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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-01-2009

Consumo y barbarie visual

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio (Cuba)


La mitologa griega nos cuenta la historia de Tntalo, semidis bravucn castigado por Zeus a padecer hambre y sed eternas en medio de los ms deliciosos manjares y con el cuerpo sumergido en el agua. Nos cuenta tambin la de su contrapunto y complemento, Erisictn, al que los dioses condenaron a comer ininterrumpidamente todo lo que encontraba en su camino, una cosa tras otra, animales, bosques, hijos, sin hallar jams satisfaccin, hasta el gesto final de autofagia suicida. No son historias antiguas y fantasiosas. El pasado 26 de diciembre, Joan Cunnane, una inglesa de 77 aos adicta a las compras, falleci de deshidratacin en su casa atrapada en una montaa de mercancas baratas que haba comprado durante aos y que haba ido guardando en decenas de maletas. Ninguna era esencial, ninguna haba sido usada, ninguna haba llegado realmente a existir salvo para matar a su propietaria. Tntalo y Erisictn del capitalismo, la seora Cunnane haba muerto de hambre y sed en medio de un exceso de riquezas, destruida por su mstica pulsin al consumo, sepultada bajo trescientas bufandas de colores -entre otros miles de objetos- que jams haban adornado su cuello ni abrigado su garganta.

En las situaciones de hambruna -desde la India victoriana al Sudn de la guerra civil- los pobres desesperados roban cosechas, asaltan graneros y allanan despensas antes de sucumbir a los golpes y la inanicin. En las llamadas revueltas del pan del Tercer Mundo, los desheredados de la tierra rompen las vidrieras de los comercios y se disputan, a veces hasta la muerte, las migajas de sus saqueos angustiosos. No son slo los dramas de la miseria. El pasado 28 de noviembre, una avalancha de consumidores agolpados a la entrada de un Wall-Mart de Nueva York tir abajo la puerta, aplast a uno de sus empleados e hiri a otros tres trabajadores -incluida una mujer embarazada- tratando de alcanzar las mejores ofertas de la temporada de rebajas; mil coceadores de clase media, animados de una mstica furia irruptiva, se peleaban a muerte por un bolso de plstico o unos pantalones de marca. Dnde empieza lo banal y dnde lo esencial cundo se est dispuesto a matar por obtenerlo? Bajo el capitalismo, la compra-venta de un bolso de plstico (o de una crema anti-arrugas o de un adorno para el automvil) es literalmente una cuestin de supervivencia.

Manifestaciones del hambre en Occidente, el caso de la seora Cunnane y el de la estampida humana de Nueva York son casos extremos, pero es en ellos donde se descubre en un resplandor la normalidad de la abundancia capitalista. Los placeres del consumo tienen poco que ver con el objeto; estn ms bien asociados a un atavismo famlico, a la necesidad casi biolgica de la apropiacin inmediata, de la adquisicin predadora, del saqueo freudiano de un botn multitudinario que, una vez aferrado, se puede despreciar. Los primitivos sueos de abundancia asociados antao a la leche y la miel, a las frutas antediluvianas pintadas por El Bosco, a las pepitas de oro de los graneros, hoy convergen en los mall o centros comerciales y en los grandes supermercados, donde cogemos a dos manos, sin obstculos ni intermediarios, la cosecha siempre renovada de una naturaleza milagrosa. Volvemos a las emociones prensiles de los simios o de los salvajes cazadores-recolectores de la antigedad. Basta con poseer el salvoconducto de acceso -tarjeta de crdito o billetes de dlar- y podemos adquirir un ilimitado nmero de baratijas y, con ellas, un hambre muy superior, mucho ms acuciante, mucho ms exigente, que el que aqueja a los que no tienen nada. Un hambre, por as decirlo, de primera clase o de lujo.

Pero el mall o centro comercial ha democratizado y globalizado, transversal a las clases sociales, esta experiencia de la abundancia anmica. El consumo es un acto de babarie, s, pero un acto de barbarie visual. La acucia patolgica de la seora Cunnane, estudiada por los psiquiatras, no es ms que la obediencia mecnica, sin resistencias racionales, a la lgica autodestructiva de la mercanca: comprar y tirar, renunciar al uso de los objetos, guardarlos sin desembalar, son prcticas que revelan la consistencia puramente imaginaria -ceremonial o neurtica- de los intercambios mercantiles. Solubles, superadas ya por sus voltiles sucesores, que introducen la idea de futuro como ansiedad y como humillacin, las mercancas son slo imgenes. El mall o centro comercial vende estas imgenes, pero vende adems sus copias, imgenes de imgenes abiertas al saqueo visual tambin de los pobres que no pueden comprarlas. El capitalismo no se reproduce slo a partir de la explotacin del trabajo; tambin lo hace a partir de la explotacin de la mirada. En el mall o centro comercial convergen y se vuelven innecesarias todas las grandes instituciones de la cultura milenaria: el Templo, la Academia, el Museo, el Parlamento, franqueados ahora de una sola vez y en un solo espacio a todas las clases del planeta. Calientes en invierno, frescos en verano, bulliciosos y seguros, exhibicin apabullante de la superioridad brbara del capitalismo, sus galeras renen peregrinos de todos los estratos sociales y culturales. En El Cairo y en Caracas, en Lima y en Delhi, en Madrid y en Nueva York, los pobres urbanos ya no buscan un poco de brisa o de juego en sus das de asueto; como antes iban al campo, las familias de las clases medias bajas acuden ahora los domingos al mall ms lujoso y frecuentado para contemplar la renovacin mgica de las mercancas tras las vitrinas y consumir visualmente en grupo su racin de hambruna de colores.

Prolongacin de la televisin, el mall ha consumado la disolucin de la cultura activa -popular o de clase- sobre la que ya alertaba Passolini en los aos 70 del siglo pasado. Exhibe en una imagen de triste relumbre el carcter insostenible de la economa de la abundancia y su desoladora pobreza antropolgica. El emirato de Dubai, con su arquitectura extraterrestre, es el emblema de este modelo que destruye recursos y vidas y convierte las ciudades mismas en una gigantesca operacin de barbarie visual: mercanca l mismo y conducto de mercancas, el mximo atractivo de este pas recin fabricado, arrancado al desierto y al mar en siete das, son precisamente sus 40 monstruosos mall. Ser una casualidad que su fiesta nacional se llame Dubai Shopping Festival? El ao pasado, ms de 3 millones de turistas de todo el mundo acudieron a celebrarlo en sus suntuosos y abigarrados centros comerciales y gastaron 10.000 millones de dlares. Entre tanto, los trabajadores bengales y pakistanes que los construyeron pueden pasear por sus avenidas iluminadas satisfechos de adquirir con la mirada lo que, en cualquier caso, slo haba sido fabricado para eso: para entrar por los ojos y salir inmediatamente del mundo sin dejar ms huella que hambre, contaminacin, degradacin moral y vaco antropolgico. Pero, al contrario que en el caso de Tntalo y Erisictn, nuestro castigo no ser eterno.

 

 

 

 



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