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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-12-2008

Grecia: mensaje en una botella

ngel Ferrero
Rebelin





I

Por razones que no vienen aqu al caso, este ao he trabado amistad con una persona de Grecia. De Atenas, para ms seas. Teniendo en cuenta que la informacin sobre lo que all ha ocurrido -sobre lo que all sigue ocurriendo- nos llega poco menos que con cuentagotas y ha sido desplazada por la agenda informativa de los medios de informacin, ni que decir tiene que supone una extraordinaria ayuda en estos momentos para comprender la situacin. No es una cuestin menor que la mayor parte de la informacin est apareciendo en griego, idioma del que, por desgracia, hay pocos traductores.

Como ha escrito Mike Davies en un reciente artculo, nuestras sociedades estn supersaturadas con rabia no reconocida, una que repentinamente puede cristalizar en torno a algn incidente aislado de abuso policiaco o de represin estatal. Y eso es efectivamente lo que ha ocurrido en la pennsula helnica. Aunque la historia de las recientes revueltas en Grecia est todava por escribir, no resulta difcil ver el teln de fondo (economa frgil, corrupcin, planes de privatizacin de la enseanza y la sanidad, un movimiento anticapitalista de larga y fecunda historia) ni el marco de una crisis econmica internacional en las que se inscribe y que, si nada lo impide, en lo sucesivo no har ms que empeorar. No voy aqu a repetir las causas: ya hay otros anlisis que se encargan de ello. Baste con decir que el hartazgo de la poblacin griega hacia los Karamanlis, los Mitsotakis y los Papandreu, las tres grandes familias que se llevan alternando en el poder desde hace treinta aos con el PASOK (social-liberal) y Nueva Democracia (centro-derecha), a cuya izquierda slo existen el Partido Comunista Griego (KKE) -las manecillas de cuyo reloj se detuvieron hace mucho tiempo- y una interesante coalicin de partidos radicales y de izquierda (SYRIZA), lgicamente ha robustecido a un movimiento anarquista todo lo poco formado tericamente que se quiera, pero bien organizado y con varios aos de experiencia en lucha callejera a sus espaldas. Cuando le expres mi sorpresa a mi interlocutora por el uso de ccteles molotov -cuya sola posesin ya constituye un delito en la mayora de pases-, ella se sorprendi a su vez de mi sorpresa: los atenienses, por lo que me comenta, estn acostumbrados a verlos volar hacia las filas de la polica en las frecuentes manifestaciones convocadas en el centro de la ciudad (algunas guas de viaje incluso alertan de ello al turista), en las que la polica responde indiscriminadamente con el lanzamiento de gases lacrimgenos, de los que, segn se dice, la polica griega ha empleado ya 4 toneladas.

Tengo ante m una carpeta con fotografas de los disturbios que ilustran las tcticas y estrategias de los jvenes griegos que los han protagonizado: presididos por la vieja bandera anarcosindicalista, se defienden del gas lacrimgeno y del gas pimienta con mscaras antigs o mscaras para pintura industrial y gafas para la nieve; retrasan el avance de los antidisturbios arrojando pintura a los visores de sus cascos, rocindoles con extintores, construyendo barricadas, bloqueando las calles con automviles incendiados; cuando las cmaras de vigilancia enfocan hacia un lado, por el otro se encaraman con la ayuda de una escalera y las destrozan. Hay personas encargadas de asesorar legalmente a los detenidos, otras, de comprar medicinas. Entre sus objetivos ha habido, adems de tiendas de grandes marcas y concesionarios de automviles, comisaras de polica, academias de polica, oficinas bancarias y hasta el archivo de deudas de ciudadanos al estado. Se han ocupado varias emisoras de radio y creado otras tantas, que sirven como enlaces. Ese tipo de cosas no pueden atribuirse, como pretende cierta prensa, a una una erupcin espontnea (que dura ya ms de dos semanas), ni se aprenden de un da para otro. Si todo se hubiera reducido a la muerte de un adolescente a manos de un agente de las fuerzas de seguridad, estas revueltas podran haber muy bien ocurrido en Espaa con la muerte de Carlos Palomino, pero entonces no exista un movimiento equiparable al griego para organizarlas.

El republicano Thomas Jefferson escribi en una carta a William Stevens Smith (13 de noviembre de 1787): Qu pas puede preservar sus libertades si sus gobernantes no son puestos en aviso de vez en cuando de que su pueblo conserva el espritu de resistencia? (what country can preserve its liberties if their rulers are not warned from time to time that their people preserve the spirit of resistance?). ste, y no otro, es el mensaje de la botella, si se me permite la broma. Y los gobernantes haran bien en tomrselo muy en serio: pases del sur de Europa como Italia o Espaa presentan perfiles muy similares, donde podra prender la chispa que ahora ha saltado en Grecia. Jvenes de todo el mundo, como escribe Davies, miran en las calles de Atenas la mtrica apropiada de su propia rabia: se han registrado protestas desde los EE.UU. hasta algunas de las ciudades de las antiguas repblicas soviticas. El espritu de Lord Byron podra abandonar su tumba griega y sobrevolar, de regreso a su pas de origen, al hombro portando otra ensea, Europa. Los ms viejos del lugar saben a qu me refiero.  

II

Al ver las imgenes de comercios y automviles y hasta policas!, en llamas, los especialistas se han dejado llevar por la espectacularidad de la accin directa de los koukoulofori y trazado con prisas una analoga con los recientes disturbios en los suburbios franceses y con los disturbios que salieron de los barrios pobres de Los ngeles en 1992. Pero, como ha sealado Davies, la segregacin espacial de los jvenes inmigrantes y pobres es menos extrema que en Pars o Los ngeles, por lo que, creo yo, si se quieren buscar antecedentes -adems de, naturalmente, las protestas en Seattle y Gnova- la revuelta contra la poll tax son un buen candidato. En stas, como en aqullas, la rabia acumulada por diez aos de neoliberalismo salvaje estall en una revuelta ante una actuacin policial desmedida en la que confluyeron los sindicatos, los socialistas, los comunistas y aun el ala izquierda del laborismo, pero en la que los anarquistas, fortalecidas sus lneas por el descontento hacia los partidos socialistas mayoritarios, tomaron el protagonismo. En stas, como en aqullas, vinieron a unirse grupos y luchas que hasta entonces haban ido por separado: los mineros, que haban sostenido una prolongada lucha contra los cierres de los pozos (y que en Orgreave devino verdadera batalla campal con la polica); los trabajadores del sector industrial y pblico, abocados al desempleo; inmigrantes hostigados por las autoridades y criminalizados por los medios de comunicacin, muchos de los cuales haban participado en los disturbios en Brixton y Toxteth; y finalmente los jvenes de la generacin del NO FUTURE. El ambiente era tenso, dominado por una crisis econmica internacional y exista la sensacin de que en cualquier momento podra pasar cualquier cosa.

Los ochenta fueron, como es sabido, aos de contraofensiva neoliberal. La victoria electoral de Margaret Thatcher en Gran Bretaa supuso el comienzo del desmantelamiento de los estados del bienestar surgidos de la posguerra, cuyas consecuencias, por todos conocidas, quedaron plasmadas en algunas de las mejores pelculas de Kean Loach. El descontento ciudadano, que a lo largo de una dcada no hizo ms que ir en aumento a la par que las cifras del paro, estall definitivamente con la aprobacin de un impuesto sobre la vivienda llamado community charge -pero que pasara a la posteridad como poll tax- en 1988. Este impuesto de la vivienda era igual para todos los habitantes (de ah su nombre) y no proporcional a la superficie de la vivienda, con lo que la carga impositiva se desplazaba drsticamente de las rentas ms elevadas hacia las ms bajas. Lisa y llanamente: el acaudalado aristcrata pagara tanto por su mansin como el campesino pobre por su cabaa.

El rechazo a la medida fue la gota que colm el vaso. Varias de las organizaciones de izquierda existentes, y otras nacidas a raz de la protesta contra la poll tax, para noviembre de 1989 ya se haban agrupado en la All Britain Anti-Poll Tax Federation (ABF) con el objetivo de coordinar sus acciones y paralizar su aprobacin. Su primera respuesta fue una campaa de desobediencia fiscal, inspirada en la que haban llevado a cabo los socialistas escoceses antes -la poll tax se haba implantado primero all- que, aunque poda significar el encarcelamiento por evasin de impuestos, fue seguida por 18 millones de britnicos. En algunas partes de Escocia el 60% de los contribuyentes se negaron a pagar el impuesto. La ABF ofreci asesoramiento legal para evitar los embargos por impago. Terry Fields, miembro del parlamento por el Partido Laborista lleg a pasar 60 das en prisin por negarse a pagar el impuesto. El ala derecha de su partido, en cambio, no tuvo nada mejor que tachar a todos los anteriores de revolucionarios de juguete. A todo ello hizo odos sordos Margaret Thatcher, que convirti a la poll tax una cuestin personal y declar que el gobierno no dara marcha atrs en su decisin.

El Comit Ejecutivo de la ABF decidi convocar una gran manifestacin en Londres para el 31 de marzo de 1990, coincidiendo con la fecha de la aprobacin del impuesto. El seguimiento super todas las previsiones de la Federacin, que haba calculado la asistencia de alrededor de 60.000 manifestantes: la coordinacin de los movimientos sociales, el buen tiempo y la decisin a ltima hora del Partido Laborista de unirse a la protesta atrajeron al medioda hasta Kennington Park, al sur del Tmesis, a ms de 200.000 manifestantes procedentes de todo el pas, que se desbordaron en todas direcciones, colapsando prcticamente por completo el centro urbano. Hacia las 14:30 Trafalgar Square, lugar donde terminaba la marcha, ya se encontraba casi a su plena capacidad. La polica, temiendo que algn grupo de manifestantes -y muy especialmente los anarquistas de Class War, una organizacin que preconizaba la propaganda por los hechos y que haba ganado cientos de afiliados descontentos con la poltica de los partidos socialistas- alcanzara Downing Street, despleg a sus unidades antidisturbios y bloque Whitehall Street por sus dos salidas, atrapando a un buen nmero de participantes en la marcha. Otro grupo de manifestantes, en su mayora miembros de Class War, y que desconocan la maniobra policial, entr en Whitehall por Richmond Terrace (la calle que lleva, precisamente, a Downing Street) justo cuando haban empezado las primeras detenciones. Cuando algunos manifestantes trataron de impedirlas, estallaron los primeros enfrentamientos serios entre policas y manifestantes, que poco a poco se fueron desplazando hasta llegar a Trafalgar Square a medida que los manifestantes retrocedan.

La polica antidisturbios decidi cargar contra la manifestacin justo cuando sta estaba a punto de concluir, lo que fue interpretado como una provocacin por los manifestantes, que ayudaron a todos los que iban llegando procedentes de Whitehall a resistir la carga policial. A partir de aqu ya no hubo punto de retorno. La polica trat de dispersar a los manifestantes cargando a caballo contra hombre, mujeres, nios y ancianos. (Una joven fue arrollada por los caballos y arrastrada unos metros). Carga sta que fue respuesta con palos, piedras, botellas, vallas, conos de trfico y, en fin, todo el material que encontraron a mano. Los manifestantes no slo consiguieron repeler la carga policial, sino que empezaron a avanzar contra ellos. Robert Huntley, un polica que se vio atrapado con su sargento en un coche patrulla, relata cmo la pata de un andamio atraves una de las ventanas, y luego nos arrojaron una seal de trfico entera.

A las 16:30 la polica tom la decisin de cerrar las estaciones de metro, atrapando a toda la gente en la plaza. Unos mineros en huelga que se haban unido a la convocatoria treparon por unos andamios cercanos, desde los que lanzaron una lluvia de cascotes y restos de obra, retrasando as el avance policial aqu y all. La polica, siguiendo el ejemplo de sus homlogos sudafricanos, condujo en direccin a los manifestantes con las furgonetas antidisturbios como mtodo de disuasin, siendo un manifestante arrastrado 60 yardas por una de las furgonetas. Un numeroso grupo consigui rodearlas, desmontar la proteccin de los cristales y llevarse cascos y escudos de los antidisturbios, que emplearon para defenderse de aquellos a quienes se los haban sustrado. Los oficiales de una de las furgonetas no pudieron hacer otra cosa que encerrarse en su interior y esperar a que amainase la tormenta para ser rescatados. El caos era ya absoluto.

Hacia las cinco de la tarde dos casetas de herramientas bajo los andamios y una sala de la Embajada de Sudfrica -la Sudfrica del apartheid- empezaron a arder, cubriendo la plaza de humo. La oscuridad oblig a la polica a detenerse durante veinte minutos y abrir las salidas sur de la plaza. Al ordenar las autoridades el cierre de los pubs de la zona, slo consiguieron aumentar el nmero de alborotadores. Entre las seis y las siete de la tarde, la multitud sali en todas direcciones, rompiendo escaparates, asaltando tiendas e incendiando coches a su paso por Picaddilly Circus, Oxford Street, Regent Street, Charing Cross Road y Covent Garden, hasta las 3 de la madrugada. No puede decirse que fuese precisamente violencia descontrolada: los establecimientos de The Body Shop, Burberry's, Mappin and Webb, McDonalds, Barclays Bank, Tie Rack, Armani, Ratner, National Westminster Bank, los almacenes Libertys, varios concesionarios de automviles y otras tiendas del West End fueron atacados con especial saa. Los pubs, el pequeo comercio, los coches viejos y las oficinas de las aerolneas irlandesas Aer Lingus amanecieron sorprendentemente indemnes a pesar de los disturbios.

Mientras los medios de comunicacin cubran las revueltas, la Primera Ministra se encontraba en una conferencia del Partido Conservador en Cheltenham que se centraba casualmente en el impuesto que haba provocado lo que ya se empezaba a conocer como la (segunda) Batalla de Trafalgar. Cuando le informaron de lo ocurrido, Thatcher slo pronunci una palabra: wickedness, que podra traducirse por algo as como horror absoluto. La revuelta contra la poll tax se sald con ms de 400 heridos y un nmero mayor de detenidos. Las consecuencias podran haber sido todava peores: en el 2006 el gobierno britnico desclasific unos documentos que revelaban que la polica, creyendo haber perdido el control de la situacin, orden abrir fuego contra los manifestantes, orden que no fue efectuada por un fallo en las comunicaciones. Una campaa en favor de los detenidos consigui demostrar con pruebas de vdeo que al menos 491 de los acusados fueron arrestados con pruebas falsas. La popularidad de Thatcher se vino abajo como un castillo de naipes en cuestin de meses. La aparicin de rivales en el seno del Partido Conservador, aprovechando el momento de debilidad de su lder, termin con la victoria de John Major. Si en 1987 Thatcher haba ganado las elecciones por tercera vez consecutiva por mayora y pareca invencible, tres aos despus la dama de hierro abandonaba Downing Street con lgrimas en los ojos. Lo primero que hizo Major nada ms llegar al poder fue abolir la poll tax.

Martin Luther King, alguien poco sospechoso de defender los mtodos violentos, reconoci muchos aos antes que los disturbios son, en el fondo, el lenguaje de a quienes no se escucha. (A riot is at bottom the language of the unheard). Puede que al final haya que darle la razn a Ian Hernon, autor de un interesante libro sobre el tema (Riot! Civil Insurrection from Peterloo to Present Day, Pluto Press, 2006): el amenazante rugido de la multitud quiz haya hecho ms por el cambio social que el comedido debate parlamentario.

III

Conozco la sensacin: el verano del 2007 trabaj como becario en el departamento de prensa de una productora de cine. A finales de cada mes -escena inmemorial donde las haya- acuda al despacho del departamento de contabilidad a recibir mi sueldo, y mi sueldo era un billete violeta y caba en un sobre. No cotizaba, ni tena seguro mdico -tal era el contrato- y mi sueldo era un billete violeta y caba en un sobre. Y era el mejor trabajo que encontr ese verano: el otro que me ofrecieron era en el servicio de atencin telefnica de una caja de ahorros y an estaba peor pagado.

Con mi sueldo, que era un billete violeta y caba en un sobre, no poda hacer gran cosa, as que me tuve que quedar la mayor parte del verano en mi casa. De vez en cuando, muy de vez en cuando, iba al centro a pasear, a ver a un amigo o a tomar una cerveza. La vuelta, subiendo a pie el Paseo de Grcia -mejor no malgastar el dinero en transporte-, remedaba el via crucis para la as llamada generacin de los 700. A cada paso, un luminoso: GUCCI, ARMANI, HERMS, LOUIS VUITTON.

A veces me detena ante los escaparates. Era una sensacin extraa: a un lado del cristal, un joven frustrado, sin vacaciones, sin perspectivas de futuro, cuyo sueldo era un billete violeta -adnde llevara ese puente?- y caba en un sobre; al otro, trajes, pauelos y zapatos que costaban lo que tres veces mi salario, nuevos, relucientes, presentados en los entornos de ensueo que describiera Walter Benjamin en sus Pasajes. Y un cristal -slo eso, nada ms- nos separaba. Cmo no acordarse de la fra ecuacin con la que David Ricardo describi al naciente capitalismo industrial: un obrero que produce un sombrero vale tanto como el sombrero que produce. Los jvenes de mi generacin, por lo visto, valemos mucho menos. El tipo de cosas que generan rabia, frustracin, impotencia.

Cinco aos antes haba entrado en la universidad para estudiar Comunicacin Audiovisual. An recuerdo a algunos profesores decirnos, con olmpica altivez, o crasa estulticia, no lo s, lo orgullosos que estaban de impartirnos clase a nosotros, la flor y nata de la universidad, que estudibamos una carrera de un brillante futuro en la sociedad de la informacin en que ahora vivamos. Dnde estaba entonces mi futuro y el de muchos de mis compaeros? En aquel billete violeta? O quizs, con suerte, en dos? Lo ms radical que nunca nos ensearon fue la Escuela de Frankfurt tarda: Adorno y Horkheimer. Se hacen una idea. Y cuando tratbamos de ver que haba ms a la izquierda en busca de respuestas, los profesores nos tomaban del brazo y nos hacan volver a lo de siempre: all -nos susurraban- no hay nada, slo un camposanto, de viejas glorias cuyo tiempo hace mucho que ya pas. Se podan contar con los dedos de una mano los profesores que nos hablaron de Walter Benjamin, Siegfried Kracauer o Fredric Jameson.

No era, por supuesto, el nico, ni el que peor estaba. Los ms resueltos de mis colegas cobraban un salario que tambin caba en un sobre: dos billetes violeta, pero se los ingresaban directamente en el banco. Otros malgastaron cinco aos de su vida o ms en la universidad para terminar trabajando como camareros, recepcionistas, teleoperadores, oficinistas o reponedores de supermercado. Los que mejor parados han salido son quienes ya lo tenan todo solucionado incluso antes de entrar: el ttulo era un trmite. El tipo de cosas que generan rabia, frustracin, impotencia.

As que no es en absoluto de extraar que, en su desesperacin, que tambin era la ma, muchos de ellos soasen con romper, de una certera pedrada, del embaldosado arrancada, aquel cristal y ver a todos aquellos trajes, pauelos y zapatos de GUCCI, ARMANI, HERMS, LOUIS VUITTON, nuevos, relucientes, presentados en los entornos de ensueo que describiera Walter Benjamin en sus Pasajes, consumirse entre lenguas de fuego.

Pngase por un momento en la piel de un joven que gana seiscientos, setecientos u ochocientos euros al mes. No puede hacer gran cosa. Ni siquiera puede permitirse sumergirse en un bao de ansiolticos que aplace la rabia hasta nuevo aviso. Entonces comienza a pensar. Ello es peligroso para l y lo es para el Estado (Ilya Ehrenburg). Se preguntan: Quin? y Por qu? y luego Por qu no?. Luego ya no se preguntan nada. Luego viene la toma de conciencia. En algunos casos, el petrleo. Qu generacin -se pregunta Mike Davies en el artculo antes citado- en la historia moderna (aparte de los hijos de la Europa de 1914) ha sido tan totalmente traicionada por los patriarcas?

Unos metros -slo eso, nada ms- separan Kolonaki, el barrio chic de Atenas, de Exarcheia, el barrio desde el que se ha propagado la revuelta.

IV

Las revueltas, escribi Brecht en Me-Ti, estallan en callejones sin salida. Habr que recordarlo, por lo que pueda pasar en el futuro prximo. Las nueves barras de la bandera griega, por cierto, simbolizan las nueves slabas de E-LEF-THE-RI-A I THA-NA-TOS, que en griego significa LIBERTAD O MUERTE.


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