Las cuatro crisis
La Verdad
La afirmación que subraya que la crisis de estas horas recuerda
poderosamente a la de 1929 se topa con un problema severo: la crisis
contemporánea tiene un carácter múltiple que no exhibía la de ochenta
años atrás. Y es que hoy se dan cita, en una combinación explosiva, la
crisis del capitalismo global, la derivada del cambio climático, la
surgida del encarecimiento inevitable de las principales materias
primas energéticas que empleamos y, en fin, y si así se quiere, la
nacida de un crecimiento demográfico de efectos muy delicados. En
semejante escenario, si la crisis de 1929 sirvió de asiento a la
consolidación de los fascismos en la Europa del decenio siguiente, con
las consecuencias conocidas, la de hoy anuncia procesos tanto o más
inquietantes. Como es bien sabido, la principal respuesta que han
abrazado los principales centros de poder, en EE UU como en la UE, es
tan insuficiente como inmoral. Su propósito principal no es otro que
sanear un puñado de instituciones financieras desde hace tiempo
entregadas a prácticas lamentables. El objetivo, visible, es que cuanto
antes puedan volver a las andadas. Al respecto se antoja llamativo, por
cierto, que apenas se hayan abierto causas legales contra los
directivos de esas instituciones. Tan llamativo como que los gobiernos,
convidados de piedra mientras las empresas acumulaban, tiempo atrás,
formidables beneficios, acudan ahora presurosos, con el dinero de
todos, a su rescate en época de vacas flacas.
Bien es verdad que en el terreno formal se postula -véanse, si no,
las reiteradas declaraciones del presidente francés Sarkozy- un
capitalismo más regulado. Entiéndase bien lo que esto, en los hechos,
significa: cuando se sugiere que hay que cancelar los abusos que han
acompañado al despliegue del proyecto neoliberal se olvida que este
último es, en sí mismo, un abuso. La parafernalia retórica empleada
pretende hacernos olvidar que en realidad no hay ningún designio de
abandonar ese proyecto, como lo demuestra, sin ir más lejos, el hecho
de que nadie en los estamentos directores de la UE haya apuntado la
conveniencia de prescindir, sin trampas, de un tratado, el de Lisboa,
de clara vocación desreguladora.
Pero es urgente subrayar que, de nuevo a diferencia de lo que
ocurrió con posterioridad a 1929, hoy las respuestas keynesianas se
topan con problemas insorteables. El principal es, sin duda, el que
nace de los límites medioambientales y de recursos que acosan al
planeta. Quienes estiman, por ejemplo, que la obra pública en
infraestructuras de transporte es una respuesta airosa frente a la
crisis deberán explicarnos quién va a utilizar las maravillosas
autovías que se aprestan a construir cuando el litro de gasolina,
dentro de unos años, cueste seis, ocho o diez euros.
Es significativo, por lo demás, que en estos días a gobernantes y
medios de comunicación sólo les preocupe la primera, y la menos
importante, de las cuatro crisis que identificamos. Semejante conducta
sólo puede explicarse en virtud, de nuevo, del propósito de salvar la
cara al proyecto neoliberal y eludir, con ello, cualquier consideración
seria de lo que se nos viene encima. Al respecto, y dicho sea de paso,
la crisis se ha convertido en una formidable cortina de humo que
permite mover pieza en terrenos delicados. En las últimas semanas se ha
recurrido con frecuencia, en particular, a la aseveración de que los
problemas financieros han dado al traste con los Objetivos del Milenio
o con la lucha contra el cambio climático, como si uno y otro proceso
no estuviesen muertos antes de la propia crisis. En la misma línea,
sobran las razones para concluir que son muchos los empresarios
decididos a aprovechar la tesitura para, con gran contento, prescindir
de muchos de sus trabajadores. Nunca se subrayará lo suficiente, en
suma, que los 540.000 millones de euros invertidos en el plan de
rescate estadounidense permitirían resolver de una tacada los
principales problemas planetarios en materia de sanidad, educación,
alimentación y agua. Este dato, por sí solo, se convierte en un fiel
retrato de las muchas miserias que tenemos entre manos.
En la magra discusión mediática que ha cobrado cuerpo sobre la
crisis falta, visiblemente, una conciencia clara de los límites
medioambientales y de recursos del planeta. Al respecto hay que colocar
en lugar central el concepto de huella ecológica, con el recordatorio
paralelo de que hemos dejado muy atrás las posibilidades materiales que
la Tierra nos ofrece, de tal suerte que en los hechos estamos
consumiendo recursos que no van a estar a disposición de las
generaciones venideras.
Sorprende sobremanera que en la discusión mencionada no haya
espacio alguno, en los países ricos, para tomar en serio la imperiosa
necesidad de acometer un proyecto de decrecimiento en la producción y
en el consumo. Y, sin embargo, bien sabemos que el crecimiento
económico, idolatrado, no propicia una mayor cohesión social, genera
agresiones medioambientales a menudo irreversibles, se traduce en el
agotamiento de recursos con los que no van a poder contar nuestros
hijos y nietos, y, por si poco fuere, facilita el asentamiento de un
modo de vida esclavo que, al calor de la publicidad, el crédito y la
caducidad, nos invita a concluir que seremos más felices cuantos más
bienes acertemos a consumir.
Frente a toda esa sinrazón es hora de defender la solidaridad y el
altruismo, el reparto del trabajo, el ocio creativo, la reducción en el
tamaño de un sinfín de infraestructuras, la primacía de lo local y, en
suma, la sobriedad y la simplicidad voluntarias. Si el decrecimiento y
la redistribución de los recursos ganan terreno se podrían reflotar
sectores económicos que guardan relación con la satisfacción de las
necesidades, y no con el sobreconsumo y el despilfarro, con la
preservación del medio ambiente, con los derechos de las generaciones
venideras, con la salud de los consumidores y con la mejora de las
condiciones de trabajo. Nada de esto forma parte, sin embargo, del
horizonte mental que manejan nuestros gobernantes, en el mejor de los
casos interesados por lo que pueda ocurrir, en un par de años, al calor
de las próximas elecciones. Sorprende que estas gentes se presenten a
los ojos de muchos de sus conciudadanos como personas sensatas y
diligentes que tienen solución para todos nuestros problemas.
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.