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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-07-2008

La Humanidad ms all del capital

Daniel Bensaid
Herramienta.com.ar


"La Humanidad ms all del Capital": el tema propuesto sin signos de interrogacin por los organizadores de este III Congreso Marx Internacional para esta sesin de clausura implica tres pre-conceptos optimistas: primero, que ya existe una Humanidad singular y mayscula; segundo, que habr una ms all del Capital; tercero, que este ms all no ser tambin un ms all de la humanidad, contrariamente a lo que las tendencias a la autodestruccin de la especie pueden hacer temer.

Estos pre-conceptos estn puestos a prueba por el malestar creciente con la mundializacin y la barbarie del mundo, de lo que los atentados del 11 de septiembre y la guerra ilimitada al terrorismo decretada por G. W. Bush en su discurso del 20 de septiembre constituyen el ltimo desarrollo.

Meditica y simblicamente, el ataque suicida contra el Pentgono y el World Trade Center aparece como el "da D" del nuevo siglo, un acontecimiento puro que desafa toda interpretacin. Ahora bien, el acontecimiento absoluto no existe ms que en la teologa, bajo la forma del milagro. En la historia y en la poltica, "los acontecimientos no son nunca absolutos". As, escriba Balzac en Csar Birotteau, "los accidentes que pueden superar las cabezas fuertes, pasan a ser irremediables catstrofes para los pequeos espritus." Si las bombas voladoras que chocaron contra las Torres Gemelas vinieron del cielo, ello no significa que surgieran de la nada. Desde el fin de la "guerra fra", el mundo, contrariamente a las promesas de Georges Bush senior, slo ha conocido una larga dcada de guerras calientes, del Golfo a Afganistn, pasando por los Balcanes y por el frica de los grandes lagos. Desde el 2 de agosto de 1990, antes de la crisis de Kuwait, los dirigentes estadounidenses intentaban sacar las consecuencias de la nueva situacin anunciando en Aspen una reorientacin de su dispositivo estratgico: el control areo se volva prioritario con relacin a la marina; la prioridad pasaba de la carrera atmica con el campo denominado "socialista" a las fuerzas de despliegue rpido y a las misiones de mantenimiento del orden en las turbulencias del Sur.

Esta mundializacin armada es el reverso lgico de la privatizacin generalizada del mundo impuesta por la contra-reforma liberal. No se trata solamente de la privatizacin de las empresas o incluso de los servicios, sino, ms ampliamente, de la privatizacin de la informacin, del derecho (con el avance del poder en la relacin contractual en detrimento de la ley), del espacio urbano, del agua, del aire, de lo viviente. Su secuela es una desintegracin social que toma formas diferentes en los pases ricos y en los Estados frgiles resultantes de la descolonizacin. Tambin ha tenido como consecuencia una atrofia del espacio pblico y una anemia inquietante de la vida democrtica: se invoca tanto el trmino de ciudadana que su contenido se vuelve imperceptible. El retroceso del Estado social tiene entonces como contrapartida la potenciacin del Estado penal y de seguridad, del que las medidas liberticidas adoptadas desde el 11 de septiembre en los Estados Unidos y Europa constituyen una prolongacin.


La demencia del fetiche

En este principio de siglo tenebroso, no slo las vacas pueden volverse locas. El sentimiento de sinrazn que se apodera de la poca abreva en los delirios del propio Capital. Enfrentado a la recesin americana de 1857, Marx haba sentido soplar este viento de locura nacido de las tendencias esquizoides del capital:

"El propio dinero, en su mxima fijeza, es de nuevo mercanca, y en cuanto tal slo se diferencia de las dems porque expresa ms perfectamente el valor de cambio; pero precisamente por eso, como moneda pierde su valor de cambio en cuanto determinacin inmanente y se convierte en mero valor de uso, aunque tambin en valor de uso para la fijacin de precios, etc., de las mercancas. Las determinaciones an coinciden directamente, pero, a la par, divergen. Cuando una y otra se relacionan entre s de manera autnoma, positiva, como en el caso de la mercanca que se vuelve objeto del consumo, sta deja de ser un momento del proceso econmico; si la relacin es negativa, como en el dinero, se llega a la incoherencia; a la incoherencia, ciertamente, en cuanto momento de la economa y determinante de la vida prctica de los pueblos."[1]

Esta incoherencia o locura que determina ms que nunca la vida del pueblo se arraiga en el divorcio entre el valor de uso y el valor de cambio, entre trabajo concreto y trabajo abstracto, entre produccin y reproduccin, entre mayor socializacin del trabajo y privatizacin de la propiedad. El "accionariado asalariado" reproduce este desdoblamiento generalizado: el trabajador deber actuar como accionista hasta el punto de despedirse a s mismo como asalariado, para satisfacerse como hombre egosta privado?

La doble vida de la mercanca, como la del hombre moderno, lleva entonces en s misma el riesgo permanente de la escisin:

"esta doble y distinta existencia debe pasar a ser diferencia, y la diferencia debe pasar a ser oposicin y contradiccin . La propia contradiccin entre la naturaleza particular de la mercanca en tanto que producto y su naturaleza universal como valor de cambio"[2]

En cuanto la produccin y la circulacin, la compra y la venta, adquirieron las formas de existencia "indiferente la una respecto a la otra, existen desconectadas en el tiempo y en el espacio, son formas y fases del proceso independientes, separables y separadas entre s [] la posibilidad de que las dos fases que se complementan entre s sustancialmente se desgarren y se disocien."

Y la crisis saca a plena luz ese malestar identitario. Manifiesta "la imposicin violenta de la unidad entre las fases que forman el proceso de produccin y que se han disociado y sustantivado la una frente a la otra."[3]

La unidad es restablecida, as, por la violencia. Es ste el secreto de las "violencias estructurales" que devastan al mejor de los mundos comercial, de las que las violencias armadas son expresin extrema y espectacular.

Inscrita en esta perspectiva, la crisis actual no es solamente una crisis econmica del ciclo industrial, es una crisis "poltica y moral" (habra dicho Renan), una crisis de civilizacin inherente a las contradicciones de la ley de valor. Como Marx lo haba previsto, la reduccin de todo e incluso de la misma relacin social a los tiempos del trabajo abstracto, pas a ser, cada vez ms, la medida miserable e irracional de una mayor socializacin del trabajo y de la incorporacin de una parte creciente de trabajo intelectual en el proceso de trabajo. Esta crisis se traduce tambin en los fenmenos de exclusin y desempleo masivos, por la incapacidad del mercado para organizarse en la larga duracin de las relaciones de la especie humana con sus condiciones naturales de reproduccin.

Esta miserable medida social se combina con el desajuste de los espacios y ritmos de la poltica, bajo el efecto de la mundializacin mercantil, de la reproduccin ampliada del Capital y la aceleracin endiablada de sus rotaciones. El tiempo de la democracia es desbordado tambin por los tiempos cortos de la urgencia y el arbitraje instantneo de los mercados, as como tambin por los tiempos largos de la ecologa. Los espacios econmicos, polticos, jurdicos ecolgicos son discordantes. Las costuras del Estado-nacin se desgarran, las soberanas territoriales se desfondan. El propio derecho interno cede bajo la presin de un derecho externo dudoso, sin que aparezcan las nuevas escalas de la soberana popular y los nuevos procedimientos de decisin democrtica.

En este peligroso pasaje entre el "ya-no-ms" y el "todava-no", la injusticia prospera. La economa mundializada, lejos de conseguir una homogeneizacin del planeta, ms que nunca es regida por la ley del desarrollo desigual y mal combinado. Las dominaciones imperialistas, que algunos pretendan solubles en el espacio comunicacional y en la universalidad de los derechos humanos, son ms despiadados y ms brutales que nunca. El doble movimiento, de extrema concentracin de los medios militares y de diseminacin de las violencias no estatales, desemboca en una situacin de guerra crnica, abierta o larvada, de guerra civil de contornos inciertos, de la que los "cosmo-piratas" anunciados por Carl Schmitt son a la vez vector y sntoma.


Globalizacin de las resistencias

Despus de las manifestaciones de Gnova, cuando todava no se empezaba a criminalizar al movimiento de resistencia a la mundializacin capitalista como lo habra querido Berlusconi, la retrica liberal se dedic a descalificarlo, ironizando sobre estos nuevos militantes pasados de moda que se opondran a un mundo sin frontera y querran dar marcha atrs a la rueda de la historia. As se hizo habitual que los medios de comunicacin designaran a los manifestantes como "antimundialistas", o incluso como "soberanistas". Nosotros no nos reconocemos en ningunos de esos dos eptetos.

Si se entiende por "soberanismo" una crispacin nacionalista sobre los Estados y las fronteras, no tenemos nada que ver con l. Basta recordar que la gran mayora de los manifestantes de Praga, Gnova o Niza estaban en la primera lnea de apoyo a las personas sin papeles contra las leyes discriminatorias y el acoso policial. En cambio, el "soberanismo" de los poderosos es aceptable cuando se trata de dictar la ley al comercio mundial, de rechazar la ratificacin de los acuerdos de Kyoto, de hacer crujir la puerta de Durban. Las crnicas ya no hablan entonces de "soberanismo" sino, pdicamente, de unilateralismo.

En cuanto a la mundializacin, no nos oponemos a todo tipo de mundializacin, sino a la mundializacin realmente existente, comercial, financiera, capitalista, de los parasos fiscales, del endeudamiento del tercer mundo, de los planes de ajuste dictados por el FMI (que condujeron Argentina a la ruina), de la privatizacin de los servicios o del GATT (Acuerdo multilateral de inversin). Se trata en realidad de una lucha entre dos mundializaciones contrarias: su mundializacin y la nuestra. Es en efecto sorprendente constatar que los campesinos, a menudo presentados como espontneamente corporativistas y limitados en el horizonte de su pueblo, estn hoy, a travs de una organizacin internacional como Va Campesina, al frente del renacimiento internacionalista. Ms en general, as como la mundializacin de la poca victoriana contribuy al nacimiento de la Primera Internacional, las cumbres alternativas de Porto Alegre, de Gnova, de Seattle, lejos de expresar un repliegue sobre las fronteras nacionales, tejen vnculos planetarios entre los movimientos sociales y las nuevas izquierdas radicales.

Con la extensin planetaria del mbito de lucha, una nueva etapa comienza. Una gran transformacin se dibuja, donde las formas del dominio del Capital cambian sin borrarse. Las caras posibles de la humanidad futura se resumen ya no solamente a una posicin de dominio frente a las condiciones naturales de reproduccin, sino en el establecimiento sistmico de las relaciones sociales complejas, donde el concepto de metabolismo utilizado por Marx toma todo su sentido. La mayor socializacin del conocimiento y la incorporacin masiva del trabajo intelectual a la produccin exigen una metamorfosis del trabajo y una revolucin radical de la medida social que permita evaluar las riquezas, organizar los intercambios, determinar y cubrir las necesidades. Las biotecnologas y la gentica permiten por primera vez determinar, no solamente el mundo en el cual deseamos vivir, sino la humanidad que queremos pasar a ser. Tal eleccin es demasiado importante como para ser delegada al arbitraje ciego de los mercados y a la selva de los intereses privados.

El ms all del Capital es completamente pensable. No cae del cielo de la arbitrariedad utpica, sino que se deja entrever en las contradicciones lgicas del propio Capital. Pero este ms all es an posible segn la categora clsica del "Progreso"? El siglo oscuro sobre el cual volvemos la pgina ya puso de relieve la temible dialctica del progreso y la catstrofe, de la civilizacin y la barbarie, tan bien percibida ya por Flaubert en Salammb, y muy bien expuesta por Michal Lwy en su comentario de las tesis de Benjamin sobre el concepto de historia.[4]

No somos nostlgicos del slex y la lmpara de aceite. No cuestionamos, por supuesto, el potencial emancipador de las ciencias y tcnicas. Lo que tememos y combatimos es, muy precisamente, las bodas crueles de la tcnica y el mercado, de la OGM y de Novartis, de la Repblica positivista y del Medef.[5]


Decidir lo indecidible

Nos corresponde decidir no solamente si habr una humanidad ms all del Capital, y ms concretamente si el proceso histrico de humanizacin puede conseguir que la humanidad como especie cultural se una a la humanidad como especie biolgica, sino tambin lo que deseamos pasar a ser. Esta decisin no est incluida en el capricho o en un golpe de fuerza decisionista. Est histricamente determinada y condicionada. Se trata, efectivamente, de una decisin poltica. Ahora bien, como lo haba previsto Hannah Arendt, estamos en el momento en que la poltica corre el riesgo de desaparecer completamente del mundo, laminada entre los automatismos mercantiles y los consuelos de un moralismo compasivo. Es este riesgo el que deberemos con urgencia conjurar. De ahora en adelante, despus de las derrotas y las desilusiones de un siglo ensombrecido, se plantean dos grandes cuestiones.

La primera es saber si existe una lgica oponible a la lgica catastrfica de los mercados. Ya que, antes de soar sus formas lricas e institucionales, la revolucin es en primer lugar asunto de contenido: de cambio de lgica social. Cambiar el mundo! Estamos siempre en eso. Algunos piensan que la bancarrota de los regmenes burocrticos nos dej hurfanos de un modelo. Se nos quit ms bien un anti-modelo y, enriquecidos de esas experiencias desastrosas, hay la posibilidad inestimable de reiniciar e inventar. No imaginndose otras ciudades perfectas con sus departamentos testimoniales y llave en mano, sino partiendo de la lgica de la cosa: de la lgica del Capital, de sus contratiempos ntimos, de eso que es en s mismo su propia barrera.

"El mundo no es una mercanca! El mundo no debe venderse! " Estos gritos proclamados en Seattle, en Porto Alegre, o en Gnova, dieron la vuelta al mundo. Es una buena salida. Por medio de la negacin, como siempre. Pero qu quiere decir exactamente que el mundo no es una mercanca?: que la tierra, el agua, el aire no son mercancas? Ni la salud entonces, ni la educacin, ni la vivienda? Ni lo vivo, ni el conocimiento social? Se ve que la excepcin al despotismo comercial no se refiere slo a los bienes culturales. Es toda la concepcin de las necesidades, del individuo y del vnculo social, lo que se cuestiona.

Si no queremos que el mundo sea una mercanca, ser necesario pasar a la negacin de la negacin, y decir lo que deseamos que sea. No en detalle, no regulando el lugar de sus protagonistas en la marcha de la emancipacin. Pero s desarrollando, en la lgica de la lucha, una pedagoga del bien pblico, que opone las necesidades sociales al inters privado, la apropiacin social a la confiscacin social, el derecho de los desamparados del que hablaba Hegel al derecho del beneficio.

La segunda gran cuestin es la de la escala poltica del mundo, de la disposicin de los espacios y tiempo en que puede ejercerse un control democrtico sobre los procesos de produccin y reproduccin social. Aunque se exagera a veces la impotencia a que seran reducidos los Estados-nacionales (el derecho internacional permanece para lo esencial del orden de los tratados interestatales y son los gobiernos los que se sientan en el Consejo de la Unin Europea), no obstante la constelacin conceptual de la poltica moderna (soberanas, pueblo, naciones, fronteras) se esfuma y declina. Esta crisis implica una tendencia inquietante a la etnizacin y a la confesionalizacin de la poltica. El hecho es que la nacin ciudadana no se deshace en favor de las solidaridades de clase y los vnculos internacionalistas, sino que la mayor parte del tiempo lo hace con regresiones genealgicas hacia una legitimidad de los orgenes, o de nuevas construcciones imperiales.

La nueva retrica de la guerra sin fin responde a este desterritorializacin-reterritorializacin de los conflictos. En la guerra sin fin supuesto, segn G. Bush y sus aliados, se administra al mundo una justicia ilimitada, el derecho se disuelve en la moral, el enemigo es miniaturizado, bestializado, reducido al rango de insecto y de dao colateral. En esta situacin de guerra permanente, no hay ya ni objetivo de guerra definible, ni de proporcin razonada entre el fin y los medios. Si como lo deca Hegel el arma es la esencia de los combatientes, de qu combatientes es esencia la "segadora de margaritas"o la bomba de neutrones? Y de qu mundo futuro son heraldos los ciber-guerreros? Estas cuestiones imponen poner signos de interrogacin, e incluso varias, a la idea de una humanidad despus del Capital: la barbarie, desgraciadamente, est muy avanzada.

Una ltima palabra frente a "este malestar interno a todo lo que existe".[6] Menos que nunca el pensamiento puede renunciar a ir ms all del comentario contemplativo del desorden realmente existente. Ms que nunca, es importante volver a entablar el vnculo entre la teora y la prctica. Podemos alegrarnos del derrumbamiento de las ortodoxias del Estado y del partido, de la aparicin de lo que Andr Tosel llama "los miles de marxismos". Podemos aprovechar plenamente de este momento de libertad heterodoxa. Pero a condicin de no detenernos all. De no permanecer en una agradable coexistencia acadmica y pacfica entre estos marxismos. De aprovechar para preparar las nuevas armas de la crtica.

** Daniel Bensad es profesor de filosofa en la Universidad de Pars VIII, Saint Denis. Director de la revista ContreTemps. Ediciones Herramienta public Marx intempestivo, Grandezas y miserias de una aventura crtica (2003).

[1] Carlos Marx, Grundrisse, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971, volumen I, p. 209.

[2] Carlos Marx, ibid, volumen I, p. 72.

[3] Carlos Marx, Teoras sobre la plusvala, Buenos Aires, Ediciones Brumario, 1974, tomo 2, pp. 35, 36.

[4] Michal Lwy, Aviso de incendio, Mxico, FCE, 2007.

[5] Ejemplificada en agosto de 2001 por una increble tribuna firmada por Dominique Lecourt, intelectual orgnico de la Repblica positivista y por Franois Ewald, intelectual orgnico del Medef.

[6] Carta de Marx del 31 de julio de 1865


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