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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-08-2008

Osetia del Sur
Sucia guerra

Alan Tsorion
RIA Novosti

Traducido del francs por Caty R


Tskhinvali (Osetia del Sur). Siete de agosto de 2008. Noche. Despus de una lluvia de disparos y un bombardeo interminable, parece que el silencio huele y no se puede respirar. Una profunda inspiracin para llenar los pulmones y relajar las entraas, arrugadas por el puo de la guerra como el envase de celofn de un paquete de cigarrillos. Aspiro la calma a pleno pulmn. El silencio slo se quiebra por el ajetreo de los ratones que corren por algn sitio entre el techo y el desvn. Es difcil de creer que en este momento alguien pueda ocuparse de las tareas cotidianas.

Los roedores se dedican a moverse constantemente y ruedan de un lado a otro, como si hubieran odo la promesa del presidente de Georgia, hace unas horas, de que ya no habr ms bombardeos sobre la capital de Osetia. Y si ya no hay ms disparos, podemos reanudar los trabajos habituales.

Sin embargo, slo nos quedaban cinco minutos, a m y a mis roedores, para dedicarnos a nuestras tareas cotidianas. A las 22:05 los juegos de los ratones llegan a su fin: Mikhail Saakashvili rompe su palabra. Los misiles y obuses llueven sobre la ciudad, las paredes y ventanas tiemblan. Parece que los artefactos estallan en el cielo y a cada explosin, lanzados por las ondas de choque, se estrellan contra la ventana. Junto con otras personas me precipito hacia el stano de un edificio de la calle Stalin (que ahora ya estar arrasada), en el centro de Tskhinvali.

Todo el mundo llega con la ropa que tena puesta cuando estall el fuego: zapatillas, batas de casa, pijamas Muchos ya estaban acostados cuando los obuses georgianos han golpeado la ciudad y todos los acuerdos y promesas se han ido al carajo junto con las casas y automviles que vuelan en pedazos.

Ma tars ma tars (No tengas miedo, en osetio) repite una madre tratando de calmar a su hijo, Batradz. El nio, de unos ocho aos, oculta el rostro en el regazo de su madre y temblando por el estruendo de una nueva explosin pregunta angustiado: Mam Por qu disparan? No saben que maana se inauguran las Olimpiadas? Por qu nadie les dijo que durante los Juegos Olmpicos est prohibido hacer la guerra?

Alrededor de las 23:00, la luz se apaga en nuestro stano, como en toda la ciudad. En la oscuridad total se agudizan los sentidos. Como los ciegos, empezamos a discernir los matices mnimos de los sonidos, que inmediatamente se convierten en imgenes que desfilan ante nuestros ojos ciegos.

All arriba, en la superficie, el cielo nocturno resplandece un instante tras las explosiones de los artefactos y se vuelve blanco como un inmenso negativo. Las rfagas arrasan la tierra zumbando como abejorros de plomo. Las balas producen un extrao sonido, como si alguien se preparase para silbar y no inhalase el aire suficiente: fiiii fiiii. Takh-takh-takh takh-takh-takh-takh ruge rtmicamente un can ubicado sobre un tanque.

Iratta razma! (Adelante, osetios!), se oye en las calles. Es una voz tranquila y profunda. Al mismo tiempo, los pasos rpidos de una docena de soldados sobre cascotes de vidrio, ladrillos y yeso.

"Ma tars... ma tars..." (No tengas miedo), Batradz, ma tars, Las palabras de la madre se pierden en el eco ensordecedor de la explosin de un obs que reduce a escombros la casa vecina. Como si hubieran embestido salvajemente contra una puerta de acero. Llueven fragmentos de cemento sobre nuestras cabezas

Pero incluso los lanzadores de obuses instalados cerca de nosotros, en Erghneti y Nikozi, no son tan aterradores como las rfagas del ejrcito de Georgia, que se encuentra mucho ms lejos, en Gori. Sus proyectiles, cuando se dirigen al objetivo, producen un silbido como si fueran enormes flechas ardientes. Los disparos no son precisos y los tejados de las apacibles casas de Tskhinvali son asaeteados por nubes de flechas a reaccin.

Como los bombardeos no cesan, las personas se preparan para pasar la noche en el stano.

La maana. 8 de agosto, son las 5 de la madrugada. Los disparos masivos de artillera de las posiciones georgianas no han parado durante siete horas. A mi telfono mvil apenas le queda batera. Y entonces no tendr ninguna posibilidad de comunicarme. Llamo a la redaccin para informar de que muy pronto estar incomunicado, ya que no tengo ninguna posibilidad de recargarlo.

La batera de mi mvil expira alrededor de las 9:00 h. Ya es de da en Tskhinvali. Recuerdo la regla fundamental: En la guerra sobrevive el que corre rpido. Salgo del stano para instalarme en otra parte. Corro a lo largo de un muro hundiendo la cabeza entre los hombros. En el camino hay nubes de polvo por todas partes levantadas por las balas y la metralla. Hubo refriegas entre los soldados georgianos y los combatientes de Osetia. Oigo los gritos de los OMON (policas antidisturbios) de Osetia: Caminen!, deprisa!. Un tanque blindado se ha quedado atascado en la calle Khetagourova.

Mis piernas se doblan bajo el peso de mi cuerpo, pero no me siento cansado, doblo la esquina y Bang!, caigo de bruces por la violencia del impacto en los ojos y los odos. Las nubes de polvo se enredan en mis pies impulsadas por el estallido de un proyectil a cinco metros de m. Grito. Sigo corriendo y escupiendo arena. Del otro lado de la calle, cuatro soldados de Osetia vienen a mi encuentro, uno de ellos est cargando su fusil a toda velocidad, Clac! El mayor de los soldados no debe de tener ms de 23 aos. Dos zancadas ms y alcanzo la entradade un edificio residencial de cuatro pisos.

En la oscuridad del vestbulo distingo las siluetas de los hombres. Las mujeres y los nios estn refugiados en el stano, al final de las escaleras. Oigo sollozos contenidos que vienen de abajo. Cunto tiempo van a seguir bombardendonos? Tenemos que rendirnos antes de que nos maten a todos. Parece que Rusia nos ha abandonado a nuestra suerte! dice una mujer con una voz cansada que llega del stano. Aqu, rodeado de ancianos, mujeres y nios, me siento culpable a pesar de todo. En este momento, el lugar de un hombre joven est en la guerra, en la defensa de mi pueblo, no debera estar aqu entre los ancianos y los nios.

Hay unas veinte personas refugiadas en el stano y nadie se atreve a asomar la nariz. Slo el viejo Inal, un ex soldado de la paz que particip en las hostilidades en 1992 camina pacficamente por la calle mientras el fuego todava no ha cesado. No se trata de la guerra, lo esencial son las maniobras repite el veterano mirando a dos policas osetios que transportan a un soldado herido en la pierna y en el brazo.

El herido tiene los ojos fijos bordeados de pestaas que se abren y cierran espasmdicamente, como las alas de las mariposas. Obviamente se halla conmocionado por el dolor. Su uniforme de camuflaje tiene dos rasgones escarlata, la sangre fluye sobre su cadera. Lo introducen al abrigo del edificio. Un macizo polica levanta su rifle de asalto en un gesto familiar. La culata del arma est ceida con una cuerda que el polica utiliza para hacer un torniquete en la herida. Uno de los residentes del edificio traecloruro de amonio.

Chai Kho, kouyj kouylykha Maly na (esto no es nada, un perro no se muere por una cojera), dice el polica al soldado, que tiene un rictus de dolor. Frota con sus grandes manos de obrero el pecho del herido y le lava la cara con agua fra. Est bien, no pasa nada dice sujetando al herido por las axilas.

De dnde eres, muchacho?, me pregunta Inal. De Mosc, soy periodista, le digo. Vamos a tomar un bocado, propone el ex soldado de la paz con su voz ronca. La guerra es la guerra, pero tenemos que comer algo

Hoy llegarn los rusos y nos echarn una mano, dice Inal mientras enciende un fogn de gas. Que respondan en Gori y en Tiflis, no pido nada ms.

Slo puedo mantenerme callado. Pero el silencio se rompe con la aparicin de dos aviones Su-25. Uno de ellos, para divertirse, dispara sobre el edificio donde estamos refugiados. Inal y yo bajamos rpidamente al stano.

Otra vez la humedad y la oscuridad. La luz slo entra por un pequeo agujero preparado para las tuberas. Est orientado al sur, donde atacan las tropas georgianas, por eso se desaconseja ponerse delante, a menudo entran balas por el respiradero, que rebotan tras impactar en el techo de hormign del stano.

Pienso que durante toda mi vida, despus de todo muy corta, todas las instrucciones que he recibido de mis abuelos, mi formacin y los libros sabios que he ledo, de hecho, me han preparado para el instante en el que explotaron los proyectiles sobre mi cabeza e instintivamente met la cabeza entre los hombros mientras un ro de sudor bajaba por mi espalda. Siento que la muerte vaga a mi alrededor. Noto la humedad del stano y una costra adherida a la barbilla. Mientras los aviones efectan otra incursin y sabemos que dispararn cuando el ruido de las turbinas se perciba ms cercano y lgubre, en ese preciso momento, empiezo a pensar que quiz hoy podra ser el ltimo da de mi vida. No tengo miedo, se trata ms bien de una enorme angustia porque me doy cuenta de que no tendr tiempo para hacer o decir muchas cosas.

Sin embargo, de repente, los aviones dejan de bombardear y se dirigen hacia el sur, hacia Georgia Qu pasa? Apenas unos segundos despus se oyen cientos de voces que gritanSon los combatientes en las calles que saludan a un convoy de tropas rusas que acaba de llegar a Tskhinvali. Bravo, ya estis aqu, mis queridos muchachos! Ahora van a saber lo que es bueno esos malnacidos!

Corro a la calle y oigo el zumbido de los vehculos rusos, que deben de estar muy cerca. Los militares rusos han expulsado a las tropas georgianas de Tskhinvali. Un hombre llega corriendo presa del pnico con el terror en su mirada Aydenme! Qu debo hacer? Soy georgiano, trabajo aqu, Tskhinvali. Soy un obrero, Adnde voy?, grita en un mal ruso. Slvese le respondo. Una vez ms me doy cuenta de la mezquindad de la guerra que golpea principalmente a los civiles inocentes.

Son las 15:00 h.

A las siete de la tarde, cuando los enfrentamientos y las explosiones de obuses se haban calmado un poco y las rfagas eran ms espordicas, abandon la ciudad de Tskhinvali en llamas. Las tropas rusas han ahuyentado a los soldados de Georgia, pero la guerra todava no ha terminado. Los civiles siguen en la ciudad. La capital de Osetia del Sur todava est aprisionada entre las garras sucias y tenaces de la guerra. Esta sucia guerra desencadenada por sorpresa al amparo de la noche. La guerra que seguir cobrndose vctimas civiles. La guerra que se ha adueado del espritu humano y lo mantiene arrugado entre sus garras cubiertas de sangre como el envase de celofn de un paquete de cigarrillos.

En francs: http://socio13.wordpress.com/2008/08/13/la-guerre-est-sale/

Alan Tsorion es corresponsal de Ria Novosti en Osetia del sur.

Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelin, cubadebate y Tlaxcala. Esta traduccin se puede reproducir libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y la fuente.



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