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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-09-2008

Ciudadania y capitalismo

Santiago Alba Rico
Herria-2000


Empecemos con un cuento.

Haba una vez un pedagogo que sali de viaje y se perdi en el desierto. Camin y camin sin encontrar ni casas ni alimentos y al cabo de algunos das estaba tan cansado y tena tanta hambre que se sent en el suelo y se puso a hablar con las piedras que lo rodeaban. Las adulaba, las amonestaba, las aleccionaba con conviccin y paciencia. Llevaba as muchas horas cuando acert a pasar por all un hada, a la que llam la atencin el extrao comportamiento de nuestro hombre.

- Qu ests haciendo? le pregunt-.

El pedagogo la mir altivo, un poco molesto por la interrupcin.

- Estoy educando a estas piedras para que se conviertan en panes.

- Eso te puede llevar mucho tiempo respondi el hada-. Con esto lo hars ms deprisa.

Y sac de su zurrn una varita mgica.

El hombre, furioso y despechado, le respondi:

- Soy un ser racional. No creo en la magia.

Y, volviendo la cabeza, sigui explicando a tres pequeas rocas la composicin molecular de la harina.

No puede haber cuentos sin magia. Haba una vez un nio que, huyendo de un ogro, detuvo su carrera y se puso a educar a sus botas para que volasen. Haba una vez una doncella desgraciada, anhelante de abrazos, que se pas la vida educando a una rana para que se transformase en un prncipe. Haba una vez una esclava maltratada que dedicaba todos los das varias horas, junto a la chimenea, a educar a sus vestidos para que se cubriesen de oro, a educar a una calabaza para que se convirtiese en carroza y a educar a dos ratones para que se convirtiesen en dos apuestos cocheros. As no se hacen los cuentos. Podemos imaginar muy bien el triste final de estas historias y la frustracin radical de los lectores.

Mucho ms irracional que la magia es creer que se va a alcanzar lo imposible sin ella. De hecho, en la discusin entre el PP y el PSOE sobre la asignatura de Educacin para la ciudadana (vase el recuadro), el PP tiene todas las ventajas: cree abiertamente en la magia o, al menos, en las varitas -es decir, en la religin y en la represin- mientras que el PSOE cree o finge creer que se puede hacer un cuento convincente sin intervenciones taumatrgicas o peripecias sobrenaturales. En todo caso la discusin tiene para ambos la ventaja de dejar fuera la verdadera cuestin, que no es la de la asignatura de ciudadana sino la de la ciudadana misma.

En 1765, en el artculo correspondiente de la Enciclopedia, bisagra intelectual entre dos regmenes y dos pocas, el ilustrado Diderot aclaraba que el nombre de ciudadano no es adecuado para quienes viven sojuzgados ni para quienes viven aislados; de donde se deduce que los que viven completamente en estado de naturaleza, como los soberanos, y los que han renunciado definitivamente a este estado, como los esclavos, no pueden ser considerados nunca como ciudadanos. Y esto precisamente -aade el filsofo francs- porque lo que distingue al ciudadano del sbditoes que el primero es un hombre pblico y el segundo es un simple particular. En el orden privado, entre particulares , la relacin es siempre de subditaje mientras que el acceso a la ciudadana es inseparable de la civilizacin de los humanos, entendiendo el trmino civilizacin en el mismo sentido que Antoni Domnech, no como opuesto a barbarie sino a domesticacin. Lo contrario de un hombre pblico, de un ciudadano o civilizado, es un domstico o domesticado. All donde el soberano es el rey, todas las relaciones son relaciones privadas; cada miembro de la sociedad se sujeta individualmente a la voluntad del monarca, a partir de cuyo arbitrio el pas entero deviene una gran familia; es decir -en su sentido original- un conjunto de fmulos , domsticos, servidores, criados. All donde, como en la antigua Grecia, la ciudadana es limitada a los varones libres, los lugares que quedan fuera del espacio pblico, como recintos puramente privados, son el gineceo y la ergstula, donde la mujer y el esclavo subvienen a la pura reproduccin de la vida en su calidad de particulares aislados y sometidos. Lo que en todo caso comprendieron bien los griegos, como tambin lo comprendieron los revolucionarios jacobinos, es que el proceso de civilizacin es en realidad la lucha contra la domesticidad de las dependencias particulares y que el acceso al espacio pblico no es el resultado de la adquisicin de valores ticos o culturales (que los esclavos y las mujeres, en la antigua Grecia, compartan con los ciudadanos libres) sino de la adquisicin de recursos materiales. Por contraste con los individuos, que dependan casi biolgicamente del marido o del amo para sobrevivir, la condicin de la ciudadana (a partir, al menos, de Clstenes) fue siempre la autarqua econmica: los derechos civiles y polticos se desprendan naturalmente de la propiedad sobre los medios de produccin (en este caso la tierra). Para salir del mbito domstico de las relaciones particulares -la casa y la ergstula, la familia y la fbrica- es necesario ser dueo de uno mismo y esto, paradjicamente, implica sustraerse al orden de los intercambios individuales -propios de la esclavitud y el patriarcado, regmenes de aislamiento y sumisin- para participar de la riqueza pblica y general. Por eso es posible concebir el estatuto de ciudadana sin verdadera democracia, como en la antigua polis ateniense o en las sociedades liberales censitarias; y por eso, a la inversa, la democracia slo puede establecerse a partir de la generalizacin de las condiciones materiales de la ciudadana. Podemos imaginar perfectamente un rgimen social en el que los esclavos escogieran mediante votacin a sus amos o las mujeres eligieran a sus violadores domsticos y en el que, sin salir nunca de casa , sin que sus acciones fuesen jams polticas ni adquirir jams la dignidad ciudadana, esclavos y mujeres reprodujesen voluntariamente una relacin de subditaje. El ser humano deja de ser sbdito para convertirse en ciudadano a travs, no del derecho al voto o del adoctrinamiento humanitario, sino del disfrute rutinario de ciertas garantas materiales: alimentacin, vivienda, salud, instruccin y -clasula de todas ellas- propiedad sobre los medios de produccin (sobre eso que en otras ocasiones he llamado bienes colectivos para distinguirlos de los universales -el arte o la Tierra misma- y los generales -el pan o la ropa).

Slo una alucinacin ideolgica ha podido convencernos de que el capitalismo es la va natural, y la nica posible, a la ciudadana general. Precisamente el mercado capitalista se concibe a s mismo como una suma de intercambios aislados y particulares, las dos caractersticas que Diderot atribua a la relacin de subditaje, y slo es capaz de aprehender a los hombres, por tanto, en su condicin de aislamiento y particularidad. El mercado nicamente reconoce simples hombres privados, en permanente estado de naturaleza, que establecen relaciones particulares -sin embargo- en un medio social histrica y estructuralmente construido a partir del despojamiento desigual. Estos sujetos ficticios son formalmente dueos de s mismos all donde de hecho slo pueden contratar su redomesticacin; all donde slo entran precisamente despus de renunciar a la ciudadana misma y para negociar su condicin de sbditos mediante un contrato privado. El mercado, como la monarqua, generaliza el orden domstico, el orden de los domesticados, la extensin y hegemona de los vnculos familiares sin necesidad de una legitimacin exterior sobrenatural o mitolgica: precisamente ese rgimen imaginario en el que los esclavos eligen a sus amos y las mujeres a sus violadores. En este contexto, la ciudadana o politeia se convierte en una combinacin de politesse y polica; es decir, en un rgimen de domesticacin en el que los ricos, alternativa o simultneamente, educan y reprimen a los pobres. En cuanto al mbito pblico, tambin ha sido completamente despolitizado o domesticado, identificado con la exhibicin en televisin del gineceo y la ergstula: lo que -fraudulenta inversin- llamamos publicidad para designar la invasin totalizadora del espacio comn por parte de los intereses y los deseos privados.

Tras derrotar al jacobinismo republicano, el capitalismo hizo lo mismo que la Roma imperial y por motivos parecidos: urgida por su propio crecimiento y por la presin popular, extendi la ciudadana formal al mismo tiempo que despojaba ininterrumpidamente a los humanos de sus condiciones materiales de existencia. Se ajust as el concepto de ciudadana al nuevo instrumento de gestin de la vida econmica: el Estado-Nacin. Como recuerda el jurista italiano Danilo Zolo en un libro de ttulo elocuente ( De ciudadanos a sbditos ), el trmino ciudadano dej de oponerse a sbdito para oponerse sencillamente a extranjero. Uno ya no es un civilizado universal, depositario de derechos materiales de los que se desprende naturalmente el ejercicio de derechos civiles y polticos, sino un ciudadano espaol o un ciudadano francs, cuyos derechos aleatorios estn sujetos al intercambio desigual de la economa global capitalista y se definen contra los derechos del ciudadano senegals o el ciudadano boliviano. En un contexto de soberana desigual, en el que la espaolidad -por ejemplo- deriva sus relativas ventajas cvico-polticas (incluida la de viajar libremente por el Tercer Mundo) de su agresividad neocolonial, basta poner, uno al lado del otro, al turista y al inmigrante para calibrar toda la inconsistencia e injusticia de la ciudadana nacional. El inmigrante, en efecto, es el no-ciudadano por excelencia, no slo el domstico voluntario sino el brbaro irrecuperable; no ya el sbdito familiar sino el in-humano extrao e inasimilable. Bajo el capitalismo, nuestras ciudades estn habitadas por seres humanos doblemente incivilizados: los domsticos nacionales, que negocian en privado su derecho a la existencia como sbditos precarios, y los brbaros extranjeros, individuos puros que entran en el mercado sin posibilidad de negociacin, privados al mismo tiempo de nacionalidad y de palabra. El retroceso creciente de las libertades formales se inscribe en el marco muy funcional de una guerra entre domesticados y brbaros; es decir de una guerra cada vez ms agresiva, no por la ciudadana, sino entre no-ciudadanos.

La ciudadana no se adquiere en la escuela ni leyendo la Constitucin ni votando cada cuatro aos a un nuevo amo o a un nuevo violador. No se puede educar para la ciudadana como no se puede educar para la respiracin o para la circulacin de la sangre. Al contrario, la ciudadana misma es la condicin de todo proceso educativo como la respiracin y la circulacin de la sangre son las condiciones de toda vida humana. A la escuela deben llegar ciudadanos ya hechos y la escuela debe educarlos para la filosofa, para la ciencia, para la msica, para la literatura, para la historia. Es decir -por citar a Snchez Ferlosio- debe instruirlos en el patrimonio comn de un saber colectivo y universal. Mientras el mercado produce materialmente sbditos y brbaros de manera ininterrumpida, se exige a los educadores que, a fuerza de discursos y valores, los transformen en ciudadanos. La escuela, verdadera damnificada del proceso de globalizacin capitalista, se convierte as en el chivo expiatorio del fracaso estrepitoso, estructural, de una sociedad radicalmente incivilizada. Se le reclama que eduque para la libertad, que eduque para la tolerancia, que eduque para el dilogo mientras se entrega a la Mafia la gestin de las montaas y los ros, el trabajo, las imgenes, la comida, el sexo, las mquinas, la ciencia, el arte. Educados por las Multinacionales y las leyes de extranjera, por el trabajo precario y el consumo suicida, por la Ley de partidos y la televisin, reducidos por una fuerza colosal a la condicin de sbditos -de piedras, ratones y calabazas-, la escuela debe corregir con buenas palabras los egos industriales fabricados, como su funcin econmica y su amenaza social, en la forja capitalista.

Ensear anti-racismo e integracin? El gobierno espaol firma la expulsin de ocho millones de inmigrantres de la Unin Europea. No es ese gesto mucho ms educativo?

Ensear Estado de Derecho? Solbes, ministro de Economa, nos dice que no soy partidario de grandes leyes que den reconocimiento de derechos para toda la vida. No son estas declaraciones, y la liberalizacin econmica que las acompaa, mucho ms influyentes que un artculo de la Constitucin?

Ensear no-violencia y tolerancia? EEUU, el pas ms democrtico del mundo, invade Iraq por televisin y tortura a sus habitantes en directo. No es esta una demostracin mucho ms convincente de que la violencia en realidad es til?

Ensear espritu deportivo de participacin? Una sola carrera de frmula-1 (fusin material de rivalidad blica, ostentacin aristocrtica y competencia interempresarial) ensea ms que 4.000 libros de filosofa.

Ensear igualdad y fraternidad? Seis horas de publicidad al da condicionan nuestra autoestima al ejercicio angustioso, pugnaz, de un elitismo estndar.

Ensear respeto por el otro? Basta cualquier concurso de televisin para comprender que lo divertido es rerse de los dems y lo emocionante es verlos derrotados y humillados.

Ensear solidaridad? El mercado laboral y el consumo individualizado convierten la indiferencia en una cuestin de supervivencia cotidiana.

Ensear respeto por el espacio pblico? Las calles, los peridicos, las pantallas, estn llenas de llamadas publicitarias a hacer ricas a unas cuantas multinaciones y a matar a decenas de miles de personas en todo el mundo.

Ensear la resolucin dialogada de los conflictos? Leyes, detenciones, torturas, periodistas y polticos dejan claro en todo momento que con terroristas no se habla ni se negocia.

Ensear humanitarismo, compasin, dignidad, pacifismo? En agosto de 2007 siete pescadores tunecinos fueron detenidos, aislados y procesados, de acuerdo con las leyes italianas y europeas, por haber socorrido a inmigrantes nufragos a la deriva. Ningn discurso humanitario puede ser tan decisivamente pedaggico.

Hemos entregado la infancia a Walt Disney, la salud a la casa Bayer, la alimentacin a Monsanto, la universidad al Banco de Santander, la felicidad a Ford, el amor a Sony y luego queremos que nuestros hijos sean razonables, solidarios, tolerantes, ciudadanos responsables y no sbditos puramente biolgicos. El mercado capitalista nos trata como piedras, ratones y calabazas y luego pedimos a los maestros y profesores que nos conviertan en humanos civilizados. Nada tiene de extrao que cada vez menos gente crea en los discursos y cada vez ms gente crea en Dios. Si aceptamos el capitalismo, si no acometemos una verdadera transformacin que asegure que a la escuela llegan ciudadanos y no sbditos, el futuro -incluso electoralmente- es de los fanticos, los fundamentalistas y los fascistas. Como ya lo estamos viendo.

Fuente: HERRIA-2000, julio de 2008 (Ekal Herria).


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