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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-02-2009

Fuimos nosotros

Carlos Taibo
Rojo y Negro


Nuestros dirigentes polticos repiten incansables que a la ciudadana hay que hablarle de lo que realmente le preocupa. Aunque la recomendacin parece llena de buen sentido, las ms de las veces oculta una obscena invitacin a la ms radical insolidaridad y, con ella, un manifiesto olvido de quienes no disfrutan de nuestra relativa condicin de privilegio. El ejercicio de atontamiento resultante permite, por ejemplo, que la reciente agresin israel en Gaza apenas haya suscitado entre nosotros, en la calle, otra cosa que distantes y fros comentarios, y obliga a concluir que un concepto muy respetable, el que nos habla de conflictos olvidados, chirra por cuanto deja la impresin de que hay conflictos que de verdad nos interesan. Carlos Taibo

En la configuracin de lo que al cabo es un silencio cmplice no falta tampoco la responsabilidad de los medios. Aunque en general estos ltimos han asumido una lectura hostil de lo que Israel hizo las ltimas semanas, lo cierto es que rara vez han puesto toda la carne en el asador. Ya sabemos que la capacidad movilizadora de los medios se circunscribe a los casos en los que estn en juego as ocurri en 2003 cuando los afines al Partido Socialista decidieron contestar la agresin que EE.UU. preparaba en Irak prosaicas disputas entre gobierno y oposicin, con los intereses imaginables.

La propia actitud de algunas de las instancias polticas que al cabo se inclinaron por exhortar, con un sinfn de cautelas, a la movilizacin est cargada de equvocos. El tono cada vez ms duro que el mentado Partido Socialista fue empleando para calificar la despiadada agresin israel en Gaza apenas acertaba a ocultar que el gobierno sustentado por esa fuerza poltica no tuvo el coraje de llamar a consultas al embajador en Tel Aviv, nada hizo para cancelar el trato comercial de privilegio con que la UE obsequia al Estado sionista y no dej de alentar, por cierto, la venta de armas a este ltimo.

Si todo lo anterior se convierte en explicacin razonable de por qu, pese al dramatismo de la situacin, fueron tan pocos los que, entre nosotros, protestaron por lo que sucede en Gaza, algo nos hace saber sobre nuestras actitudes ante los conflictos. Muchas veces he sealado que la atencin que dispensamos a stos mengua cuanto ms hacia el este y ms hacia el sur se desarrollan. Tiene uno derecho a adelantar que por detrs de la ley enunciada despunta un cdigo etnocntrico que nos aconseja mostrar una mayor compasin hacia las vctimas de los conflictos cuando entendemos que vase el ejemplo de Bosnia aqullas son gentes que se asemejan, mal que bien, a nosotros, y que, en cambio, tendemos a desentendernos de las guerras cuando sus protagonistas, vctimas o agresores, nos pillan Chechenia o los Grandes Lagos muy lejos.

Rescato lo anterior porque lo que a la minora resistente le subleva en el conflicto palestino-israel no es la condicin, prxima o lejana, de las vctimas, sino, antes bien, la naturaleza, apenas oculta, del agresor israel. Y es que sobran las razones para afirmar que somos nosotros mismos, nuestra rutilante civilizacin, sus intereses y su tecnologa, los protagonistas de lo que en los hechos es libermonos de represoras cautelas verbales un genocidio sobre un pueblo, el palestino, expulsado de su pas, arrinconado durante decenios en genuinos ghettos y condenado a depender de otros en lo que hace al reconocimiento de sus derechos ms elementales.

Aos atrs recib junto con otros muchos que habamos suscrito un manifiesto en el que se peda la ruptura de relaciones con las universidades israeles que no hubiesen asumido una contestacin cristalina de la ensima represin padecida por el pueblo palestino un correo electrnico en el que se glosaban las aportaciones que, en forma de un sinfn de premios Nobel, haban realizado los judos y se comparaban con la liviandad de las que correspondan, en cambio, al mundo rabe. El mensaje arrastraba dos vicios aterradores. Si el primero conduca a confundir a un pueblo por muchos conceptos admirable, el judo, con la ignominia que ha resultado ser el Estado de Israel y a olvidar que hay muchos judos no sionistas, el segundo era acaso ms grave: el texto en cuestin daba alas al discurso del colonialismo ms burdo, de siempre empeado en ponderar nuestra racial superioridad sobre los pueblos primitivos y en olvidar en qu grandsima medida nuestra condicin de privilegio nace del expolio de los recursos, humanos como materiales, de esos pueblos. Quien justifica, en suma, el genocidio palestino sobre la base de la supuesta superioridad cultural y cabe suponer que moral del ocupante que lo asesta da cuenta de manera fehaciente de su miseria en todos los rdenes.

Nuestro silencio cmplice ante lo ocurrido en Gaza acarrea, con todo, una dimensin ms. Hace unos meses un colega palestino tuvo a bien recordar que en el caso que hoy nos ocupa las vctimas del genocidio ni siquiera pueden ampararse en el pblico y planetario desconocimiento de lo que ocurre. Algn da alguien deber preguntarnos, con un punto de ingenuidad, por qu callamos. Y alguien tendr que responder, de forma escueta, que Israel es punta de lanza principal de nuestros impresentables designios de dominacin y expolio en la regin ms caliente del planeta.



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