1) Estamos contra la
mundialización capitalista porque ella expresa en el fondo la reivindicación del
capital a una libertad absoluta en detrimento de toda otra consideración. Es el
artículo 1º (y casi que el único) de la constitución capitalista del mundo. Y no
es una abstración. Todas las cumbres contra las cuales nosotros nos hemos
movilizado, todas las instituciones contra las que nosotros combatimos –de la
OMC a la Comisión Europea- no tienen finalmente más que un solo objetivo:
levantar todas las barreras que impiden al capital circular libremente,
invertirse allá donde quiera, retirarse cuando lo quieran. Todo lo que pueda
oponerse a la libertad del capital es puesto fuera de la ley, declarado ineficaz
y antieconómico. Los abogados del sistema proclaman que es la vía hacia una
"mundialización feliz “, (como osó pretenderlo un ideólogo francés), que vamos a
entrar en el "mejor de los mundos”.
2) Estamos contra esta mundialización
capitalista porque ella se opone a un desarrollo armonioso. Los éxitos efímeros
y locales llevados adelante por las instituciones internacionales no compensan
la larga sucesión de crisis que ha venido golpeando desde hace 10 años a los
países que se mostraban como los mejores alumnos, desde México a Argentina,
pasando por Corea, Rusia y tantos otros. Detrás de esas crisis asistimos a un
formidable asenso de las desigualdades al interior de esos países y entre los
países puestos en competencia. Es el resultado directo de la mundialización
capitalista que pone en competencia directa a los trabajadores del mundo entero.
Los que pueden insertarse en el sector mundializado no pueden hacerlo en forma
duradera más que a condición que sean preservados sus bajos niveles de salarios,
lo que los capitalistas llaman una “ventaja”. En cuanto a los otros, son dejados
de lado, faltos de nivel para erigirse a los niveles exigidos por esta
hiper-competencia: pierden sus empleos, sus ingresos y son privados de los
medios de satisfacer sus necesidades elementales.
3) Estamos contra esta mundialización porque
ella es una formidable barrera para hacer circular los derechos sociales,
incluso en los países más avanzados. El argumento de la competitividad, el
chantaje a las deslocalizaciones, la sumisión a las exigencias económicas
insaciables, se traducen por todas partes por una regresión social que alcanza a
las condiciones de trabajo, el estatus del asalariado, la protección social y
las jubilaciones. Las políticas neoliberales llevadas adelante en cada país se
refuerzan gracias a la presión ejercida por la competencia y por la coordinación
en el seno de instituciones de las cuales Europa ofrece un ejemplo que nosotros
conocemos bien.
4) Estamos en contra de esta mundialización
porque ella es por naturaleza anti-social. En todas partes, a través del mundo,
se instala lo que la Organización Internacional del Trabajo llama “la
inseguridad económica”: la flexibilidad del trabajo, la precariedad, el
desempleo, la baja de ingresos sociales se ajustan a la austeridad social para
lanzar sobre los trabajadores el “riesgo” que los capitalistas se niegan a tomar
a su cargo. Por primera vez en la historia del capitalismo, las perspectivas de
los jóvenes están degradadas en relación a las de las generaciones precedentes.
Los individuos no tienen más el comando de sus propios destinos y están
sometidos a los caprichos de evoluciones económicas que ellos controlan.
5) Estamos contra esta mundialización porque ella organiza
una gigantesca operación de captación de la riqueza producida por los
trabajadores a través del mundo. El capital afirma abiertamente que el prefiere
un crecimiento mediocre si ésta es la condición para conservar tasas de ganancia
elevadas. Pero estas ganancias, ellos las acumulan en una proporción cada vez
más reducida y las redistribuyen a través de las finanzas entre una capa de
rentistas cada vez más estrecha.
6) Estamos en contra de esta mundialización porque
esta pretende hacer de todo una mercancía. El capital no reivindica más
solamente el derecho de desplazarse libremente hacia las zonas y los sectores
donde saca las ganancias elevadas. También desea tomar cuenta de sectores de la
economía que habían hasta un cierto punto escapado a su empresa. Los territorios
que quiere conquistar no son geográficos: son los servicios públicos que quiere
penetrar y “liberar” de la lógica de las necesidades sociales. La salud, la
educación, la energía, los transportes, las telecomunicaciones, la cultural e
incluso los organismos vivos, no tienen ninguna razón, a los ojos de los
capitalistas, de escapárseles. Son para ellos otros campos de expansión
posibles. Cada paso hecho en esta dirección profundiza automáticamente las
desigualdades. La razón es simple de entender: si la salud se torna una
mercadería, entonces eso quiere decir que uno es curado en función de su ingreso
y no de la gravedad de su enfermedad.
7) Estamos contra esta mundialización porque ella es
incapaz de responder a la satisfacción de las necesidades elementales. Cerca de
la mitad de la humanidad vive de la agricultura. En lugar de dar a la
agricultura tradicional los medios de funcionar, se la expone brutalmente a los
productos del agro-business hiperproductivo y que más es subvencionado. El
derecho de los países a proteger sus sectores de la competencia es negado. Mil
millones de habitantes de este planeta no tienen acceso al agua potable. En
lugar de aportar una respuesta planificada a esta situación, asistimos hoy a la
puesta en escena regulada del abastecimiento de agua por algunas multinacionales
que ejercen una presión terrible (principalmente a través de las negociaciones
de la OMC) para que le abran los servicios públicos y municipales. El acceso de
agua está cada vez más sometido al criterio del dinero: los pobres son privados
de el y los otros ven las tarifas de esos casi monopolios aumentar en forma
regular. Finalmente, los medicamentos contra el SIDA no son distribuidos
aquellos que tienen necesidad de ellos, pero no tienen los medios para
comprarlos, porque la industria farmacéutica se niega a que los consideren otra
cosa que mercadería y hace pesar la rentabilidad de sus capitales antes que los
objetivos de la salud pública.
8) Estamos en contra de
esta mundialización porque ella es incapaz de hacer frente a las amenazas al
medio ambiente. La pretensión del capital de regular este problema a su manera,
con la ayuda de soluciones mercantiles, como la institución de un mercado de los
derechos a contaminar, no corresponde a la amplitud de los desafíos. Es incapaz
de instaurar la planificación energética y las transferencias tecnológicas que
serían necesarias para permitir un desarrollo económico a la vez que responder a
las necesidades de una población mundial que debe aumentar aún durante varios
decenios.
9) Estamos en contra de esta mundialización porque
ella quita a los ciudadanos que no hacen parte de las clases dirigentes toda
posibilidad de controlar su destino y de hacer valer sus prioridades. Ella priva
a los estados dominados de su soberanía imponiéndole la firma de tratados que
les impiden tomar la menor medida de control de los capitales. Ella vacía la
democracia burguesa de todo alcance real.
10) Estamos contra esta mundialización porque la
competencia entre capitales se transforma inevitablemente en guerras contra los
pueblos. El desorden que ella instala, el rechazo a satisfacer las necesidades
sociales no rentables, la marginación de países y de continentes enteros, privan
a los pueblos de toda esperanza y hacen del recurso a la fuerza bruta el único
medio de “regular” un sistema a la deriva.
* Economista, miembro de la
Liga Comunista Revolucionaria (sección francesa de la Cuarta Internacional) y de
ATTAC (Francia). Activista del Foro Social Mundial y del Foro Social Europeo.
Publicado en la edición especial del semanario Rouge/Foro Social Europeo
2004.
Traducción de Liliana
Caviglia