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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-09-2008

El polvorn Marruecos

Ignacio Ramonet
Le Monde Diplomatique


Se llama Zahra Budkur, tiene veinte aos, es estudiante en la Universidad de Marrakech. Por haber participado en una marcha de protesta fue golpeada por la polica, encarcelada junto con centenares de compaeros en la siniestra comisara de la Plaza Jama El Fna (visitada a diario por miles de turistas) y salvajemente torturada. Los guardias la obligaron a permanecer desnuda, mientras tena sus menstruaciones, durante das, delante de sus camaradas. Para protestar, Zahra inici una huelga de hambre, y se halla en estado de coma. Su vida pende de un hilo (1).

Ha odo alguien, en Europa, hablar de esta joven estudiante? Nuestros medios de comunicacin han citado acaso la trgica situacion de Zahra? Ni una palabra. Ninguna tampoco sobre otro estudiante, Abdelkebir El Bahi, arrojado por la polica desde lo alto de un tercer piso y condenado para el resto de sus das a la silla de ruedas por fractura de la columna vertebral.

Cero informacin tambin sobre otros dieciocho estudiantes de Marrakech, compaeros de Zahra, que, para protestar contra sus condiciones de detencin en la prisin de Bulmharez, estn asimismo en huelga de hambre desde el 11 de junio. Algunos ya no se pueden poner en pie, varios vomitan sangre, otros estn perdiendo la vista y unos cuantos, en estado comatoso, han debido ser hospitalizados.

Todo ello ante la indiferencia y el silencio general. Slo los familiares han manifestado su solidaridad. Lo cual ha sido considerado como un gesto de rebelin. Y tambin ellos han sido odiosamente apaleados.

Todo esto no ocurre en un pas lejano, como pueden serlo el Tbet, Colombia u Osetia del Sur. Sino a tan slo catorce kilmetros de Europa. En un Estado que millones de europeos visitan cada ao y cuyo rgimen goza, en nuestros medios de informacin y entre nuestros propios dirigentes polticos, de una extraa tolerancia y mansedumbre.

Sin embargo, desde hace un ao, por todo Marruecos se multiplican las protestas: revueltas urbanas contra la caresta de la vida e insurrecciones campesinas contra los abusos. El motn ms sangriento ocurri el 7 de junio en Sidi Ifni cuando una apacible manifestacin contra el paro en esa ciudad fue reprimida con tal brutalidad que provoc una verdadera insurreccin con barricadas callejeras, incendios de edificios e intentos de linchamiento de alguna autoridad pblica. En respuesta, las fuerzas de represin actuaron con una desmedida ferocidad. Adems de causar decenas de heridos y de detenidos (entre ellos, Brahim Bara, del comit local de Attac), Malika Jabbar, de la Organizacin Marroqu de Derechos Humanos, ha denunciado las violaciones de mujeres (2), y la cadena rabe de noticias Al Jazeera ha hablado de uno a cinco muertos.

Las autoridades lo niegan. Han impuesto una versin oficial de los hechos, y toda informacin que no coincida con sta es sancionada. Una Comisin parlamentaria investiga lo ocurrido, pero sus conclusiones slo servirn, como de costumbre, para enterrar el problema.

Las esperanzas nacidas hace nueve aos con la subida al trono del joven rey Mohamed VI se han ido desvaneciendo. Si unas pinceladas de gattopardismo han modificado el aspecto de la fachada, el edificio, con sus stanos siniestros y sus pasadizos secretos, sigue siendo el mismo. Los tmidos avances en materia de libertades no han transformado la estructura del poder poltico: Marruecos sigue siendo el reino de la arbitrariedad, una monarqua absoluta en la que el soberano es el verdadero jefe del Ejecutivo. Y donde el resultado de las elecciones lo determina, en ltima instancia, la corona que nombra adems a dedo a los principales ministros, llamados ministros de soberana.

Tampoco ha cambiado, en lo esencial, la estructura de la propiedad. Marruecos sigue siendo un pas feudal en el que unas decenas de familias, casi todas cercanas al trono, controlan -merced a la herencia, el nepotismo, la corrupcin, la cleptocracia y la represin-, las principales riquezas.

En este momento la economa va bien, con un crecimiento del PIB previsto para 2008 del 6,8% (3), gracias en particular a los millones de emigrantes y a sus transferencias de divisas que constituyen el principal ingreso, junto con el turismo y las exportaciones de fosfatos. Pero los pobres son cada vez ms pobres. Las desigualdades nunca han sido tan grandes, el clima de frustracin tan palpable. Y la explosin de nuevas revueltas sociales tan inminente.

Porque existe una formidable vitalidad de la sociedad civil, un asociacionismo muy activo y atrevido que no teme defender derechos y libertades. Muchas de estas asociaciones son laicas, otras son islamistas. Un islamismo que se nutre de la gran frustracin social y que, de hecho, es polticamente la primera fuerza. El movimiento Al Adl Ual Ijsn (no reconocido, pero tolerado), que dirige el jeque Yassn y que no participa en las elecciones, junto con el Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD), el ms votado en las ltimas legislativas de septiembre 2007, dominan ampliamente el mapa poltico. Pero no se les permite gobernar.

Lo cual empuja a grupos minoritarios a elegir la va de la violencia y del terrorismo. Que las autoridades combaten con mano frrea. Con el apoyo interesado de la Unin Europea y de Estados Unidos (4). Esta alianza objetiva es la que conduce a taparse los ojos ante las violaciones de los derechos humanos que all se siguen cometiendo. Es como si las cancilleras occidentales le dijesen a Rabat: a cambio de vuestra lucha contra el islamismo, se os perdona todo, incluida vuestra lucha contra la democracia.

Notas:

(1) Le Journal hebdomadaire, Casablanca, 26 de julio de 2008.

(2) dem , 12 de julio de 2008.

(3) Le Monde, Pars, 10 de agosto de 2008.

(4) Washington est construyendo una inmensa base militar en la regin de Tan-Tan, al norte del Shara Occidental, para instalar la sede del Africom, el Comando frica de sus ejrcitos, con misin de controlar militarmente el continente.



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