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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-08-2008

Texto ntegro ledo con motivo de la entrega formal del Premio Libertador al Pensamiento Crtico 2007. 7 de agosto de 2008 en el Teatro Teresa Carreo de la ciudad de Caracas.
El pensamiento crtico en un mundo incierto

Renn Vega Cantor
humanidadenred.org


Si nuestra Amrica no ha de ser sino una prolongacin de Europa; si lo nico que hacemos es ofrecer suelo nuevo a la explotacin del hombre por el hombre (y por desgracia esa es hasta ahora nuestra nica realidad), si no nos decidimos a que sta sea la tierra de promisin para la humanidad cansada de buscarla en todos los climas, no tenemos justificacin: sera preferible dejar desiertas nuestras altiplanicies y nuestras pampas si slo hubieran de servir para que en ellas se multiplicaran los dolores humanos, no los dolores que nada alcanzar a evitar nunca, los que son hijos del amor y la muerte, sino los que la codicia y la soberbia infligen al dbil y al hambriento. Nuestra Amrica se justificar ante la humanidad del futuro cuando, constituida en magna patria, fuerte y prspera por los dones de la naturaleza y por el trabajo de sus hijos, d el ejemplo de la sociedad donde se cumple la emancipacin del brazo y la inteligencia. (Pedro Henrquez Urea, Patria de la justicia (1925), en La utopa de Amrica, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1989 p. 11.)

Aunque el tema central que nos convoca en esta ocasin est directamente relacionado con la vigencia del pensamiento crtico, no es posible efectuar un anlisis abstracto del mundo de las ideas al margen de la realidad social en la que vivimos, sin caer en un idealismo vaco e insustancial. Si concebimos al pensamiento crtico como una filosofa de la praxis, debemos referirnos a la historia, a los problemas concretos, a las luchas prcticas y a las expectativas reales de sujetos de carne y hueso en una situacin especfica. En concordancia con esta proposicin, en esta oportunidad quiero referirme a tres tpicos que versan principalmente sobre Colombia, el pas de donde vengo y donde vivo. En su orden: primero, la desgracia de ser un pas rico en recursos; segundo, el intocable terrorismo de Estado; y, tercero, qu podra hacer el pensamiento crtico en un contexto tan desolador.

1. Colombia: la desgracia de ser un pas rico

Colombia, el pas en el que vivo, est atravesada por las ms tremendas contradicciones del mundo contemporneo. Es un territorio con una extraordinaria diversidad y riqueza natural y cultural, en cuyo seno se encuentran todos los pisos trmicos y una gran variedad de paisajes y de climas, dos costas, escarpadas montaas, extensas altiplanicies y llanuras, bosques, selvas y ros caudalosos. All se alberga una gran riqueza natural, que es tambin una de las razones de nuestra desgracia, como les sucede a los pases que cuentan con recursos. Como parte de esa riqueza natural contamos con minerales, maderas, agua y biodiversidad a granel. En biodiversidad, Colombia es uno de los cuatro territorios ms ricos del mundo, por sus numerosas y variadas especies de plantas y animales, un tesoro invaluable hoy como ayer apetecido por los poderes imperialistas. En esos suelos frtiles desde hace miles de aos se han desarrollado complejas sociedades y culturas, un resultado de la mezcla tnica, voluntaria y forzada, como producto de las sucesivas fases de sometimiento de los comunidades aborgenes desde comienzos del siglo XVI. Algunos de los pueblos originarios descendientes de nuestros primeros padres, sobreviven arrinconados en tierras de ladera o en lo profundo de la selva, pese a todas las campaas de exterminio libradas contra ellos en los ltimos cinco siglos, por los conquistadores europeos y sus descendientes criollos. En total, en el actual territorio colombiano existen unas 80 etnias, que agrupan a algo ms de un milln de seres humanos, con sus propias formas de organizacin social, costumbres y tradiciones y muchas de ellas conservan sus lenguas vernculas.

Como parte de esa diversidad cultural, sobresale el aporte de los pueblos africanos que fueron trados brutalmente como esclavos y que, en medio de la opresin, la discriminacin y la explotacin, dieron origen a comunidades de libertos y campesinos que se asentaron en diversos sitios del pas, en especial en sus zonas costeras, en valles y esteros. La mezcla de europeos, pobres y ricos, con los indgenas y los negros esclavizados dio origen a los campesinos colombianos, mestizos por excelencia que hasta hace no mucho tiempo eran la mayora indiscutible de la poblacin y que en la actualidad representan el 25 por ciento de todos los habitantes del pas.

Colombia es, entonces, un crisol de pueblos y culturas, en donde se hablan ms de medio centenar de lenguas, con una notable diversidad regional y variadas costumbres y tradiciones. Esa diversidad cultural est seriamente amenazada por voraces empresas transnacionales que, en alianza con capitalistas locales, se estn apropiando a mansalva de las tierras, recursos y saberes autctonos. Estas prcticas de biopiratera buscan expropiar conocimientos ancestrales, muy tiles a grandes conglomerados transnacionales en su pretensin de mercantilizar la naturaleza. El Tribunal Permanente de los Pueblos que termin sus sesiones en Bogot hace pocos das verific el peligro inminente de extincin fsica y cultural de 28 pueblos indgenas, que en la mayora de los casos estn formados por menos de un centenar de personas por pueblo, debatindose entre la vida y la muerte. Y concluy que su desaparicin de la faz de la tierra constituira, en pleno siglo XXI, adems de una vergenza para el Estado colombiano y para la humanidad entera, un genocidio y un crimen de lesa humanidad por su accin u omisin institucional de atender a estos pueblos que de manera irreversible estn a punto de extinguirse.

Colombia es, al mismo tiempo, uno de los pases ms injustos de nuestra Amrica y del mundo, puesto que a la par con esa inestimable riqueza natural, humana y cultural, existen los ms aberrantes niveles de desigualdad, una caracterstica estructural de nuestra sociedad, que explica en gran medida la violencia que nos ha asolado durante los ltimos 60 aos. En Colombia desde los tiempos de la colonia se formaron poderosos terratenientes, cuyos herederos actuales son amos y seores de cuerpos y almas, apoyados por las altas jerarquas de la iglesia catlica y el ejrcito, en consonancia con la santa alianza entre la cruz y la espada. Eso ha dado origen a una terrible polaridad social, en la cual terratenientes de toda especie (ganaderos, propietarios ausentistas, exportadores de productos primarios, narcotraficantes y paramilitares), que representan solamente el 0.4 por ciento del total de propietarios, son dueos del 61 por ciento de las tierras del pas, de las ms productivas y de las mejor situadas, y el 54 por ciento de pequeos propietarios (campesinos minifundistas, colonos, indgenas, comunidades afrodescendientes) slo poseen el 1,7 por ciento de la tierra, como resultado de lo cual existen 8 millones de pobres rurales. En Colombia, a diferencia de otros pases de Amrica Latina (Mxico, Cuba o Per) nunca se llevo a cabo una reforma agraria que intentara democratizar la propiedad y uso de la tierra, y los tmidos intentos de corte redistributivo a la larga terminaron por fortalecer el poder de los terratenientes, ligados a otras fracciones del capital, tanto nacional como extranjero. No es de extraar, en este sentido, que empresas multinacionales como La United Fruit Company (hoy Chiquita Brands) haya constituido un enclave territorial en la costa atlntica colombiana durante las primeras dcadas del siglo XX y que esas mismas empresas estn impulsando ahora mismo una nueva apropiacin de tierras y riquezas a lo largo y ancho del pas. Eso ha cobrado fuerza en los ltimos aos con la apertura incondicional a los monopolios transnacionales y nunca antes en la historia nacional se haban registrado tales niveles de inversin extranjera como los actuales se paso de 3.768 millones de dlares en el 2000 a 10.085 en el 2005- y, por supuesto de utilidades remitidas al exterior que saltaron de 673 millones de dlares en el 2000 a 6.535 en el 2007, con un crecimiento de casi el 1.000 por ciento.

Esta caracterstica estructural de monopolio terrateniente del suelo, se ha acentuado en los ltimos aos, con el despojo de cinco millones de hectreas de tierra por parte de fuerzas paraestatales. Estas tierras, como expresin de una tpica revancha terrateniente, han sido arrebatadas a los campesinos y apropiados por viejos y nuevos hacendados, para ampliar sus fincas ganaderas, sembrar palma africana y otros cultivos de exportacin, ahora usados para producir necrocombustibles. Este hecho explica el despojo y el destierro de cuatro millones de colombianos en su propio pas, lo cual nos ubica entre los dos pases del mundo con ms desplazados internos, disputndonos palmo a palmo con Sudn un deshonroso primer lugar en tan indigna accin.

Como las clases dominantes de Colombia nunca han querido repartir ni un centmetro de tierra, han expulsado violentamente a los campesinos hacia los lmites de la frontera agrcola, con lo cual se ha poblado el pas, a costa de indgenas y comunidades afrodescendientes, mientras las mejores tierras siguen en manos de los grandes propietarios. Esa expulsin campesina lleg a las ciudades, desde finales de la dcada de 1940, originando una urbanizacin acelerada y profundamente antidemocrtica, porque en las ciudades se ha ido reproduciendo, a su modo, la injusticia del mundo rural, pues un puado de potentados, ligado al capital financiero, se ha enriquecido a costa del hambre de tierras urbanas de los ms pobres, que cclicamente llegan huyendo de la violencia y de la miseria que impera en los campos colombianos. Eso explica que hoy por hoy la mayor parte de la poblacin del pas malviva en las ciudades (algo ms del 70 por ciento), y millones de personas no cuenten con los ms elementales servicios pblicos, estn desempleados, vivan del rebusque diario y se encuentren arrinconados en barrios tuguriales. Al mismo tiempo, en esos espacios urbanos, como parte de la lgica injusta del capitalismo, existen guettos de riqueza de las clases dominantes y de reductos de las clases medias, como se aprecia en Bogot, Medelln, Cali, Barranquilla y otras ciudades del pas, en donde se vive con todas las comodidades y el confort de las elites de los Estados Unidos o de Europa.

No es difcil documentar la magnitud de la horrorosa desigualdad de la sociedad colombiana: hay veinte millones de pobres y 7 millones de personas viven en la absoluta miseria, lo cual quiere decir que uno de cada dos colombianos es pobre y uno de cada seis es indigente; el desempleo afecta, segn cifras oficiales, a dos millones doscientas mil personas y si a ellas le sumamos las que sufren el subempleo y otras formas disfrazadas de desempleo, tenemos que el desempleo real cobija a unas 9 millones de personas, el 41 por ciento de una poblacin econmicamente activa de 20 millones. Y la gran mayora de los que tienen empleo soporta condiciones laborales indignas e inhumanas, como producto de la flexibilizacin y precarizacin laboral, de la prdida de derechos, de la imposibilidad de organizarse sindicalmente, de la contratacin temporal y de la ampliacin de la jornada laboral, porque en una especie de revolucin conceptual en la astronoma, que erizara la piel de Kepler y Coprnico, el actual gobierno determin extender por decreto el da de las seis de la maana a las diez de la noche, para que los empresarios no paguen horas extras ni recargos nocturnos.

Para completar, las reformas tributarias de los ltimos aos han aumentado la desigualdad, puesto que han disminuido o suprimido impuestos a los ricos con el pretexto de aumentar la inversin de capital privado, tanto nacional como internacional, mientras que se ha generalizado el impuesto al valor agregado y las tributos directos que pagan los asalariados y los pobres. De esta forma, en tanto que un trabajador paga impuestos sobre sus ingresos, las empresas cotizan, cuando lo hacen, sobre sus ganancias y no sobre su patrimonio.

La concentracin de la riqueza es de tal ndole que hace de Colombia un pas terriblemente injusto, como se comprueba con unos pocos datos del Informe de Desarrollo Humano, versin 2005: 58 personas pobres (del 10% de menores ingresos) reciben el mismo ingreso que 1 persona rica (del 10% con mayores ingresos), Colombia es el undcimo pas ms desigual del mundo con un Coeficiente de Gini de 57,6.; El 20% ms rico de los colombianos consume el 62% de los bienes y servicios y el 20% ms pobre consume el 3%.. Un dato sinttico nos indica que el ingreso acumulado del 80 por ciento de los colombianos es inferior a los ingresos totales del 10 por ciento ms rico, los verdaderos dueos del pas.

Esta profunda desigualdad de la sociedad colombiana ha sido preservada histricamente mediante varios mecanismos. Al respecto, vale mencionar los elementos ideolgicos de que se han valido las clases dominantes en Colombia para mantener su hegemona, entre los cuales sobresalen los mitos desmovilizadores y, ms recientemente, el uso del poder meditico. Esas clases dominantes se han encargado de construir dos mitos de larga duracin, tanto para uso interno como fuera del pas. El primer mito sostiene que la Colombia actual desde temprana poca, a finales del siglo XVIII, se convirti en una sociedad mestiza, en la que, por ende, nunca ha existido discriminacin tnica ni desigualdad racial. Esta falacia, repetida hasta la saciedad, fue construida para invisibilizar a indgenas y afrodescendientes, justificar la apropiacin de sus tierras y de sus riquezas, legitimar su persecucin y exterminio y entregar sus suelos a empresarios locales o extranjeros, como viene sucediendo con las empresas petroleras desde comienzos del siglo XX. Con este embuste de un pretendido mestizaje democrtico, las clases dominantes de Colombia han buscado marginar, cuando no exterminar, a indgenas y negros, considerados como inferiores, para no reconocerlos ni como seres humanos ni como comunidades o individuos con derechos, sino solamente como peones o como carne de can y de urna.

El segundo mito desmovilizador, ms acentuado que el primero y de difusin internacional, asegura que Colombia es la democracia ms antigua y ms slida de Amrica Latina. Esto no deja de ser una falacia o un mal chiste, sobre todo para los que vivimos en ese pas. Es una falacia, como puede probarse mencionando, de paso, algunos aspectos polticos, econmicos y sociales. En trminos polticos, durante ms de un siglo y medio las clases dominantes han usufructuado el poder valindose de dos partidos, el liberal y el conservador, que se han turnado o han compartido el control del gobierno y del Estado, cerrando cualquier posibilidad de participacin poltica a fuerzas diferentes, mediante el asesinato y la persecucin, siendo este otro de los factores estructurales que explica la constante violencia en Colombia, Incluso, cuando en el seno mismo de esos partidos tradicionales han existido personajes que se han atrevido a cuestionar la injusticia y la desigualdad, han sido vistos como sujetos peligros y las clases dominantes no han dudado en eliminarlos, como sucedi con el caudillo liberal Jorge Elicer Gaitn en 1948.

En trminos econmicos, cuatro grupos monoplicos, estrechamente ligados al capital imperialista, son dueos de las ms diversas actividades econmicas y productivas, siendo los que finalmente deciden quien hegemoniza el poder poltico. Esos grupos econmicos dominan los medios de comunicacin, ahora en alianza con capital espaol, y por eso en Colombia, dos canales de televisin privados, dos cadenas de radio y un peridico de circulacin nacional dictaminan qu se dice y se piensa en nuestra sociedad. Es una dictadura meditica de los grandes grupos econmicos, a travs de sus empresas periodsticas, que configuran un cartel del terrorismo ideolgico y cultural y son los puntales de la guerra informativa contra la poblacin y contra todos los que consideran sus enemigos (como lo han podido comprobar recientemente los gobiernos de Ecuador, Venezuela y Nicaragua). All se encuentran pocas familias, como los Santos, Ardila Lule, Santodomingo y los grupos Prisa y Planeta de Espaa. Qu democracia puede haber en un pas de 45 millones de habitantes, en el cual slo unos cuantos empresarios de los medios controlan todo lo que se mueve y produce, incluyendo la informacin?

En trminos sociales, la desigualdad y la injusticia estructural del pas se han agravado con la aplicacin del recetario neoliberal, la apertura comercial y la arremetida imperialista durante los ltimos 20 aos. As, En Colombia se han privatizado las ms importantes empresas pblicas y la salud, la educacin y la cultura se han convertido en negocios rentables para llenar el bolsillo de los capitalistas nacionales o internacionales. Igualmente, Colombia es un pas militarizado al extremo, hasta el punto que hoy tiene un ejrcito de 400 mil efectivos y cuenta con ms policas y soldados que profesores, mdicos o enfermeros, lo que hace que, en trminos de inversin militar con relacin al PIB, sea el tercer pas ms militarizado del orbe, slo superado por Israel y Burundi. Este crecimiento desmesurado del gasto militar ha sido posible por la ayuda de los Estados Unidos que le suministra al gobierno colombiano ms de dos millones de dlares diarios para la guerra interna. Por tal razn, tenemos el dudoso privilegio de ser el tercer pas en recibir donaciones monetarias para la muerte por parte de los Estados Unidos, por debajo de Israel y Egipto. (No por casualidad, como lo ha sealado Noam Chomsky, existe una correlacin directa entre ayuda militar estadounidense y violacin sistemtica de los derechos humanos, como se confirma en el caso de nuestro pas).

Como lo subray el Tribunal Permanente de los pueblos: Colombia parece presentarse () como un verdadero laboratorio poltico institucional donde los intereses de los actores econmicos nacionales e internacionales son plenamente defendidos a travs del abandono por el Estado de sus funciones y de su deber constitucional de defensa de la dignidad y de la vida de una gran parte de la poblacin, a la cual se aplica, como si de un enemigo se tratara, la doctrina de la seguridad nacional, en su versin colombiana. Con todas estas caractersticas, si se pudiera usar el trmino de democracia para hablar de Colombia, lo cual es un verdadero contrasentido, habra que hablar de una democracia genocida.

2. 60 aos de terrorismo de Estado y de impunidad

Ufanarse por parte de las clases dominantes que Colombia es la democracia ms antigua y slida del continente, ha servido para ocultar ante la faz del mundo el terrorismo de Estado ms prolongado de nuestra Amrica y uno de los ms constantes en todo el planeta. En efecto, en mi pas ha existido en los ltimos 60 aos (desde poco antes del asesinato de Gaitn el 9 de abril de 1948) una interminable impunidad estatal junto desde luego, a la impunidad de las clases dominantes-, que ha sobrevivido a todos los cambios experimentados en nuestro continente y en el mundo. Mientras que en el cono sur y en Centroamrica se terminaron las dictaduras militares de seguridad nacional, con su estela de sangre, terror y desaparecidos, en Colombia no hubo necesidad de recurrir a la dictadura abierta, porque con el rgimen existente, aparentemente civil y democrtico, se han podido cometer, hasta ahora, tantos o ms crmenes que los realizados por las dictaduras de Videla, Pinochet o los generales brasileos, todos juntos. Segn la ONU, Colombia es uno de los pocos pases de nuestra Amrica donde todava hoy se sigue practicando la horrorosa prctica de la desaparicin forzosa. Aunque la guerra fra termin hace dos dcadas, en Colombia se mantiene, con la misma lgica anticomunista y contrainsurgente de siempre, puesto que el solo hecho de pensar, no digamos diferente, sino simplemente de pensar es un delito, del que se derivan todas las consecuencias posibles: acoso, persecucin, sealamiento, crcel, exilio, desaparicin o muerte. Es bueno enfatizar que en Colombia no se prohbe la disidencia o la protesta, sino que simplemente se mata al que disienta o proteste, como alguna vez lo dijera el periodista Antonio Caballero.

Mientras en otros lugares (El Salvador, Guatemala) se dieron procesos de paz que implicaron para las clases dominantes de esos pases impulsar algunas tmidas reformas sociales, econmicas y polticas y reconocer la existencia de los adversarios como interlocutores vlidos, en Colombia la oligarqua criolla no quiere repartir nada, ni un centmetro de tierra, ni redistribuir ingresos, ni mejorar las condiciones de vida de la poblacin, y por ello ha optado por la va de la tierra arrasada, mediante el Plan Colombia y la instalacin de bases militares de los Estados Unidos en nuestro suelo.

Ese terrorismo de Estado, tan prolongado e impune como el de Israel (cronolgicamente coinciden con terrible exactitud) y solamente superado por el campen mundial del terrorismo de Estado (por supuesto el de Estados Unidos), ha perdurado mucho ms tiempo que las dictaduras de Stroessner en Paraguay, de los Somoza en Nicaragua, de los Duvalier en Hait, o de Trujillo en Repblica Dominicana. Se ha mantenido incluso ms all de la dictadura perfecta, la del PRI mexicano.

Ese terrorismo de Estado, apoyado en grupos paramilitares, utiliza smbolos y nombres similares en dos perodos histricos distanciados por medio siglo, en la poca de la primera Violencia y en la actualidad. Los sicarios conservadores de la dcada de 1950 se autodenominaban pjaros y el ms famoso de ellos era conocido como El Cndor, amigo ntimo de polticos conservadores y de militares que llegaron a la presidencia de la Repblica. Hoy los grupos emergentes de paramilitares se proclaman como las guilas negras, y su cercana con el poder poltico y empresarial es evidente, como para comprobar que no es mucho lo que ha evolucionado la fauna parasicarial en Colombia, ya que en medio siglo slo se ha dado una mutacin semntica que nos ha llevado de los pjaros a las guilas negras.

La persistencia del terrorismo de Estado en Colombia ha dejado una impresionante secuela de victimas, una contribucin a la historia universal de la infamia, de la cual solamente quiero recordar algunos hechos. En los ltimos 20 aos han sido asesinados 3000 dirigentes sindicales, constituyndose en el pas del orbe ms peligroso para ejercer cualquier actividad gremial, hasta el punto que de cada 10 sindicalistas asesinados en el mundo, 9 lo son en Colombia. En esa lgica de terror contra los trabajadores, con la participacin de empresas multinacionales (Coca-Cola, Chiquita Brands, Nestl, La Drumond...), han sido aniquilados sindicatos completos, como sucedi con el de los bananeros en Urab o con el de la palma africana en el departamento de Cesar y otros han sido sistemticamente perseguidos, como la Unin Sindical Obrera que agrupa a los trabajadores petroleros, cien de cuyos dirigentes y miembros han sido asesinados despus de 1988.

Como parte de esa lgica del terror, en Colombia se planific y ejecut el genocidio poltico de una organizacin de izquierda, la Unin Patritica, que fue aniquilada en las dcadas de 1980 y 1990, con el asesinato de 5000 de sus militantes, incluyendo senadores, concejales y alcaldes.

El asesinato de dirigentes campesinos, de defensores de derechos humanos, de periodistas, de profesores, de estudiantes, de luchadores sociales ha sido y es la pauta tpica del terrorismo de Estado hasta el da de hoy, sin que sus responsables, asociados en gran medida al capital privado, a las fuerzas armadas y a los terratenientes, sean condenados y antes por el contrario hoy sean vistos como prsperos empresarios o salvadores del pas, que se pavonean orondos de sus crmenes, tanto en Colombia como en el exterior.

En este pas se ha generalizado el terror de mltiples formas por parte de sectores de la extrema derecha, mediante matanzas indiscriminadas desde 1981, cuando apareci en escena el primer grupo paramilitar en el Magdalena Medio. Desde entonces hemos vivido horrores indescriptibles, masacres de una inconcebible sevicia, crmenes que son el teln de fondo de lo que en forma benigna se ha llamado la parapoltica, por lo cual estn detenidos ms de 30 senadores de la coalicin de gobierno. La parapoltica simplemente es un eufemismo para camuflar la magnitud de los delitos de lesa humanidad que ha producido la alianza macabra de grupos de matones con polticos, terratenientes, militares, empresarios y multinacionales, con la finalidad de eliminar a todos los seres humanos considerados como enemigos y obstculos de la acumulacin de capital mafioso imperante en Colombia. Porque, de paso, en ese pas si que se aplica la notable distincin de Leonardo Sasccia, cuando dijo que la mafia es un capitalismo ilegal, mientras que el capitalismo es una mafia legal.

De la misma manera, en Colombia hay miles de desaparecidos por razones polticas o reivindicativas desde 1977, cuando fue raptada y luego desaparecida en la ciudad de Barranquilla por organismos de seguridad del estado Omaira Montoya Henao, una bacteriloga de 34 aos y militante de izquierda. Esta prctica criminal no ha cesado y se mantiene hasta el da de hoy.

Si se hiciera un minuto de silencio por cada uno de los muertos, torturados y desaparecidos que se han presentado en Colombia en los ltimos sesenta aos, tendramos que permanecer callados, por lo menos, durante dos aos continuos. Tal es la magnitud de la impunidad del terrorismo de Estado imperante en Colombia, del cual es cmplice y copartcipe el imperialismo estadounidense y ese conjunto de delincuentes que se autodenomina comunidad internacional. Por todos aquellos que he nombrado (sindicalistas, indgenas, dirigentes campesinos y populares, defensores de derechos humanos, estudiantes, profesores, mujeres e intelectuales) y que han sido asesinados, torturados o desaparecidos nunca se ha convocado a una marcha por parte de la poderosos medios de comunicacin, ni se han organizado conciertos para escuchar a cantantes destemplados, como si, sencillamente, esos muertos y desaparecidos nunca hubieran existido o no fueran importantes. A esos colombianos humildes y pensantes que han sido asesinados y masacrados por el capitalismo colombiano quiero recordarlos en esta ocasin y rendirles un tributo de reconocimiento, porque su lucha forma parte de la memoria y de la dignidad de quienes no se han resignado a creer que la violencia en Colombia es un castigo divino, sino que es producto de un sistema profundamente injusto y desigual y que han soado con un pas decente, muy distinto al actual, gansteril y mafioso.

Bombardear un pas vecino, violar el derecho internacional humanitario y las leyes de guerra usando los smbolos de la Cruz Roja, TeleSur y de una ONG humanitaria de Barcelona- calumniar e inculpar a presidentes de otros estados, oponerse al derecho de asilo, son prcticas terroristas que han evidenciado ante la faz del mundo en el ltimo ao, pero slo son un plido reflejo del terrorismo de estado que los colombianos comunes y corrientes han soportado durante ms de medio siglo. Lo que est aconteciendo ahora confirma que en Colombia, el Estado y las clases dominantes se han convertido en fichas incondicionales de los Estados Unidos en nuestra Amrica, para fungir como el portaaviones terrestre de la guerra preventiva y como punta de lanza de los intereses del imperialismo en su sed insaciable de apropiarse de riquezas y recursos. Para hacerlo posible, Estados Unidos directamente o por intermedio de Colombia necesita sabotear los procesos autnomos y soberanos que se impulsan, entre logros y tropiezos, en distintos pases sudamericanos.

Desde luego, ese comportamiento internacional del Estado colombiano tampoco es nuevo, puesto que durante los ltimos sesenta aos, para vergenza de nuestra Amrica, sucesivos gobiernos han respaldado o participado en hechos tan lamentables como la Guerra de Corea, a comienzos de la dcada de 1950, o la criminal invasin a Irak en los ltimos cinco aos. El gobierno colombiano actual ha sido el nico de la regin en aplaudir las maniobras de la IV flota imperial de los Estados Unidos en el Mar Caribe y en respaldar a la Unin Europea en su directiva xenfoba y racista contra los inmigrantes. Como parte de esa historia de traicin de los gobiernos colombianos a otros pases sudamericanos, recordemos que en 1982, el presidente de entonces fue el nico de Sudamrica en respaldar al Reino Unido y a Estados Unidos en el conflicto de las Malvinas. Todos estos acontecimientos demuestran que el sndrome de Can tambin es una caracterstica estructural de las clases dominantes de ese sufrido pas!

Cabe preguntarse, por qu ha persistido durante tanto tiempo ese terrorismo de Estado con todas sus secuelas de sangre y horror? Puede responderse diciendo que una razn fundamental se encuentra en la permanente resistencia de importantes sectores de la poblacin al modelo capitalista gansteril existente en nuestro pas. Porque, a pesar de la violencia estatal y paraestatal, en Colombia en las ltimas dcadas se ha dado un extraordinario proceso de resistencia con variadas formas de lucha, en donde han participado indgenas, campesinos, comunidades afrodescendientes, trabajadores sindicalizados, estudiantes de escuelas y universidades pblicas, trabajadores de la cultura y algunos intelectuales y entre la que hay que situar tambin el surgimiento de la insurgencia armada. El terrorismo de estado existe porque, a pesar de todos los esfuerzos y propaganda, las clases dominantes no han podido erradicar de importantes sectores de la poblacin colombiana, la semilla de la rebelin, de la inconformidad y de la resistencia.

3. Qu puede hacer el pensamiento crtico?

En el contexto antes sealado, vale preguntarse qu funcin tiene el pensamiento crtico en una sociedad como la colombiana, en la cual se ha impuesto, tal vez como en pocos lugares del continente, el pensamiento nico de clara estirpe neoliberal, impulsado por los medios de comunicacin, las clases dominantes y las multinacionales, todo lo cual, junto con la violencia, ha llevado al arrinconamiento y a la asfixia de la intelectualidad de izquierda, la mayor parte de la cual fue cooptada por el propio capitalismo en las ltimas dcadas. Esto ha hecho que ciertos escritores, investigadores y profesores universitarios, provenientes de la izquierda, se convirtieran en los intelectuales orgnicos de las viejas y nuevas formas de dominacin capitalista e imperialista, llegndose al extremo de que hoy algunos plumferos justifican y aplauden como legtimas las acciones ilegales del rgimen colombiano. Estos mercenarios del pensamiento, que han alquilado y vendido su conciencia a muy bajo precio, cumplen la funcin de justificar el terrorismo de estado contra la poblacin colombiana a nombre de la pretendida guerra contra el terrorismo, de las supuestas ventajas del libre mercado y de las migajas que les caen al asumir una postura de genuflexin incondicional ante Estados Unidos. Todo eso, adems, slo busca hacer presentables las polticas ms antipopulares y vendepatrias que se registren en los anales de la historia nacional. A todos esos burcratas del pensamiento, pueden aplicrseles de manera textual las palabras de Bertolt Brecht: Quien no sabe la verdad slo es un estpido, pero quien la sabe y la llama mentira, es un criminal.

En contrava con ese pensamiento sumiso y servil, en estos tiempos de mentira e infamia, como dira Antonio Machado, los intelectuales crticos deben preservar en la labor de desentraar todas las formas de explotacin, opresin y sometimiento, asumiendo el papel de cuestionar las mentiras que a diario nos repiten los medios de intoxicacin masiva y los intelectuales domesticados, que slo buscan embellecer al capitalismo y nublar el entendimiento de la gente. En el mundo incierto en el que nos ha tocado vivir, a esos intelectuales crticos les corresponde ayudar a disear instrumentos analticos, adecuados a las urgencias de nuestra poca, que ayuden a entender lo que est pasando, recuperando al mismo tiempo las innumerables luchas y rebeliones que los humillados y ofendidos han librado a travs de la historia y contribuyendo a construir alternativas que recuperen la esperanza. Como no podemos permitir que los medios piensen por nosotros, puesto que eso slo conduce a que se ame a los opresores y se odie a los oprimidos, es imprescindible seguir pensando y actuando en contra de los lugares comunes que pretenden eternizar al capitalismo. Por eso, hemos querido dilucidar el sentido de las patraas terminolgicas de moda (expresadas en trminos vacos y sin sentido como sociedad del conocimiento o imperio, y muchas ms), pero no para quedarnos en la pura crtica, sino para invitar a profesores, estudiantes, lderes sociales, activistas, dirigentes populares y sindicales a que con esfuerzo intelectual superen los mltiples obstculos y ayuden a disear alternativas al capitalismo realmente existente.

La propuesta que ha sido desarrollada en esta obra, busca recalcar que el conocimiento tiene una funcin social, mxime si presume de ser crtico, porque en la actualidad es urgente recrear la educacin poltica de las nuevas generaciones, evitando los manuales que tanto dao nos hicieron, para incentivar a la gente a pensar por cuenta propia, a no tragar entero lo que dicen los medios de desinformacin, ni a creer en toda la propaganda que nos anuncia a diario que estamos ante el fin de la historia y que enfrentar al capitalismo es intil porque ante el mismo no existen alternativas. En este sentido, reivindicamos un tipo de reflexin proscrita en el mundo acadmico, que recupera el lenguaje clsico de diversas vertientes emancipatorias, entre las cuales sobresalen variadas interpretaciones marxistas, ambientalistas, feministas, anarquistas, indianistas y crticas de la razn instrumental. Esa reflexin no ha buscado quedarse en la mera contemplacin, sino que busca construir con comunidades educativas, docentes y sindicales, entre otras, propuestas tericas y metodolgicas que permitan acercarnos a la comprensin de este mundo incierto, as como en el diseo de instrumentos de conocimiento que integren a grupos humanos, a partir de sus necesidades y expectativas concretas.

En esta investigacin se plasma un esfuerzo de sntesis que intenta romper con las especializaciones restringidas en el mbito de las ciencias sociales que tanto nos constrien, y analizar grandes problemas de la humanidad, tales como el ecocidio planetario, las formas de explotacin del trabajo, la mercantilizacin de todo lo existente, el impacto contradictorio de la tecnociencia, las transformaciones educativas y su relacin con las polticas imperialistas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. El objetivo ha consistido en presentarles a los profesores, activistas y dirigentes sociales un panorama amplio de los principales cambios mundiales e indagar cmo inciden en diversos aspectos de nuestra realidad cotidiana, y cmo podra aprovecharse esa informacin en el trabajo intelectual y poltico prctico en el aula de clase, en el barrio, en el sindicato y en otros espacios. Esto se ha hecho porque consideramos que el conocimiento no debe quedar en manos de expertos que lo monopolizan, sino que el saber tiene una funcin social que debe ayudar a la gente a enfrentar, con razones y argumentos, los problemas que la afectan. A este respecto, son iluminadoras las palabras del poeta cubano Roberto Fernndez Retamar cuando afirma: La tarea de los intelectuales latinoamericanos y caribeos no puede ser repetir mimticamente lo que una y otra vez Occidente nos propone como verdades (desde el mentido Descubrimiento hasta la supuesta evaporacin del imperialismo), sino arribar al pensamiento propio de lo que Bolvar llam un pequeo gnero humano: el cual, por otra parte, slo de sta manera lograr desembocar de veras en esa patria que es la humanidad, como sentenci Jos Mart.

En esta perspectiva, quisiera bosquejar algunas de las tareas del pensamiento crtico en estos momentos, a saber su irreducible carcter anticapitalista y antiimperialista, recuperar la idea de totalidad concreta para el anlisis y comprensin de la imposicin mundial del capitalismo, y, por ltimo, vincularlo a las luchas histricas de los oprimidos.

De una parte, consideramos que el pensamiento crtico, en Colombia y en nuestra Amrica, tiene que ser anticapitalista y antiimperialista, porque si ha de ser crtico tiene que ir a la raz de los problemas y quien quiera entender y transformar la injusticia y la desigualdad hoy en nuestro continente en el sentido profundo del trmino se encontrara en el camino, tarde o temprano, con el capitalismo y el imperialismo, algo evidente en el caso colombiano. Sin esas categoras analticas no es posible entender la acumulacin mafiosa de capital y la constitucin de una burguesa gansteril, que se ha hecho hegemnica no slo en Colombia sino en otros pases de nuestra Amrica y el mundo.

En la obra que hemos escrito se encuentran innumerables ejemplos de las diversas formas de explotacin y de dominacin ejercidas por el capitalismo y el imperialismo en los ms diversos campos, que van desde la economa, hasta el medio ambiente, pasando por la cultura, la ciencia y la tcnica. La ptica anticapitalista permite, en nuestro entender, ir al fondo del asunto de lo que hoy acontece en el mundo y en nuestro continente, porque nos recuerda que es menester ir ms all de las apariencias relucientes de las mercancas y de los supermercados, hasta los hombres y mujeres de carne y hueso que soportan en la vida diaria la explotacin, en las maquilas, en las zonas francas, en las fbricas de sudor y de muerte, pero tambin en las oficinas, en las escuelas, en los consultorios y en todos los lugares de procesamiento informtico. Porque los trabajadores siguen existiendo, a pesar de las transformaciones experimentadas por el mundo laboral en las ltimas dcadas, y continan siendo el soporte fundamental del capitalismo, quien recurre como siempre a la extorsin de fuerza de trabajo como fuente de acumulacin y de ganancia, sin importar la forma ni el tipo de trabajo que se realice.

Ese pensamiento, decimos, precisa ser antiimperialista, porque si algo se ha querido escamotear en las ltimas dcadas es la existencia de la dominacin internacional y de la opresin nacional. El trmino imperialismo incluso avergenza a sectores de izquierda que en lugar de usar esa denominacin han optado por emplear nociones insustanciales y banales, como las de globalizacin o era de la informacin, con los cuales nos quieren dar a entender que las relaciones internacionales se trasformaron hasta el punto que ya no hay ni dependencia ni dominacin entre pases, sino interdependencia y ayuda mutua, como expresin del triunfo del mercado. Esa retrica insustancial ha sido desmentida por la dura realidad en los ltimos tiempos, como se demuestra con las guerras tpicamente imperialistas libradas por Estados Unidos desde diciembre de 1989, cuando fue invadida Panam. Desde entonces, las continuas agresiones a los pases pobres han evidenciado que el imperialismo sigue siendo tan cruel como siempre. En consecuencia, en vsperas de conmemorarse el bicentenario de la primera independencia, hay que proclamar con Jos Mart la imperiosa urgencia de una segunda emancipacin de nuestra patria grande, de todos los imperialismos, incluyendo el europeo, que hipcritamente se presenta como defensor por excelencia de los derechos humanos, mientras, aliado con los Estados Unidos, preserva sus pretensiones de superioridad sobre los pueblos de otras latitudes y respalda el terrorismo y los crmenes de Estado en Palestina, en Afganistn, en Irak, en Turqua, en Colombia

No por azar el reino de Espaa, una caricatura del imperio que fue desarticulado en Amrica mediante la lucha organizada de los pueblos de las colonias en el siglo XIX, pretende dos siglos despus reescribir junto a las clases dominantes de nuestra Amrica la historia heroica de los mantuanos y sus descendientes, que tanto temor le han tenido siempre a los indgenas, negros, zambos, mestizos, pobres y humildes, la sabia vital que con sus variados colores tie las sociedades de este lado del mundo. En concordancia con sus intereses empresariales, esa Espaa monrquica participa activamente en la celebracin oficial de la independencia que preparan las clases dominantes de estos pases, para presentarse juntos como los adalides de la libertad y de la democracia, mientras auspician la penetracin de las empresas y bancos espaoles en todo el continente, los cuales no se distinguen precisamente por respetar ni a la gente ni a los ecosistemas.

Otra caracterstica del pensamiento crtico que nosotros reivindicamos en esta obra estriba en pensar los cambios experimentados por el capitalismo a partir de la idea de totalidad, construyendo explicaciones que permitan entender la lgica central del capitalismo en esta fase de despliegue planetario. Casualmente, los sucesos del 11 de septiembre de 2001, demostraron la ineficacia de las teoras dbiles y fragmentarias para poder explicar lo que estaba sucediendo es decir, la imposicin mundial del totalitarismo capitalista- y a partir de ese momento diversos autores rescataron la importancia de la crtica de la economa poltica, como eje analtico medular para entender la lgica del capital y todas sus contradicciones. Escudriar los mecanismos actuales del sistema capitalista requiere de un esfuerzo por integrar diversos saberes que nos permitan aproximarnos al conocimiento de la forma como el capital se despliega y subordina todo lo que encuentra a su paso, incluyendo la naturaleza. Y ese esfuerzo analtico tambin precisa de una gran apertura mental, que no se opone a la firmeza poltica, para interrelacionar lo que pasa en el mundo y lo que sucede en nuestros pases, a partir no de un universalismo abstracto sino de un anlisis concreto que integre lo mejor del pensamiento emancipatorio universal con el legado de nuestros grandes pensadores, los que han vivido y luchado al sur del Ro Bravo, y que desde el siglo XIX se han atrevido a eso, a pensar, y no simplemente a copiar y a imitar, porque como indicaba Jos Mart: Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen el decoro de muchos hombres. Estos son los que se rebelan como fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos la libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana.

Por ltimo, una caracterstica distintiva del pensamiento crtico radica en plantear y volver a insistir en que no se conoce por conocer sino con una finalidad poltica expresa de carcter emancipatorio, yendo contra las tendencias pasivas, contemplativas y conformistas. Por ello, el pensamiento crtico debe seguir acompaando las luchas de los oprimidos, aprendiendo de la historia y de la realidad de esas luchas y bosquejando salidas a la crisis civilizatoria de nuestro tiempo. Estamos convencidos de la urgencia para el pensamiento crtico de rescatar las luchas de los oprimidos y de los vencidos, porque, como deca Walter Benjamin, solamente andando con aqullos sin esperanza no es permitida la esperanza. O como lo planteaba ms cerca de nosotros Jos Mart: Con los oprimidos haba que hacer causa comn, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hbitos de mando de los opresores.

Es imprescindible recuperar la historia de las luchas de los pobres, oprimidos y explotados del continente, porque ellas son un espejo para el presente y el futuro. Las experiencias de indgenas, afrodescendientes, campesinos, colonos, obreros, mujeres pobres, recorre la historia de Colombia y Amrica Latina, como un ejemplo vivo y palpitante. Con sus sueos y expectativas han proyectado otro tipo de vida y de sociedad, con valores de igualdad, ayuda mutua, cooperacin, sacrificio y entrega. Todos estos valores cobran actualidad, ante la avalancha individualista propia del capitalismo, que pregona todos los das, como caractersticas supuestamente innatas al ser humano, el egosmo, la sed de ganancias, el aplastamiento del adversario, el fetichismo de la mercanca y del dinero.

El pensamiento crtico no parte de cero, sino que recupera una memoria de esperanza y dignidad, una evocacin de las luchas anticapitalistas y antiimperialistas que se han dado a lo largo de la historia de nuestra Amrica y que han cobrado actualidad en los ltimos aos en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Mxico, Cuba, Argentina, Colombia, Brasil y en muchos otros lugares, porque como dice el poeta Juan Gelman, con esto termino: Lleg la muerte con su recordacin/ nosotros vamos a empezar otra vez/ la lucha/ otra vez vamos a empezar/ otra vez vamos a empezar nosotros/ contra la gran derrota del mundo/ compaeritos que no terminan/ o arden en la memoria como fuegos/ otra vez/ otra vez/ otra vez/.
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Texto ntegro ledo por el Dr. Renn Vega Cantor con motivo de la entrega formal del Premio Libertador al Pensamiento Crtico 2007, el da 7 de agosto de 2008 en el Teatro Teresa Carreo de la ciudad de Caracas.




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