria nuclear? He aqu su respuesta: Pero en la produccin de electricidad representa casi un 30% en Europa. La energa nuclear no genera gases de efecto invernadero. Sus problemas son otros que estn en la raz de su rechazo social: la seguridad, los residuos y la posible desviacin de tcnicas y materiales hacia fines militares. A pesar de todo es y ser una opcin que no se puede ya descartar.

Y por qu no se puede ya descartar, nos preguntamos sorprendidos? El argumento que segua a continuacin es muy ilustrativo del modo de operar de quien se sabe de antemano incapaz de generar conviccin, y busca por ello suscitar resignacin: Los reactores del futuro (uno de diseo avanzado se est construyendo en Finlandia) mejorarn considerablemente su seguridad intrnseca y tambin el tratamiento de los residuos. Est prevista la construccin de unas 200 plantas nucleares en dos dcadas, la inmensa mayora fuera de Europa. En fin, parecen decirnos, ms vale hacerse a la idea que tragarlas, habr que tragarlas. Slo cabe esperar que aquellos diseos avanzados de los reactores del futuro hagan la pldora algo menos amarga.

Pero se trata de verdad de una pldora amarga prescrita sin remedio para curar nuestros desarreglos energticos con el cambio climtico? O es otra rueda de molino de lobby nuclear? Con esa duda resonando an por sus lbulos cerebrales el atento lector o la atenta lectora de aquella edicin de El Pas llegaba, por fin, a las pginas de la seccin de sociedad. Y he aqu que se daba de bruces con una pequea y esquinada columna titulada: Ocho centrales nucleares europeas cerraron en 2006. El breve texto que lo acompaaba atribua a Greenpeace el origen de la noticia (aunque Greenpeace se limitaba a divulgar informaciones publicadas por analistas y expertos de la industria nuclear mundial, que a primeros de enero del 2007 contaban ya siete reactores cerrados en el ltimo ao, cuatro en Inglaterra, dos en Bulgaria y una en Eslovaquia), y aada: En cambio solo tres todas en Asia entraron en funcionamiento. [] El balance a final de ao [] es que en la UE quedan 145 reactores nucleares. En todo el mundo ese nmero se eleva a 442, de los que 6 estn en situacin de parada. Para Greenpeace, los datos muestran el declive en la que lleva instalada varias dcadas [la energa nuclear] a causa de su fracaso econmico y tecnolgico, reducindose de nuevo este ao el nmero de reactores en operacin.

Por si al lector o lectora del peridico se le ocurra malinterpretar esa noticia, relacionndola malvolamente con el editorial, el redactor aada de su cosecha la siguiente apostilla (que ocupaba una cuarta parte de la arrinconada columna): Para los defensores de esta energa, sin embargo, los aos venideros vern una reactivacin de la construccin de centrales. Los datos sobre el calentamiento global y el papel de las emisiones de las centrales trmicas harn que la opinin pblica considere su rechazo a la energa atmica, afirman. Son de nuevo el orculo, pensar el lector o la lectora atento de ese peridico tan dado a publicar noticias del futuro. Si despus de cerrarlo reflexionamos un poco nos daremos cuenta que mientras Greenpeace nos dijo lo ocurrido en el ao 2006, los editorialistas pronucleares de El Pas tan slo anunciaban por anticipado lo que crean que ocurrira. (Curiosa inversin de papeles, se dir nuestra lectora o nuestro lector, cuando siempre nos presentaron a los ecologistas cual profetas predicando en el desierto).

Hay un montn de buenas razones por las que se puede ya descartar que la energa nuclear pueda y deba ser una solucin relevante al enorme desafo del cambio climtico y el agotamiento de los combustibles fsiles. La ms simple y directa es sta: no hay uranio suficiente. La produccin mundial de combustible nuclear ha descendido desde los aos ochenta, y el suministro de unos cuatro centenares y medio de centrales operativas ya estara padeciendo aprietos de no haber podido contar con el desguace de cabezas nucleares de los viejos arsenales de la guerra fra. El precio de la tarta amarilla de xido de uranio se multiplic por tres tan slo entre 1994 y 1996 (un incremento relativo comparable a la crisis del petrleo de 1973, aunque su impacto real es todava menor por el peso reducido del combustible en la estructura de costes de las centrales nucleares, dominada por la amortizacin del capital fijo privado invertido en su construccin y por el gasto pblico que exigir su desmantelamiento).

Existen, ciertamente, inmensas cantidades de uranio y torio natural mezcladas a muy pequeas dosis con arenas y granitos, pero concentrarlas a partir de unas leyes del 0,01-0,02% requerira tanta o ms energa que la que podra suministrar ese mismo uranio una vez concentrado. Las reservas de uranio disponible en la Tierra a concentraciones que proporcionen un balance energtico positivo son ms escasas que las de petrleo y gas natural. Una reciente estimacin cifra en 45 aos la capacidad de las reservas explotables conocidas para suministrar combustible a un parque nuclear como el actual. Si se pretendiera generar con nucleares toda la electricidad ahora consumida en la Tierra esas reservas se agotaran en tan slo seis aos. Si se pretendiera sustituir todo el petrleo ahora empleado para mover el transporte mundial con hidrgeno obtenido a partir de electricidad nuclear, dichas reservas duraran slo tres aos (vase David Fleming, Why nuclear power cannot be a major energy source, The Foundation for the Economics of Sustainability, abril del 2006, www.feasta.org).

Los asesores de El Pas lo saben, claro est. Por eso aadan en su futurista editorial la siguiente cautela, que vale la pena leer con sumo cuidado: Las existencias de combustible nuclear suponen tambin una limitacin importante, pero slo en el contexto de la tecnologa actual, que utiliza el 0,7% del uranio natural, mientras que las tecnologas de reactores rpidos pueden usar todo el uranio, e incluso la mayor parte de los residuos de alta duracin, como combustible. Advirtase de qu modo salta ese texto de las tecnologas nucleares hoy operativas y disponibles comercialmente, a unos futuribles tecnolgicos cuya factibilidad y rentabilidad est por demostrar. En cambio, todos los aprovechamientos solares directos e indirectos con los que se cuenta para iniciar una transicin energtica hacia las energas renovables ya han demostrado sobradamente que funcionan (aunque algunas, como la fotovoltaica conectada a la red deban pasar an la prueba final de su rentabilidad econmica frente a un marco institucional tan sesgado como el actual, plagado de ingentes subvenciones directas e indirectas a las fuentes fsiles o nucleares que se aaden al impago de sus impactos ecolgicos externos). Otra vez tenemos los papeles invertidos, pensar nuestro lector o nuestra lectora, entre unos pragmticos impulsores de las energas renovables y unos visionarios defensores de la energa nuclear contra viento y marea.

El misterioso 0,7% citado por el editorial de El Pas se refiere a la proporcin del istopo fisible uranio-235 que contienen habitualmente las vetas de uranio natural de elevada concentracin actualmente explotadas. El viejo sueo de los reactores rpidos o reproductores consiste en recuperar una parte del otro uranio-238 no fisible presente en las barras de combustible nuclear, una vez que el bombardeo con neutrones en el interior de un reactor lo haya convertido en plutonio-239 apto para generar una reaccin nuclear en cadena. Pero hasta la fecha aquella posibilidad terica ha resultado un completo fiasco. Recuperar plutonio-239 de la corrosiva y peligrossima mezcla del combustible nuclear irradiado, que tambin contiene plutonio-241, americio, curio, rodio, tecnecio y un montn de cosas ms, se ha revelado tcnicamente muy difcil, polticamente muy sospechoso por los obvios vnculos con el armamento o el terrorismo nuclear, y econmicamente impagable. Tras dcadas de propaganda prometiendo la mquina nuclear perfecta, slo se han construido tres reactores reproductores (Beloyarsk-3 en Rusia, Monju en Japn y Phnix en Francia) dos de los cuales estn cerrados (el francs y el japons) y el tercero jams ha reproducido nada y funciona como un reactor nuclear convencional. Ninguna de las nuevas centrales en construccin, tan cacareadas, dispone de reactores reproductores.

Llegamos entonces al ncleo de la cuestin: quin es aqu el realista, o quin el utopista? Hace algunos aos el filsofo Manuel Sacristn acu una paradjica expresin para referirse a esa chirriante combinacin. Lo llam realismo fantasmagrico. Y aada: el viejo dicho de que Dios ciega a los que quiere perder debera modificarse: Dios ciega a los que quieren perdernos. Me parece que esa caracterizacin viene como anillo al dedo para aquella forma tecnocrtica de pensar que proclama el retorno de una energa nuclear en declive, incluso contra toda la evidencia emprica que desacredita su factibilidad. Sacristn acu la nocin de realismo fantasmagrico para la otra cara de la moneda nuclear la carrera de armamentos atmicos, y terminaba su breve nota con el siguiente comentario: El darse cuenta de que lo que fue [] realismo poltico, junto con su prctica, es hoy aceptacin de una pesadilla que tiene por argumento la perspectiva de una catstrofe sin precedente proporcionado, ayuda a comprender las grandes dificultades con las que ha de trabajar inevitablemente la izquierda social para reconstruir su visin de la sociedad y aventurar un camino de cambio. Hoy me parece eso tan vlido como lo era en 1982 cuando lo escribi Sacristn, y nos lleva a formular otra pregunta: por qu se aferran tantos tecncratas, y tantos polticos fantasmagricamente realistas, a una energa nuclear en retroceso como si de ese taumatrgico clavo ardiente dependiera su salvacin?

Responder esa pregunta exige un debate a fondo entre la gran constelacin de movimientos y personas que luchamos por hacer posible otro mundo, empezando por cambiar de base su mismo fundamento energtico. Mis sospechas se dirigen hacia la incapacidad simblica y poltica de los actuales mandamases del mundo para ni tan siquiera imaginar los cambios sociales que inevitablemente debern acompaar a un uso equitativo y eficiente de las fuentes renovables de energa disponibles. Esa gente no es capaz de entender que tal cosa sea posible, simplemente; o si lo fueran, consideraran tales cambios sociales y polticos profundamente indeseables para ellos. Por eso entierran su tecnocrtica cabeza en las arenas nucleares del realismo fantasmagrico, cual avestruces aterrorizadas (sin reparar en el silicio que tambin contienen, y con el que se puede fabricar una cantidad nada despreciable de obleas fotovoltaicas). La transicin energtica que se avecina est preada de dilemas sociales y disyuntivas polticas de gran calado.

Sea como fuere, no debemos echar en saco roto los orculos que vaticinan el retorno de la energa nuclear. Porque una cosa es que sus oficiantes incurran en un realismo cada vez ms fantasmagrico, y otra muy distinta que los mandamases del mundo no sean muy capaces de hacer realidad a corto plazo sus pesadillas nucleares. Tiene mucha razn Jos Luis Sampedro cuando nos recuerda que vivimos unos tiempos de tecno-barbarie, porque dominan el mundo un puado de brbaros armados de medios tcnicos sofisticadsimos. Jos Vidal-Beneyto recordaba no hace mucho en las mismas pginas de El Pas el caso del politlogo Samuel Huntington, miembro entre otras de la Comisin Trilateral, la Rand Corporation, la Hoover Institution, el Institute for American Values o, ms recientemente, el Project for the New American Century. Es verdad: cada vez que el seor Huntington se ha sacado de la manga acadmica una de sus nuevas teoras desde el exceso de democracia en 1975, hasta el conflicto de civilizaciones de 1993 algo muy malo ha ocurrido despus. No porque el seor Huntington posea autnticas dotes adivinatorias, claro est, sino porque dedicarse a poner por escrito el diagnstico y las intenciones de los mandamases del mundo tiene una elevada probabilidad de convertirse en profeca autocumplida. Una de las pesadillas que planean sobre nuestro futuro en el siglo XXI, y amenazan con hacerse realidad, es el surgimiento de nuevos fascismos energticos que pugnen por acaparar los recursos fsiles y nucleares menguantes, tal como alerta Michel Klare desde los Estados Unidos.

Ms vale, por tanto, reaccionar a tiempo cuando vemos a esa clase de gente pedir a los reyes magos un relanzamiento de la construccin de centrales nucleares. Hay que armarse de razones para vivir sin nucleares, y alentar el resurgimiento del movimiento antinuclear en todo el mundo. Slo as podremos detener el coletazo postrero de una industria nuclear agonizante, y dar una oportunidad a las energas renovables antes que sea demasiado tarde. Slo as sern posibles, como dice Barry Commoner, una sociedad y una economa capaces de hacer las paces con la naturaleza. Para esa tarea la larga conversacin de Salvador Lpez Arnal con Eduard Rodrguez Farr que tienes en tus manos, querida lectora o querido lector, constituye una magnfica herramienta.

Eduard Rodrguez Farr es, a la vez, un veterano luchador antinuclear y un cientfico de primera lnea. Mdico especializado en toxicologa y farmacologa en Barcelona, radiobiologa en Pars, y neurobiologa en Estocolmo, ha dirigido durante mucho aos el Departamento de Farmacologa y Toxicologa del Consejo Superior de Investigaciones Cientficas en Barcelona. Como experto en toxicologa ha asesorado al gobierno espaol y la Organizacin Mundial de la Salud en el Sndrome del Aceite Txico, al gobierno cubano en la epidemia de neuropata ptica, y a la Unin Europea sobre la investigacin en programas de salud pblica y sobre la Encefalopata Espongiforme Bovina. Ha sido miembro del comit cientfico de la Asociacin Internacional de Toxicologa, presidente del Comit Asesor sobre Toxicologa de la European Science Foundation, y presidente del grupo de trabajo de la Comisin Europea sobre problemas de salud relacionados con el medio ambiente y las formas de vida. Dentro del CSIC es ahora subdirector del Instituto de Investigaciones Biomdicas August Pi i Sunyer de Barcelona, donde investiga desde el punto de vista de los riesgos ambientales sobre la salud los efectos neurotxicos de sustancias xenobiticas como pesticidas y dioxinas, metales pesados o radiaciones ionizantes. Tambin estudia nuevos tratamientos farmacolgicos para las enfermedades del sistema nervioso, el desarrollo de pruebas in vitro para sustituir la experimentacin animal, y otros aspectos de la biotecnologa y las ciencias de la vida.

El currculum oculto de Eduard Rodrguez Farr como ciudadano comprometido con la lucha antinuclear y ecologista tambin es muy largo y extenso. Le conoc en 1977 cuando ya era una de las personas ms relevantes entre las que haban fundado el Comit Antinuclear de Catalunya. Desde entonces le he considerado uno de mis maestros, esas personas de las que adems de informaciones muy tiles tambin aprendes cosas importantes acerca de cmo vivir. Coincid de nuevo con l cuando se incorpor en 1980 a la revista roji-verde-violeta Mientras Tanto fundada por Manuel Sacristn (y un puado de amigos y amigas entre los que Francisco Fernndez Buey, Vctor Ros y Antoni Farrs eran tambin miembros del CANC). He seguido aprendiendo de l durante mucho aos, hasta encontrarle de nuevo como socio fundador de la asociacin Cientficos por el Medio Ambiente (CiMA).

El lector o la lectora habrn intuido rpidamente las afinidades cruzadas que nos unen tambin, a Eduard Rodrguez Farr y a mi, con Salvador Lpez Arnal, quien en esta larga y provechosa conversacin acta de entrevistador, conductor y editor. Como filsofo, docente e incansable organizador cultural Salvador Lpez Arnal se ha convertido en uno de los principales estudiosos de la obra de Manuel Sacristn. Prosiguiendo uno de los asuntos que ms caracterizaron la obra de este silenciado marxista ecolgico espaol, es tambin un apasionado defensor del valor de la ciencia para la transformacin del mundo, y un impulsor de la ciencia autocrtica y comprometida a travs de iniciativas como CiMA. Este libro es una magnfica prueba de todo ello. Para presentarlo como merece, y como prueba de su oportunidad y utilidad, basta terminar con un consejo muy propio de nuestro tiempo: lelo y psalo.



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