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(Argumentos para la lucha)
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-07-2008

El crimen de reivindicar el derecho a una vivienda digna
La democracia menguada

Ricardo Rodrguez
Rebelin


Poca gente se habr enterado de que el pasado 24 de mayo algo ms de un millar de personas se manifestaron por las calles de Madrid para protestar por el hecho de que un fiscal pida un total de cincuenta aos de crcel para nueve jvenes. El atroz crimen por el que al parecer han de ser tan severamente castigados consiste en haber reivindicado en concentraciones pacficas el derecho a una vivienda digna y desde luego haber intentado evitar ser apaleados por la polica. Sobra aadir que ni la manifestacin del 24 de mayo ni los motivos por los que se convoc han merecido ocupar espacio alguno en los medios de comunicacin. Disponiendo de las zozobras de Rajoy o la polmica sobre nuestra participacin en Eurovisin, a qu reparar en asuntos sin importancia.

Cuando en mayo de 2006 empezaron las sentadas reivindicativas del derecho a una vivienda digna, de las que luego naci un movimiento social que dio en llamarse V de Vivienda, numerosos medios se hicieron eco de las protestas. Resultaban vistosas, sorprendentes por su espontaneidad y la gran cantidad de jvenes que participaban en ellas y adems llamaban la atencin acerca de un gravsimo problema social del que ya era imposible dejar de hablar. Coincidieron ms o menos en el tiempo con la eclosin de escndalos de corrupcin inmobiliaria, lo que pudo hacer bien visible que durante aos los poderes pblicos, en connivencia con empresarios voraces, haban apuntalado un orden social en el que, mientras una elite se forraba obscenamente, cerca de ocho millones de ciudadanos vean negado un derecho que dice garantizarles el artculo 47 de la Constitucin. En un pas, por cierto, en el que se acumulaba cerca de la mitad del volumen de construccin de toda la Unin Europea y haba sin embargo ms de tres millones de viviendas vacas.

No quedaba ms remedio que hablar de ello, no fuera a ser que el malestar ciudadano se desmandara, o, peor aun, que los ciudadanos empezaran a pronunciarse sin lderes que los apadrinaran. Y los dirigentes de los grandes partidos polticos comenzaron a hablar de ello. Claro que slo para arrojar a la cara del adversario sus casos de corrupcin y justificar los propios, o bien para alardear de polticas de vivienda que en la prctica han demostrado ser catastrficas, porque aqu nadie ha querido, ni quiere, matar a la gallina de los huevos de oro del ladrillo y la especulacin. A los ayuntamientos o, mejor dicho, a sus gestores pblicos- les ha ido de maravilla con el tinglado y a los partidos polticos digamos que no les ha estorbado.

Inaugurado el debate donde convena, es decir, en las tribunas de los mtines, los parlamentos o los grandes medios de prensa, en las que todo asunto puede transformarse en disputa electoral, los que sobraban eran los ciudadanos, salvado sea su mero papel de oyentes. A medida que las asambleas de base por una vivienda digna fueron madurando, y segn fueron desvelando la escandalosa maraa de intereses econmicos que se beneficiaban de la miseria de la mayora de la poblacin, la atencin en general de la prensa hacia ellas se fue enfriando hasta casi olvidarlas por completo, con las fugaces excepciones de breves notas casi siempre alusivas a enfrentamientos con la polica. Entristece ver cmo un movimiento ciudadano independiente de burocracias sindicales, de los aparatos de los partidos y desde luego de grupos empresariales, y capaz no obstante de armar una alternativa social propia, se vuelve de inmediato por ello sospechoso. Entre nosotros, la democracia no abarca a aquellas expresiones que no se canalicen por estructuras de poder bien reconocibles.

Se tolera y a veces hasta se estimula que la ciudadana se queje de algn mal social y reclame el cumplimiento de un derecho. La demanda cvica se puede manejar a gusto de cada demagogo para tratar de obtener ventaja en los foros mediticos. Es bien sabido que todo autoritarismo precisa para su sostenimiento de la invocacin constante al pueblo soberano, siempre que la soberana del pueblo no pase de mero adorno. sa parece ser la tendencia de cualquier forma de poder, incluso la de Estados liberales, por ms que en stos la elusin de la voluntad popular recurra a procedimientos ms sutiles, como en su da advirti Tocqueville. A la llamada opinin pblica se le dar la ocasin de quejarse o, como mucho, de dar respuestas simples, de sas que caben en las encuestas al uso. Pero si la ciudadana, o siquiera una minora dentro de ella, aparte de quejarse, comienza a sealar las causas profundas de los males sociales, la cosa se vuelve preocupante. Y ya si se atreve a organizar una alternativa consciente de cambio, se desencadena la alarma.

La marginacin en tal supuesto es un primer paso para ahogar la gran o pequea rebelda que haya despertado. Para los jvenes de las protestas por la vivienda se busca adems un escarmiento ejemplar. Y no es el nico caso. Ya no resultan inslitas las condenas a prisin de huelguistas recurdese a los sindicalistas que inspiraron la pelcula Los lunes al sol-, de manifestantes antiglobalizacin o de estudiantes. Y la condena lleva siempre aparejada un odioso estigma social; los que alzan la voz al margen de una u otra oficialidad son convenientemente catalogados como antisistema, radicales o extremistas. Habitan el subsuelo de la comunidad aceptable. Estremece comprobar lo fcil que resulta el encasillamiento, aunque un movimiento como V de Vivienda est denunciando ni ms ni menos que lo que son conclusiones de un informe sobre la vivienda en Espaa de la ONU que se public en enero de este ao y sobre el que tambin, qu casualidad, se abati el silencio.

El simple hecho del atroz castigo que para estos jvenes se pide debera mover a escndalo. Piensa uno que si el novelista Norman Mailer, quien atraves el cordn policial que resguardaba el Pentgono en la mtica marcha contra la guerra de Vietnam en 1967, hubiese tenido similar ocurrencia hoy y aqu podra haberse pasado un lustro a la sombra. Pero lo ms grave es la represin de la disidencia que se pronuncia sin poderes polticos, econmicos o mediticos que la amparen, esto es, con absoluta libertad. La mayora silenciosa tendra que empezar a preguntarse qu democracia es sta que repudia la ciudadana activa, saludablemente desconfiada con el poder y que no se conforma con votar cada tantos aos y responder encuestas de opinin. No tendra que olvidar, en fin, las manidas palabras del pastor Martin Niemller que se atribuyeron a Brecht: Cuando vinieron a por los comunistas guard silencio.


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