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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-08-2008

La psiquiatrizacin del malestar social

Paco Roda
Rebelin


Dicen que los nuevos malestares de esta poca hiperconsumista y absolutamente eglatra ya no son consecuencia de las relaciones de produccin. Que ese malestar no requiere de una lectura social, mucho menos poltica. Porque esa pesadumbre es privada, cosa de cada uno, de su desajuste, culpa de cada cual, porque no ha sabido estar a la altura del tiempo o el destino. Creo que ello viene a confirmar las estrategias de individualizacin y patologizacin de numerosos malestares modernos. Qu ha pasado? Hace aos, en la dcada de los ochenta, perdimos la virginidad utpica, aquella que an nos mantena como guerreros del antifaz contra la tirana social, como sujetos polticos, actores del tiempo y artfices de la historia. La posmodernidad nos desvirg y con ella perdimos la nocin del presente. Y entonces la realidad se reconvirti en un lodazal en barbecho. Y as, poco a poco, nos fuimos abandonando por obra y gracia del relativismo narcisista al nihilismo paralizante, renegando incluso del futuro. Entonces nuestras biografas se fragmentaron, olvidamos los relatos emancipatorios, primamos la esttica sobre la tica y la egolatra hiperconsumista sirvi para justificar desde las flexibilidades del mercado hasta la contencin histrica de nuestros cuerpos. Y las viejas solidaridades de clase sangraron tras las grietas que se abran en el interior de las debilitadas estrategias de la histrica proteccin comunitaria. El espacio se remodel y la deslocalizacin sirvi para perpetuar las distancias entre los sujetos descaracterizados a los que las carnes se les abran arrojndolos a una confortable intemperie. Sabamos, y sabemos que algo va mal. Y es que la poltica ha sido derrotada como arma de combate y el derecho al yo por encima de todo ha tratado de compensar la creciente despolitizacin de las relaciones sociales. Y sin embargo, la felicidad anunciada no llega. Y todo se llena de consejeros psicologistas, manuales de autoayuda, utopas ingenuas que crecen en medio de una creciente desertificacin social. Y los dogmas religiosos se rearman y vuelven a emerger como sustitutos de las convicciones abandonadas por aquella razn combativa sepultada entre los lirios de la historia inacabada.

Y es que ahora, el viejo conflicto social, el que nos inspir y anim a las barricadas, reconvertido en conflicto global explicativo de todas las resistencias, se ha despolitizado reconvirtindose en un asunto personal aupado tras la victoria del yo narcisista. No esperis lectores, ninguna resistencia de unos sindicatos algodonosos y claudicantes ante la deforestacin sociolaboral de nuestras relaciones mercantiles, no esperis nada de las agencias de voluntarios que inundan el mundo; excepto su meritoria, reconocida y siempre excitante pasin por el prjimo. Pero marcadamente neutral e institucionalizada. No esperis nada de las agencias sociales, de los grupos institucionalizados de presin social, no esperis nada porque todo ello forma parte de una estrategia de contencin del conflicto social, cada vez menos politizado y ms blindado en su lectura y posibles alternativas de cambio social real.

Pero el conflicto sigue dejando vctimas. Muchas aguardan en la larga lista de los centros de salud mental, en los despachos privados de los psiclogos, en los servicios sociales o en el paro puro y duro. Son los que sobreviven a pelo, los alprazolanizados y quienes han somatizado la dureza de una vida sin redes de proteccin en la fibromialgia social de nuestros das. Y es que las biografas personales se han despolitizado, el sufrimiento se ha desocializado y reconvertido en un problema absolutamente privado donde el individuo psiquiatrizado y asistencializado, es aconsejado por psiquiatras, jueces y asistentes sociales, el triunvirato profesional de la contencin social que responde a la asistencializacin de la nueva lucha de clases. Surge as una lectura acrtica donde el malestar social pierde significado poltico y ste se normaliza y se integra como malestar privado.

Guillermo Rendueles, un psiquiatra-escritor asturiano y Santiago Alba Rico, uno de los intelectuales espaoles ms lucidos del momento ya nos avisaron hace tiempo de esta deriva en sus magnficos anlisis. Con ellos coincido en reconocer que por las consultas siquitricas pasa el 30% de los pacientes del rea sanitaria. Que ese 30% tenga problemas de salud mental es otra cuestin que Castilla del Pino define como la inflacin del sistema absolutamente mediatizado por la psiquiatrizacin dirigida desde las multinacionales farmacuticas. No obstante esta privatizacin del conflicto social, desde mi punto de vista, viene determinado, y en ello coincido con los autores citados, por ciertas posiciones ante el propio conflicto. Posiciones que bsicamente resumen los modelos relacionales con el propio acontecer diario, sus problemas y la forma de transferir responsabilidades entre los sujetos histrico-polticos y las instituciones.

La posmodernidad inaugur una serie de derechos basados en la primaca del yo. Ese yo hiperconsumista de deseos, satisfacciones y hedonismos individualistas, ajenos a las consecuencias que generan, nos ha eximido de nuestra responsabilidad conductual. Las cosas ocurren, nos pasan y acontecen sin que ningn sujeto asuma responsabilidades. Los sucesos y las acciones se sitan en el limbo, sin gravamen alguno. Y es que la experiencia vital carece ya de enseanzas porque la propia realidad est desdramatizada. Porque la hiperindividualizacin ha fagocitado toda lectura crtica y poltica de la realidad permaneciendo los sujetos ajenos a los compromisos. Pero tambin los Estados, las instituciones y las administraciones pblicas se han inhibido de cualquier responsabilidad transfirindola al individuo enaltecido y blindado por los derechos del yo consumista. El largo milln de victimas civiles de Irak no es responsabilidad de nadie. No es ningn drama porque nadie se hace cargo de su sangre.

Y es que desde hace tiempo las polticas pblicas patologizan e individualizan aquellas biografas, itinerarios o sucesos que escapan a los procesos de normativizacin y normalizacin social. El sistema de salud o el sistema de los servicios sociales victimizan los procesos personales haciendo creer al sujeto que l es el culpable de su situacin. Reconversiones, paro de larga intensidad, precariedad laboral, exclusin social, pobreza endmica, divorcios, estrs, ansiedad, se envuelven en nuevas categoras gnoseolgicas que explican los nuevos problemas sociales, problemas por otra parte absolutamente despolitizados en su anlisis y significado. Por ejemplo, los Servicios Sociales han inventado herramientas de normativizacin social como la Bsqueda Activa de Empleo, los acuerdos de incorporacin, el itinerario de insercin y otras lindezas tcnico-burocrticas, descontextualizadas de la realidad social en las que los sujetos patologizados y desautorizados se ven obligados a desprenderse de su protagonismo histrico. Ya no interesan las causas que han generado esas biografas de la pobreza, el abandono o la desesperacin, como si los sujetos hubiesen elegido su propia miseria. Nada se opina sobre las condiciones y relaciones laborales, sociales, familiares, patriarcales, sexistas o de dominacin. Nada sobre la inseguridad, las infraviviendas, los salarios parciales, los talleres ilegales y las mltiples formas de explotacin invisible. Nada. Como si slo nos interesara asistencializar a quienes van a la deriva, a quienes no asimilan su naufragio voluntario o a los espritus agrietados, esos para quienes el porvenir es una larga agona sin desenlace.



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