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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-07-2008

Hacia el fin de la dcada progresista

Ral Zibechi
La Jornada


A lo largo del ao 2008 van cobrando forma algunas tendencias que ya se venan perfilando pero que, colocadas en su debido contexto, adquieren la forma de una nueva coyuntura regional. Los actores principales son los gobiernos progresistas de Sudamrica, la poltica del rgimen de George W. Bush y las grandes multinacionales. Por desagradable que resulte, debe reconocerse que desde la llegada al gobierno de Lula, Tabar Vzquez, Nstor Kirchner, pero tambin Evo Morales, Hugo Chvez y Rafael Correa, el protagonismo de los movimientos sociales y populares ha decado significativamente.

Todo indica que estamos en un momento de inflexin. La ofensiva especulativa del capital financiero, una mquina enloquecida y fuera de control que no puede detenerse, pero que funciona destruyendo seres humanos y medio ambiente, est jugando un papel determinante desde comienzos de la dcada actual en el rediseo del mapa regional. Ante su potencia, los propios estados se han revelado actores frgiles que las ms de las veces se limitan a pavimentar su expansin. Apenas un ejemplo: el gobierno uruguayo contempla, sin el menor entusiasmo, el avance incontenible de los cultivos de soya sin aplicar la menor poltica reguladora, lo que convierte al pas en un nuevo y potencialmente gran exportador soyero. Mientras eso sucede, debe implementar la importacin de papas, manzanas, zanahorias, boniatos, ajos y cebollas porque los agricultores uruguayos ya no pueden siquiera abastecer el mercado interno.

No es muy distinto lo que sucede en los dems pases del Mercosur, donde los diferentes monocultivos siguen avanzando y destruyendo las economas campesinas que aseguran el plato de comida diario. Incluso cuando un gobierno como el de Cristina Fernndez implementa elevadas retenciones a los exportadores de soya, superiores a 40 por ciento, los impuestos que pagan las multinacionales mineras se limitan a un ridculo 5 por ciento. No es sencillo confrontarse con el capital financiero, capaz de provocar crisis incluso en los grandes centros imperiales. Pero lo cierto es que durante media dcada los gobiernos progresistas se limitaron a acompaar el crecimiento del capital especulativo en la regin, cuando no lo fomentaron. Ahora tiene la suficiente fuerza como para bloquear los ms pequeos cambios, como lo est demostrando el caso argentino.

No es la falta de alternativas lo que ha impedido a estos gobiernos poner freno a la especulacin multinacional, sino el temor a las crisis sociales y polticas que es capaz de generar. Lo cierto es que viene siendo el capital financiero el encargado principal de disear el futuro de nuestros pases, muy por encima de los estados nacionales impotentes y decrpitos. Si a esta ofensiva multinacional se suma la agresiva poltica de la administracin Bush, el panorama es ciertamente desalentador. Desde la implementacin del Plan Colombia, Estados Unidos ha conseguido neutralizar los principales proyectos de integracin, que avanzan con demasiada lentitud y no consiguen generar una masa crtica que los coloque en un camino sin retorno. Tanto la Unasur como la ALBA han mostrado pocos avances cuando nos acercamos al fin de la dcada ms progresista que conoci la regin en mucho tiempo.

Pero la poltica de Washington no se limita a impedir la integracin. Es mucho ms agresiva. Va encontrando formas y modos de colocar a la defensiva a los gobiernos ms audaces. A travs del apoyo a movimientos separatistas amenaza con la divisin de Bolivia, Venezuela y Ecuador, donde los movimientos con epicentro en Santa Cruz, el estado petrolero de Zulia y la provincia de Guayas, capital Guayaquil, se han convertido en focos desestabilizadores. Los estrategas del imperio descartan golpes de Estado y la divisin de estos pases parece poco probable. Sin embargo, estos movimientos han mostrado de modo muy particular en Bolivia su capacidad de bloquear los cambios por los que una generacin de movimientos sociales luch con tesn. Estamos ante nuevas estrategias, que aplican una suerte de desestabilizacin de masas al servicio de las elites que estimula la acumulacin del capital.

Que los tres gobiernos mencionados se encuentren a la defensiva a la hora de implementar cambios no es ninguna casualidad sino el fruto tangible de una estrategia que est mostrando buenos dividendos. Ella incluye la polarizacin hasta extremos peligrosos, como viene sucediendo en los ltimos meses en Bolivia. Las elites han aprendido a manejar los mismos mtodos de lucha de los movimientos, generando grados de confusin y parlisis en organizaciones que hasta hace pocos aos mostraban un empuje capaz de destituir gobiernos neoliberales.

No todo, por cierto, es achacable a la alianza entre el capital especulativo y el imperio. Slo una decidida poltica de movilizacin social hubiera podido desarticular esta alianza depredadora. Pero aun para los gobiernos ms comprometidos con los cambios, como el de Evo Morales, la apuesta a la movilizacin social no ha sido ni consistente ni permanente. Hasta ahora han optado por la negociacin, pese a los escasos resultados obtenidos. Por otro lado, son las propias polticas de los gobiernos progresistas las que han facilitado la ofensiva del capital, al no ponerle lmites.

Cuando nos acercamos a la fase final de la era progresista, se impone una amplia evaluacin de un periodo que comenz con grandes esperanzas de cambio. Uno de los elementos a tener en cuenta es el papel del Estado en una estrategia de cambio social. Buena parte de estos gobiernos asumieron en un periodo de profunda crisis del Estado, que lo inhabilita como instrumento capaz de modificar el estado de cosas a favor de los de abajo. No es solamente un debate terico acerca de la conveniencia de la toma del poder estatal. Se relaciona, en esta coyuntura, con el tipo de mecanismos necesarios para torcerle el brazo a los poderosos, nica forma de producir cambios de larga duracin.



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