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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-11-2008

Sade, la glida pasin

Luis Felip Lpez-Espinosa
Rebelin


Cuando el libertino sadiano dispone sus cuadros, nada queda ms lejos de ellos, de sus maniobras, escenas y artefactos, que el insulso ajuar ertico y las tcnicas de gabinete sexolgico con que se equipa actualmente la jovencita emancipada, cool y (post?)moderna. Sade no se aplica como sta en la garanta complaciente de una satisfaccin tan banal como aquella que ofrecen las "cosas del sexo". Frente a ello, la implacable doctrina de sus filsofos-libertinos se encuentra en la lnea del desapego propia de moralistas como La Rochefoucauld o Chamfort.

En Sade se ha querido encontrar un trasunto de la racionalidad instrumental, achacada al lado malo de la Ilustracin. [1] Ahora bien, esta racionalidad instrumental, ligada a la expansin de las fuerzas productivas en la era burguesa, no se basa acaso en aquel principio con el que Heidegger de hecho condensaba toda su crtica a la "tcnica", aqul terrible "todo funciona"? [2] Y es que lo que realmente preocupaba a Heidegger de la tcnica no era que fuese mal, que amenazase la supervivencia del propio planeta, ni todos esos lugares ya comunes: lo que realmente le preocupaba, era el modo en que la tcnica nos posiciona en relacin con la verdad. Frente a la funcionalidad tcnica, perfectamente adecuada, "habra que preguntar si la adecuacin a su tiempo es la pauta de la 'verdad interna' de la accin humana". [3]

Pues bien, y desde luego sin ser un Heidegger, frente a este "todo funciona" Sade en realidad no propone nuevas "tcnicas", nuevas "artes amatorias", nuevas sexologas. Su reflexin ertica es de hecho nula, sobrepasa con aristocrtica indiferencia toda funcionalidad (y tanto ms, por cuanto que los cuadros que esboza son en buena parte irrealizables).

Si la jovencita juega con "lo otro" del sexo, pero basando su perversin en el hecho de retenerse all donde se empiezan a vislumbrar sus mrgenes, Sade abole cualquier tipo de perversin para situarse ya desde un comienzo en ese ms all inhabitable e insondable, que apenas cabe imaginar. En el registro de lo inhumano.

Por eso los relatos de Sade, lejos de excitarnos, terminan por resultar de una frialdad e indiferencia totales: no es extrao que Pierre Klossowski haya interpretado la filosofa de Sade como una "religin" invertida, la cual "lleva consigo una ascesis que es la de la reiteracin aptica de los actos". [4] Reiteracin aptica, ya que, si los libertinos se abandonan a todas las pasiones imaginables, es para hacerse insensibles a ellas. A mayor depravacin, ms insensibilidad; de manera que es preciso un grado mayor de excitacin. Puesto que el clmax supone el fin de esa excitacin, el insensible ser capaz de absorber mayores cantidades de sta. Los libertinos sadianos han llegado a un punto en el cual precisan de la destruccin y el crimen para alcanzar dicho estado de excitacin. Esta insensibilidad es precisa por tanto para lograr su objetivo que es en primer trmino el de emular a la naturaleza la naturaleza crea destruyendo, segn exponen los libertinos en sus sistemas, y las destrucciones que los hombres provoquen no hacen sino acelerar este proceso creativo. La destruccin de las viejas formas es condicin para crear lo nuevo, de modo que ms brillante ser dicha novedad cuanta ms destruccin se pueda concentrar en el mismo punto, en el mismo eslabn de la cadena. Los libertinos emulan este "proceso sin sujeto ni fines" (Althusser) que caracteriza a la naturaleza, y lo hacen a ciegas, a partir de una pluralidad de prcticas negativas que jams alcanzan a dibujar positivamente algo que se parezca lo ms mnimo a un "proyecto". Lo cual no es balad ya que en efecto, todo planteamiento poltico que busque la transformacin de lo viejo y la produccin de lo nuevo, debe resolverse en una posicin puramente negativa (en el sentido ms hegeliano del trmino) donde "lo nuevo" designar el espacio en blanco, motor de los pequeos y cotidianos procesos "patolgicos" de la prctica revolucionaria.

Esto es lo que encontramos en los personajes libertinos que Sade presenta en sus textos, personajes cuyas perversiones cotidianas son puestas entre parntesis como simples fracasos dentro de un camino que debe conducir a los fines ltimos vagamente expuestos en sus sistemas ("de derrota en derrota hasta la victoria final", como diran los maos). De algn modo, Sade presenta una asctica de la destruccin que busca endurecer al libertino por medio de la exposicin perpetua a las pasiones, hacindole alcanzar los ms altos grados de ataraxia. El objetivo es que este hombre, en definitiva esclavo de sus pasiones, se deje llevar por estas hacia un mayor grado de ultraje que le acerque a lo que es el proyecto utpico de la filosofa libertina: la destruccin del propio cosmos, el ultraje a las propias leyes de la naturaleza.

Hay, debido a su aspiracin a la destruccin csmica como resultado de un clmax pasional, en el personaje del libertino una trgica aspiracin al goce permanente: por eso fantasea con el suplicio eterno, con una ejecucin de sus vctimas lo ms prolongada posible que consiga alargar ese instante orgistico. Como no lo consigue, se ve obligado a buscarlo nuevamente pero no en la repeticin del acto, sino en su recomienzo en el transcurso de una sucesiva bsqueda de excitaciones cada vez ms fuertes, de saltos cualitativos que elevaran cada vez ms ese movimiento ascensional frenado en el clmax.

Ahora bien, la posicin del libertino es francamente trgica. No sucede en los textos que cuando acaban de disertar sobre la destruccin del cosmos y se entregan a sus (previsibles) orgas, los libertinos resultan francamente decepcionantes (de lo cual ellos mismos se aperciben), ellos tan cmodamente asentados en sus castillos y mazmorras y en los placeres de las clases privilegiadas del Antiguo Rgimen? En esa medida, si las teoras de esos libertinos que postulan la destruccin del orden y la creacin de lo Nuevo son entendidas como llamados a la accin, los pequeos crmenes en que se concretan no alcanzan nunca las sublimes dimensiones de su proyecto, porque en definitiva no es posible el crimen contra la naturaleza. As se lamenta tpicamente el libertino, sobre

"la mediocridad de los crmenes cuyo poder me deja la naturaleza. En todo lo que hacemos no hay ms que dolos y criaturas ofendidas; pero la naturaleza no lo es; y es a ella a la que querra poder ultrajar; querra perturbar sus planes, contrarrestar su marcha, detener el curso de los astros, trastornar los globos que flotan en el espacio, destruir lo que la sirve, proteger lo que la perjudica, edificar lo que la irrita, insultarla, en una palabra, en sus obras, suspender todos sus grandes efectos; y no puedo conseguirlo." [5]

La rebelda del libertino conduce a una hiperactividad consecuencia de un cul de sac inevitable: el de la contradiccin entre su condicin privilegiada y el proyecto utpico que acaban esbozando, irrealizable como toda utopa, como todo sueo ms o menos dorado de aquellos que tienen suficiente tiempo libre como para permitirse soar aun con la abolicin misma del orden social en cuya cspide se encuentran.

Pero entre lneas de la obra de Sade, funciona un mecanismo cuya leccin an nos puede servir.

La leccin de Sade, es que para liberar al hombre es preciso un pensamiento ms all de lo humano. El strip-tease o la ertica de la jovencita, especie de amarillismo sexual, no son ms que un juego a medias que desde lo humano (demasiado humano) juega con lo distinto, con el cambio, con lo nuevo sin atreverse nunca a traspasar la lnea. Por tanto, mantenindose en el terreno de los afectos, de los sentimientos, del humanitarismo incluso. En definitiva, la jovencita basa su goce en un juego perverso con la esperanza y con el temor. Pero no fue de estos extremos de lo que nos liber la Ilustracin? Liberarnos de la esperanza y del temor fue el gran mrito de los materialistas dieciochescos (Holbach, La Mettrie). Estos, cuando Descartes convirti al Dios cristiano en el Dios de los filsofos, garante del conocimiento y por tanto callado, inmvil, sin intervenir sobre las leyes del universo y sin "jugar a los dados" no exclamaron como Pascal, ante el desencantamiento del cosmos y su alarmante despoblamiento de santos, ngeles, y dems figuras intermediarias de la accin divina ahora irrelevantes, que el silencio de los espacios infinitos resultase aterrador. Al contrario, lo que hizo la Ilustracin fue afrontar este silencio y limitarse a comprenderlo. Sin esperanza ni temor, dira Spinoza [6] y ms tarde Sade. [7]

Mientras que mirando el mundo como lo hara la jovencita, contemplando embobados un mundo que no es sino reflejo de lo que nuestras pasiones tristes (esto es, impotentes) le asignan, nos condenaramos a no ser capaces de pensar correctamente lo que es real y no requiere de nuestra ingenua compasin sino simplemente de un clculo o de una teora.

Para Sade, las pasiones son medios que alimentan la filosofa. De ah la incmoda yuxtaposicin, realmente elocuente, de cuadros erticos y disertaciones filosficas sobre los cuales se estructuran los textos sadianos. Lo que se nos dice es que la pasin conduce a la teora, siempre y cuando se trate de una pasin ordenada, calculada al milmetro. Sade define la pasin al modo de Spinoza: "las afecciones del cuerpo, por las cuales aumenta o disminuye, es favorecida o perjudicada, la potencia de obrar de ese mismo cuerpo...". [8] Las pasiones o los afectos, son una determinacin de la naturaleza sobre el individuo; la potencia de obrar tiene que ver en Sade con el uso y disposicin de los cuerpos, con la productividad que se logre de ellos. A mayor productividad, es decir, potencia de obrar, mayor alegra (Spinoza tambin). Sade traza por tanto, a travs del crimen (conviene no olvidar este extremo) una prctica filosfica que, en su anti-espontanesmo y en su valorizacin de lo colectivo, constituye la reivindicacin de aquellas pasiones alegres que incrementan nuestra potencia de obrar. Ahora bien, estas pasiones alegres se definen en trminos de potencia, no de "interioridad" o de "subjetividad": no es una pasin "humanizada", por eso le vienen como un guante los grabados con que se ilustran sus obras, y que muestran sobre los cuerpos apilados como castillos de naipes, en los rostros unas leves sonrisas tan impasibles como aquellas que caracterizaban la antigua estatuaria etrusca. Se trata del rostro de la glida pasin sadiana. Lejos de constituir un atentado a las libertades individuales, esta negacin de la "interioridad" respecto de la puesta en valor de las organizaciones colectivas, supone ms bien una crtica del "laissez faire" romntico y burgus, contracara inseparable de la pretensin burguesa del desarrollo de las fuerzas productivas en el marco de una sociedad disciplinaria. Sade se muestra en ello radicalmente anti-burgus: no es extrao cuando se ha pasado por las prisiones tanto del Antiguo Rgimen como del nuevo, y sobre todo cuando el nuevo rgimen le ha condenado no con vistas a su "indecencia" manifiesta, sino a su "interioridad", su "psicologa" elevada al grado de trastorno mental.

Y es en el marco de aqul incremento de la potencia de obrar, que pasa a travs (y ms all) de la naciente sociedad burguesa, donde tiene sentido el clculo de la ley sadiana, del ritual y del reglamento. Las normas que gobiernan los castillos y abadas de los libertinos, son imprescindibles para encauzar el movimiento de las pasiones a travs de su subversin. El orden existe (vaya paradoja en un espinozista!) nicamente para ser subvertido; dicha subversin permite asimismo administrar castigos que son igualmente criminales y contrarios a la propia ley (no es este el mismo goce que extraen los partidarios de la pena de muerte?). Pero las subversiones se encadenan en un orden progesivo, fundado sobre el olvido del pasado, puesto que no conciben la repeticin sino que se inscriben en un movimiento continuo que nicamente se recomienza o retoma. Que se retome el proceso, y que en cambio se evite la simple repeticin de los cuadros, no tiene que ver tan slo con la necesidad de dotar de algn tipo de hilacin al relato; tiene que ver con la intercambiabilidad de los actos en s mismos, que carecen de toda relevancia si se los extrae del preciso contexto (narrativo o filosfico) en que se enmarcan. Por eso el libertino no encuentra ningn consuelo en recordar sus crmenes pasados, lo nico que hace con ellos es instrumentalizarlos, en la forma del relato, para inspirar pasiones nuevas; por consiguiente se impone la inventiva. Ya lo deca Saint-Just: "los que hacen las revoluciones en el mundo, los que quieren hacer el bien, slo deben dormir en la tumba". [9]

A modo de posdata: es Sade un "neoliberal"? Es un stajanovista de las pasiones? Debemos seguir leyndolo, en la lnea de los frankfurtianos, como la "verdad" oculta, como el crimen entre lneas, que envuelven los mitos emancipadores de la modernidad y de la Ilustracin? Lo arrojamos al mismo cesto al que arrojamos al sujeto moderno? Sin embargo, cuando la ideologa dominante se basa bien al contrario en la reivindicacin anti-ilustrada de la "finitud humana" (hermenuticas, acabamiento de los "metarrelatos", postmodernismos, postmarxismos y post-etcteras) y en la proliferacin de particularismos culturalistas cuando ante la "crisis ecolgica" se acude a la crtica moral del prometesmo humano, al tiempo que ante la "crisis financiera" se discuten soluciones en la opacidad de las altas esferas polticas la Ilustracin que nos ofrece el mismsimo Sade nos proporciona aun en la pintura de sus excesos la clave para un optimismo de la voluntad que busca la construccin de lo universal a travs de lo colectivo. Si fantasea con los extremos del crimen, es porque nos muestra la fuerza de los afectos y la omnipotencia de la prctica. Ya Spinoza escribi que "nadie sabe lo que puede un cuerpo". A da de hoy, sus extremos todava estn por ver.

Web personal: http://enuntrenenmarcha.googlepages.com



[1] Cf. M. Horkheimer y Th. W. Adorno, Dialctica de la ilustracin, Madrid: Akal, 2007, pp. 93-131.

[2] M. Heidegger, Entrevista del Spiegel, en La autoafirmacin de la Universidad alemana. El rectorado, 1933-1934. Entrevista del Spiegel. Madrid: Tecnos, 1989, p. 70.

[3] Ibd., p. 69.

[4] P. Klossowski, Sade mi prjimo, Madrid: Arena, 2005, p. 12.

[5] D.-A. de Sade, Justine, Madrid: Valdemar, 2003, pp. 574-575.

[6] "Los afectos de la esperanza y el miedo no pueden ser buenos de por s" (Spinoza, tica, III, Prop. XLVII, Madrid: Alianza,1998, p. 339.).

[7] "deja tus prejuicios, s hombre, s humano, sin llanto y sin esperanza" (Sade, "Dilogo entre un sacerdote y un moribundo", en Escritos filosficos y polticos, Barcelona: Grijalbo, 1979, pp. 43-43)

[8] Spinoza, tica, O. Cit., III, Def. III, p. 193.

[9] L. A. de Saint-Just, "Sobre la necesidad de declarar el gobierno revolucionario hasta la paz", en La libertad pas como una tormenta. Textos del periodo de la Revolucin Democrtica Popular, Madrid: El Viejo Topo, 2006, p. 122.




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