Portada :: Palestina y Oriente Prximo :: Masacre en Gaza
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-01-2009

Un informe desde Gaza
An respira

Caoimhe Butterly
Rebelin


Los depsitos de cadveres de los hospitales de Gaza estn saturados. Envueltos en sus sudarios blancos empapados de sangre, los cuerpos cubren todo el suelo de la morgue del hospital de Shifa. Algunos se encuentran intactos, pero la gran mayora estn deformados del modo ms horrible, con los miembros torcidos en las posiciones ms anti-naturales, con la cavidad torcica al descubierto, sin cabeza o con el crneo destrozado. Los familiares esperan fuera para identificar y reclamar al hermano, al marido, al padre, a la madre, a la esposa, al hijo. Muchos de los que esperan turno han perdido a muchos familiares y seres queridos.

Hay sangre por todas partes. Los ordenanzas del hospital limpian con mangueras el suelo de los quirfanos, por los rincones se ven vendajes ensangrentados, y los heridos siguen llegando: cuerpos lacerados por la metralla, el fuego o las balas. Los mdicos, exhaustos y en estado de sitio, trabajan da y noche, y cada vida que se salva es percibida como una victoria sobre la predominancia de la muerte

Las calles de Gaza estn extraamente silenciosas; el latido de la vida y el ritmo de los mercados, de los nios, de los pescadores que bajaban hasta el mar al amanecer han sido sustituidos por una atmsfera de incertidumbre, de aislamiento y de miedo.

Los residentes escuchan atentamente el ruido omnipresente de los aviones de vigilancia, de los F-16, de los tanques y de los apaches para tratar de adivinar dnde se producir el siguiente ataque mortfero; a qu casa, qu escuela, que clnica, qu mezquita, qu edificio gubernamental o centro cvico dispararn a continuacin y cmo apartarse antes de que suceda. Hay una aguda sensacin de ausencia de lugares seguros; no hay refugio para los cuerpos vulnerables de los seres humanos. Esta conciencia es devastadora para los padres; saben que no hay forma de mantener a sus hijos en seguridad.

Mientras seguimos acompaando a las ambulancias y unindonos al personal paramdico palestino que arriesga diariamente su vida para responder a la llamada de quienes no tienen otro nmero donde llamar para salvaguardarla, nuestra existencia se reduce temporalmente y se concentra en los escasos y preciosos minutos que separan la vida de la muerte. Comienza una nueva batalla de la vida contra la muerte cada vez que entra una nueva llamada, recibida mientras nos desplazamos en ambulancias que recorren al amanecer calles rotas y silenciosas, llenas slo de luces estridentes y del estrpito de las sirenas. Hemos aprendido el lenguaje de la guerra que los Israeles infligen a la poblacin cautiva de Gaza; hemos aprendido a distinguir los sonidos de los distintos tipos de armas que utilizan, a calcular el tiempo entre la cada del primer misil y la del inevitable segundo, disparado hacia quienes salen corriendo para atender y evacuar a los heridos, a reconocer las seales de las distintas armas qumicas utilizadas en esta matanza, a superar la vulnerabilidad que se desprende inicialmente del reconocimiento de nuestra propia mortalidad.

Aunque muchas de las llamadas que recibimos no son para que recojamos heridos, sino muertos, la necesidad de dar a los muertos un entierro digno lleva a los paramdicos a afrontar la conciencia de que sus colegas y compaeros han sido blancos intencionados (trece han resultado muertos mientras evacuaban a los heridos, y catorce ambulancias han sido destruidas) y a proseguir su bsqueda de cuerpos destrozados para llevar a los muertos a sus familias.

Ayer por la noche, mientras estbamos sentados con los paramdicos en el campo de refugiados de Jabaliya, bebiendo t y escuchando sus relatos, recibimos una llamada pidindonos ayuda en las secuelas de un ataque con misiles. Cuando llegamos a los alrededores del campo donde se haba producido el ataque, nos encontramos con que la zona estaba envuelta en nubes de polvo y llena de cables elctricos rotos, bloques de cemento y tuberas abiertas echando agua a la calle. De entre una masa de sangre y miembros amputados, extrajimos el cuerpo de un hombre joven que tena el pecho y la cara destrozados por la metralla, pero que an segua vivo. Estaba consciente y gema.

Mientras la ambulancia lo trasladaba a toda velocidad en la frialdad de la noche, aplicamos presin en sus heridas; la sangre clida que se filtraba a travs de los vendajes nos deca que an haba vida en l. Como respuesta a mis preguntas, abri los ojos, y volvi a cerrarlos al or que Muhammud, un paramdico voluntario, le murmuraba una y otra vez "ayeesh, nufuss" (vive, respira). Perdi la conciencia cuando llegamos al hospital y pas a los brazos de unos amigos que lo llevaron a la sala de urgencias. Se llama Majid; vivi y est recuperndose.

Pocos minutos despus, hubo otro ataque con misiles, esta vez en una casa. Cuando llegamos, la muchedumbre se haba precipitado a las ruinas del bloque de cuatro pisos en un esfuerzo por sacar a los supervivientes de entre los escombros. La familia a quien perteneca la casa haba evacuado la zona el da anterior y, en el momento del ataque, la nica persona que estaba en su interior era un chico de 17 aos, Muhammud, que haba vuelto a coger ropa para su familia. An viva cuando lo arrastramos fuera del montn de escombros que lo sepultaba; tena las piernas torcidas en todas las direcciones y una herida en la cabeza, pero estaba vivo. No tenamos ms alternativa que trasladarlo, pese a la inminencia de un posible segundo ataque, y qued tendido en la ambulancia gimiendo de dolor y llamando a su madre. Pensamos que vivira; estaba consciente, aunque con un dolor intenso. Con el ajetreo de responder durante toda la noche a una llamada tras otra pidindonos de fusemos a recoger a muertos y heridos, olvid ir a ver cmo estaba. Esta maana nos llamaron para que fusemos a recoger un cuerpo al hospital de Shifa para llevarlo de vuelta a Jabaliya. Llevamos a la ambulancia un cadver envuelto en un sudario blanco empapado de sangre y, hasta que no llegamos a la carretera, no nos dimos cuenta de que era el cuerpo de Muhammud. Su hermano viaj con nosotros, entreabriendo el sudario para besar con ternura a Muhammud en la frente.

Esta maana nos informaron de que haban sitiado el hospital de Al-Quds, en la ciudad de Gaza. Durante horas, tratamos infructuosamente de acceder al hospital, intentando coordinarnos y conseguir que las ambulancias atravesasen el muro de tanques y tiradores israeles para evacuar a los heridos y a los muertos. Tras varias horas de esfuerzos fallidos, recibimos una llamada del barrio de Shujahiya describindonos una casa donde haba que recoger tanto a muertos como a heridos. La zona estaba desierta; muchas familias haban huido cuando los tanques y tiradores israeles tomaron posiciones entre sus casas, y los dems aguardaban silenciosos en la fra oscuridad de sus hogares, reptando de una habitacin a otra para resguardarse de los disparos que penetraban por las ventanas.

Mientras conducamos despacio por la zona, omos voces de mujeres que pedan socorro. Nos acercamos a su casa a pie, seguidos por las ambulancias y cuando llegamos al umbral, salieron corriendo a buscarnos, trayendo a sus hijos, que temblaban y lloraban por efecto del shock. A la puerta de la casa, los faros de la ambulancia iluminaron los cuerpos de cuatro hombres que haban sido alcanzados por la metralla; el de uno dejaba a la vista el cerebro; los otros tenan las extremidades arrancadas. Los cuatro eran esposos y hermanos de las mujeres que se haban aventurado fuera para tratar de encontrar pan y comida para sus familias. Sus cuerpos an estaban calientes cuando tratamos de llevarlos en camilla por una superficie llena de baches y viendo cmo su sangre iba manchando el suelo y nuestra ropa. Cuando bamos a abandonar la zona, nuestras linternas iluminaron la silueta desplomada de otro hombre cuyo abdomen y el pecho estaban hechos trizas por la metralla. Como no tenamos sitio en las otras ambulancias y temamos un inminente ataque de los tiradores, tuvimos que poner su cuerpo en la parte trasera de la ambulancia, donde iban las mujeres y los nios. Una de las nias pequeas se me qued mirando antes de echrseme a los brazos y decirme su nombre, Fidaa', que significa "para el sacrificio". Mir fijamente la bolsa del cadver, preguntndome cundo iba a despertarse.

Una vez de vuelta en el hospital, supimos que el ejrcito israel haba bombardeado el hospital Al Quds, que exista el riesgo de que el incendio se propagase y que se haba negociado un intervalo de 20 minutos para evacuar a los pacientes, a los mdicos y a los habitantes de las casas adyacentes. En el tiempo que tardamos en llegar all en un convoy de ambulancias, se haban congregado cientos de personas. Tras el bombardeo de las instalaciones de la UNRWA y del hospital, haba una profunda conciencia de que no existe en Gaza ningn lugar seguro, ni sagrado.

Ayudamos a evacuar a quienes se haban congregado en los hospitales y escuelas cercanas, que haban abierto sus puertas para recibir a los desplazados. Fuimos testigos de escenas terriblemente tristes: familias desesperadas, con sus hijos a cuestas y cargadas con mantas y bolsas con sus pertenencias, se internaban en la fra noche para tratar de encontrar un rincn donde refugiarse en alguna escuela u hospital. Los paramdicos con quienes estbamos nos hablaron del desplazamiento de ms de 46.000 palestinos de Gaza que aun hoy seguan recorriendo los caminos como continuacin de la an vigente Nakba de desposesin y exilio de que haban sido vctimas una generacin tras otra mientras una nueva masacre segua a la ya sufrida.

Hoy, el nmero de muertos era de ms de 75, uno de los das ms sangrientos desde el principio de esta carnicera. En los ltimos 21 das, se ha quitado la vida a ms 1.110 palestinos, 367 de los cuales eran nios. La infraestructura humanitaria de Gaza es una pura ruina, tras aos de sitio que la han devastado. Ha habido una destruccin deliberada y sistemtica de todos los lugares que podan constituir un refugio. Aqu no hay ningn lugar seguro, para nadie.

Y, sin embargo, en medio de tanta profanacin, esta comunidad se ha mantenido intacta. La solidaridad social y el apoyo interpersonal son admirables, y la tenacidad de Gaza sigue inspirando humildad y admiracin a todos cuantos son testigos de ella. Su grado de sacrificio exige nuestra respuesta colectiva, y el reconocimiento de que no basta con manifestarse. Gaza, Palestina y su pueblo continan viviendo, respirando y resistiendo, se mantienen intactas, y esta negativa a romperse constituye una llamada, un reto dirigido a todos nosotros.

----- Caoimhe Butterly es una activista irlandesa de los derechos humanos que trabaja como voluntaria en los servicios de ambulancias de Jabaliya y de la ciudad de Gaza City y como coordinadora del Free Gaza Movement.

Puede contactarse en el nmero 00972-598273960 or en [email protected]

Traduccin Anna Ravents Barang



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