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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-03-2009

Consuma!

Emiliano Bertoglio
Rebelin


Como contrapartida a la incipiente recesin que afecta a buena parte del mundo, se le ha sacado el polvo a una palabra que hace un tiempo no se oa: reactivacin. Dirigentes, analistas y empresarios parecen mancomunar esfuerzos para conjurar el fenmeno de quiebre que termina por revelarse secular. Contra toda promesa de los idelogos histricos de la libertad de mercado, que auguraban crecimiento sin sobresaltos a la par que ilimitado (hasta se habl de el fin de la historia), la cada de los nmeros vuelve a marcar el pulso de la economa[2].

Para ser francos, en Latinoamrica y otras regiones eternamente pendientes de que algo se derrame, la expresin es ms recurrente que en Estados Unidos o en los pases fuertes de Europa y Asia, quienes en las ltimas dcadas parecan estar bendecidos con una suerte de man del crecimiento constante y de la estabilidad.

Entonces aparece esa otra palabrita, presentada como estrategia poltica frente a la situacin de estancamiento o de franco retroceso de la economa: fomentar el consumo.

La menciona Barack Obama en EE. UU., se la oye en Europa, hasta la trae a colacin la presidenta de Argentina, un pas casi ignoto para las ciudadanas de las potencias mundiales. En mbitos acadmicos y medios de comunicacin, la proponen o la repiten politlogos y economistas, a veces denominados progresistas.

Todo un signo de la poca por la que atraviesa la humanidad: las regresiones o los crecimientos son medidos en los pases del primer mundo aunque incluso en las naciones perifricas- a partir del parmetro de los niveles de consumo.

No obstante, es necesario reparar en las diferencias entre el consumo de los que tienen (muchas veces, consumismo), y el de los que no poseen (casi un no consumo).

Con seguridad hoy hay ms gente en el mundo que no puede acceder a lo necesario para subsistir. Pero este aspecto de la economa internacional tiene un antecedente casi inmemorial, y nunca se habl de permitir el insumo a los desposedos. Mucho menos, de crisis planetaria, como ahora. Resulta extrao?

Detenerse a pensar en por qu aparece ahora el fomento a las prcticas de compra a manos de ciertos sectores (la consigna no es para todos), no se puede disociar del cuestionamiento a los objetivos polticos inherentes a ello.

Lo que a escala global los gobiernos pretenden evitar de la crisis parece ser la afeccin a los intereses de un grupo minoritario respecto de los siete mil millones de habitantes del planeta, pero que es poderoso en cuanto representa el feliz producto y el principal aliado y sostn ideolgico del sistema de produccin moderno occidental.

Porque es claro que los ciudadanos que ms se incomodan ante este escenario poco prometedor y a quienes se pretende complacer rpidamente desde aquellas esferas gubernamentales- difcilmente piensen en situaciones de hambre, propias o ajenas (al menos, por el momento). Ni siquiera de hambre como sensacin pasajera, de momento. Lgicamente, menos de hambre como condicin de existencia.

En los pases desarrollados, se habla de los problemas para quienes estn ligados a hipotecas, o de las afecciones a la industria automotriz[3]. Aun en naciones menos ricas, lo que se debe garantizar a un conjunto son condiciones para la bsqueda de posesiones materiales[4].

En definitiva, los pases poderosos son quienes establecen qu debe entenderse por crisis, y qu debe ser ignorado.

Desde 2007, a mayo de 2008, frente a los incrementos en los precios de la alimentacin, se registraron protestas en ms de 37 pases (Mxico, Indonesia, Filipinas, Hait, Pakistn, Senegal, Costa de Marfil, y otros). Aproximadamente en el mismo perodo, los vveres aumentaron su valor de mercado de manera significativa (lcteos, 80 %; soja, 85 %; trigo, 130 %). Se estima que cada vez que los alimentos de base suben el 1 % de su cotizacin, 16 millones de personas caen en la inseguridad alimentaria[5].

Estas situaciones reales no fueron catalogadas o consideradas como dificultosas. Ni siquiera fueron mentadas u observadas. El colapso de la economa financiera en los centros del mercado capitalista, en cambio, puso a todos en estado de alarma.

Cmo entender que se llame crisis a la cada de una hipoteca, o de valores en definitiva ficticios, y no a la extensin cada vez ms generalizada del hambre? Ser que lo que est en juego hoy es la legitimidad del sistema? Se revelarn insatisfechas, incompletas, vacas, las legiones de consumidores que ahora no pueden materializar su proyecto de vida, construido sobre el placer y la satisfaccin que generan el acto de poseer y de insumir, aunque sea fugazmente?

El rgimen que equipara consumo individual y superficial con modelo de felicidad, es un sistema perverso que despolitiza y disciplina socialmente. Como tal, hay que sostenerlo: proteja sus bienes, piense en su seguridad, invierta en su futuro. Lo colectivo, sigue ausentado.

Pero adems de lo anterior, es necesario formular otra pregunta no menos importante: de qu tipo de consumo se habla? De un consumo racional, no destructivo y amable con el medio ambiente? O se insiste con la variante moderno occidental de seguir utilizando discrecionalmente los recursos del entorno, sin medir las consecuencias de ello?

Adems de la inercia a perseverar en el error, algo que parece inherente a la condicin humana de esta etapa socio histrica, hay otros motivos para creer que es la segunda alternativa aquella por la cual se est apostando.

Inyecciones a la industria del automvil, incentivos a la construccin destructiva, estmulos a un modelo de consumo opulento Es por ahora lo que se les ocurre a los Estados en su retorno a los papeles importantes, tras el retiro o la aparente desaparicin de ellos en los ltimos aos.

Inquieta ensayar respuesta imaginar hipotticos escenarios- en torno a lo que ocurrira si se generalizaran al resto del globo los niveles de consumo de algunos pases.

El ecologista Lester Brown asegura que Cuando los chinos consuman tanta carne como los estadounidenses, absorbern el 50 % de los cereales del mundo[6]. China, se sabe, representa aproximadamente el 15 % de la poblacin planetaria

Claro que el problema en s mismo no es la emergencia del gigante asitico (no se trata de evitar que en oriente se sigan occidentalizando los parmetros de consumo).

Dicho de manera ms contundente: el actual modelo de derroche de materias primas resulta insostenible para el comn de la humanidad. Tal como comprob Harlem Bruntland, si toda la poblacin mundial consumiera en los mismos niveles en que lo hacen los habitantes de los pases desarrollados del norte, se necesitaran diez planetas tierra para satisfacer el total de las necesidades[7].

Sera, sin lugar a dudas, acelerar los tiempos del suicidio colectivo.

Cmo hablar de crisis cuando se afectan los intereses ms mezquinos de un sector, insignificante punto en las dimensiones del tiempo y del espacio, y no cundo no hay reparos en seguir asesinando insaciablemente el entorno del cual pende la supervivencia misma de la humanidad?

Es el consumo una mquina de transformar la naturaleza en cosas superfluas. Un aparato que ante la situacin actual se hace necesario despertar otra vez, para que los ciudadanos se sientan libres y dichosos.

Lo grave tal vez no sea la erosin de las condiciones de vida del planeta, llevarlo a sus lmites ltimos. Sino, permanecer indiferentes ante esto...

Modificar el sistema de produccin, torcer de manera copernicana la cultura del consumismo, aplacar los niveles irrisorios de derroche, estos son los nicos sentidos que palabras como progreso o crecimiento debieran admitir a esta altura de la Historia.

As las cosas, o no maana.

NOTAS

[1] Por Emiliano Bertoglio, Lic. en Ciencias de la Comunicacin. Ro Cuarto (Crdoba). Febrero Marzo, 2009.

[2] El colapso de numerosas entidades ligadas al capital financiero termin por desestimar otro de los mitos de la economa de mercado: la necesaria ausencia del Estado, que ahora (re)aparece para socorrer a numerosas compaas en estado de quiebra.

[3] La produccin de automviles es todo un smbolo del American way of life promovido desde Norteamrica y adoptado por las lites y clases medias de tantas otras regiones. Paralelamente, se la podra considerar como la ms destructiva de todos los tiempos. En los pases industrializados o emergentes, los altibajos en las ganancias de las empresas automotrices con frecuencia son equiparados a la buenaventura o la desgracia en la calidad de vida de sus ciudadanas.

[4] Represe en un caso como el de Argentina, en donde meses atrs la presidenta Cristina Fernndez lanz un plan canje de lavarropas y heladeras. El anuncio, por momentos ray lo rimbombante. Esta es la estrategia local para afrontar, para desafiar, la crisis mundial. La finalidad: generar trabajo, y consumo. Lejos de ser una medida seria, mucho menos una propuesta de corte estadista, la iniciativa parece estar mucho ms cerca de una finalidad netamente pragmtica: generar sensaciones ilusorias y momentneas, de trabajo y de consumo.

[5] Contradictoriamente, nunca en la historia la produccin de bienes para la subsistencia haba sido tan grande como en la actualidad. El aumento generalizado de precios responde a varias causas: el crecimiento de los niveles de la calidad de vida en naciones como India, China y Brasil; la fabricacin de agrocombustibles con una parte de la produccin alimentaria; la subida del costo del petrleo que alimenta el transporte de materias, primas y procesadas; la especulacin financiera, que se desplaza de otras esferas (por ejemplo, la construccin) hacia la de la alimentacin. La crisis del siglo, de Ignacio Ramonet. 2008. Ed. Capital Intelectual.

[6] Citado en La crisis del siglo, de Ignacio Ramonet. 2008. Ed. Capital Intelectual. p. 18.

[7] selo y trelo. El mundo del fin del milenio visto desde una ecologa Latinoamericana. Galeano, Eduardo. 1994. Ed. Planeta. Buenos Aires.


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