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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-11-2008

Sobre la memoria histrica y la calavera de Garca Lorca (II)

Alfonso Sastre
Gara


Publicamos hoy la segunda entrega del anlisis de Alfonso Sastre sobre la memoria histrica, que se corresponde con el texto ampliado del que fue ledo en Cortes, Nafarroa, el 1 de noviembre de este ao, en el Homenaje a los Fusilados por defender las ideas de Paz, Justicia y Libertad. En l, el autor diserta sobre la legitimidad compartida por quienes desean exhumar los restos de familiares muertos por la represin franquista y por aqullos que abogan por lo contrario.

Continuamos, pues. Por parte del bando republicano, dice Eceolaza -a quien citamos en el artculo anterior por su escrito Lo pblico de la memoria, aparecido en la revista Pgina Abierta- que se dio muerte a unas 70.000 personas , y que el franquismo asesin a unas 100.000. Pero es que -sigue Eceolaza con muy buen sentido- tras la guerra civil, pudiendo aplicar la paz, el rgimen franquista impuso su victoria. Ms de 192.000 personas fueron fusiladas y cerca de 4.000 ms murieron de enfermedad en los campos de trabajo o en las prisiones.

Segn el autor de este artculo -y nosotros suscribimos sus palabras, sobre la base de nuestros propios recuerdos y otras lecturas-, se pueden diferenciar tres etapas en este horror franquista que hoy se trata de recordar: 1.- La guerra, desde Julio de 1936 hasta febrero de 1937. 2.- La de los Consejos de Guerra Sumarsimos de Urgencia, desde marzo de 1937 hasta principios de 1945. 3.- La de la represin contra los guerrilleros y sus colaboradores, que se prolong hasta mediados de los aos 50.

Creo que est muy bien, en suma, todo lo que se haga a favor de una memoria histrica, y es cierto tambin que no podemos descansar cediendo esa responsabilidad a la existencia actual de ms prtesis de la memoria que en otros tiempos, cuando la memoria se recoga slo en los libros y, ms tarde, en los peridicos. Me refiero a esas ms recientes prtesis, pero algunas ya no tan recientes, como la fotografa y el cine, y dentro del cine el movimiento documentalista, hoy enriquecido, las grabaciones primitivas (archivos de la palabra) y hoy magnetofnicas, etc.

sas son herramientas y lo importante, a estos efectos, es el pensamiento que las anima y las correspondientes acciones sociales y polticas que se ponen en marcha; pues es preciso decidir el uso de esas herramientas en un sentido o en otro y para acordarse de unas u otras cosas y con tal o cual objetivo, definido, para que sea vlido, por un pensamiento a la altura de los tiempos, como deca Ortega y Gasset.

Este tema que hoy nos ocupa es, a poco que se analice, una triple cuestin: 1.- Una cuestin pblica (poltica). 2.- Una cuestin privada (individual). 3.- Una cuestin filosfico-social (cultural, histrica). Visto as, puede entrar en la escena de nuestra reflexin, por fin, la calavera de Federico Garca Lorca, mencionada en el ttulo. Ella nos refiere a las cuestiones que acabamos de enunciar, y especialmente a lo que de cuestin privada, individual, hay en esta inquietud. Concretamente me refiero ahora a la discusin a favor o en contra de las exhumaciones.

Yo me detengo respetuosamente ante esta dimensin del problema, en el que todas las personas implicadas tienen razn: tanto las partidarias de las exhumaciones como las que no las desean (as la familia de Garca Lorca, que no tiene inters alguno en ver la calavera del poeta). Dejemos a un lado el gran abolengo histrico y cultural de las inhumaciones rituales de los muertos, que dieron un carcter especial al fenmeno humano en relacin con las otras especies animales, hasta el punto de que la palabra humano tendra su origen en el hecho de que los seres luego llamados humanos eran animales especiales y que se diferenciaban de los dems en que stos enterraban (humus) a sus muertos.

Para para la familia de Garca Lorca, segn he ledo, no lleva a parte alguna remover y sacar de la tierra su cadver; porque, adems, su memoria como poeta est en todas partes. Ello es razonable. Pero tambin debemos pensar en las familias de aquel banderillero o de aquel maestro de escuela o de las otras personas annimas que fueron asesinadas en aquella ocasin, y hacernos cargo de sus respectivas culturas, creencias y tradiciones. Es seguro que para algunos familiares o descendientes de aquellas personas asesinadas falta algo.

Ellas fueron enterradas como perros callejeros y sus descendientes quieren, al fin!, exaltar de algn modo su recuerdo rindindoles el homenaje ritual que suele dispensarse a los muertos cuando son enterrados. Este deseo no es algo desdeable. Yo, que no creo en los rituales religiosos o civiles, ni los practico, estoy con ellos en su reclamacin. Hoy el nieto de un asesinado en Ciudad Rodrigo (Salamanca), donde los franquistas asesinaron a 110 hombres y a 2 mujeres, me cuenta en una carta que l reclama y reivindica la digna memoria de su abuelo. Su nieto se llama Vctor Criado y ha escrito un bello texto en su memoria. Hay muchos nietos de asesinados, que no llegaron a conocer a sus abuelos, y que hoy estn en este movimiento. Es un bello triunfo de la memoria contra el olvido!

Aqu, en Cortes, donde se celebra este encuentro al que no puedo asistir desgraciadamente, y para el que yo estoy escribiendo estas palabras, el crimen tiene su propia historia. Podra decirse que cada pueblo es una historia, y que es preciso establecer la magnitud de lo sucedido durante aquellos aos. Tambin podemos recordar que precisamente en Nafarroa se produjo, que yo sepa, el primer movimiento importante (Altafalla, Jos Mara Esparza) por la dilucidacin de los crmenes del franquismo; un aspecto, ste de la aclaracin de los hechos y no slo del establecimiento de su cuanta, es muy importante y forma parte de la complejidad de este movimiento, al que nosotros auguramos felices resultados, que sern buenos sobre todo para el establecimiento de una verdadera paz.

De momento es muy de notar la enorme diferencia que hay entre estos grupos interesados por contribuir a la memoria histrica y las actuales asociaciones de vctimas del terrorismo, convertidas en ocultos partidos polticos de ultraderecha que luchan, sobre todo, contra todo asomo de paz en estos sufridos territorios.

En una entrega posterior aadiremos una especie de apndice que adquiere la forma de un tercer artculo y que no fue ledo, porque est escrito despus, en el Homenaje de Cortes que se cit al principio. En l trataremos de ampliar algo que hemos dicho aqu sobre lo que fue la memoria franquista de los hechos y que no es hora de replantear en los actuales movimientos, puesto que est planteada y replanteada durante el franquismo de las ms diversas y muchas veces desaforadas formas en las que las ideas republicanas aparecen como la expresin propia de unos seres intrnsecamente malvados y sedientos de sangre.

Artculo relacionado:
Sobre la memoria histrica y la calavera de Garca Lorca (I)



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