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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-12-2008

La democracia y el pueblo

Eric Hobsbawm
Daily Times


Gracias a los medios de comunicacin masas, la opinin pblica es ms poderosa que nunca, lo cual explica el constante incremento de las profesiones que se especializan en influenciarla. Lo que es menos conocido es el vnculo crucial entre los medios polticos y la accin directa: una accin desde la base que repercute directamente en quienes toman las decisiones, eludiendo los mecanismos intermedios de los gobiernos representativos. Ello resulta ms evidente en los asuntos transnacionales, en los que no existen esos mecanismos intermedios. Todos estamos familiarizados con lo que se ha denominado efecto CNN : la polticamente poderosa, pero completamente desestructurada sensacin de que algo debe hacerse respecto del Kurdistn, Timor Oriental u otra zona en conflicto. Ms recientemente, las manifestaciones en Praga y Seattle han mostrado la efectividad de la accin directa bien dirigida por pequeos grupos conscientes del poder de las cmaras, incluso contra organizaciones que fueron diseadas para ser inmunes a los procesos polticos democrticos, como el FMI y el Banco Mundial.

Todo esto enfrenta a la democracia de impronta liberal con el que quizs sea su problema ms serio e inmediato. En un mundo crecientemente globalizado y transnacional, los gobiernos nacionales coexisten con poderes que tienen tanto impacto como ellos en la vida diaria de sus ciudadanos, pero que estn ms all de su control. Los gobiernos ni siquiera tienen la opcin poltica de abdicar ante tales fuerzas que escapan a su radio de accin. Cuando los precios del petrleo aumentan, existe la conviccin en los ciudadanos, incluso en los ejecutivos de las empresas, de que el gobierno puede y debe hacer algo al respecto, aun en pases como Italia, en donde poco o nada se espera del Estado, o como Estados Unidos, en donde muchas personas no creen en el Estado.

Pero qu podran hacer los gobiernos? Ms que en el pasado, estn bajo la presin creciente de una opinin pblica continuamente controlada. Ello restringe sus opciones. Pero los gobiernos no pueden dejar de gobernar. Adems, se ven alentados por sus expertos en relaciones pblicas para que se muestren gobernando constantemente, y esto, como ha mostrado la historia britnica del siglo XX, implica multiplicar gestos, anuncios, y a veces, hasta leyes innecesarias. Y las autoridades pblicas de hoy se ven constantemente enfrentando decisiones sobre intereses comunes, que son de ndole tanto tcnica como poltica. Aqu, los votos democrticos (o las elecciones de los consumidores en el mercado) no son en absoluto una gua. Las consecuencias ambientales del crecimiento ilimitado del trfico a motor, y las mejores formas de lidiar con ellas no pueden ser descubiertas simplemente por un referendo. Adems, estas formas pueden resultar impopulares, y en una democracia, es poco inteligente decirle al electorado lo que no quiere or. Cmo pueden organizarse racionalmente las finanzas pblicas, si los gobiernos se han autoconvencido de que cualquier propuesta para aumentar los impuestos conduce a un suicidio electoral, cuando en las campaas electorales se compite por bajar impuestos y los presupuestos gubernamentales se ejercitan en el oscurantismo fiscal?

En resumen, la voluntad del pueblo, o como quiera llamrsela, no puede determinar las tareas especficas de gobierno. Como apropiadamente observaron Sidney y Beatrice Webb respecto de los sindicatos, la voluntad del pueblo no puede juzgar proyectos, slo resultados. Es inconmensurablemente mejor votando en contra que a favor. Cuando consigue uno de sus principales triunfos negativos, como derrocar los regmenes corruptos de 50 aos de posguerra en Italia y Japn, es incapaz por s mismo de ofrecer una alternativa.

Y aun as, el gobierno es para la gente. Sus efectos son juzgados por lo que afecta a la gente. Por ms desinformada, ignorante o aun estpida que sea la voluntad del pueblo, y por muy inadecuados que sean los mtodos para descubrirla, es indispensable. De qu otra forma podramos definir la manera en que las soluciones tcnico-polticas, por ms expertas y tcnicamente satisfactorias que sean en otros aspectos, afectan a las vidas de los seres humanos concretos? Los sistemas soviticos fallaron porque no existi una retroalimentacin de informacin entre aquellos que tomaban las decisiones en nombre del inters del pueblo y aquellos a quienes se imponan esas decisiones. La globalizacin del laissez-faire de los ltimos 20 aos ha incurrido en el mismo error.

La solucin ideal ahora est menos que nunca al alcance de los gobiernos. Es la solucin a la que recurran en el pasado los mdicos y los pilotos, y a la que sigue tratando de recurrir una parte crecientemente desconfiada del mundo: la conviccin popular de que nosotros y ellos compartimos los mismos intereses. Nosotros [el pueblo] no le dijimos [al gobierno] cmo debe servirnos carentes de pericia, no podramos, pero hasta que algo salga verdaderamente mal, le brindamos nuestra confianza. Pocos gobiernos (para distinguirlos de regmenes polticos) disfrutan actualmente de esta fundamental confianza a priori. En las de impronta liberal, los gobiernos raramente representan la mayora de votos, ni qu decir del electorado. Los partidos de masas y organizaciones, que alguna vez otorgaron a sus gobiernos confianza y apoyo constante, se han desmoronado. En los omnipresentes medios de comunicacin, los directores, entre las bambalinas, y arrogndose una idoneidad competitiva con la del gobierno, no dejan de comentar crticamente los desempeos gubernamentales.

De modo que la solucin ms conveniente, a veces la nica, para los gobiernos democrticos, es mantener el mayor nmero posible de decisiones fuera del alcance de la opinin pblica y de la poltica, o al menos, dejar de lado los procesos de caractersticos del gobierno representativo. Muchas decisiones polticas sern negociadas y decididas detrs de escena. Lo que incrementar la desconfianza ciudadana en los gobiernos y la mala opinin pblica sobre los polticos.

Entonces, cul es el futuro de la democracia de impronta liberal en esta situacin? Con la excepcin de la teocracia islmica, en principio ningn movimiento poltico poderoso desafa esta forma de gobierno. La segunda mitad del siglo XX fue la edad dorada de las dictaduras militares. El siglo XXI no parece demasiado favorable a ellas ninguno de los estados ex comunistas ha elegido seguir por esa va, y casi todos esos regmenes militares carecen del cabal coraje de la conviccin antidemocrtica: se limitan a proclamarse salvadores de la Constitucin hasta el da (sin especificar) del retorno del gobierno civil.

Ello es que, cualquiera que haya sido su apariencia antes de los terremotos econmicos de 1997-98, ahora resulta evidente que la utopa de un mercado global de laissez-faire y sin Estado no llegar. La mayora de la poblacin mundial, y ciertamente aquella bajo regmenes democrtico-liberales que merecen tal denominacin, continuarn viviendo en estados operativamente efectivos, aun a despecho de que en algunas -y poco felices- regiones el poder y la administracin estatal se hayan desintegrado virtualmente. La poltica continuar. Las elecciones democrticas perdurarn.

En resumen, deberemos enfrentar los problemas del siglo XXI con un conjunto de mecanismos polticos espectacularmente inapropiados para lidiar con esos problemas. Se trata de mecanismos que estn, en efecto, confinados dentro de las fronteras de unos estados nacionales enfrentados a un mundo interconectado, fuera del alcance de sus operaciones. An no est clara la longitud de su radio de accin dentro del vasto y heterogneo territorio que posee una estructura poltica comn como la Unin Europea. Se enfrentan a y compiten en el marco de una economa globalizada que opera a travs de unas unidades harto heterogneas y para las cuales son irrelevantes la legitimidad poltica y el inters comn, a saber: las corporaciones transnacionales. Sobre todo, se enfrentan a una era en la que el impacto de las acciones humanas sobre la naturaleza y el planeta se ha convertido en una fuerza de proporciones geolgicas. La solucin, o aun la mera mitigacin, precisar de medidas para las cuales, casi con certeza, ningn apoyo podr encontrarse contando votos o midiendo las preferencias de los consumidores. Esto no mejorar las perspectivas a largo plazo de ninguna democracia en el mundo.

Encaramos el tercer milenio como el irlands apcrifo que, preguntado por la mejor manera de llegar a Ballynahinch, y tras una breve pausa reflexiva, espet: si yo fuera usted, no partira de aqu.

Pero aqu estamos, y de aqu partimos.

Eric Hobsbawm es el decano de la historiografa marxista britnica. Uno de sus ltimos libros es un volumen de memorias autobiogrficas: Aos interesantes, Barcelona, Critica, 2003.


Traduccin para
www.sinpermiso.info : Camila Vollenweider


 




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