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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-08-2008

"Los rusos nos estn defendiendo. Sin los rusos, ahora estaramos todos muertos"

Amelie Herenstein
France Press/El Mundo


Los rusos nos estn defendiendo. Sin los rusos, ahora estaramos todos muertos, subraya con vehemencia una vecina de Tsjinvali. Todava conmocionados a causa de los bombardeos de los ltimos das, los habitantes de Osetia del Sur cuentan ms que nunca con la proteccin de Rusia.

Los georgianos creen que los rusos nos estn invadiendo, pero eso es mentira, aade esta mujer, que vive en una humilde casa de madera en el corazn de la capital de este pequeo territorio separatista liberado ayer por el Ejrcito ruso despus de haber sufrido el pasado viernes la incursin de las tropas georgianas.

En una Tsjinvali en parte destruida por los enfrentamientos y los bombardeos, los pocos habitantes que no han huido salen de sus refugios y comprueban los daos, se saludan, o parten en busca de provisiones.

Vitali atraviesa el saln de su casa y abre un enorme trampilla de madera que esconde la entrada de un hmedo stano de alrededor de 15 metros cuadrados. Aqu se escondieron 12 personas; tenan que turnarse para dormir dice, en referencia a los tres das de combates que han asolado la ciudad de Tsjinvali, dejndola en su mayor parte devastada. El no estuvo en la ciudad durante los eternos bombardeos, sino luchando contra los georgianos en las colinas, explica este cuadragenario en traje militar, que se niega a proporcionar ms detalles.

Su vecino Slavik, sin embargo, no tuvo otro remedio que conocer el miedo, la promiscuidad, la falta de aire, de agua y de comida, encerrado en un refugio bajo el suelo de madera. Era el infierno: no era Grozni, era Stalingrado!, exclama, reclamando que el presidente georgiano Mijail Saakashvili responda ante el Tribunal Penal Internacional.

Tres casas ms lejos, otro stano un poco ms grande ha albergado a 30 personas, segn cuenta otro vecino. Aza, una mujer de 80 aos, explica que sus cinco hijos se marcharon a luchar con el Ejrcito ruso.

Malena y Salina caminan, con sus cestas en la mano, sobre una acera tapizada de restos de vidrio y de metal. Todos sus vecinos se han marchado, pero ellas han tenido que quedarse porque no tienen familiares que las acojan en la vecina Osetia del Norte.

Hemos pasado tanto miedo que todos necesitaremos tratamiento psicolgico, declaran. Ahora que saben que el Ministerio ruso de Situaciones de Emergencia ha habilitado un campo de ayuda para la poblacin, se dirigen hacia all.

Ms lejos, al sur, en las afueras de la ciudad, los destrozos son, en algunos lugares, de considerable importancia. Adik, un anciano desgarvado y en ropa interior, muestra el impacto de los misiles Grad en su inmueble, de nueve plantas. Los muros muestran enormes agujeros y huellas de incendio. Sus tres hijas huyeron antes de la catstrofe, pero l se qued all, solo. Soy un hombre, prefiero morir aqu, afirma.

Cerca de all se erige una escuela de Primaria. Dos cadveres de soldados georgianos yacen en la hierba a los pies del edificio. Llevan ah unos cuantos das, explica Adik. No siento que hayan muerto. Ellos intentaron asesinar nios; tienen lo que se merecen, dice un periodista ruso. Sus colegas asienten a la dureza de sus palabras.

La prisin de Tsjinvali est vacia. Los vigilantes decidieron abrir las puertas a los 91 detenidos el viernes por la maana, tras la primera noche de bombardeos.

Hemos dejado que se vaya todo el mundo. No tenemos agua ni comida. Un misil cay en el patio, y otro derrumb el techo del edificio donde se encontraban los detenidos, explica el director, Valentin Bimbolavich.

Los presos ni siquiera se fueron rpidamente. No se poda salir a causa de los disparos. Nos amontonamos unos encima de otros en el pasillo, vigilantes y prisioneros mezclados, para protegernos, comenta.


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