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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-02-2009

Frentes de combate
Qu fue de la lucha contra las E.T.T.?

Jose Antonio Cerrillo
Rebelin


Desde que la (contra)reforma laboral de 1994 consagrase definitivamente la legalizacin de las Empresas de Trabajo Temporal (E.T.T.), su presencia en nuestras ciudades y su uso tanto por parte de empresas como de trabajadores se ha normalizado hasta el punto de constituir una realidad ampliamente aceptada. Pero esto no siempre fue as. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que las E.T.T. estaban prohibidas por el Estatuto de los Trabajadores y otro, menos lejano todava, en el que su legalizacin gener una poderosa reaccin social y uno de los movimientos de protesta ms interesantes y exitosos de la dcada de los 90. Hoy da, casi 15 aos ms tarde, aquel movimiento parece haberse olvidado y las E.T.T. estn ampliamente legitimadas. Qu sucedi?, cmo ha sido posible tal giro de la historia?, cules son las causas de la derrota del movimiento contra las E.T.T.? Responder a estas cuestiones es sin duda relevante como aprendizaje para la izquierda espaola en su conjunto, para no repetir errores del pasado en las luchas del presente y el futuro.

Qu es una E.T.T.?

Las Empresas de Trabajo Temporal vienen a representar un tipo de empresa radicalmente novedoso en la historia del capitalismo en lo que a la relacin entre trabajador y empleador se refiere. No tanto por la temporalidad e inseguridad de la contratacin (los beneficios de la legislacin laboral y la proteccin social son ms la excepcin que la constante en la historia del capitalismo), como por el hecho de representar una mediacin entre el trabajador y la empresa donde ste vender su fuerza de trabajo. Dicho de otro modo, las E.T.T. contratan al trabajador para cederlo a otra empresa, denominada usuaria, que es quien realmente necesita la mano de obra. As, el trabajador est empleado por la E.T.T. pero trabaja en la empresa usuaria, de modo que est sujeto a dos patrones: la empresa usuaria y la E.T.T. A efectos legales no puede presionar a la gerencia de la empresa donde trabaja, porque su verdadero empleador es la E.T.T. En Espaa esta prctica estuvo prohibida por el artculo 43 del Estatuto de los Trabajadores de 1980, por ser considerada "trfico de mano de obra".

Las E.T.T. presumen de "dinamizar el mercado de trabajo" en una coyuntura histrica marcada por la necesidad de adaptacin constante de las empresas a los cambios de los mercados. Sin duda los beneficios para la empresa usuaria son cuantiosos. En primer lugar, ahorra costes de tramitacin, pues es la E.T.T. la encargada de reclutar al trabajador y gestionar su contratacin. En general, especialmente antes de la reforma de 1999, reducan los salarios, pues los trabajadores contratados por E.T.T. perciban una paga sensiblemente menor a la de los trabajadores fijos. Esto, claro, fomenta la competitividad entre trabajadores de plantilla y trabajadores temporales, con la consiguiente presin a la baja sobre los salarios y los derechos laborales. No obstante, gran parte de esta diferencia salarial no repercute en la empresa usuaria, sino que corresponde al pago de los servicios de la E.T.T., lo que se denominan "gastos de gestin", en teora prohibidos desde 1999.

As pues, es claro que la utilidad principal de las E.T.T. no es tanto econmica como disciplinaria, no implica tanto un ahorro directo de costes como la sumisin de los trabajadores. El trabajador contratado por la E.T.T. no puede protestar a la empresa donde trabaja, porque no es su verdadero patrono. Tampoco puede sindicarse, y sus condiciones de trabajo no se rigen por el convenio de su sector, sino por el de las E.T.T. Se estimula la competencia entre trabajadores y se facilita que la empresa usuaria se deshaga con facilidad de cualquier empleado con el que no est contento. El trabajador no se siente parte de un colectivo, sino que se percibe como un individuo aislado que debe mirar slo por sus intereses particulares. La posicin de la gerencia se fortalece, se socava la confianza y la unin de los trabajadores: se previenen conflictos. Siempre se ha rumoreado que entre las E.T.T. circulan listas clandestinas de trabajadores "problemticos", lase contestatarios, extremo que aunque nunca ha podido ser confirmado no es en absoluto descartable. En cualquier caso, la E.T.T. puede permitirse no volver a contratar a un trabajador que considere "demasiado" combativo. Siguiendo a Yann Moulier Boutang, las nuevas formas de contratacin, entre ellas las E.T.T., son menos un problema de extraccin de ms plusvala absoluta que de asegurarse la disponibilidad de mano de obra sometidai.

No es casualidad que las grandes E.T.T. se vanaglorien de haber fomentado en los ltimos aos el empleo indefinido, pues en efecto muchos de los trabajadores que comienzan contratados por E.T.T. terminan incorporndose a las plantillas de las empresas usuarias en calidad de fijos. Son, afirman, un instrumento til para que los jvenes accedan a su primer empleo. Claro, el trabajador que ha comenzado su vida laboral en la E.T.T. se forma en una cultura de miedo y sumisin a la gerencia. Ha sido disciplinado, estructurado en la obediencia. No cabe duda: son un instrumento til, pero no para los trabajadores.

La trayectoria de las E.T.T. en Espaa

A principios de la dcada de los 90, en un contexto de fuerte crisis econmica y espectacular aumento del desempleo (que llega a alcanzar la cifra record de 24% de la poblacin ocupada), el gobierno del PSOE decide impulsar la segunda reforma laboral de su mandato. Al igual que la primera, de 1984, no fue pactada con los sindicatos y fundamentalmente introduca diferentes modalidades de contratacin temporal y precaria, profundizaba en algunas de las ya existentes, abarataba y facilitaba el despido y, finalmente, rompa el "monopolio" del INEM en materia de colocacin, legalizando las E.T.T. y regulando su funcionamiento (Leyes 10/1994 y 14/1994 respectivamente).

En realidad se vena a legitimar de iure una realidad que, en la prctica, ya exista desde la reforma de 1984. La subcontratacin se haba extendido gracias al principio de "flexibilidad externa" contemplado en la misma, lo que motiv que los empresarios utilizasen masivamente los contratos de formacin y de fomento del empleo como formas de contratacin barata y servil. El ciclo de crecimiento econmico de la segunda mitad de los 80 vio como en lugar de crear empleo fijo, en Espaa se destruan casi 900.000 contratos indefinidos y se creaban ms de milln y medio de contratos temporalesii. La temporalidad se dispara hasta el 30% de la poblacin ocupada, cifra muy superior a la media europea y en la que todava nos encontramos pese a los sucesivos esfuerzos por fomentar el empleo indefinido. Los responsables del gobierno se lamentaban entonces de lo que consideraban una interpretacin fraudulenta de las nuevas modalidades de contrataciniii.

Ya en 1994 el tono ha cambiado. El enfoque neoliberal ya no trata de esconderse. Las nuevas medidas se consideran como "Fomento del Empleo" y a menudo se justifican como resignada adaptacin a la normativa europea. Se asume la necesidad de un marco que proporcione seguridad a la empresa como precondicin a la creacin de empleo. De la proteccin social a la estabilidad empresarial: se consuma el cambio de paradigma, se consagra el giro en las prioridades. El crecimiento econmico es lo que proporciona bienestar, y ste slo se consigue eliminando las barreras a la inversin y la competitividad, entendidas ambas como margen de actuacin de la empresaiv. La existencia de las E.T.T. no es sino una plasmacin de este credo, adems de un negocio muy lucrativo, claro est.

Las E.T.T. tuvieron un xito instantneo entre el empresariado espaol, como cabra esperar por otro lado. En su primer ao de existencia cedieron a ms de 300.000 trabajadores, cifra que se doblara en apenas ao y medio y que se acercara al milln en 1997. Ya en 1999, apenas cinco aos despus de su creacin, haban gestionado ms de 2 millones de contratos. En este lustro se crearon ms de 400 E.T.T. en toda Espaa, creciendo en volumen ao a ao. Hoy son algo menos, unas 350, habindose estabilizado en esta cifra desde el ao 2001, gestionando casi dos millones ochocientos mil contratos anuales. Es cierto que en otros pases hay muchas ms E.T.T. que en Espaa, superando el millar en Gran Bretaa y Holanda, llegando a 4.500 en Alemania, 5.500 en EE.UU. y la increble cantidad de 17.500 en Japn.

Ahora bien, mientras que en estos pases la media de temporalidad ronda el 15%, en Espaa supera, como hemos dicho, el 30%. Por otro lado, mientras que en el resto de pases las E.T.T. gestionan el 40% del total del trabajo temporal, en Espaa este porcentaje se reduce al 15% aproximadamente. Qu significa esto? En otros pases las E.T.T. son pequeas porque su volumen de negocio es menor a pesar de ocuparse de gran parte del trabajo precario existente, pues el porcentaje de temporalidad es sensiblemente ms bajo. Sin embargo en Espaa la temporalidad es tan grande que un nmero infinitamente menor de E.T.T. se reparten una tarta de beneficios muy superior. No en vano las seis grandes agencias (agrupadas en AGETT, la Asociacin de Grandes E.T.T.) gestionan aproximadamente el 50% de los contratos y el 60% de la facturacin del sectorv. En sntesis, una situacin estructuralmente muy diferente: en Espaa las E.T.T., en especial las seis grandes, tienen un poder y una influencia en la vida econmica del pas incomparablemente mayor que en otros pases. Lo que equivale tambin a una posicin ms fuerte en las relaciones de clase.

Como se adelantara ms arriba, en los primeros aos tras su legalizacin las E.T.T. crecieron vertiginosamente. En aquellos momentos su auge fue tal que muchas empresas, incluso algunas de tamao relativamente pequeo, creaban sus propias E.T.T., despedan a sus trabajadores y les volvan a contratar a travs de stas. Los gastos de gestin llegaron a alcanzar hasta un 60% del salario del trabajador. La diferencia de salarios en una misma empresa entre trabajadores de plantilla y contratados por E.T.T. llegaban a ser del 30%. Fraudes sobre fraudes, se violan unas leyes que de por s son abusivas. No es difcil imaginar cun dramtica era la situacin del pas. Por qu si no aceptaron agachar la cerviz tantos millones de personas, la mayor parte de ellos jvenes? Y luego, el frenazo, la estabilizacin, hasta hoy. Qu sucedi?, por qu las E.T.T. dejaron de crecer y sin embargo se legitimaron? Para responder a estas cuestiones hemos de acudir al motor de la historia: el conflicto social.

La lucha contra las E.T.T.

La lucha contra las E.T.T. en el Estado Espaolvi arranca desde su legalizacin en 1994. Si bien casi podramos decir desde la segunda "contrarreforma" laboral de 1997. A partir de ese momento se intensifica notablemente la ofensiva contra las E.T.T., hasta el punto de convertirse en uno de los ejes de la lucha de la izquierda en el Estado Espaol, en especial entre las asociaciones juveniles o compuestas principalmente por jvenes militantes. Hasta entonces la resistencia haba sido bastante tmida y balbuceante. Por qu? En parte porque an se estaba a la expectativa de las consecuencias reales que acarreaba la existencia de las E.T.T., o porque an estaban por conocerse en profundidad. Pero sobre todo por ser los jvenes a quienes ms duramente golpeaba la precarizacin, en especial las E.T.T., las cuales poco a poco se estaban convirtiendo en una autntica condicin necesaria de entrada al mercado de trabajo.

En 1997, efectivamente, los sindicatos mayoritarios CCOO y UGT haban pactado con el gobierno del PP una nueva reforma del mercado de trabajo. Lo decisivo no era su contenido, que profundizaba bastante menos en la precarizacin de las condiciones laborales que las anteriores. Curiosamente, ni siquiera afectaba a la legislacin de las E.T.T. Lo realmente importante, lo fundamental, fue el hecho de ser la primera que los sindicatos no slo no impugnaban, sino que legitimaban con su firma. En mi opinin esto tuvo un efecto simblico de gran trascendencia. Supuso la consumacin de una ruptura generacional en toda regla. Hasta ese momento pareca posible confiar en los sindicatos que, pese a su progresiva renuncia a los principios combativos y de clase, se haban movilizado en los aos anteriores contra la ofensiva neoliberal. Una vez firmado el pacto con la patronal y un gobierno manifiestamente neoliberal y de derechas, en medio de grandes loas a la responsabilidad y el dilogo social, muchos jvenes entendieron que ya no podan confiar en los sindicatosvii. La gran mayora de jvenes simplemente se encogieron de hombros, dejaron de afiliarse a los sindicatos y decidieron buscarse las habichuelas por su cuenta, situacin que perdura hasta hoy. La minora restante comprendi que si quera resistir y pelear por sus condiciones de vida debera reemprender la lucha con sus propias fuerzas y organizaciones. He aqu el por qu del impulso a la lucha contra las E.T.T.

No fue la nica lucha que se emprendi entonces. Izquierda Unida, en aquel momento en el apogeo de su fuerza electoral y social, tambin reaccion a la firma de la reforma laboral por parte de los sindicatos mayoritarios. Conjuntamente con los sindicatos CGT, USO y el sector crtico de CCOO, lanz la campaa por las 35 horas por ley sin reduccin salarial, que pretenda ser un eje de reconstruccin de la izquierda combativa espaola. Junto a la reivindicacin central se reclamaban tambin la supresin de las horas extraordinarias, la reduccin de la edad de jubilacin, la instauracin de contratos de relevo y la supresin de las E.T.T. Las organizaciones juveniles lograron incluir su reivindicacin en la campaa, pero sta ocupaba un lugar muy marginal en la misma. En el sentido opuesto, a la mayor parte de los jvenes la campaa de las 35 horas no les resultaba atractiva, pues estaba diseada siguiendo el esquema del trabajo fijo. Los jvenes, con trabajos a menudo parciales, de pocos das, etc. soaban con poder trabajar 40 horas, ergo el debate sobre la reduccin de la jornada les resultaba ajeno. Cierto es que la campaa tena por objetivo la creacin de empleo de calidad, bajo el supuesto que una disminucin del tiempo de trabajo obligara a los empresarios a repartir el trabajo existente de manera ms justa. Pero ni se explic bien, ni se conect adecuadamente con el lenguaje y la experiencia del trabajo precario que padecan los jvenes. De esta manera, las dos luchas, las dos realidades del trabajo y la militancia, las dos generaciones, no quedaron suficientemente conectadas, ni se potenciaron mutuamente. Hoy ambas campaas estn derrotadas, por no decir olvidadas. Una oportunidad de oro perdida?viii

As pues, las organizaciones juveniles se encontraban prcticamente solas en su lucha contra las E.T.T. Qu caractersticas adquiri el movimiento? Por un lado dej patente la profunda atomizacin de la izquierda en ese momento (estado en el que en buena medida an se encuentra), ya que se lanzaron muy diversas campaas desde infinidad de organizaciones, colectivos y redes. Puede decirse que no haba barrio o pueblo en el que existiera una E.T.T. que no fuese respondida con propaganda de denuncia. Pero sin duda lo ms positivo result el enfoque general que se dio a la lucha. En vez de quedarse en la consigna vaca o la accin por la accin, exista un esfuerzo sincero por la formacin y la informacin, en especial en cuanto a los aspectos jurdicos. Se multiplicaron los artculos, informes, dossiers y charlas acerca de las E.T.T., en general de buena calidad, por lo que la propaganda tena una buena base y las actividades ms combativas (ocupaciones, boicots, concentraciones, etc.) se realizaban con un alto grado de contenido.

As, se consigui llevar el debate a la sociedad e incluso que existiera una opinin negativa, sino generalizada bastante amplia, sobre las E.T.T. Tanto que stas tuvieron que hacer serios esfuerzos de contrapropaganda, artculos en los grandes medios de comunicacin incluidosix. En otras palabras, un xito de movilizacin de la opinin pblica.

La reforma de 1999 y el ocaso del movimiento

Llegamos as a la Ley 29/1999, que vena a reformar la regulacin de las E.T.T. Durante los dos aos anteriores, el gobierno del PP haba tratado que los salarios de los trabajadores contratados de las E.T.T. y los de las empresas usuarias se equiparasen. Fiel a su ideologa liberal, haba impulsado la negociacin colectiva entre sindicatos y E.T.T., pero no haba logrado avances significativos. La debilidad de los sindicatos, que en realidad no tenan ninguna legitimidad ni capacidad de presin en un sector sin apenas afiliacin sindical, y la intransigencia de las E.T.T. a ceder parte de sus cuantiosos beneficios, haban impedido el acuerdo deseado por el ejecutivo presidido por Aznar. Dispuesto a romper el bloqueo, decidi tomar la iniciativa y cambiar la normativa reguladora de las E.T.T.

La reforma pareca ms bien tmida, tanto que los movimientos sociales y sindicales la interpretaron como meros cambios cosmticosx. Y en gran medida as era, pero las consecuencias fueron mucho ms profundas de lo que a primera vista pareci. Sucintamente, la ley estableca definitivamente la igualdad salarial entre trabajadores de E.T.T. y de plantilla. Dicho de otro modo, ilegalizaba los gastos de gestin por los que la E.T.T. detraa parte del salario como pago por poner en contacto a empresas usuarias y trabajadores. Adems, se prohiba la cesin de trabajadores para puestos en los que no se hubieran evaluado previamente los potenciales riesgos laborales. Asimismo, se obligaba a las E.T.T. a "dotarse de una estructura suficiente", es decir, a contratar a trabajadores fijos en funcin del volumen de contratos gestionados. A cambio, se ampliaba el margen de maniobra de las E.T.T. al sustituir los supuestos de contratacin por vagas referencias al Estatuto de los Trabajadores. En la prctica se pasaba a permitir que gestionasen cualquier tipo de contrato temporal, en lugar de los cuatro supuestos (obra o servicio determinado, atencin de las exigencias circunstanciales del mercado, sustitucin de trabajadores y cobertura temporal de un puesto vacante mientras dura el proceso de seleccin) contemplados en la normativa original.

Por qu tena tanto inters el gobierno del PP en regular las E.T.T.? Podemos observar este movimiento desde un doble punto de vista. Por un lado tiene, como toda legislacin laboral en el capitalismo, dos objetivos muy definidos. En primer lugar poner cierto orden en la anrquica explotacin capitalista a fin de evitar que se alimenten determinadas contradicciones. Esto es evidente para las E.T.T. en Espaa, que, como hemos visto, amenazaban con elevar el fraude de ley, la temporalidad y la precariedad a niveles socialmente inaceptables. En segundo lugar, sirve para alentar que se concentre el capital, puesto que las empresas pequeas no pueden permitirse las multas por violar la legislacin vigente, mientras que a las grandes hasta les resulta beneficioso (por ejemplo Adecco es la empresa que ms y ms cuantiosas multas paga, no slo de entre las E.T.T. sino de todas las empresas del Estado Espaol)xi. En el caso que nos ocupa este ltimo punto es muy claro, pues junto a la regulacin se ponan condiciones legales y econmicas mucho ms duras para continuar la actividad de las E.T.T., lo que supuso un duro golpe a muchas de las pequeas empresas que haban proliferado en los pasados aos.

Por otro lado, podemos y debemos interpretar la voluntad legisladora del gobierno como una conquista de la lucha llevada contra las E.T.T. Slo as puede entenderse que un gobierno abiertamente neoliberal estuviera dispuesto a obligar a las empresas a que sacrificasen parte de los cuantiosos beneficiosos derivados de la extraccin de plusvala absoluta. Para el Estado es preferible mantener la hegemona y la paz social, por lo que prefieren actuar sobre cualquier potencial foco de conflicto social por pequeo que este parezca. El Estado ha de defender el capitalismo incluso contra el propio capitalista. Es el conflicto social el que empuja y obliga al Estado a intervenir para salvar el orden, como reflejo de un nuevo equilibrio de fuerzas en la sociedad.

La aprobacin de la nueva ley cambi radicalmente el panorama. Las nuevas condiciones legales hacan poco rentables la mayor parte de las E.T.T. pequeas. Su nmero dej de crecer e incluso se contrajo durante varios aos. En cambio, las grandes E.T.T. pudieron hacerse con un mercado mayor, no slo el que abandonaban las pequeas, sino tambin el que se abra con la ampliacin de supuestos de gestin del trabajo temporal. Menos E.T.T. para repartirse un pastel ms grande: justamente la situacin en la que an estamos.

Y lo que es ms importante, la lucha contra las E.T.T. se vino prcticamente abajo. La actividad se redujo considerablemente, y casi todo lo que se hizo a partir de entonces estuvo vinculado al concepto ms global de precariedad. La causa de este frenazo estaba precisamente en las lneas principales en las que se haba basado la crtica a las E.T.T. En general se cometi el error de enfocar la campaa en relacin a la sobrexplotacin y no a los complejos fondos por los cuales existen las E.T.T. En efecto, casi toda la propaganda editada haca hincapi sobre las ms evidentes y terribles manifestaciones de la existencia de las E.T.T. (la corta duracin de los contratos, las duras condiciones del trabajador y especialmente los famosos gastos de gestin por los cuales la ETT se quedaban un porcentaje del salario). Lo cual implicaba vincular la lucha por su desaparicin al esquema de trabajo fijo e inevitablemente le dio un cariz en cierto modo defensivo. As, una vez la ley suaviz la sobrexplotacin, la lucha qued coja y eso provoc una desorientacin generalizada: el gobierno consigui lo que quera.

Los intentos posteriores por resucitar el movimiento persistieron en los mismos errores. Trataron de basarse en el incumplimiento de la nueva ley, en lugar de profundizar en las causas reales de la existencia de las E.T.T. En buena lgica, fallaron en sus propsitos y no fueron capaces de revitalizar la lucha. Lenta y silenciosamente la campaa fue olvidada, las E.T.T. dejaron de ser puestas en cuestin y el ciclo de movilizacin se agot sin conseguir sus objetivos. Hasta el presente.

Conclusiones

El desarrollo de la lucha contra las E.T.T. viene a ser un fiel reflejo del estado actual de la izquierda en Espaa. Por un lado, movimientos juveniles muy dependientes del aluvin, del ciclo de movilizacin, muy poco experimentados en la creacin de hegemonas, muy fragmentados entre s. Por otro, grandes movimientos muy consolidados, pero poco atentos a las nuevas realidades, poco amigos del cambio, demasiado establecidos, demasiado apegados a determinadas realidades y dinmicas. Entre ambos, obviamente, existen continuidades, intercambios, vasos comunicantes. Sin embargo, en vez de producir sinergias que potencien a ambos parece que se contagien mutuamente sus debilidades. Ni los jvenes adquieren la visin estratgica y la capacidad de movilizacin de los grandes movimientos, ni stos aprovechan la energa, combatividad, creatividad y originalidad de los movimientos sociales.

Cabe interrogarse en primer lugar, qu hubiera sucedido de estar ms organizado el movimiento?, y si en lugar de una multiplicidad de movimientos pequeos pero poco conectados entre s se hubiese logrado aunar esfuerzos y recursos para pegar ms duro?, y si hubiese habido una comunicacin ms intensa entre movimientos?, y si se hubiese conseguido establecer un frente comn ms slido entre los movimientos juveniles contra las E.T.T. y los movimientos que protagonizaron la campaa por las 35 horas? Que duda cabe, es difcil pensar en hiptesis alternativas cuando analizamos la historia. Sucedi lo que sucedi, ya est. Nunca sabremos a ciencia cierta si podra haber sido de otra forma. Es pura especulacin, jugar a la ucrona. Pero si un movimiento disperso y sin cohesin consigui influir de aquella manera en la opinin pblica, no hubiese amplificado su capacidad de presin de haber estado ms organizado? Debo limitarme a dejar la pregunta en el aire, y que cada cual reflexione.

Por otra parte, hemos de admitir que aquella lucha estuvo lastrada por una gran falta de visin poltica. En dos sentidos. Primero, porque la izquierda no ha acertado a entender las nuevas realidades del capitalismo post-fordista, la acumulacin flexible, el trabajo autnomo. Muchos anlisis, muchos de ellos muy brillantes, pero pocos que hayan servido para reorganizar la resistencia. Y los que han tratado de hacerlo suelen adolecer de lo que Armando Fernndez Steinko llama "metafsica roja"xii: formulaciones tericas ms o menos elaboradas y meritorias, pero de escasa utilidad en las luchas cotidianas, notablemente las de Toni Negri y sus seguidores ("obrero social", "multitudes", etc.). Hurfanos de mejores herramientas, la mayor parte de los movimientos se limitan a seguir haciendo lo que han aprendido, lo que saben hacer: manifestaciones, charlas, recogidas de firmas, etc. No niego que puedan seguir siendo acciones tiles, pero no se recapacita sobre su sentido y productividad en cualquier contexto, en cualquier frente. Los muchos fracasos que suelen acompaarlas nos muestran que quiz debiramos ser ms reflexivos. Hemos de seguir dilapidando nuestros escasos recursos y nuestra preciada energa de este modo?

La misma falta de imaginacin puede achacarse a las propuestas, que suelen limitarse a un rechazo difuso de las polticas neoliberales y "flexibilizadoras". No a esto, no a aquello. Ilegalizar, volver atrs. Nos falta pensar medidas legales, polticas, institucionales nuevas, adaptadas a la realidad del capitalismo post-fordista. Un simple regreso al pasado no es posible: las caras de la flexibilizacin-precarizacin del trabajo y la vida son demasiadas, mltiples, polidricas. Ilegalizar unas no suele conllevar ms que el surgimiento de otras. Las E.T.T. por ejemplo se estn enfrentando actualmente, que paradoja, a la competencia desleal de "empresas de servicio", que no son sino subcontratas encubiertasxiii. Las empresas, vidas de beneficios, necesitadas de adaptarse al mercado cambiante, siempre irn por delante de la legislacin. Por eso necesitamos cambiar el chip, pensar en nuevos marcos, ampliar la mirada, quiz afrontar de una vez una proteccin social desvinculada del rgimen salarial, como lleva reclamando desde hace tiempo Robert Castelxiv, como se adivina en las propuestas de los tericos de la renta bsica. De lo contrario, las luchas permanecern ancladas en concepciones defensivas, o lo que es lo mismo, no llevaremos la iniciativa, iremos a remolque del capital, tendremos pocas posibilidades de victoria.

La falta de visin poltica del movimiento contra las E.T.T. se expresa en un segundo sentido: la carencia de elaboracin estratgica. Por supuesto, est relacionada con lo anterior: si no se tienen claros los por qu, si se va por detrs de la ofensiva neoliberal, si no se sabe el terreno que se pisa, si se usan armas inapropiadas, entonces es difcil pensar estratgicamente. Pero va ms all. Refiere a la habitual renuncia de los movimientos sociales a visualizar el campo, a ponderar los recursos propios y los del enemigo para maximizar unos y minimizar otros, a leer en los ciclos de movilizacin, a pensar no slo al corto, sino tambin al medio y al largo plazo. No somos conscientes de que la creacin de hegemonas es un juego paciente, constante, metdico. El gobierno del PP nos dio una leccin en este sentido: supo ver nuestras debilidadesxv y actu sobre ellas, dejndonos fuera de juego. Observ que nos centrbamos en la sobreexplotacin en lugar de la disciplina y puso en marcha una ley que, aunque cambiaba todo sin cambiar nada, cumpla el doble objetivo de desarmar nuestros argumentos y parar el desenfrenado crecimiento de las E.T.T. ms pequeas. Nos venci sin que nos disemos cuenta.

La lucha contra las E.T.T. sigue teniendo perfecta validez y una potencialidad extraordinaria, mas si queremos reactivarla, como cualquier otra lucha social, debemos reconocer estos errores del pasado y enfocarla desde un punto de vista distinto. En aquellos aos de lucha, y en los que se han sucedido desde entonces, se han adquirido unas riqusimas experiencias que han de ser sintetizadas y estudiadas. Especialmente por cuanto ha quedado claro que la lucha sindical o sectorial clsica se muestra ineficaz en la era del trabajo autnomo. Una de las enseanzas ms importantes es que las luchas del futuro probablemente habrn de adquirir una disposicin ms territorial por as decirlo, pues el lugar de residencia es la nica realidad mnimamente estable en la vida de muchas personas. Sin olvidar interesantes ensayos en los que la denuncia de las condiciones de trabajo en una empresa es llevada a cabo por trabajadores de otras, esquivando as la represin patronal. Es una nueva forma de ver la lucha obrera que puede resultar muy valiosa en un futuro, contra las E.T.T. tanto como contra otras formas de organizar el trabajo en la era post-fordista.

Todo esto slo ser posible si comenzamos a superar la dispersin actual y fortalecemos los espacios de convergencia, como los foros sociales. No deben servir slo para reunirnos para actividades tan concretas como espordicas, que colectivos aislados no podran realizar solos, sino que han de tener la suficiente continuidad como para ser reconocidos por la sociedad como la cabeza de la lucha contra la precariedad y el capitalismo. Si no partimos de esta intencin la batalla est perdida de antemano.

Esta es la historia de una derrota. Una de las muchas que he experimentado en primera persona. Si queremos que no se sigan sucediendo es preciso rescatar la memoria, ser francos con nosotros mismos, realizar una retrospectiva crtica. Hemos de conocer las causas de nuestros fracasos o estaremos condenados a repetirlos. Esto es especialmente vlido en la coyuntura actual, muy parecida a la que dio a luz la lucha contra las E.T.T.: una fuerte crisis econmica, un movimiento incipiente que pelea para que los trabajadores no paguen con sus derechos las consecuencias de la misma. La izquierda espaola tampoco ha cambiado demasiado desde entonces. Espero y deseo que estas lneas contribuyan a que, en esta ocasin, la historia no se repita.

Jose Antonio Cerrillo, es socilogo y trabaja como investigador en el Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA/CSIC) de Crdoba

Notas:

i Yann Moulier Boutang (2006), De la Esclavitud al Trabajo Asalariado, Madrid, Akal (edicin original de 1998) y (2007), Le Capitalisme Cognitif, Pars, Editorial Amsterdam

ii Datos obtenidos de los Anuarios de Estadsticas Laborales del Ministerio de Trabajo.

iii Vase por ejemplo la entrevista al entonces Ministro de Trabajo, Lus Martnez Noval en El Pas del 23 de abril de 1992, http://www.elpais.com/articulo/economia/MARTINEZ_NOVAL/_LUIS/ESPANA/INSTITUTO_NACIONAL_DE_EMPLEO_/INEM/MINISTERIO_DE_TRABAJO_Y_SEGURIDAD_SOCIAL/PODER_EJECUTIVO/_GOBIERNO_PSOE_/1989-1993/Gobierno/toma/medida/preocupacion/elpepieco/19920423elpepieco_24/Tes

iv Para un relato completo del proceso de transicin entre ambos modelos ver Andrs Bilbao (1999), El Empleo Precario. Seguridad en la Economa e Inseguridad del Trabajo, Madrid, Los Libros de la Catarata, pp. 19-53.

v Todas las cifras estn extradas del informe Resultados AGETT y Tendencia del Mercado Laboral Septiembre de 2008, disponible en http://www.agett.com/servicio/informes/AddendaAGETT_Sep08.pdf Ver tambin http://actualidad.terra.es/articulo/html/av21044963.htm

vi Me centrar sobre todo en Madrid, que es el caso que mejor conozco por haberlo vivido de primera mano, habiendo participado yo mismo de la lucha contra las E.T.T. Por la informacin de la que dispongo no parecen haber motivos para pensar que en otras partes del Estado la experiencia fuera muy distinta.

vii Se extendi adems la apreciacin de que los sindicatos representaban a los trabajadores fijos, los establecidos, los mayores. Los mismos que cerraban el paso a los jvenes en las empresas, cuando no les despreciaban por su posicin sumisa y por interpretar que contribuan a devaluar sus propias condiciones de trabajo. Se reflejaba as socialmente lo que suceda en los centros de trabajo: un enfrentamiento generacional que no es sino una forma de desplazar el conflicto capital-trabajo hacia el conflicto trabajo-trabajo.

viii No puedo detenerme en las causas del fracaso de la lucha por las 35 horas, que son muchas y complejas. Ver al respecto el interesante anlisis de Lorenzo Pea, "35 horas? Un Jarro de Agua Fra" (http://www.eroj.org/lp/35horas.htm) y desde una ptica ms interna el de ngeles Maestro, "La Izquierda y el Programa: Tareas Pendientes" (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=36337). En cualquier caso, en modo alguno insino que la nica causa, siquiera la principal, de la derrota de la campaa fuese su falta de conexin con la lucha contra las E.T.T.

ix Como muestra un botn: Inmaculada R. Pascual (1996), "Un Paso Seguro hacia el Primer Trabajo", en Su Dinero. Semanario de Economa Familiar, Consumo y Empleo de El Mundo, 54, domingo 1 de diciembre, pp. 54-56, http://www.elmundo.es/sudinero/noticias/act-54-6.html

x Ver por ejemplo el nmero 46 del Boletn Jurdico-Sindical de la CGT, dedicado ntegramente a la reforma.

xi Michel Aglietta (1979), Regulacin y Crisis del Capitalismo, Madrid, Siglo XXI (edicin original de 1976); Immanuel Wallerstein (1988), El Capitalismo Histrico, Madrid, Siglo XXI, pp. 36-65 (edicin original de 1983)

xii Armando Fernndez Steinko (2007), "Metafsica Roja y Refundacin de la Izquierda", El Viejo Topo, 238, pp. 29-33  

xiii ngel Martnez (2006), "Aumenta la Cesin Ilegal de Mano de Obra Pese a la Modificacin del Estatuto de los Trabajadores", El Confidencial, jueves 9 de noviembre, http://www.elconfidencial.com/economia/noticia.asp?id=6976&edicion=09/11/2006

xiv Robert Castel (1997), La Metamorfosis de la Cuestin Social. Una Crnica del Salariado, Buenos Aires, Paids (edicin original de 1994)

xv Es cierto que el gobierno conoca los entresijos de la campaa. El Ministerio de Trabajo elabor un dossier completo sobre la lucha contra las E.T.T. que yo mismo pude leer. Me permitirn reservarme la explicacin de cmo lleg a mis manos, pues podra perjudicar a terceros.



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