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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-12-2008

Poder y religin

Alberto Piris
Estrella Digital


En su biografa de Descartes, Richard A. Watson alude al cardenal francs Jacques Davy du Perron, de quien el filsofo deriv, al parecer, su ttulo nobiliario de "seor de Perron". El citado cardenal, antes de alcanzar tan alta categora eclesistica, en audiencia concedida por Enrique III, rey de Francia, formul un ataque devastador contra el atesmo y dio varias pruebas de la existencia irrefutable de Dios. Ante ello, el rey mostr honda satisfaccin y le hizo saber en cunto estimaba su elocuencia y su preparacin teolgica. Acto seguido, escribe Watson, "Du Perron objet, con modestia, que no tena importancia, y ofreci regresar al da siguiente y usar las mismas pruebas para argumentar a favor del atesmo y demostrar que Dios no exista. Enrique se escandaliz y expuls a Du Perron de la corte. No por largo tiempo, porque su lengua urea era til".

Cuando la religin vuelve a ser motivo de conflictos en vastas zonas del planeta, esta ancdota tiene validez hoy. Conviene recordar que se produjo en la segunda mitad del siglo XVI, cuando Francia se desangraba en las guerras de religin entre catlicos y protestantes (ocurri en 1583, entre la 7 y la 8 guerras), con su secuela de ejecuciones en la horca o en la hoguera, edictos sobre prcticas religiosas, asesinatos en masa de quienes no profesaban la propia religin, conjuras y conspiraciones sin cuento.

Si lo ocurrido en la corte francesa hubiera alcanzado difusin entre el pueblo -como lo permiten hoy los medios de comunicacin-, a ste le hubiera sido ms fcil conocer que, tras la fachada de una disputa sobre lo que parecan ser esenciales aspectos teolgicos, lo que haba en realidad era un forcejeo por el poder. No solo dentro de Francia, entre las estirpes ms influyentes y ambiciosas, sino tambin entre las potencias de la Europa moderna, donde el Papado segua interviniendo, aunque carente ya del ascendiente que haba tenido en pocas anteriores.

Eso no habra evitado la sangre derramada en la llamada "Noche de San Bartolom", el masivo asesinato de protestantes perpetrado once aos antes del hecho narrado, pero las pasiones reinantes, azuzadas por el poder poltico, que se apoyaban en elementos de la teologa, se hubieran atemperado y no hubiera sido tan fcil engaar al pueblo por motivos religiosos. Poco ms de un siglo despus bastantes ciudadanos rusos murieron a causa de la pugna entre los partidarios de santiguarse con dos o con tres dedos, en la poca de las reformas europeizantes con las que el zar Pedro I el Grande quiso modernizar por la fuerza a sus rutinarios y supersticiosos sbditos.

En estos y en otros muchos casos anlogos, era el ejercicio del poder lo que estaba en juego, entre grupos que perseguan intereses que poco tenan que ver con la religin, aunque para forzar los movimientos de masas en los que apoyarse fuera preciso recurrir a la manipulacin de unos pueblos incultos, ciegamente entregados a sus dirigentes religiosos. Conviene, por tanto, contemplar los conflictos aparentemente religiosos, que tambin hoy nos acosan, a travs de la ptica que permite descubrir dnde est en ellos la pugna por el poder.

Estas reflexiones son de aplicacin en Espaa, cuando la jerarqua catlica viene promoviendo concentraciones pblicas, casi siempre hostiles al Gobierno, con diversos pretextos religiosos, como defender su propio concepto de la familia (que no est amenazado porque se acepten tambin otros conceptos no coincidentes con l) o impedir que quienes desean abortar o profundizar en las investigaciones genticas, por citar solo dos ejemplos, lo hagan libremente. Se utilizan absurdos neologismos de resonancias teolgicas (como "cristofobia" o "estadolatra") para calificar lo que no es otra cosa que la simple ejecucin de lo que la Constitucin establece respecto a las relaciones entre Estado e Iglesia.

Esto permite deducir que en el fondo de lo que sucede existe, aqu y ahora tambin, una lucha por el poder. El poder perdido por la jerarqua catlica espaola desde que fue derogada la anterior legislacin del Estado, uno de cuyos principios fundamentales era: "La Nacin espaola considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, segn la doctrina de la Santa Iglesia Catlica, Apostlica y Romana, nica verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirar su legislacin". Y que no puede ni desea adaptarse al texto de la Constitucin de 1978: "Ninguna confesin tendr carcter estatal. Los poderes pblicos tendrn en cuenta las creencias religiosas de la sociedad espaola y mantendrn las consiguientes relaciones de cooperacin con la Iglesia Catlica y las dems confesiones". Texto que, por otra parte, muchos desearan reformar, por lo que encierra de preferencia hacia una religin concreta.

Poder o religin: esta es la cuestin, podramos concluir, parafraseando modestamente a Hamlet. La respuesta, en la mayora de los casos, es la del ttulo de este comentario: "poder y religin"; cada uno utilizando o intentando utilizar al otro, como la Historia sobradamente nos muestra.

* General de Artillera en la Reserva



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