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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-07-2008

Por qu Juan de Mairena?

Diego Taboada Varela
Rebelin


Creo que pocos libros me han enseado a pensar tan profunda y radicalmente como "Juan de Mairena"; deca Montalbn que Mairena era quizs el ms liberal de todos los liberales que hubo nunca en este tragicmico pas, en donde discrepar sobre todas aquellas bobadas que suelen metrsele en la cabeza a la masa y a sus representantes polticos es y seguir siendo considerado como un sntoma de arrogancia o prepotencia, cuando no de locura. Los borregos son y sern as toda su vida: cuando balan y ren juntos cogen mucha fuerza, y si alguna oveja negra decide pensar y decidir por s misma, sentirn an ms placer en ridiculizarla. El miedo y la ignorancia, que suelen ir de la mano, no perdonan a la apertura mental y a la falta de certezas o verdades opiceas. Tanto en nuestra vida cotidiana como a altas esferas. Tanto en annimas pero reales historias cotidianas como en pblicas manifestaciones de principios, el loco es y seguir siendo aquel o aquellos que no barren hacia el sol que ms calienta. La psiquiatra tranquiliza mucho a aquellos individuos demasiado seguros de su propia cordura, por eso el loco nunca ser escuchado por el mero hecho de haberse ganado, por unnime y unilateral consenso, y sin juicios previo, la etiqueta de loco; y as, por arte del birlibirloque y el consenso semntico aceptado en masa, el loco de turno y sus slidas razones suelen quedar casi siempre relegadas al cajn de las verdades que conforman el culo y la trastienda de una sociedad hipcrita, incapaz de rerse de s misma y de las medias-verdades que considera como sagradas e insustituibles.

En "Juan de Mairena" hay, empezamos? : Una profunda crtica a quienes creen verdadero aquello que les reporta alguna utilidad : "por eso hay tantos hombres capaces de comulgar con ruedas de molino". Un muy ertico y vivificante elogio de la blasfemia : "la blasfemia forma parte de la religin popular. Desconfiad de un pueblo donde no se blasfema", "prohibir la blasfemia con leyes punitivas, ms o menos severas, es envenenar el corazn del pueblo, obligndole a ser insincero en su dilogo con la divinidad". Una crtica de la hiper-especializacin del conocimiento en nuestras obsoletas universidades : "cuando el saber se especializa, crece el volumen total de la cultura. Esta es la ilusin y el consuelo de los especialistas. !Lo que sabemos entre todos!. !Oh, eso es lo que no sabe nadie!". Una sansima reivindicacin del escepticismo no dogmtico, "la gracia del escptico consiste en que los argumentos no le convencen. Tampoco pretende l convencer a nadie". Un no menos sansimo choteo de la paranoia futurista y de la idea de progreso en las autodenominadas izquierdas : "nuestros polticos llamados de izquierdas, un tanto frvolos, rara vez calculan cuando disparan sus fusiles de retrica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extrao, ms violento que el tiro". Una perspicaz y sabia intuicin sobre la desventaja con la que parte la poltica concebida como proyecto y no como larvado oportunismo : "claro es que en el campo de la accin poltica, el ms superficial y aparente, slo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jams quien pretende que sople el aire donde pone la vela". Otra no menos afortunada reflexin sobre las modas en el mundo de la in-cultura: "en poltica, como en arte, los novedosos apedrean a los originales". Una crtica al reformismo por el mero gusto del reformismo. Un desprecio del espritu de gravedad y del lirismo forzado : la prosa no debe escribirse demasiado en serio. Cuando en ella se olvida el humor -bueno o malo- se da en el ridculo de una oratoria extempornea, o en esa que llaman prosa lrica, tan empalagosa. Una crtica de la crtica destructiva : "-podra usted resumir lo dicho en pocas palabras?-, -que no conviene confundir la crtica con las malas tripas-". Un desprecio del esnobismo intelectual : "desconfiad de los autodidactos, sobre todo cuando se jactan de serlo". Un sentido del humor a prueba de bomba, que desmitifica incluso esa tendencia a engrandecer, en occidente, a los "grandes hombres" del pensamiento : "la costumbre de Scrates de echarse a la calle y de conversar en la plaza con el primero que topaba, revela muy a las claras al pobre hombre que huye de su casa, harto de sufrir la superioridad intelectual de su seora". Un desprecio de la autosuficiencia intelectual, incapaz de arriesgarse o de apostar por algo : "Los hombres que estn de vuelta en todas las cosas son los que no han ido nunca a ninguna parte. Porque ya es mucho ir; volver !nadie ha vuelto!". Una advertencia sobre el deseo de aplauso y fama : "huid de escenarios, plpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdis contacto con el suelo; porque slo as tendris una idea exacta de vuestra estatura". Una honesta apelacin a la docencia como un aprender caminar solito : "Para los tiempos que vienen, no soy yo el maestro que debis elegir, porque de m slo aprenderis lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos". Una crtica de la esttica como tica : "a la tica por la esttica, deca Juan de Mairena, adelantndose a un ilustre paisano suyo".

Y as hasta el infinito, creo que podra pasarme unas dos horas delante del libro y no terminara de encontrar verdaderas joyas para estimular el cerebrito y el corazn, esos dos rganos que, ltimamente, en pleno estado de by-pass senti-pensante, no suelen entrenarse demasiado. Este pas es as, y me atrevera a decir que el resto tambin, en mayor o menor grado: a los que piensan sin medida o en serio, se les suele llamar locos o incluso "intelectuales", como si hubiese que sentirse culpable de hacer precisamente eso: usar el cerebro, desoxidarlo, engrasarlo. A los que sienten de verdad el estado de decrepitud moral y tica en el mundo de la in-cultura y en las instituciones polticas, como mnimo, se les llama susceptibles. El caso es permanecer en el nivel de populista estupidez de los polticos "full-time" y de los millones de ciudadanos-consumidores que les votan sin haberse ledo ni su programa, sin haber reflexionado sobre la contradiccin entre las promesas que fueron aplaudidas en masa hace aos y los hechos concretos del presente inmediato, sin reflexionar sobre sus verdaderos intereses inmediatos y los "intereses" que las fbricas de opinin pblica les venden. Pensar s, pero por la lnea y las pautas socialmente aceptadas. Sentir y enfadarse, tambin, pero slo para consolarse de vez en cuando con que no se es tan indolente como se necesita serlo da a da, para tener una vida social lo ms armnica e hipcrita posible.

No se habla mucho de Juan de Mairena. No. Menos se habla de Montalbn, que adoraba este libro, y a quien se le dedicaron menos de cinco minutos en un telediario el da de su muerte, cuando le revent el pecho en un aeropuerto de Bangkok. Recuerdo que escuch la noticia de su muerte cuando cursaba segundo de sociologa. Aquel da me di cuenta de la injusticia y del silencio al que suelen estar condenados quienes se sacrifican toda su vida por llevar un poco de luz, de justificado y realista inconformismo al mundo. Me imagino que el no comulgar con ruedas de molino acaba pasando factura, y al final, no es cierto ni aquello de que la muerte trata a todos por igual, habida cuenta de que uno de los mejores comunicadores, columnistas y analistas crticos de la globalizacin y de la corrupcin global del mercado de la des-informacin que hemos tenido en Espaa se mereci slo cinco minutos y un acaramelado y fro psame colectivo en telediario.

Hace poco, en "Claves de razn prctica", Emilio LLed dedic un merecido homenaje al ms liberal de los liberales, el alter-ego de Antonio Machado, el liberal que a todos nos gustara ser : Juan de Mairena. Cuarenta aos de culturicidio, aislamiento y autismo franquista, seguidos de treinta aos de democracia silenciosamente desmemoriada y televisada, no dan para muchos Mairenas, todo hay que decirlo. Emilio LLed, por cierto, admiraba a ese incombustible y honestsimo marxista, filsofo de la ciencia y lgico llamado Manuel Sacristn, que tambin tena a Juan de Mairena como uno de sus libros de cabecera, y que mantuvo tambin relaciones con Montalbn en el PSUC cataln. Emilio LLed, que an recibiendo no pocos premios de manos de los funcionarios de la alta" cultura y la poltica, sigue reivindicando el derecho a la infelicidad y el pesimismo constructivo, como el pesimismo optimista de Antonio Gramsci, que inspira e inspir a tantos marxistas o liberales impenitentes como Javier Muguerza, incluso.

Ya que hablamos de pesimismos constructivos, cabra resaltar tambin el pesimismo impenitente -pero orgulloso y riguroso en los argumentos- de Jos Vidal Beneyto, que no deja de alegrarnos los sentidos con sus fantsticas columnas en El pas. Un pesimismo que tambin bebe de esa flema liberal que necesitamos en este pas con urgentsima, urgentsima necesidad, para escapar del asfixiante partido de la partitocracia polticamente correcta y del pensamiento nico a escala local y planetaria. Tambin Francisco Fernndez Buey, aprendiz, como l se dice, de Manuel Sacristn, contribuye a poner los puntos sobre las ies desde una izquierda que, ya hace mucho, mucho tiempo, ha dejado las buenas ideas, el anlisis, la tica y el horizonte emancipatorio por las ideas "tiles", el oportunismo ms indigerible, la confusin y la desorganizacin ms pueril, el relajo tico ms exasperante y la pereza mental ms imperdonable. Existe inteligencia y luz en este pas de locos, aunque haya que buscar con lupa y llamar muchas veces a la puerta.

Ya nos gustara a muchos, de todos modos, que en la pennsula, en Europa y en el resto del mundo... se tuviese a "Juan de Mairena" como programa de mnimos para nuestra vida cotidiana, eso querra decir que, por fin, en la triste y loca historia de Espaa, el pensamiento y el vivir, libres ya de eternas verdades y dogmas para llenar consuelos, es an posible.





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