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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-10-2008

Sesenta aos despus de la Declaracin Universal de los Derechos Humanos
Pensar la rebelin, enfrentar la criminalizacin de las resistencias y romper ya las listas terroristas!

Carlos Alberto Ruiz Socha
Rebelin


1. Un marco de referencia. Lo que se crey muerto vuelve y grita

Una nueva ola de inquisicin recorre el mundo y va tras un fantasma resucitado. Se redime as la subversin social desahuciada que aterroriza al poderoso. No slo cuando la versin dominante entra en crisis (a la crisis econmica, ambiental, financiera, hay que sumar y oponer la crisis tica) exhibiendo la impotencia del sistema hacia el futuro, sino cuando la prepotencia antisocial capitalista puede llegar al lmite. Sus lgicas son criminales e insostenibles, y pueden ser desenmascaradas por concretos seres humanos y colectivos encarnados como parte de las alternativas que en muchos lunares del planeta han dicho y seguirn diciendo no ms! Esos lmites son entonces afirmados a partir de la desobediencia o la rebelda de quienes se indignan por las injusticias cometidas contra el otro y organizan la convulsin de una comn vergenza.

En medio de las enajenaciones estructurantes de nuestras sensibilidades o insensibilidades, puede distinguirse el potencial de ciertos hechos que son ese lmite necesario, que son trazos de luz para el encuentro y el debate de las revueltas probables contra un orden injusto. Provienen de largas bregas o son actos profundos de quienes en la insumisin nos hacen recobrar inteligibilidad y honradez en este lento y complejo nuevo ciclo de luchas de emancipacin.

Las rupturas propuestas para la humanizacin no pueden surtirse sin anlisis, sin pensar desde un lugar social los transcursos y determinaciones que ms lesionan la vida de las mayoras. Por ello la fidelidad con y desde los sujetos populares negados nos compele optar de modo urgente no por la fatalidad del sufrimiento sino por el bienestar de los ms y del planeta, en pos de relaciones sociales. La opcin tica y poltica se expresa as a partir de lo negado, apostando de manera radical por el reconocimiento de los derechos que son violados por los dictados y resultados de una racionalidad vencedora, que tras su aparente omnipotencia esconde carencias sustanciales.

Ante las estrategias de mercantilizacin de la totalidad; de ocupacin y saqueo; ante el cinismo neoliberal y la negacin del otro que necesita vivir y es excluido; es decir, frente a la alteridad pisoteada con la sistemtica seleccin de vidas, hasta sumar asesinatos masivos que no se sienten, una alter-globalizacin se ha expresado en diversidad de espacios y ha gritado desde hace aos que otro mundo s es posible. Pero antes que ella saliera a las calles, otras bsquedas de esa humanidad que no acepta la esclavitud como destino, se adentr en los derechos de los pueblos en ciernes, en la lucha revolucionaria por la justicia y la liberacin nacional. Esas utopas de autodeterminacin y transformaciones se fraguaron entonces como resistencias ante procesos de agresin, en causas y consecuencias de conflictos polticos y sociales que derivaron tambin hacia confrontaciones armadas, por ejemplo las que hoy viven Palestina y Colombia, echando ambas sus races en 1948, el mismo ao que alumbr la Declaracin de Derechos Humanos, en cuyo Prembulo se reivindic un postulado histrico: que tales derechos humanos deban ser protegidos por un rgimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelin contra la tirana y la opresin.

Pese a lo abstracto del problema terico enunciado con la rebelin, la misma vida diaria enraizada nos ensea que su observacin no es banal ni improductiva, sino que es bsica y apremiante, y que puede ser frtil. No obstante, entre la pluralidad e identidad pacifista de la ebullicin que critica la globalizacin capitalista, parece un despropsito reflexionar sobre el derecho a la rebelin. Hacerlo hoy de cara a la galera reformista vista la promesa de abandonar el salvaje neoliberalismo y la ilusin de nuevas regulaciones del sistema que maquilla su colapso, puede ser tenido ya no slo como apologtico de irracional violencia sino como signo de locura. Se proclama que un ser racional y realista debe aceptar responsablemente que el mundo se pueda cambiar un poco, slo dentro de las reglas ya establecidas por el modelo y su administracin de la fuerza; que siempre los seres humanos pueden tolerar un poco ms, hacer ms sacrificios, renunciar a ms derechos, es decir, no ser lmites al avance del mercado, incluso si se comprobara que hay un estado de evidente subyugacin. No tienen ms derecho que a la protesta limitada; que no hay derecho material a ser lmite tangible o corpreo en la resistencia, ni por supuesto a la rebelda que ejerza coaccin frente a la normalizacin de la destruccin. Este es el pensamiento que nos domina, el cual puede ser confrontado en el ncleo mismo de la artificiosa preocupacin por el terrorismo. Su obsesin primordial. Su hilo conductor: el que puede terminar enredando -debera ser as- sus pies de barro.

2. Un gran pilar de la estructura esculida

Ese pensamiento dominante busca ser algo as como un gran bunker en la roca misma del mundo de la que eleva un pesado edificio de ficciones. Tiene para ello unas fuertes columnas que sostienen a diario su farsa. Si una de ellas es la legitimidad presunta de su violencia democrtica, otra contigua es el discurso del anti-terrorismo, que se teje y expande para ocultar o negar la incapacidad del sistema, no para hacer justicia. Por eso, su negacionismo traduce o encripta un mensaje de miedo. De miedo que se quiere sembrar en los ms, pero tambin miedo que revela la perturbacin de un sistema que se sabe agresor. El mensaje es que no se admite que en algn momento haya quienes ante la opresin digan no ms! Y si lo llegarn a decir, sus palabras se las debe llevar el viento, pues deben estar desarmados, sin posibilidad real de respuesta, sin poder hacer frente materialmente a la carrera capitalista. No pueden ser un palo en la rueda; no pueden ser distorsin u obstculo del mercado neoliberal, no pueden nunca responder con algn grado o tipo de violencia a las violencias ms opresoras e infames.

Omos a George Bush lo que ley en la Asamblea General de la ONU el 23 de septiembre de 2008, afirmando que este organismo, al que la estrategia de su gobierno desconoci y luego us, debe prevenir ataques terroristas y no solamente condenarlos. Dijo: no hay ninguna causa que pueda justificar la muerte de gente civil e inocente, y seal especialmente el repudio a los ataques suicidas y secuestros. Asegur tambin que la esclavitud y la pobreza tampoco deben tener lugar en el mundo, que deben tratarse para evitar el extremismo. Que se debe tener un modelo de alianzas, planes de ayuda, pero no con paternalismos. Que (volviendo al tema central: el terrorismo) es un objetivo fundamental luchar contra esta amenaza del Siglo XXI, enfrentando la ideologa de los terroristas, para lo cual la ONU debe hacer cumplir sus resoluciones. Bush se refiri a las revoluciones pacficas (poniendo como ejemplo Georgia) y a las bases de la joven democracia de Afganistn, cit; y a Irak, donde la vida diaria ha mejorado de forma radical en los ltimos meses. Pidi finalmente revisar el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, porque, segn Bush, protege a violadores de estos derechos. As, habl en esa ocasin el patrn moral del mundo libre, fue escuchado, su decadencia no fue advertida, sino enmascarada y aplaudida. Ahora vuelve Bush y nos dice que es indiscutible el libre mercado, mientras Sarkozy predica la refundacin del capitalismo. Al lado de los dos en Camp David estaba Durao Barroso, presidente de la Comisin Europea. El atributo de escolta sicarial de este ltimo, record la reunin de las Azores en 2003, cuando se prepar la guerra terrorista contra Irak. Aquella vez fue el conserje de Bush, Blair y Aznar.

3. Listas de qu en manos de quin?

Ese edificio del sistema salvaje del capital que Bush, Uribe Vlez y ms asesinos representan, tiene esta columna, el anti-terrorismo, y para ello lo toman como bandera en nombre de la humanidad, mientras vivimos o sobrevivimos a diario con evidentes hechos de violencia irracional, en todos los continentes, donde el discurso va adelante, sembrando no slo confusin sobre los responsables de atroces violencias, sino favoreciendo paranoias y miedos extensos, mientras el control de las fuentes de la vida aumenta en manos de un neoliberalismo armado hasta los dientes, que no est en crisis, pese a los altibajos financieros de estos das. Y un instrumental visible de esa poltica son las famosas listas antiterroristas.

Las listas, de los grupos o pases que los poderes consideran son terroristas, nos las mencionan por doquier, como supremas verdades. Ah estn viejos o ms recientes movimientos armados que desde otras consideraciones y en otra poca, fueron incluso valorados como alzados en armas, rebeldes, o luchas de liberacin nacional o popular.

Tales listas las elaboran Estados Unidos o Europa, a partir del 11-S del 2001, o antes, juzgando que esos grupos ya no merecen trato poltico, que son terroristas, que no puede haber dilogo, y para ello afirman unos supuestos valores ticos y polticos, persiguiendo redes de extremistas, aislndoles, llevndoles a la crcel, en lo legal; o ilegalmente desaparecindoles, torturndoles o asesinndoles, como muchos casos lo demuestran. Mientras, verdaderas campaas de guerra y agresin han sido impulsadas o mantenidas, con pretexto de luchar contra el terror, como nos consta. En Afganistn, Irak, Palestina, Colombia, por mencionar slo unos casos. Y hace unos das nos han dicho que Corea del Norte est fuera de la lista: que ya no es terrorista.

4. Un deber: el aprendizaje y la no renuncia

Simultneamente, dos fenmenos han tenido tambin una evolucin. Por un lado, la conciencia e ilusin en muchos sectores que luchan por un mundo mejor, que deben probarse nuevas vas de empoderamiento, de protesta y de propuesta, lejos de las experiencias de intentos de rebeliones del pasado, en su mayora fracasados, que dieron preeminencia a contenidos militares. Y el segundo, de otro lado, la prueba de eventuales violaciones a derechos cometidas por insurgencias que han cado en la desesperacin o la desesperanza, en la accin sin lmites, con actuaciones donde han cado seres inocentes por lo general empobrecidos, marginados, igualmente vctimas de un sistema de exclusin. Uno y otro fenmeno no son nuevos. Siempre ha habido en la historia de la humanidad preguntas sobre cules son los medios idneos o correctos para responder a la injusticia, siendo ste el fin orientador, y muchos colectivos han optado por la no violencia activa o comprometida, no por la no violencia funcional al capital. Esa es la experiencia de una parte de las resistencias del Siglo XX. Y el otro fenmeno, el de la descomposicin o la falta de correccin en la rebelda, es tambin una constatacin, para la cual hay tristes evidencias.

Pero se olvida lo que debemos a la rebelin, a la lucidez de los que en el pasado hicieron frente con valor y con valores de humanidad, ante poderes ignominiosos. Y se desprecia en nuestras cmodas posiciones a los que hoy todava combaten.

Ahora bien, lo que hay que resaltar es que nunca antes, como ahora, haba sido no slo desplazada sino enterrada la pregunta por la rebelin. Y cuando me refiero a la rebelin, lo hago resaltando el ejercicio de un derecho, que conlleva en algn grado coaccin, fuerza, coercin o violencia, como respuesta a las violencias opresoras. Hay mucho silencio o casi nadie habla. Los profesores de ciencias sociales crticas callaron en su mayora; los estudiantes no interpelan; muchas organizaciones sociales aceptan que slo puede haber la violencia institucional, la del sistema injusto que impugnan, y que la cultura de paz, cualquiera sea, de por s es salvadora o movilizadora. Hay un cierre epistemolgico, y con ello una servidumbre moral y poltica. Lo que era, y es, un derecho, se ve ahora como un crimen. La resistencia de los resistentes armados ha sido demonizada. El bombardeo diario de los mass media exitosamente ha funcionado sobre las cabezas y los corazones de millones y millones, y las enseanzas conservadoras y neocons echan races en nuestras mentes y msculos.

5. La experiencia de la Colombia actual

En Colombia desde 1980 o un poco antes, el sistema de poder se dio cuenta de lo rentable que resultaba el discurso antiterrorista. Aprendi tambin de las enseanzas europeas. Por supuesto tambin de la doctrina estadounidense. Lo aplic en los ochenta y noventa, y desde el 2002 lo acrecent, en el nuevo contexto mundial de asimetras y persecucin global de terroristas. A las organizaciones rebeldes, que han mantenido posiciones de lucha, y que lamentablemente tambin han quebrantado prohibiciones de un derecho internacional que, debe decirse, es dual y proclive a favor de los poderosos, se les viene tratando como desalmados sin cdigo moral alguno, sin razn poltica, sin justificacin, sin ningn futuro. Este ao 2008, en enero, el presidente Chvez de Venezuela y el rgano legislativo de este pas, expresaron que a las guerrillas colombianas se les debe reconocer el estatuto de organizaciones beligerantes, y que para buscar una salida negociada al conflicto se les debe tratar como interlocutores polticos, no como terroristas. Cayeron muy mal esas palabras en gran parte del mundo podrido. Ese desafo no poda ser radical ni tolerado, y tras la reaccin del gobierno colombiano, de los EE.UU. y de Europa, el propio Chvez se desdijo de eso, llamando luego a dejar las armas, conciliando en ste y otros asuntos, no en todos, pero s sumndose en la lneas de ese cierre epistemolgico, poltico y tico.

Hoy se ha desatado una inmensa criminalizacin respecto del conflicto de Colombia, alcanzando a Italia, Espaa, Canad, Dinamarca, en muchos pases, donde hubo o hay quienes apoyan la paz con justicia social, es decir producida con compromisos de cambio en Colombia; seres que piensan o pensamos que es necesario hacer la pregunta sobre el derecho de los rebeldes ante estructuras de opresin o de injusticia, no para llegar a las mismas conclusiones, pero al menos s para buscar unas luces.

6. La propuesta

No obstante ese clima, el tema est expuesto. Y algunos de los que defendemos un enfoque acadmico, poltico y tico que reconoce el derecho a la rebelin de los pueblos, como un derecho histrico, en la base de instituciones progresistas y de algunos de los mayores logros que ha producido la humanidad, pensamos que debe debatirse esta materia. Al menos eso. Que no puede hacerse ms silencio. Y no necesariamente esperando positivas respuestas de los gobiernos ms abiertos, o de los foros internacionales donde se congratulan, y menos de los poderes imperiales y sus reglas en la diplomacia con sus intereses, sino que la tesis debe ser admitida en los espacios de encuentro de luchadores-as de los pueblos, de organizaciones civiles y redes que resisten al capitalismo.

De ah que se propone luchar por el derecho a romper las listas. Para confrontar el negacionismo, la prepotencia, la impotencia y la ilegitimidad de un sistema de opresin que no reconoce lmites, al que hay que enfrentar con la indignacin por la injusticia de sus leyes y lgicas, con procesos de rebelin moral o resistencias en nombre de los lmites. Podemos hacerlo en al menos siete niveles o modos:

i) Lo que ya hacemos, fcil o mecnicamente en mltiples espacios: no dar importancia a esas listas, no tomarlas en cuenta, no adherirnos activamente a su matriz poltica.

ii) Como ello no basta, porque podemos estar pasivamente respaldando esas listas y sus fines, es necesario entonces impugnarlas, demostrando su perverso fundamento, pues si fueran verdaderas listas de terroristas, deberan stas incluir (en consecuencia quiz -es una posibilidad- hay que elaborar otras listas con) los nombres de responsables de actos y campaas terroristas: Bush, Uribe, Blair, el hoy moribundo Sharon, y muchos ms.

iii) Esa impugnacin de esas listas, tiene una dimensin especial en el hecho de preguntar e investigar no slo qu gobiernos y qu alianzas son las que nos dicen lo que es terrorismo y que mandan combatirlo, esgrimiendo supuestos valores de humanizacin de los que carecen, pues sus actuaciones militares son verdaderas acciones terroristas de agresin contra los pueblos, sino denunciar cmo sus crmenes persiguen (o se articulan con) inicuos objetivos econmicos, de sojuzgamiento poltico y humillacin cultural. Bush o Uribe no han hecho ms que guerra anti-terrorista para enriquecer grandes capitales, para agenciar el expolio que lleva al hambre, a la huda, a la muerte.

iv) Pero no hacer ms, es todava dejarnos condicionar por esas listas. Es dejarnos amordazar y atar los pies y las manos, aunque tengamos libres todava nuestros ojos y despierto nuestro olfato. Por eso, es lcito romper las listas y su tendencia a criminalizar ms grupos y personas, dando el paso de caracterizar los conflictos sociales, econmicos y polticos, reconocindolas como confrontaciones asimtricas que hoy da nos circundan, y comprendiendo cmo se relacionan estas asimetras o los medios desiguales con los recursos y proyectos enfrentados, devalando el control dominante, por lo tanto redescubriendo la condicin poltica de esas confrontaciones, los derechos negados de los pueblos, las ocupaciones de territorio (Irak, Palestina, Sahara Occidental), la corrupcin, criminalidad, impunidad, servilismo, miseria, tirana, la anti-democracia, de las estructuras polticas y econmicas (Colombia).

v) En un juicio que sigue siendo objetivo, es posible suscribir un dictamen tico, poltico y jurdico referido a la beligerancia, producido no slo por gobiernos, sino por voces de los pueblos, que pueden reconocerla ms all de los moldes convencionales, indicando que ese estatuto existe y debe aplicarse con ajuste a los contextos de las confrontaciones en sus causas y consecuencias.

vi) Una mayor implicacin, viable y legtima, es solidarizarnos con las personas procesadas o criminalizadas, ya por haber apoyado soluciones de dilogo para salidas polticas en las que cuente la rebelda (el caso de Remedios Garca en Espaa, o de Ramn Mantovani, exdiputado de Refundacin Comunista y de Marco Consolo, representante para Amrica latina de este misma formacin de la izquierda italiana), como pasa en Colombia hoy con compaeros-as de la izquierda perseguida por un rgimen totalitario, o tambin, con ms implicacin, en solidaridad con los presos polticos en tanto rebeldes con postulados polticos y ticos que han sufrido extradicin y crcel, por ejemplo en EE.UU., en Mxico, o en Palestina (pese a las diferencias en los contextos, conectar con referencias esas situaciones crear sinergias claves).

vii) Y una crucial opcin, de quienes no tenemos el valor o condiciones para luchar de otro modo, pero tampoco para deslegitimar moralmente la lucha rebelde de quienes en el lmite han dicho basta!, es afirmar conceptual, poltica, social, cultural y ticamente, que son necesarios gritos y acciones de rebelin que (re)construyan el humanismo social, es decir que eleven las posibilidades de justicia enfrentando al capital y su cinismo, y que debe el alegado humanismo social, que nosotros decimos defender, entrar en dilogo con la resistencia, para (re)construir la rebelin. Es decir la resistencia que en nombre de los lmites enfrenta la opresin, pero que por definicin tiene lmites, que en esencia deben surgir del Derecho de los pueblos, porque respeta nios y nias; no atenta contra inocentes, ni contra pobres; no violenta a la mujer; ni contra bienes culturales de la humanidad; ni contra poblados de trabajadores; ni contra espacios y medios populares de sobrevivencia. Esa es la rebelin, ni ingenua ni criminal, con elementos de coaccin, que nosotros no podemos hacer porque nuestra preparacin es otra, y nuestra opcin no est armada, pero que tampoco debemos condenar para que mueran arrodillados-as quienes han decidido en el lmite ser el decidido lmite material de esta carrera de muerte. Es racional y justo reconocer a las insurgencias que lo son, no desconociendo su carcter poltico-militar, como beligerantes, proponiendo que los pueblos y sus luchas piensen perspectivas histricas y ticas del derecho de y a la rebelin.

Humano derecho a rebelarse que tiene obligaciones, no slo algunas por emanacin o mandato de un derecho internacional que hay que deconstruir o transformar, sino porque (in)surgen o provienen de las aspiraciones y los cdigos ticos, culturales y poltico-jurdicos de los pueblos, superiores a los del enemigo. Existe ese derecho al lado del deber de establecer lmites correctos a ese ejercicio histrico, que apenas hace sesenta aos, en 1948, una Declaracin Universal de derechos humanos nombr como recurso supremo contra la opresin, vigente hoy, ya en Palestina como en Colombia, ya en Chiapas como en Irak.

No hay un solo mandato legal y tico vlido, para en conciencia no hacer lo que algunos consideramos justo y necesario, en cualquiera de esos niveles descritos. Para poder refugiar e interpelar a los seres rebeldes y sus acciones. No hay nada legtimo en este mundo de injusticia que nos lo impida o que deba prohibir: - romper esas listas; - desconocerlas activamente; - caracterizando los conflictos, sus partes y proyectos; -calificando el estatuto de beligerancia de organizaciones resistentes; - solidarizndonos con personas criminalizadas por su pensamiento y compromiso; - reconociendo la rebelin, y su posibilidad moral, establecido su derecho y sus lmites.

De este modo, el horizonte de las resistencias puede ser entendido y asumido, porque nos concierne y porque las compromete a existir dignamente, con valenta y valores. Reconocerlas, no para estar infaliblemente siempre de acuerdo con su fondo ni con su forma, sino para, en una lcida hereja, cuestionar al menos y en la prctica desconocer las listas terroristas facturadas por los centros de poder que s cometen verdadero y sistemtico terrorismo.

Sin alguno de esos pasos, y por supuesto sin avanzar sucesivamente con conciencia de estar caminando hasta las fibras ms sensibles de un sistema de enajenacin, las alternativas que alegamos sern legtimas en parte, pero estarn sojuzgadas, oprimidas, hipotecadas. No sern del todo congruentes. Hay riesgo en plantearlas: s. Pero es mejor asumirlo, que ser parte de la trama de una lgica de lo que Franois Houtart llama el neoliberalismo terrorista, con sus listas y sus enunciados para que se le abrace como nico destino, como salvacin de los seres humanos y del planeta.

ste, el planeta Tierra, donde todava habitamos y donde se sufre hasta morir, de varias formas ya ha dicho basta!; no quiere resistir ms muerte, y responde con su fuerza a la agresin que un sistema y una historia de destruccin le impone como final ajeno. La naturaleza ha gritado alguna vez no ms! y la humanidad paga costosamente lo que hizo o hacemos con ella Cundo vendrn superiores huracanes de vida de los seres humanos?, que griten desde lo ms profundo no ms! Hoy lo hacen pueblos indgenas y campesinos en regiones de Colombia y por eso son asesinados. Como en Mxico o Palestina. Seamos parte de su potencial, no sus verdugos; ni apaguemos con indiferencia los fuegos que nos alumbran unas crceles de injusticia a donde sern llevadas y llevados compaeras y compaeros. El sistema nos manda callar o slo hablar de terrorismo. Demos la cara. Entablemos el debate: hablemos de su terrorismo y de nuestra rebelin!

- Carlos Alberto Ruiz Socha es autor del libro La rebelin de los lmites. Quimeras y porvenir de derechos y resistencias ante la opresin (Ediciones Desde Abajo, Bogot, 2008).

 



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