Portada :: Otro mundo es posible :: IX Foro Social Mundial (Belm do Par, enero 2009)
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-02-2009

Belem frente a Davos

Carlos Taibo
Pblico


Los ltimos das de enero son, desde un tiempo atrs, el momento en que se enfrentan dos visiones del mundo y de sus problemas: si la primera se revela en un cnclave paraoficial, en Davos, la segunda, el Foro Social Mundial, ha aterrizado este ao en la ciudad brasilea de Belm. Era inevitable que, como van las cosas, las dos reuniones se hiciesen eco de una crisis que est en todos los labios.

En Davos, por lo pronto, hemos podido escuchar qu es lo que nos cuentan luego de pagar los 40.000 euros por cabeza preceptivos para asistir a la reunin, una suma muy superior a la que ingresa a lo largo de toda su vida la mitad de la poblacin del planeta los adalides del capitalismo, repartidos, si as se quiere, en dos bandos. El primero bebe de la odre neoliberal y en los hechos se contenta con sugerir que hay que cancelar algunos abusos que han despuntado en los ltimos tiempos. A estas alturas distinguir el neoliberalismo de los abusos acompaantes se antoja, sin embargo, tarea propia de necios, tanto ms cuanto que el capitalismo realmente existente, incapaz de resolver sus problemas, promueve con descaro impresentables operaciones de reflotamiento de empresas realizadas con el dinero de todos.

Pese a las apariencias, a la segunda percepcin, la keynesiana, no le va mucho mejor. Recurdese que los socialdemcratas de estas horas, tras acatar durante decenios la vulgata neoliberal, estn pagando los platos rotos de la mano de restricciones presupuestarias sin cuento. No es eso, con todo, lo importante: los keynesianos de las ltimas hornadas ignoran palmariamente que el planeta arrastra inapelables lmites medioambientales y de recursos. Cuando apuestan a la desesperada por tirar del consumo, cuando se inclinan por acometer la construccin de faranicas infraestructuras que nadie sabe quin podr emplear dentro de unos pocos aos tras la subida inevitable, antes o despus, los precios de la energa, retratan bien a las claras los vicios del cortoplacismo que nos inunda. Slo los ms ingenuos creen, entre tanto, que semejante huida hacia adelante encontrar su freno al amparo de un keynesianismo verde que, hablando en serio, no se vislumbra en lugar alguno.

Pero olvidemos el hasto que produce Davos y evaluemos lo que nos llega de Belm. El momento para los movimientos que contestan la globalizacin capitalista es, a la vez, estimulante y delicado. Si, por un lado, sus mensajes encuentran hoy un caldo de cultivo ms amplio, por el otro, deben encarar una tramada estrategia de amedrentamiento que invita, desde las instancias oficiales, a renunciar a la protesta en provecho de la preservacin de la relativa condicin de privilegio de la que una parte de la poblacin planetaria disfruta. Es verdad, por lo dems, que en los movimientos perviven diferencias importantes. Hay quienes piensan, por ejemplo, que la prioridad mayor sigue siendo engordar las redes de contestacin y convertir estas en fermento de una sociedad distinta, como hay quienes estiman que lo que se impone es ejercer influencia sobre otros y, en particular, sobre gobiernos ms o menos receptivos.

Ms all de esas disputas, los movimientos han asumido en los ltimos meses una inequvoca radicalizacin que tiene su principal botn de muestra en el designio de trascender la contestacin, a menudo demasiado cmoda, del neoliberalismo para acometer una crtica en toda regla de un capitalismo que se considera, por una parte, generador de explotacin e injusticia y, por la otra, promotor de salvajes agresiones contra el medio. En relacin con la primera de estas dimensiones, nada se aleja ms de la verdad que la afirmacin de que el universo antiglobalizador est desafortunadamente lejos del movimiento obrero. Mientras en muchos pases del Sur el sindicalismo resistente se halla, claramente, del lado de ese universo, en el Norte tenemos que preguntarnos si no son muy a menudo las cpulas sindicales tradicionales las que, en una deriva lamentable, y tras aceptar lo inaceptable, han obligado a las redes antiglobalizacin a asumir un creciente protagonismo en las luchas contra las privatizaciones, el desempleo o el trabajo precario.

Las cosas como fueren, la mayora de las gentes que se han hecho presentes en Davos por cierto que no hay motivos para concluir que entre ellas menudean los admiradores tontorrones de Obama son conscientes de que, junto a la crisis que hemos etiquetado de financiera, se aprecian otras tres singularmente preocupantes: se llaman cambio climtico, encarecimiento de los combustibles fsiles y, en fin, sobrepoblacin. La urgencia de colocar en primer plano los problemas correspondientes ha estimulado, en los movimientos radicados en el Norte opulento, una activa discusin en lo que hace al crecimiento econmico y sus presuntas bondades. La defensa de proyectos de franco decrecimiento va ganando terreno por momentos en un escenario en el que la propuesta en cuestin se hace acompaar de un puado de aditamentos: la defensa de la vida social frente a la lgica de la propiedad y el consumo, la postulacin del reparto del trabajo una vieja prctica sindical que ha cado en el olvido, la reduccin del tamao de muchas infraestructuras, la primaca de lo local sobre lo global y, en fin, la simplicidad y la sobriedad voluntarias.

Si las discusiones en torno al decrecimiento un proyecto que acarrea una radical contestacin de los catecismos neoliberal y keynesiano parecen llamadas a ganar terreno, bueno es que dejemos constancia de una percepcin que, en lo que respecta a las sociedades del Sur, despunta en muchos movimientos. Esa percepcin sugiere, con inevitable cautela, que ha llegado el momento de sopesar si dejar a esas sociedades en paz, lejos de las aparentes bondades que procuramos endosarles, no ser nuestra mejor contribucin a su bienestar. Y es que sobran los datos que sealan que muchos de esos pueblos que calificamos de primitivos y atrasados guardan, como un arcano tesoro, algunas de las llaves que nos permitirn abandonar este triste edificio que habitamos, construido con materiales tan lamentables como el consumo desaforado, la explotacin, la exclusin y, claro, el desprecio por lo que la naturaleza tuvo a bien regalarnos.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter