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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-09-2008

El capitalismo entre parntesis

Mara Toledano
Rebelin


Ha llegado la hora. Es necesario aportar fondos pblicos para reflotar empresas privadas, grandes corporaciones, e impedir que el capitalismo del siglo XXI (que algunos llaman de ficcin como si los muertos, enfermos mentales y parados de larga duracin producto del sistema de explotacin fueran atrezzo) siga aportando felicidad, bienes y servicios. En estos tiempos de cerezas de invernadero y cmaras digitales (para retratar y borrar con rapidez a los muertos en vida, que somos todos), es preciso corregir la mala gestin, los excesos -o robos- de los directivos de algunas multinacionales y reconducir la maltrecha economa-mundo. En la lgica interna del capital, este proceso abierto se expandir -les conviene, por diferentes razones- veloz como la peste. Las ratas contables de la globalizacin abandonan el barco de las empresas deficitarias para embarcarse en otras travesas menos arriesgadas. Primero fueron bancos y grandes aseguradoras a punto de quiebra en EE.UU. -ellos dicen compaas y el derecho mercantil les bendice-, ms tarde, entre nosotros, ilustres perifricos de la nada, aparecieron los dirigentes de la patritica patronal (CEOE) y reclamaron un parntesis en el libremercado para que el estado -la poltica econmica del gobierno- haga el urgente trabajo profilctico que los amantes de la libertad empresarial y de la autonoma de la voluntad han denostado siempre: regulacin, ordenacin (ms inyecciones de liquidez, la expresin es suya) y frenazo, desde los bancos centrales, al descontrol financiero y la especulacin. Entre el chantaje y la coaccin (miles de posibles parados ms) el estado social y democrtico de derecho (la expresin, dicha en voz alta, sabe a melaza) se har cargo, al menos de una parte importante, de la deuda adquirida. Socializar las prdidas y controlar el riesgo es el lema. El capitalismo entra en una importante crisis, anunciada por algunos desde la aceleracin del turbocapitalismo, y los gobiernos se sienten (estn) obligados. Los foros internacionales se visten de prpura y circunspeccin -pomposos discursos, la prensa mundial, la fiel infantera, pendiente- al tiempo que, desde los poderosos think tanks, se lanza la consigna: es necesario reinventar el capitalismo, ordenar el capitalismo, dignificar y humanizar el capitalismo. Sarkozy, uno de los listos de este negocio (se recomienda, de paso, su biografa en tebeo, La cara oculta de Sarkozy, publicada hace un par de aos), ya lo ha dicho: se impone regular el mercado. El nuevo discurso -que sustituir, en breve, al clsico del mximo beneficio a corto plazo, vigente desde que los chicos de Chicago (algunos gansters) convencieron al actor secundario Reagan (y al complejo tecnolgico-militar que dirige los pasos de la potencia hegemnica desde Bretton Woods)-, est en marcha: slo hace falta poner voz al nuevo storytelling, a la nueva y moderna semntica.

Ha llegado la hora. Las empresas se tambalean y los caudales pblicos, giles espadachines en defensa del honor mancillado del mercado, salen de las arcas gubernamentales. La nueva narratividad, sin que seamos concientes, sin percibir que interiorizamos un discurso ajeno y hostil, cambiar el sentido y el valor de las palabras. Los caducos diccionarios -reptiles cosidos en pliegos- mudarn la piel y vendrn las acepciones abiertas, lquidas. Mientras esto ocurre con prisa de teletipo y el tiempo lineal (el presente continuo) nos devora como Saturno, la izquierda oficial -izquierda?- refunfua sentada en sus viejos sillones de Emmanuelle. Carente de cualquier discurso crtico, incapaz de articular respuestas ante la deriva del capitalismo y la esquizofrenia (se acuerda alguien del anlisis poltico, social y psicolgico de Deleuze y Guattari?), la izquierda oficial -oficial?- se limita a sus altisonantes declaraciones de saln-comedor con visillos. Vctor Hugo hablaba, siglos atrs, de la parte de responsabilidad que tenan los pueblos que sufran opresin permanente sin reaccionar. El paradigma del consumo y la alegra -con la ausencia de dolor, tomado en sentido amplio- es el nuevo modelo social. Su definitiva implantacin ha modificado, destrozado, las relaciones entre los antagonistas histricos, irreconocibles, ahora, en la difusa cartografa poltica y el enrevesado tejido social. Las nuevas relaciones de produccin, reconvertidas en tcnica y utilizacin, y la mercanca, en s, hecha espectculo, han hecho de las cadenas (en cualquier sentido) un adorno. Si la manifiesta opresin es ahora el broche del vestido, qu nos quedar cuando nos quiten, con nuestro tcito consentimiento, los botones y el cinturn? Tendremos hambre y no conoceremos las palabras que lo nombren. Hambre de comida basura y sed de refrescos de cola, sospecho.




 



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