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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-12-2008

Entrevista al catedrtico de Filosofa de las Ciencias Sociales y Morales de la Universidad de Barcelona, Antoni Domnech
Una izquierda desorientada y desorganizada ante la crisis capitalista ms grave desde los aos 30

Comba Campoy
Sin Permiso


Me interesa especialmente el anlisis de ciertos conceptos en los que t te detuviste en algunas de tus intervenciones en el Foro. Y por eso estoy pensando en darle a la entrevista la forma de glosario, de un "glosario para el activista crtico". Qu te parece?

Pues adelante

En primer lugar, la conceptualizacin de ciudadana me parece bsica. Hablamos de movimientos ciudadanos, de la asuncin de una serie de derechos y deberes, del sentimiento de pertenencia a un grupo humano... Lo cierto es que las instituciones polticas gallegas han puesto de moda el trmino y lo utilizan de forma un tanto gratuita. Se busca la participacin del pblico teatral o de los usuarios de transporte pblico... Pero se busca a travs de campaas unidireccionales y muchas veces sin un destinatario claro. Entiendo que para que podamos hablar de ciudadana (y estoy pensando en la sociedad gallega pero supongo que podemos generalizar esta visin al resto del Estado espaol), es necesario que exista una conciencia y un cierto grado de organizacin. O se puede pensar en una ciudadana pasiva y conformista?

El concepto de "ciudadana" desapareci prcticamente del vocabulario poltico, y sealadamente de la filosofa poltica acadmica, en los aos 50, 60 y 70. Se entenda como algo trivial, como el "derecho a tener derechos". Por un lado, digamos, desde la izquierda, en un sentido amplio del trmino, en la medida en que ese derecho madre de todos los derechos se vea plenamente asegurado tras la II Guerra Mundial, cuando no solamente se consolid el derecho de sufragio universal conquistado por el movimiento obrero socialista europeo tras el desplome de las grandes monarquas continentales entre 1918 y 1931 (la conquista que trataron de destruir, precisamente, los fascismos de los aos 30), sino que, adems, se ofrecieron elementos de ciudadana social, blindados constitucionalmente (como en las Constituciones republicanas alemana, austriaca, francesa e italiana de 1949, o, muy tardamente, en la Constitucin de 1978 actualmente vigente en el Reino de Espaa).

Por otro lado, desde la derecha, particularmente desde la derecha acadmica, dominada por el utilitarismo, nunca se tomaron en serio los derechos, y menos an un pretendido "derecho a tener derechos": lo que contaba es la utilidad, es decir, el grado de satisfaccin de los deseos y las preferencias de las gentes. Fue Bentham quien, a comienzos del siglo XIX, inaugurando esa tradicin de filosofa poltica y social, dej dicho que los derechos eran un "sinsentido" y, los "derechos humanos, un sinsentido al cuadrado". Los neoutilitaristas del siglo XX particularmente los economistas neoclsicos podan estar a favor de aumentar el bienestar de las poblaciones, pero deslindado eso de cualquier categorizacin en trminos de derechos constitutivos de ciudadana.

Cuando, a finales de la dcada de los 70, comenz el proceso de contrarreforma del capitalismo que se conoce con el horrsono neologismo de "globalizacin", comenz tambin un asalto a las ideas mismas (procedentes del antifascismo) de ciudadana democrtica (recuerda la posicin de Huntigton en la poca ese viejo cabrn siempre est en las peores brechas; ahora, en la de la guerra de civilizaciones!: todos los problemas del mundo se deban a una "crisis de gobernanza", y la crisis de gobernanza se deba a un exceso de democracia, de participacin popular en los procesos polticos y en los Estados) y de ciudadana social: con la llegada de la seora Thatcher al poder en 1979 comenz un ataque decidido al amplio conjunto de medidas que venan garantizando desde el final de la II Guerra Mundial cierta proteccin social de los trabajadores, desde derechos sindicales elementales hasta derechos de cogestin trabajadora de las empresas privadas (la clebre Mitbestimmung alemana), pasando por la institucin de robustas reas de propiedad econmica pblica y la implantacin de amplias prestaciones en materia de sanidad e instruccin pblicas que configuraron lo que en Europa continental se llam "Estado social" y en los pases anglosajones, "Estado de bienestar".

Por todos esos motivos, la "ciudadana" volvi al centro del debate pblico, reingresando tambin en las elaboraciones acadmicas de economistas, politlogos y filsofos. Y claro, una forma de eludir el debate y escurrir el bulto es, como t sugieres, fingir que se est muy preocupado por la "ciudadana", pero actuar en la prctica con un concepto de "ciudadana" o huero o yerto.

O huero o yerto?

Huero es el concepto de "ciudadana" pergeado por algunos intelectuales neoliberales, empeados en hacernos creer, contra una tradicin jurdica milenaria (que arranca del derecho civil republicano romano) que un ciudadano verdaderamente "libre" sera el que, si quisiera, y sin los actuales impedimentos de los Estados democrticos de derecho, podra venderse "libremente" como esclavo a otro (piensa en el debate de la semana laboral de las 65 horas libremente pactadas entre el trabajador individual y su patrn, escandalosamente propuesta por la Comisin europea); o el ciudadano que podra firmar contra las normas vigentes del actual derecho penal un contrato "libre" y voluntario de asesinato (o ms moderadamente, de venta de rganos anatmicos) con otro; o, por un ltimo ejemplo, el que estara habilitado para poner "libremente" en almoneda al mejor postor su derecho de sufragio. En una palabra: la ciudadana huera nace de la idea de destruir los derechos constitutivos no meramente instrumentales que, precisamente, definen nuestra personalidad jurdica ciudadana, y con ella, nuestra libertad, derechos que, por lo mismo, son considerados inalienables en cualquier orden jurdico de impronta republicana

Yerto es, en cambio, el concepto de ciudadana manipulatoriamente pasivo, propagandstico, que, reconociendo retricamente (parte de) lo antedicho, trata de convertir a los ciudadanos en meros espectadores pasivos de un juego de esgrima ms o menos cruento entre elites. Entre elites, por lo dems, tan poco inteligentes y tan inseguras de s mismas que, encima, mendigan el aplauso de un pblico inerme. Y cuando los ciudadanos se lo niegan (como hicieron franceses y holandeses con el grotesco proyecto de la Constitucin europea), hacen caso omiso y buscan otras salidas.

Mi primera pregunta vena de una preocupacin que me ronda, y que supongo sale de mi experiencia de trabajo en los medios de comunicacin. Parece obvio que los grandes poderes mediticos, cuya influencia en la conformacin de opiniones resulta incontestable, no tienen ningn inters en que los ciudadanos y ciudadanas adquieran mecanismos de pensamiento crtico. El Foro del pasado fin de semana en Santiago, a pesar de reunir a ms de cuatrocientas personas en sus distintas actividades, no apareci en los medios de mayor difusin en Galicia. Cmo puede el pensamiento crtico contrarrestar el dominio aplastante del pensamiento oficial (hace unos aos se habl de "pensamiento nico", no s si sigue siendo pertinente). Creo que en este caso, el vocablo a desgranar sera conscienciacin o, quiz, educacin.

Es un problema muy grave. Ten en cuenta que son menos de una decena las grandes empresas de medios de comunicacin que dominan hoy ms del 95% de la informacin que circula por el mundo. La concentracin de la propiedad a que hemos asistido en las ltimas dcadas en ese sector, que en buena medida ha venido de la mano de la privatizacin de los medios pblicos escritos y audiovisuales, constituye una amenaza muy grave a la libertad de expresin y a la pluralidad, una amenaza para nada ajena a eso que se llama el pensamiento nico, que no es otra cosa que la paulatina conversin de un ideario extremista, rabiosamente hostil a lo pblico es decir, a las soluciones polticas y democrticas de los problemas de la vida social y econmica, en una doxa pretendidamente moderada y centrista, conformadora del sentido comn, tambin acadmico. Nunca el sentido comn, forjado e impartido ahora por un mediocre doxariado compuesto de tertulianos, columnistas y acadmicos exhibicionistas y bien financiados por intereses siniestros, estuvo tan lejos del buen sentido.

La izquierda debe oponerse a eso en diversos planos: por lo pronto, creando medios alternativos (cosa facilitada en cierto modo por Internet; pero sabiendo que con Internet se puede llegar, a lo sumo, a menos de un 10% de la poblacin); insistiendo, por difcil e ingrato que eso resulte, en la necesidad de introducir ms pluralidad en los medios existentes, es decir, denunciando todo lo educadamente que se quiera el monopolio del doxariado en esos medios; y en otro plano, ms de fondo, ms radical, fijando bien claramente en los programas polticos de las izquierdas la necesidad de reconstituir el carcter democrtico, es decir, pblico, y pblicamente dotado, de buena parte de los medios de comunicacin y de informacin. Eso no pasa necesaria o exclusivamente por su nacionalizacin; tambin es concebible, paralelamente, un fondo de ayudas pblicas que rebajara drsticamente las barreras de entrada al mercado de los medios de comunicacin y que actuara a favor de la libertad de ese mercado, combatiendo con los ms variados instrumentos que ofrecen las polticas pblicas (incluidas una severa disciplina fiscal sobre las rentas monoplicas y la limitacin o aun la prohibicin de la publicidad comercial) una atroz deriva oligopolstica cargada de consecuencias polticas gravemente nocivas para la calidad de la vida democrtica. En la medida en que varios grandes grupos de comunicacin se ven afectados por la crisis financiera galopante (piensa en el grupo Chicago Tribune, del que forman parte Los Angeles Times y el New York Times), es posible que la idea de reconstruir un gran espacio pblico, democrticamente controlable, para la comunicacin vuelva, directa o indirectamente, al orden del da, incluso por motivos groseramente econmicos. As como la alternativa a la nacionalizacin democrtica del grueso de la banca es hoy un ulterior y delirante proceso de concentracin oligopolstico del sector financiero, la alternativa a la renacionalizacin democrtica de buena parte de los medios de comunicacin (o a la severa regulacin pblica del mercado de los medios de comunicacin en un sentido antimonopolista) es hoy un ulterior y delirante proceso de concentracin oligopolstica de la propiedad privada de esos medios de conformacin y manipulacin de la opinin pblica.

Es ingenua la aspiracin, desde un movimiento minoritario como es el de los Foros Sociales, a emprender iniciativas transformadoras que den un vuelco a este sistema injusto y en crisis?

Eso depende de cul sea esa aspiracin. Los Foros Sociales han desempeado un papel muy interesante en una poca de euforia globalizadora y dominio prcticamente incontestado de un ideario extremista surgido de la derrota del movimiento obrero y popular mundial a finales de los 70 del siglo pasado. Esa euforia se termin como consecuencia del suicidio del capitalismo financiarizado de estilo norteamericano. Lo que hay que ver ahora es si los Foros Sociales pueden jugar tambin un papel importante en la reconstruccin de los movimientos populares. Esta va a ser una crisis larga, honda y duradera, que tendr consecuencias devastadoras sobre las poblaciones trabajadoras y sobre los pobres de todo el mundo. Lo que est por ver es si la inmensa mayora de la humanidad lograr organizarse de forma tal, que consiga gravitar polticamente de manera decisiva sobre el modo de salir de esta crisis, una crisis que, encima, se solapa con otras cargadas de desafos: una crisis energtica (la necesidad de salir de la era de los combustibles fsiles) y una crisis ecolgica sin ejemplo en la historia de la humanidad (cambio climtico, entrada del planeta Tierra en la era del antropoceno). A m me parece que, en la medida en que los Foros Sociales se pongan modesta y realistamente al servicio de esa tarea reorganizadora de las fuerzas populares, sus aspiraciones no tienen por qu ser ingenuas.

Proyectos como el de la revista Sin Permiso estn proporcionando utilsimas herramientas de reflexin para reforzar los argumentos de los movimientos ciudadanos. Pero su difusin es limitada, las personas que no tengan acceso a Internet lo tendrn difcil para leerla, y en cualquier caso su lectura requiere de un cierto grado de preparacin. Durante el plenario del Foro hubo una intervencin que criticaba que "la Academia", o los "expertos", siempre estaban del lado del poder, y que los intelectuales de izquierdas haban traicionado a los movimientos de base. Era una intervencin un tanto apasionada, pero en cualquier caso, puede ser sintomtica de un sentir habitual en determinadas organizaciones. Como respuesta a esto, qu crees t que puede aportar el pensamiento acadmico a los movimientos sociales?

Ese debate se ha dado ya otras veces en la historia de los movimientos sociales, y particularmente, en la historia del movimiento obrero socialista. Necesitan expertos los movimientos sociales transformadores? El viejo Engels y el viejo Marx pensaban que s; sobre todo Engels, que muri (en 1895) obsesionado con la idea de atraer al movimiento obrero, y particularmente a la socialdemocracia alemana, a ingenieros, mdicos, economistas, higienistas, estadsticos, eclogos, juristas que pudieran ayudar a gestionar una economa en transicin democrtica hacia el socialismo. Quera evitar a toda costa que a los socialistas les pasara lo mismo que a los jacobinos franceses de 1793, que tuvieron que depender de expertos reaccionarios que saboteaban la poltica republicana revolucionaria, lo que llev al Terror. Ahora bien; tanto Marx como Engels fueron muy conscientes de que muchos de los intelectuales y acadmicos que se acercaban al movimiento obrero eran ms idelogos que expertos tcnica o cientficamente competentes. Y los viejos fueron extremadamente hostiles a este tipo de intelectual diletante, nada slido cientficamente y siempre orientado segn la direccin de los vientos. En mi opinin, el siglo XX ha dado la razn a los viejos. Marx lleg a decir que esas gentes se construyen una ciencia privada con el nimo logrero de hacerse un lugar en el mundo (tambin en el mundo acadmico), en flagrante violacin de los cdigos deontolgicos ms elementales de la investigacin cientfica, que pertenece al mbito de la razn pblica. Esas gentes, deca Marx, no sirven para nada: lo que precisa el movimiento son expertos de verdad, no personajillos que se refugian en el assylum ignorantiae de una ciencia privada construida pro domo sua, en vez de participar, como uno ms, de la ciencia normal y corriente, que es siempre ejercicio pblico de la razn (en parte por eso, Marx fue hostil a la idea de que pudiera hablarse de una concepcin marxista de la historia o de la economa; pero eso es harina de otro costal). Buena parte de los intelectuales marxistas del siglo XX fueron ironas de la historia! gentes que se construyeron ciencias privadas: desde los estalinistas de la ciencia proletaria y la lgica dialctica, hasta los posmodernos deconstruccionistas y relativistas. Yo pienso como los viejos: esas gentes no nos sirven para nada, polticamente hablando, y es, adems, necio tratar de atraerlos, porque son veletas que se orientan y obran segn los vientos. Eso hay que tenerlo en cuenta, ahora que la veleta parece comenzar a girar en un sentido ms favorable para la izquierda. Lo que necesitamos son expertos competentes, no cantamaanas, ni falsarios especuladores de tres al cuarto (aunque se columpien en un pensamiento dbil), ni arbitrarios cultivadores de arcanas ciencias privadas. Por lo dems, al lego siempre le resultar ms fcil controlar democrticamente a un experto especialista de verdad, obligado a hablar el lenguaje de la razn y de la deliberacin pblicas, que al idelogo de turno (al perito en paz, en socialismo del siglo XXI, en deconstruccin, en discursos de gnero, en biopoltica, en pretendidas ontologas de lo social, en sociedad de la informacin o en alterglobalizacin) que, buscando fascinar a propios y extraos con una jerga privada esotrica y apenas inteligible, termina por cultivar lo que los franceses que de eso saben un rato! llaman el bluff lexpertise.

Otro trmino que se presta a abusos y limitaciones es el de libertad. Y por eso me parece muy oportuna la definicin que, desde el enfoque republicano, le disteis en la mesa sobre la Renta Bsica Daniel Ravents y t. Cul es la libertad a la que aspiran los movimientos ciudadanos integrados en el movimiento altermundista, frente al concepto "robado" por los defensores del modelo neoliberal?

Es el concepto de libertad como capacidad para no tener que pedir permiso a ningn particular para vivir. Ese es el viejo concepto de libertad republicana. No es libre quien necesita pedir permiso a otro particular para vivir, quien no es materialmente independiente de otro particular: no es libre el esclavo, no es libre el trabajador asalariado (esclavo a tiempo parcial, segn la genial definicin de Aristteles, luego retomada por Adam Smith y por Marx), no es libre la mujer sometida al pater familias. La democracia republicana revolucionaria y el moderno socialismo industrial lo que hicieron fue tratar de universalizar ese concepto: la democracia revolucionaria, mediante la distribucin de la tierra a todos y la fundacin de una repblica de pequeos propietarios agrarios (Jefferson), o mediante garanta republicana de un derecho universal e incondicional de existencia material (Robespierre, Tom Paine); la democracia socialista posterior a la revolucin industrial, mediante una asociacin republicana de productores libres e iguales que se apropian en comn de los medios e instrumentos de producir (Marx). La idea era que no slo unos pocos tuvieran libertad para vivir sin necesidad de tener que pedir permiso a otros; que todos tuvieran esa libertad. La lucha por la universalizacin de la libertad republicana, tan antigua, sigue siendo nuestra lucha y es el ncleo axiolgico del socialismo democrtico-republicano contemporneo, entendido como programa poltico de lucha por una cultura econmica, poltica y social capaz de realizar aquel ideal en las condiciones de una economa tecnolgica e industrialmente desarrollada.

Globalizacin/Mundializacin. El lema principal de los Foros Sociales es el de que otro mundo es posible, o la famosa consigna de trabajar en lo local para cambiar y pensar globalmente. Pero tiene sentido pensar en una "mundializacin buena"?

No, no tiene el menor sentido. La llamada globalizacin ha sido un proceso, de todo punto poltico, de remundializacin del capitalismo, un proceso paralelo a la contrarreforma del mismo. El capitalismo posterior a la II Guerra Mundial pudo reformarse ms o menos tmidamente en un sentido social por la va de fijar e instituir internacionalmente el derecho de los gobiernos democrticos segn expres Keynes lo que consideraba el principal resultado de Bretton Woods a controlar los movimientos de capitales; es decir, a desmundializar una economa capitalista sin brida ni freno que haba llevado a la humanidad a la catstrofe de las dos guerras mundiales ms cruentas y terribles que registra la historia universal. Cualquier alternativa razonable a la catstrofe econmica y ecolgica en que ha venido a parar esa globalizacin pasa hoy, en mi opinin, por una nueva desmundializacin, comenzando por la reinstauracin del derecho de los gobiernos democrticos a controlar los movimientos de capitales y por devolver a los pueblos su plena soberana. El cosmopolitismo republicano de Kant y Robespierre, y su heredero directo, el internacionalismo socialista del movimiento obrero, aspiraron a la unin fraternal de los distintos pueblos soberana y democrtico-republicanamente constituidos, y eso no tiene nada que ver con la utopa pseudocosmopolita universal, que es y ha sido siempre, desde los tiempos de Digenes el cnico y Antstenes hasta el neoliberalismo de nuestros das, una construccin intelectual al servicio de causas imperiales inconfesables; la otra cara, si quieres decirlo as, de los belicosos nacionalismos etnicistas y antidemocrticos.

Entre otros efectos del capitalismo, creo yo, hay uno que afecta directamente a las personas, y es el de la generalizacin del egosmo. Yo tengo muchas discusiones con amigos mos, muy escpticos, que defienden que somos egostas y malvados por naturaleza. Yo soy tal vez un poco ingenua y discrepo, y me paro a pensar en mis abuelos que vivan en el campo y que se juntaban con los vecinos para repartirse las tareas, o que tenan sistemas de ayuda mutua en caso de malas cosechas. S que este comunitarismo era simplemente una caracterstica de la economa tradicional agraria que en Galicia no desapareci hasta hace muy pocos aos, y que tena aspectos muy negativos como la posicin de la mujer, etc. Pero en cualquier caso, tena un elemento muy interesante como era el del sentimiento de comunidad. A ti te parece, realmente, que soy una ingenua, o tiene sentido defender los valores de la solidaridad a la hora de proponer una transformacin social?

Ese es un asunto bastante complejo, y me resulta imposible despacharlo con una contestacin rpida. Pero prueba a preguntar a tus amigos egostas qu sacan ellos, egostamente hablando, de la defensa de la tesis panegosta, segn la cual el nico motivo de la accin humana es el inters propio, indiferente al de los dems. Porque si esa tesis fuera verdadera, no se ve, en su caso, por qu tendran que andar defendiendo, por amor a la verdad, el panegosmo, una tesis que, por lo pronto, no parece favorecer a la promocin de su inters propio (el inters propio siempre estara mejor servido por alguna hipocresa buenista); y en todo caso, el perder tiempo defendiendo algo lo que sea por mero a amor a la verdad ya es un tipo de conducta que no se condice nada bien con el egosmo calculador y economizador de energa. Diles que no se odien tanto a s mismos, que la contradiccin performativa en que les has pillado revela que ellos mismos no son tan egostas como creen. Diles que son vctimas de la propaganda del sentido comn construido por el doxariado de nuestro tiempo esa coleccin de pusilnimes!, tan alejado del buen sentido que va con la humana magnanimidad. Recltales para tu causa, ofrceles el viejo consejo aristotlico que est en el corazn axiolgico del laicismo republicano y socialista moderno: Deja de pensar mal de ti mismo, y s tu mejor amigo siempre.

En la mesa "O neoliberalismo en crise: cara a onde vai o sistema?" planteabas que la actual crisis evidencia tambin el fracaso del intento de superar el shock de 1973 a travs de la financiarizacin, el neoliberalismo y la remundializacin del capitalismo. Muchas fueron las voces durante el Foro que invitaron a aprovechar este fracaso del capitalismo, para orientar el movimiento altermundista hacia acciones polticas que nos lleven a un sistema ms justo. Si crees que hay alguna posibilidad para esto, hacia donde crees que podra ir encaminada esa accin poltica? Cules seran los errores de la izquierda actual a evitar? Propuestas como la de la Renta Bsica se plantean como reformas dentro del sistema, porque, aunque son conflictivas como afirmis, no parecen directamente dirigidas a acabar con el sistema, con el capitalismo. Ahora que el sistema (el capitalismo, tal vez el propio Estado), parece que se desmorona, habr que replantear propuestas de este tipo, o tienen ms sentido que nunca?

Se puede ver la presente crisis como una crisis de la economa real inducida por los insensatos procesos de desregulacin, financiarizacin y remundializacin de las ltimas dcadas. Pero tambin se puede pensar que el neoliberalismo (como conjunto de polticas de desposesin de los derechos conquistados por los trabajadores y de despojo y privatizacin de los patrimonios comunes de los pueblos del mundo incluido el patrimonio natural), la remundializacin (sobre todo, la reintroduccin de la plena libertad de movimientos de capitales) y la financiarizacin (la autonomizacin sin precedentes del sector financieros y su creciente conversin en una especie de esquema Ponzi fraudulento a escala mundial) han sido distintas estrategias destinadas a superar la crisis clsica de sobreproduccin capitalista (por decirlo con Marx) o de desplome de la eficacia marginal del capital (por decirlo con Keynes) del final de la Edad de Oro del capitalismo socialmente reformado en los aos 70. En este segundo caso, estaramos ante una crisis, no slo del grueso de las polticas contrarreformistas puestas por obra por las elites capitalistas en las ltimas tres dcadas, sino ante una crisis sistmica del capitalismo mismo, como forma histrica de civilizacin.

Sea ello como fuere, tanto en uno como en otro diagnstico, lo esencial es, por lo pronto, concentrar el grueso del fuego poltico contra las polticas capitalistas ahora manifiestamente fracasadas (contra el neoliberalismo, contra la libertad de movimientos de los capitales y contra el predominio del sector financiero). Y concentrar ese fuego, a sabiendas de que las fuerzas propias son ms bien dbiles no har falta insistir en eso; a sabiendas de que en los aos 70 las fuerzas populares sufrieron, a escala mundial, una tremenda derrota de la que todava no se han recobrado en la mayor parte del mundo, y desde luego en Europa y en EEUU. Reconocer eso quiere decir reconocer la necesidad de acumular fuerzas, de dar tiempo a la reorganizacin, lo que pasa por encadenar conjuntos de pequeas victorias que vayan devolviendo la confianza en las propias fuerzas a las clases subalternas. Siempre lo son, pero en circunstancias de debilidad propia como las actuales todava son ms peligrosos los maximalismos de todo o nada. Aqu, en el Foro Social Gallego, se ha odo a gente que razonaba como si de la crisis sistmica del capitalismo se pudiera pasar inmediatamente al socialismo sin mayores mediaciones que las ofrecidas por el tremolar una bandera de cuatro consignas estremecidas. Y resulta perfectamente comprensible: durante aos y aos se la ha dicho a la gente no slo que no hay alternativa (la TINA de la seora Thatcher), sino que lo existente es buensmo; y de repente, lo existente se desploma a ojos vista, y todo el mundo comienza a hablar, como si de la cosa ms natural del mundo se tratara, de grandes alternativas (hasta Sarkozy quiere refundar ticamente el capitalismo; slo los muy despistados, como el presidente de las Cortes espaolas, el nclito socialista seor Bono, actan como si no pasara nada, y se siguen despachando a gusto con declaraciones por cierto que inconstitucionales como que la libertad de mercado y de empresa estn por encima de los deseos de los gobiernos democrticos ). Es natural que una izquierda que ha tenido que morderse la lengua por dos dcadas salte ahora a la brava como el corcho de una botella de cava previamente agitada.

Uno de los signos inconfundibles de la derrota de un movimiento popular es la cantidad de posibilidades de pequeas reformas institucionalmente posibles desperdiciadas. El sistema, o el capitalismo, no es una especie de mquina de una sola pieza, ni siquiera de varias piezas con engranajes perfectamente ajustados. Esa visin, bastante comn entre gentes formadas en el marxismo estructuralista y en el posestructuralismo franceses, es hija de una ignorante concepcin ahistrica y apoltica del capitalismo, que es, en cambio, una realidad histrica y poltica, y por lo mismo, una realidad que ha evolucionado de formas complejas y contradictorias: parte de esa evolucin son las luchas sociales enconadas que ha provocado, luchas que han cristalizado secularmente en multitud de costumbres, de leyes, de instituciones y de prcticas tendencialmente anticapitalistas, o al menos, incongruas con la cultura econmica y moral bsica del capitalismo: desde magnas realidades institucionales, como los Estados sociales, los grandes sindicatos obreros y aun la propia institucin del sufragio universal democrtico una conquista del movimiento obrero del siglo XX, hasta los pequeos lazos y lacitos criticados por Berlusconi como trabas intolerables al funcionamiento cotidiano de lo que los neoliberales llaman mercados libres (en realidad, mercados cautivos de competicin oligoplica en los que los grandes pueden extraer a su buen placer, libremente y sin trabas pblicas, las rentas monoplicas ms escandalosas). La derrota del movimiento popular a finales de los 70 propici el progresivo desuso o abandono de muchas de esas potencialidades existentes (por sealado ejemplo: la afiliacin sindical), y luego, y en parte por consecuencia, el ataque directo de las elites a las realidades institucionales y legales potencialmente anticapitalistas, entre ellas el derecho de afiliacin sindical o el derecho de los gobiernos democrticos a controlar los movimientos de capitales. A m me parece que, dada la situacin de partida, con fuerzas notoriamente dbiles y desorganizadas, se trata tambin de comenzar recuperando el terreno perdido. Por ejemplo, un mero ejemplo, pero de un pas con mucha menos tradicin que la Europa occidental en materia de instituciones decantadas histricamente como resultado de grandes luchas populares del pasado: en los EEUU, muchos propietarios de viviendas que han cado en la morosidad y estn a punto de perder sus casas, han descubierto ahora que pueden pelear legalmente contra sus bancos acreedores amparndose en leyes centenarias que obligan a condonar deudas injustamente contradas. Las reformas, por pequeas que sean, si tienen un sentido democrtico y anticapitalista la institucin de un ingreso universal e incondicional de ciudadana, indudablemente, tiene ese sentido, porque substrae un rea de la vida social al imperativo de trabajar asalariadamente, no slo no son lo contrario de un cambio social y poltico radical, sino que como advirti certeramente Rosa Luxemburgo hace ms de 100 aos lo complementan y aun lo orientan: permiten acumular progresivamente fuerzas, dar confianza a quienes luchan por esos cambios, y ampliar progresivamente la base social de quienes no estn dispuestos a tolerar que un 10% de la poblacin viva tan inconsciente como opparamente a costa del resto de la humanidad en un planeta esquilmado y cada vez ms parecido a un estercolero qumico, bacteriolgico y radioactivo.

Antoni Domnech es catedrtico de Filosofa de las Ciencias Sociales y Morales en la Facultad de Ciencias Econmicas de la Universidad de Barcelona.


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