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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-12-2008

Ocho de cada diez carnvoros

Wu Ming 6
Rebelin


-T, carnvoro...

La voz en off posee la aspereza del viejo narrador de fbulas y el timbre tronante de un enardecido locutor de radio. Le espeta a un treintaero tipo que dos millones de aos comiendo carroa no pueden estar equivocados. El joven, enmarcado en un decorado de restaurante, frente a un filetn empapado en salsa, ensaya la mueca fiera y corta el exquisito cacho de animal muerto; resuelve plegarse al mandato: T, que veneras el costillar y te refrescas con agua carbonatada, se atempera la voz en un matiz de orador potico.

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.Quiz no sepan de lo que hablamos. Slo es una orden ms que la publicidad autoritaria lanza desde la promocin de un restaurante de estilo norteamericano. Un anuncio que apela a la primitiva ritualidad del asado dando vueltas sobre el fuego de esas noches en las que la tribu miraba la tele en silencio. Qu democrtico, concluirn, es poder comer un buen filetn en cualquier esquina del mundo. A pesar de la fiebre aftosa, la lengua azul, las vacas locas y la gripe aviar. Y qu, me espetarn. Slo hay que visualizar Earthlings para que a una se le quite el apetito carnvoro y acoja como el oro del silencio las sabias palabras del viejo italiano:Somos tumbas andantes!. Llegar el da en que los hombres sern juzgados por la muerte de un animal como hoy se juzga el asesinato de un hombre. Llegar el tiempo en que comer carne ser condenado como hoy se condena el comerse a nuestros semejantes, es decir, el canibalismo. Da Vinci forever.

Cada treinta segundos las preguntas retricas y las tajantes propuestas de felicidad se suceden en un sin fin de sloganes sin trmino que quieren ser guas de qu mirar, qu comer, qu vestir y qu ser. Y a qu morder. Siempre nuevos. Renovados continuamente como el castigo prometeico. As como el miedo y el dolor quedan impregnados en la carne an viva que se hacina en una camioneta, se desangra y sufre en los cajones de aturdimiento, as las rdenes que conforman la psicologa del consumidor se aglutinan en la mirada carnvora, que parpadea en plena trada agnstica, afsica y anmica segn los chefs Steigler, Alba Rico y Rendueles.

Pero nada nuevo bajo la era Obama. Si el casting y sus trabajos son la vanguardia en las selecciones de personal (y la tremebunda y salvaje MTV la empresa que marca las tendencias de los futuros contenidos en las empresas pblicas de televisin), la publicidad, vocero barato de la eternidad del nihilismo, nos va indicando cules son los ltimos blancos mviles del mercado europeo, occidental y patrio. Los estudios del logo feroz y el marketing, el olfato de los creativos depredadores, el instinto de las manadas de coolhunter que pulsan las sinergias de eso que se llama mercado resuelven arrojarse sobre el treintaero tipo (la treintaera todava anda subyugada por otros intereses). Al igual que se le manda reciclar, ser solidario comprando o usar su telfono mvil como sensor de su estado emocional, al eterno adolescente, animal de costumbres, le gusta la chicha por el mandato neoltico inscrito en el apetito de nuestra especie.

Como escriba Isaac Rosa en Diagonal, la generacin democrtica criada en los fastos del consumismo y la televisin, esa que no supo del Informe Petras, es el segmento al que se pretende incentivar al consumo -aunque sea crtico o inteligente (se que busca no-ser-tonto). Las armas son, aparte del chollismo lowcost, la nostalgia pop, la melancola espectacular y la familiaridad de unos smbolos que le son suyos va espectculo del que se cri con la democracia consumista. Con estos objetivos estructurales, aparece en la mirilla telescpica, en el centro del lser rojo el joven que es capaz de reconocer, dentro del revival publicitario, a toda una plantilla de iconos televisivos obsoletos, kitchs, decadentes o como queramos llamarlo: desde Richard Clayderman, pasando por los Teleecos, el Un dos tres, hasta la Nocilla etc. Esta constancia del paso del tiempo plagada de referentes espectaculares nunca alude a la vida vivida ya que se pueblan de lo que algunos llaman hartazgo de imgenes y otros pasado simblico. Haga usted, lectora, una prueba con cualquier congnere nacido en los setenta y comience a tatarear un jingle que considere prehistrico. Apuesto a que le seguir en su meloda y mantendrn un agradable intercambio de nostalgia mercantil. Y si quiere de verdad arriesgarse, haga un chiste referencial en un centro de da para jubilados como: -Qu le dice un Padawn a Marty Mcfly? E inmediatamente despus qutese dos puntos de carisma.

Esta muestra estadstica factible para el shopping (y para entender la referencialidad de jugador de rol del chiste anterior) la conforman sujetos que conocen/comparten la mstica del locus supermercadus, que han paseado los sbados por la tarde por los pasillos de los detergentes y la comida para perros, que ha consumido horas de televisin, que ha pedido por reyes un aparato prehistotecnolgico, que son capaces de reconocer pequeas piezas de cine independiente con ese de quiero un helado sabor no-quiero-hablar-con-nadie. Conocen la lrica de los tiempos muertos, de los flourescentes, de los burgers con pringue y poesa posmoderna, de los cafs en la madrugada, de las usanzas del amor en la noche de las discotecas; al fin y al cabo aplican la potica de una cosmovisin del espectador.

Esta rapidez canbal que supone la mercantilizacin de la percepcin ha conseguido que el homo sampler sea capaz de digerir sin pensarlo y rpidamente (en plan fastfood narratolgico) un abanico que va del porno a la reflexin metafsica, del consumismo crtico al chisme del corazn. Y este vrtigo en la celeridad tambin se aplica a los contenidos mercantiles. Somos capaces de asistir a una matanza, al trigsimonoveno partido del siglo, al gesto de clown triste de un broker en el circo de la crisis, a un reverendo Jackson emocionado con el discurso de Obama e inmediatamente despus, sin ni un slo parpadeo, asistir a un nuevo captulo del culebrn deportivo del momento o al estado lisrgico de una modelo que ha ingerido una aceituna con nuevos sabores y que no engorda. Nuestra forma de ver/comer se ve zarandeada por la velocidad y por el Sndrome del intermitente: ahora comer filetes, ahora refrescarse con cola, ahora comer hamburguesas, ahora comer sano, ahora perfumarse con un aroma trademark, ahora limpiar el bao con este producto qumico, ahora escuchar punk, ahora country independiente y ahora new metal. Ahora ver Lost, ahora The Wire.

Pero llega un da en el que te dicen: Seor, pseme la pelota o trabaje sin darse de alta ocho horas y cotice tres. Oh tempora! Llega el da que las resacas se recuperan en dos das solazado y llega el da en el que el siniestro paro impide abrir los prpados en la maana. Llega el da en el que Orzowei, Maradona, Gordillo, los marcianitos, las coderas, las rodilleras, la cinta vhs, las vacaciones en Alicante, las hombreras, los vaqueros nevados, los dos canales de televisin son nada y debajo de todos ellos encontramos propietarios. Slo bienestar, nivel de vida. Una ilusin que en el reverso tiene la fecha de caducidad de un cuerpo, esa que anuncia la herida. Y t vienes a herirnos, reviviendo los ms temibles sueos imposibles, t vienes para hurgarnos las imaginaciones, escriba un avejentado Gil de Biedma..

Y sin duda como culmina Beln Gopegui en El padre de Blancanieves:Detrs del salario usado como abono, soborno o recompensa, los departamentos de las universidades, los despidos y los gritos, la docilidad y los pimientos rojos y las televisiones y los pjaros, la lmpara encendida, el silln de orejas, los directores de recursos humanos, la composicin del detergente, la depresin, el agua, las fichas del parchs, los cementerios, las latas de mejillones, los preservativos y los dientes, los animales y las gasolineras, las pelculas y los muertos, los crditos y la imaginacin, detrs de la clase de vida por la que discurrimos hay, siempre, propietarios que calculan sus beneficios.

Quin te escribir canciones de amor cuando yo sea seor de tus recuerdos? cantaba Leonard Cohen en Priest. Cuando el chiste/estribillo/cancin /gag para el youtube -en los que el ansia de haiku por la brevedad (en su desviacin de geek de la cultura japonesa)- sea una expresin completa de lo falso, carezca por completo de alguna referencia a lo vivido y est construido con una imaginacin basada en los dilogos de Tarantino, el don del secreto de JJ Abrams, en besos filmados por Hitchcock y sexo a lo Rocco Sifredi, los dueos de los recuerdos y de las fugaces melancolas que vendrn ejecutarn su juicio sumario: es nuestro vuestro hedonismo. No future! se serigrafiar en las camisetas de D&G.

A pesar de todo, Jenkins, Johnson y Wu Ming sostienen que la cultura pop, en los ltimos treinta aos, ha alimentado nuestros cerebros con una dieta tan portentosa que ha producido un aumento constante de las capacidades cognitivas y los cocientes de inteligencia. La opinin comn: televisin y videojuegos son el opio del pueblo, la sociedad de masas tiende a aplanar el encefalograma de los individuos. Ser ms inteligentes para comprar mejor? Dnde el cambio microfsico que derrote deseos acumulativos? Por qu no tener/recuperar como referentes culturales inmensos, hermosos tiles?

Si la muy divertida agencia McCann Erickson tipifica a las familias vegetarianas como aburridas en su dieta, torpes en las veloces autopistas hacia el accidente, plagada de lugares comunes y de motivo de mofa y escarnio del sesentayochismo, la familia inmigrante por ejemplo- puede ser pasto de la mirada carnvora del creativo/espectador desde conceptos formalmente solidarios de onegesmo publicitario moralmente aceptables. Pero el consumidor ser incapaz de enfrentarse a la experiencia solidaria cuando la familia pase por su lado de camino al restaurante norteamericano que vio en la tele, cuando viva en el piso de arriba, cuando exija sus derechos. El carnvoro ser muy torpe para reaccionar moralmente a las acciones de miedo, rechazo o los lugares comunes del racismo de baja intensidad espaol. La refencialidad carnvora de comerse un filete, de tener un mvil de pantalla tctil, de conseguir vuelos baratos, de sentir pena televisiva por aquellos que eligen las rutas antiguas desde Noadib, nada tiene que ver con los sufrimientos en un matadero, el coltn y la Repblica Democrtica del Congo, la CIA o el hambre en frica. Nada tiene que ver con la vida indigna en el planeta en una pirueta de colapso moral. Ya lo dibujaba El Roto. Una peluquera y una clienta mantiene este dilogo:

-A m los inmigrantes me dan mucha pena.

-A m cuando no me dan miedo, tambin.

Los jvenes del futuro lo tendrn ms fcil que esta generacin de melancolas mercantiles que hace cola durante toda una noche para conseguir ser el primero en encargar la ltima consola de videojuegos, una semana al raso para optar a un piso de precio digno y que cree que el capitalismo no es el culpable. Y el ejemplo lo tienen en ese suceso tan triste y a la vez iluminador de la socializacin en la mercanca. Nios y nias filmados para subir a internet- que se alegran de tener fsicamente cosas. Expresan desde una sorpresa lastrada por el consumo e imgenes, de euforia deportiva, de triunfo tosco en concursos televisivos; con la teatralidad excesiva televisiva- del que se sabe grabado (qu diremos de las cmaras de vigilancia en las ciudades) aunque no haya cmaras, slo el ojo que le ha regalado-comprado el objeto. Los nios y nias gritan, se retuercen posedos, rompen el papel de regalo y celebran la posesin, que ser breve, del ltimo aparato tecnolgico de divertimento.

Ocho de cada diez carnvoros confirmarn que esa es la verdadera felicidad. Exigir nuestro derecho a suplicar por lo nuevo. Para seguir y seguir disfrutando, como concluye la voz en off.

Pero y los dos que quedan?



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