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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-09-2008

Prlogo a "Dinero", de Miguel Brieva
Walt Disney y los terroristas suicidas

Santiago Alba Rico
Rebelin

"Dinero", de Miguel Brieva (Random House Mondadori, Barcelona 2008).



Hay bsicamente dos formas de rerse y dos fuentes distintas de comicidad. A la segunda la llamamos gag .

El gag forma parte de la tradicin humorstica y teatral, especialmente circense, y define algo as como una unidad cerrada de hilaridad pura: tiene que ver con el gusto muy infantil y muy primitivo por la sorpresa desintegradora, por el desorden irrumpiente, con el placer muy instintivo de que las cosas se salgan de su sitio, caigan o se desplomen inesperadamente, descarrilen fuera de su curso natural liberando una cadena causal -las fichas de domin derribadas en fila- a contrapelo de la estabilidad convencional. Ms o menos simple o ms o menos elaborado (la silla rota que desbarata la solemnidad del payaso listo o la traca de torpezas de Peter Sellers en El Guateque), el gag agota en s mismo, y en su repeticin ilimitada, toda su potencia expresiva. Nos toca y abrimos la boca; nos golpea y sonamos , como un tambor o una campanilla; y si no nos cansa nunca es precisamente porque lo hace todo l, sin necesidad de que nosotros pongamos otra cosa que nuestro cuerpo. Si el arte es la posibilidad -segn Kant- de pensar al margen del concepto, el gag es la obligacin de rerse sin mediacin racional o narrativa: una especie de universal de las vsceras ante el que rendimos una y otra vez, con ruido de sonajero, todo lo que hemos aprendido y todo lo que hemos experimentado. No hay nada malo, sino al contrario, en responder con cuerpo de nio a un desorden indoloro (en desencajarse de vez en cuando del orden severo de la historia y la naturaleza), pero esta obligacin de rerse sin razn, al margen del mundo, se ha convertido hoy en la ley misma que organiza nuestra percepcin y eso hasta el punto de que lo que no comparece bajo la forma de gag ni nos compromete ni nos conmueve. Slo los estmulos que inducen en nuestro cuerpo una respuesta mecnica, slo los que nos arrancan -con una carcajada o una emocin atmica- del mundo comn nos interpelan y nos excitan. Es lo que llamamos equivocadamente el triunfo de la imagen para describir una experiencia caleidoscpica construida a base de golosinas visuales cuyos residuos diurnos (el dolor, la miseria, la muerte) no nos incumben.

El gag ms reciente, el gag paradigmtico al que tratan en vano de imitar todos los autores y todos los generos -lo he dicho otras veces- es el de las Torres Gemelas de Nueva York: cayeron de un modo al mismo tiempo tan increble y tan familiar que sus 2.500 muertos apenas mancillaron el espectculo. Puede que algunos, en Palestina o en Pakistn, contemplaran la escena como la inversin vindicativa del relato imperialista y se alegraran del golpe con rabia de revancha, pero los dems reaccionamos, en Madrid e incluso en Washington, de un modo menos elaborado, por debajo de toda ideologa y antes de toda reflexin: sencillamente disfrutamos muchsimo. Tcnicamente fue un gag tan bueno que un placer superior slo podr ya proporcionrnoslo una explosin nuclear. Tan bueno fue, nos impuso un gozo tan elemental, tan puro, tan infantil, que implorbamos sin descanso, como hacen los nios con el to que se saca un bombn de las orejas: hazlo otra vez, que ocurra otra vez. Y como reconstruir las torres, infliltrarse en EEUU, aprobar un curso de vuelo y secuestrar un avin hubiese exigido un esfuerzo (y enseguida un pensamiento), nos limitbamos a ver la repeticin por televisin. An podemos verla una y otra vez, como el traspis del payaso listo, y sentir la misma alegra inocente y primitiva y desear sin maldad que ocurra de nuevo, aunque slo sea en nuestro vdeo. Somos ms humanos que en Pakistn? Alegrarse sin razn y sin relato, nos hace ms justos o ms morales? Despus del 11-S vino el gag de Afganistn y el de la destruccin de Bagdad y el de las torturas de Abu Gharaib, mezclados sin solucin de continuidad con otros gags menos logrados: un accidente areo, unas Olimpiadas, el cabezazo de Zidane, la boda del prncipe, el terremoto del Per, el mundial de Japn. Todos los gags nos alegraron por igual o al menos de la misma manera, sin residuos ni remordimientos. Habra que haber rebajado un poco su calidad para que la realidad hubiese inundado las pantallas; tendran que haber costado menos -en dinero y en muertos- para degradarnos hasta el pensamiento o la compasin. Asi es el gag : no nos importa que el payaso se caiga, con tal de que se caiga aparatosamente; no nos importa que el torturado se retuerza, con tal de que se retuerza verdaderamente; no nos importa que las torres se desplomen, con tal de que se desplomen desde muy arriba; no nos importa el nmero de cadveres con tal de que sea incontable . O como he escrito en otras ocasiones: no nos importar el apocalipsis, con tal de que podamos verlo por televisin. Se ha hablado mucho del terror como instrumento de la poltica, pero no se ha hablado de la tranquilidad que nos inspira su presentacin, de la domstica trivialidad que nos transmite el formato bajo el que comparece (el terror) ante nuestras miradas. No se ha hablado de la falsa tranquilidad como instrumento de la poltica. El terror nos calma cada vez que aparece en televisin; el terror nos garantiza la supervivencia cada vez que en un peridico, al lado de la noticia del aumento del PIB o del fichaje de Ronaldinho, leemos este apetecible titular: La tierra, en peligro de extincin. Todo son buenas noticias a condicin de que nos arranquen del mundo comn. 16.5000 especies animales amenazadas de muerte? Es un buen gag . El fin del petrleo? Qu emocionante. El encarcelamiento de la Pantoja? Eso quizs nos concierna ya un poco ms...

Es esta falsa tranquilidad la que denuncian y desnudan las vietas que viene construyendo desde hace aos Miguel Brieva. Hay una que me gusta especialmente porque constituye el esquema mismo de una corrupcin radical que otros hemos tratado de explicar de un modo menos eficaz mediante esos largos rodeos que llamamos libros. En ella se ve a dos jvenes muy alegres con sendos paquetes de explosivos atados a la cintura, a punto de accionar un detonador. No son palestinos desesperados ni salafitas fanticos al asalto del paraiso; no han pensado mal y han llegado a conclusiones equivocadas; no quieren cambiar el mundo, ni siquiera para peor. Se trata en reaMiguel Brievalidad de un spot publicitario, el eidos de todos los spots publicitarios, el paradigma oculto al que pueden reducirse todos los anuncios y todos los impulsos al consumo. Y ahora... mtese, se lee en la parte superior. Nuevo, Adelgace ms de 75 kilos en 3 segundos, y en su propia casa, mtese ahora y pague en 12 meses!. El joven sonre tentador tratando de vencer las ltimas resistencias puritanas de la chica: Ey! Nos matamos? Lo anuncian por televisin!. Y ella, con esa audacia un poco mimtica de las clases medias cuando cometen un exceso -cantar en el karaoke o jugar a las prendas- secunda femeninamente con entusiasmo: Veeengaaaa!.


Miguel Brieva dibuja y escribe una y otra vez contra el gag de los terroristas suicidas. Ese es casi su nico tema, como el de Blake es la alegra sobrenatural, el de Proust la memoria y el de Goya la locura humana. Un terrorista suicida es un sujeto que incurre en la antinomia lgica de matarse matando. Estn por todas partes. Estn tambin dentro de nosotros. Matarse matando es lo que hacen, s, algunos desesperados fanticos, algunos desesperados, algunos fanticos, en lugares donde se vive mal por nuestra culpa. Pero matarse matando es lo que hacemos tambin nosotros, sin ninguna desesperacin ni fanatismo, en lugares donde se vive ciertamente mejor sin ningn mrito nuestro, y en los que el convencimiento mismo de nuestra superioridad, motor de un consumo -es decir, una destruccin- desenfrenada, instrumento de una produccin -es decir, una destruccin- delirante e irracional, derrite muy deprisa los polos, seca los ros, despeina los bosques, envenena el aire, vaca los pueblos y desnuda a los nios. Cmo se convence a un hombre de que se mate matando? En Pakistn, en Afganistn, en Palestina, en Iraq, se les empuja mucho, se les da una bomba y se les promete el paraso a cambio de su gesto. Pero, cmo -cmo- se convence a las clases medias occidentales de que acometan el atentado suicida ms grande de la historia? Se les persuade de que el gesto es el paraso mismo. Para una empresa de persuasin tan descomunal hacen falta medios tambin descomunales: es lo que llamamos capitalismo. Hacer estallar una bomba exigira ms conciencia (aunque fuese negativa) y ms valenta por nuestra parte: en su lugar, se nos dan lavadoras, hamburguesas, pantallas de plasma, coches, ordenadores, telfonos mviles, billetes de avin, refrescos, lencera fina y chocolates belgas. Es ese gag material, placentero, cotidiano (derribo ininterrumpido de mil Torres Gemelas) llamado mercanca, que nos arranca del mundo comn y que no exige de nosotros sino que pongamos infantilmente el cuerpo. Es el gag de los 300.000 nios esclavos que recogen cacao en Costa de Mrfil; es el gag de los 4 millones de congoleos muertos extrayendo de las minas nuestro coltn; es el gag de los millones de campesinos que ayunan para alimentar nuestras vacas. Un estadounidense bate el rcord al engullir 66 perritos calientes en 12 minutos, nos cuenta, no un chiste de Brieva, no, sino un peridico espaol que describe el entusiasmo de los 50.000 espectadores que aplaudieron y ovacionaron a Joey Chestnut, el joven terrorista suicida de California capaz de derrotar al seis veces campen mundial , Takeru Kobayashi, que no pudo devorar ms de 63 hot-dog .

Pero el gag de la mercanca no basta. Hace falta tambin una operacin de propaganda sin precedentes histricos, eso que perversamente denominamos publicidad para describir y celebrar la invasin del espacio pblico por parte de los intereses privados. No es extrao que Miguel Brieva utilice una y otra vez la publicidad para iluminar este dominio terrorista del gag . No es extrao que la publicidad -eso es lo que ven certeramente sus vietas- concentre ahora toda la audacia esttica, antipuritanismo moral y rupturismo revolucionario que hace cien aos moviliz el arte de vanguardia para escandalizar al burgus y que hoy se inscribe en el corazn mismo de la mentalidad burguesa: es necesaria, s, mucha audacia para persuadirnos de destruir alegremente el universo. El spot de Miguel Brieva citado ms arriba, esquema categorial del gnero, no hace sino traducir la famosa sntesis capitalista excogitada por la casa Nike ( just do it , slo hazlo), eslogan donde convergen naturalmente Ben Laden y Joey Chestnut, Mohamet Atta y el Carrefour. Vemos al monstruo de Nueva York dirigiendo el avin de pasajeros contra la torre de Mahattan y a Dios detrs, tonante en su nubecilla, ordenndole: Just do it , slo hazlo. Vemos a James Carney o a Jacob Cohen, pilotos de un B-52 estadounidense y de un F-16 israel respectivamente, volando sobre Faluya o sobre Beirut, con la barriga de hierro repleta de bombas de racimo, y detrs una Biblia impresa en billetes de dlar que les dicta: Just do it , slo hazlo. Vemos a un alegre consumidor madrileo en Toys'araus a punto de arrancarle la play-station , al mismo tiempo que la ropa y una pierna, a un negrito cuya casa ha sido destruida por una bomba y detrs a Pap Noel, al volante de un mercedes, que le conmina: Just do it , slo hazlo. Y vemos a la humanidad an vacilante, con un pie en el abismo, tentada de dar un paso hacia adelante, y detrs a la casa Nike y a Monsanto y a Roche y a Bayern y a Nestl y a Coca-Cola y a Siemens y a Sony y a Repsol y a Chevron y a Renault y a Ford -y a los gobiernos que las empresas han elegido- sealando con el dedo el vaco: Justo do it , slo hazlo.

Para que una verdad de este tipo no resulte ni demaggica ni solemne, para que no se convierta a su vez en un gag hay que ser un genio y basta un vistazo a sus vietas para darse cuenta de que Miguel Brieva lo es. Un genio es alguien capaz no slo de crear ciertas criaturas -frases o figuras- sino de crear, al mismo tiempo, la nica atmsfera en la que pueden desenvolverse. Esa atmsfera es tan potente, tan precisa, tan orgnicamente sostenible que acaba por invadir y contaminar la nuestra, de tal manera que, a fuerza de imponer su extraeza, acaba por impugnar nuestra familiaridad. Lo inquietante del universo de Brieva es que es el nuestro (como lo es el de los grabados luciferinos de Goya o el de las cabales metamorfosis de Kafka): es lo que Freud llamaba lo siniestro para describir un alejamiento repentino de la normalidad domstica pero tambin un reconocimiento -una identificacin sbita- de la irracionalidad integrada. Lo reprimido asalta de pronto nuestro horizonte visual corriendo o desplazando mnimamente la superficie consciente; basta un leve empelln al lenguaje en la misma direccin en la que habitualmente se expresa y basta amortiguar suavemente el color, tensar un poco las lneas de los rostros, aumentar artificialmente la alegra, vestir los cuerpos de otra manera -cosas que slo puede hacer un gran artista-, para que todo lo que nos parece lleno aparezca horrendamente vaco. Basta seguir hasta el final el espritu de Disney para que l mismo se voltee en el reverso de Disney , repentinamente amenazador, agresivo, un poco viscoso, un poco metafsico, inesperada cpula entre el capitalismo y el fascismo. Nadie ha sabido entender como Brieva el terror salvaje que abriga Disneylandia, el desorden metafsico de Mickey Mouse. El ms all del mercado est precisamente ac , en lo ms prximo, al lado de la cuna, en el sof del saln, en el peluche hitleriano, en el Bambi matn, en todas esas criaturas encantadoras y saltarinas que nos hielan la sangre con su felicidad irresistible, con su marcial alegra obligatoria. Miguel Brieva no es slo un gran vietista poltico (como lo son Quino o El Roto) sino un gran artista poltico, un gran iluminador de civilizaciones cuya obra -este Dinero o su anterior Enciclopedia- pueden compararse quizs, por su refinamiento grfico y por sus efectos, al inmenso Grandville y a su Otro Mundo (1844), ese inquietante visionario capaz de imaginar exactamente el capitalismo industrial, mientras sus contemporneos se limitaban a vivirlo vagamente, como Brieva es capaz de imaginar con precisin el capitalismo financiero y consumista mientras nosotros nos limitamos a experimentarlo borrosamente. Como la realidad no es verdadera -digamos con Alfonso Sastre-, para que la verdad llegue a ser real hay que imaginarla intensamente y con todo detalle.

Una imagen no vale ms que mil palabras, pero un concepto s. Un concepto vale de hecho ms que mil imgenes. Los conceptos, al contrario de lo que pretenda Spinoza, se pueden mirar, tienen color y a veces hasta nos ladran. Nos dan tambin miedo. Dan siempre que pensar. Por eso el concepto es lo contrario del gag . Pero puede hacernos tambin rer? Esa es la primera fuente de risa -en orden ontolgico y racional- a la que me refera al principio. Los conceptos imaginados de Miguel Brieva nos hacen rer exactamente al revs que la costalada del payaso listo o el derribo de las Torres Gemelas; no por algo que ocurre fuera y sin residuos, no por algo que les ocurre a otros y que al mismo tiempo los anula, sino por una cada aparatosa en nuestro interior de la que ya no podemos recuperarnos. Est la risa mediante la cual renunciamos a conocer -en la que slo ponemos el cuerpo- y est la risa extraa, un poco angustiosa, de conocernos, la que acompaa al hecho de caer de pronto dentro de nuestra mente y tener luego que activarla para levantarnos y levantar con ella todo lo que el gran gag del terrorista suicida est a punto de derribar: no lo hagas, pinsalo. Hay risas que se agotan en s mismas y risas que te dejan tan mal sabor de boca que uno no puede dejar de enjuagrsela enseguida con una accin (o con una omisin decente). El arte genial de Miguel Brieva es de los que te hacen rer slo a la mitad del camino y de los que te obligan despus a recorrer, quieras o no, la otra mitad. Con esas dos mitades debemos intentar alejar el abismo.



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