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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-10-2008

Vivir su teora, pensar el deseo

Luis Felip Lpez-Espinosa
Rebelin


En Vivre sa vie (Vivir su vida, J.-L. Godard, 1962) hay una escena [1] en la cual la protagonista, Nana (una prostituta del tipo cinematogrfico, es decir, irreal), se encuentra con un filsofo en un caf y se sienta con l para conversar. Parece aburrirse mucho; en absoluto, contesta l. Est leyendo. Es mi trabajo, responde cuando ella le pregunta la razn de por qu lee. Es una respuesta comprensible: cada cual vende lo suyo.

El filsofo cuenta la historia de la muerte de Porthos, el mosquetero de Dumas. Porthos pone una bomba en un stano, y tras encender la mecha sale corriendo. Sin embargo en ese momento, hace algo que nunca haba hecho antes: se para a pensar. Literalmente: se pregunta cmo puede poner un pie delante de otro para caminar y al hacerlo, se queda paralizado y es incapaz de dar un solo paso. La primera vez que se para a pensar, le cuesta la vida.

Por qu me cuenta historias como esa?, pregunta Nana. Es hablar por hablar, responde el filsofo. Y por qu hay que hablar siempre? replica Nan. A veces deberamos callar, vivir en silencio Est segura de eso? () Siempre me sorprendi el hecho de que no se pueda vivir sin hablar. Nana responde que sera agradable vivir sin decir nada. Y aun as, como sostiene el filsofo, aunque sera bello, como si nos amsemos ms sin embargo no se puede.

En definitiva, vivimos hablando y pensando (pensar y hablar, son lo mismo). Y eso mata la cosa tal como parece inducirnos la historia de Porthos. La palabra es la muerte de la cosa, dijo Lacan, y eso viene a ser lo que afirma el filsofo frente a la posicin digamos que vitalista, ingenua de Nana. Las palabras deberan decir exactamente lo que queremos protesta Nana; es decir que deberan ser expresin de lo vital.

Sobra decir que la posicin de Nana es la actualmente dominante. El lenguaje corporal viene a ser hoy la norma: hablar es sospechoso, pensar es sospechoso (aunque por supuesto no est bien visto hacer expresas las sospechas al respecto... y aun as se sospecha de ello). Apasionarse con el pensamiento, tal vez pudiera conducir incluso al totalitarismo.

Y sin embargo, es cierto que no se puede vivir sin hablar, es decir sin pensar. Ms an, desde ya-siempre el ms silencioso gesto se encuentra estructurado por el sistema simblico. Tena razn Gramsci cuando deca que todo hombre es filsofo: pues en toda prctica social hay implcita una visin del mundo, y lo que es ms, una visin del mundo o una filosofa no son sino formas de conciencia que surgen reflexivamente a partir de una serie de prcticas materiales que de por s son ideolgicas. Ilusoriamente, llegamos incluso a invertir el proceso y creemos que la conciencia es causa de aquellas prcticas. Esto ya lo enunci Pascal (si quieres ser un creyente, arrodllate y reza y la creencia vendr por s sola: es decir, creers que te arrodillaste a causa de esa creencia); y lo retom por supuesto Althusser en su clebre texto sobre los Aparatos Ideolgicos de Estado.

En otros trminos, nuestro tiempo, en el cual nadie habla y nadie cree ya en nada, no es por eso menos ideolgico: aunque la ideologa hoy dominante sea como dice Sloterdijk una forma del cinismo (sabemos muy bien lo que estamos haciendo, y aun as lo hacemos), lo ideolgico tiene que ver no con el saber, sino con las propias prcticas materiales en las que estamos participando. Como apunta iek [2] la ilusin ideolgica que encontramos por ejemplo en el fetichismo de la mercanca como lo estudia Marx, no se encuentra del lado del saber sino del propio actuar de los sujetos.

Decamos que el pensamiento es visto hoy como algo totalitario... sin embargo tambin lo es el amor del que acaba queriendo hablar Nana. Y es que actualmente, implicarse demasiado en algo, quema. Aproximarse, asfixia. Y eso es verdad para el pensamiento como para el amor o en general el deseo (de lo que sea no importa, se trata aqu del deseo en cuanto tal). Cuando hablamos de este llevar las cosas al extremo (y siempre se piensa en los extremos, dijo Althusser) es cuando descubrimos un extrao punto de encuentro entre los dos personajes de este dilogo de Godard. En cualquier caso, el intelectual de carcter siempre fue una figura marginal. Y al igual que a la prostituta, que durante milenios anduvo por las calles sin tener que resultar necesariamente ofensiva para nadie, actualmente parece que el intelectual tiene que ser barrido de las calles. No es que se plantee su exterminio, es ms bien el resultado sutil de una conjuncin de fuerzas: de un lado las reestructuraciones del aparato cultural (sometido a los medios de comunicacin) y de las instituciones pblicas (vanse las reformas de la Universidad); de otro esa constante sospecha pseudonietzscheana contra el conocimiento, la constante sospecha de que pensar demasiado pueda ser malo y de que un exceso de pasin por algo pueda ser causante del Mal (hoy el Mal es la intolerancia, el totalitarismo, etctera).

Lo que de algn modo descubre este fragmento, es que hay un verdadero punto de encuentro entre el pensamiento y el deseo. Y es que la reivindicacin hegeliana del error, de la muerte de la cosa (yo creo, que slo se llega a hablar bien si se renuncia a la vida un cierto tiempo. Es el precio que hay que pagar) como algo necesario con la que concluye el filsofo, no es una reivindicacin del trabajo de lo negativo, hegelianamente hablando, que en su vaciamiento constante del objeto (el histrico no es esto, no es esto y desde luego, las silenciosas certezas cotidianas no lo son) constituye el mecanismo del deseo? Por eso el filsofo, en su afirmacin heroica de lo negativo contra el objeto, se comporta segn el principio tico de desear el propio deseo.

Y qu significa desear el deseo? Jacques Lacan formula este principio de lo que llama la tica del psicoanlisis en su sptimo seminario, como un precepto cuasi kantiano por el cual la ley moral pone en suspenso todos los motivos patolgicos. El principio tico es aqu el de privilegiar el desplazamiento (metonimia) de los propios objetos, ms all de estos. Aquello que trata de preservar el precepto lacaniano de no ceder en el deseo, es el mecanismo causante de ese desplazamiento. Que como tal, en s mismo no es nada, es la propia nada (desprovista de todo el carcter patolgico de los distintos y sucesivos objetos de deseo). El acto tico es por tanto para Lacan, desear el deseo y mirar el vaco que no puede ser contemplado.

Y no fue este el gesto poltico central del pensamiento revolucionario durante el siglo XX? Precisamente, en este deseo del deseo se traduce aquella pasin por lo real a la que se refera Alain Badiou en su libro El siglo. El siglo XX no fue Zen. Fue el siglo de las mayores brutalidades pero tambin cre una oleada indita de voluntad colectiva y de ansias de liberacin. Fue el siglo de la rebelin de masas, hasta ese momento inconcebible. Fue el siglo de las izquierdas, y solamente desde ese punto de vista se lo puede entender, a l y a las fuerzas que se limitaron a reaccionar en contra suyo. Fue en definitiva el siglo que llev a lo colectivo la fidelidad al propio deseo, la voluntad de cambiar el mundo de base y de llegar al final en consecuencia ( jusq'au bout , cantaba Moustaki haciendo apologa de la revolucin permanente). Y desde luego el siglo fracas terriblemente, pues el siglo XX fue tambin el siglo del fracaso. Pero desde el principio apost a ello: desde los existencialistas a las novelas de entreguerras, el siglo se forj una identidad propia, la del individuo que ha perdido toda identidad y que ha sido arrojado a la existencia sin nada entre las manos. Si de este modo apostaron desde los izquierdistas irreductibles a los viejos rockeros (ellos tambin son personajes del siglo), es porque el siglo XX fue un histrico por excelencia: el siglo XX parti desde la heroica asuncin del fracaso, desde el principio cuasi kantiano de que ningn hecho concreto patolgico habra de satisfacer un deseo que no es deseo de otra cosa sino del propio desear. El siglo tena la potencia del histrico. El siglo no cedi en su deseo, por eso es el siglo de los hroes vencidos, que actuaron sabiendo perfectamente que aquello a lo que estaban mirando iba mucho ms all de cuanto iba a existir. Miraban algo como el cuadrado negro sobre fondo blanco de Malevich (el objeto del siglo, escribe Grard Wajcman). Eso a lo que miraban, el abismo de la nada absoluta, el resto de un vaco, de una falta ontolgica... era precisamente lo que los mantena con vida. Y de qu manera. No ceder en el propio deseo, significa justamente mirar ese vaco y actuar en consecuencia con l.



[1] http://www.youtube.com/watch?v=4MC1YRMfgDU.

[2] S. iek, El sublime objeto de la ideologa. Mxico: Siglo XXI, 2007, pp. 60-61.



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