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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-03-2009

La crisis capitalista, apenas un comienzo

Daniel Bensaid
Sin Permiso


El capitalismo? Es comprensible que la gente no crea ms en l, confiesa Tony Blair en persona (1). Cuando se deja de creer en lo increble, una crisis de legitimidad, ideolgica y moral, se suma a la crisis social, y acaba por estremecer el orden poltico. La crisis actual no es una crisis ms, equiparable a la de los mercados asiticos o a la de la burbuja de Internet.

Una crisis de fe

Se trata, en realidad, de una crisis histrica econmica, social, ecolgica- de la ley del valor, una crisis de medicin y de desmesura. La medicin de todo a travs del tiempo de trabajo abstracto ha pasado a ser, como anunciaba Marx en los Manuscritos de 1857, una forma miserable de medir las relaciones sociales. Las crisis econmica y planetaria tienen un punto en comn, constata Nicholas Stern, autor en 2006 de un informe sobre la economa del cambio climtico. Ambas son consecuencia de un sistema que no considera los riesgos que su funcionamiento genera, que no tiene en cuenta el hecho de que puede conducir a una destruccin superior al beneficio inmediato que procura y que subestima la interdependencia entre los actores (2). La lgica de la carrera por las ganancias, por el beneficio inmediato es, en efecto, una lgica cortoplacista. Y la competencia no falseada, por su parte, es ciega a la interdependencia sistemtica.

Un nuevo Bretton Woods? Un sistema de gobierno mundial? El problema es que la Unin europea ni siquiera ha sido capaz de crear una agencia de control de los mercados financieros a escala continental, o de promover una definicin comn de parasos fiscales!. Desde octubre de 2008, Laurence Parisot se ha encargado de dejar claro que el Estado debe desempear su papel en el socorro de las finanzas, pero que debe retirarse cuando los negocios recuperen su curso lucrativo. Dicho de manera ms directa: que debe socializar las prdidas para luego reprivatizar los beneficios. Tras haber admitido que el Estado es el nico capaz, de manera inmediata, de salvar la economa y los bancos, Jean-Marie Messier, resucitado del purgatorio, no olvida apostillar que el paraguas deber cerrarse una vez que la tormenta haya pasado. El Estado no debera, as, ser ms que un pasajero en medio de la lluvia (3).

El plan de relanzamiento gubernamental descarga el coste de la crisis sobre los trabajadores y los contribuyentes. Tras el congreso de Reims, Martine Aubry pretenda descubrir que resulta inoperante atacar a los que han utilizado el sistema sin atacar al sistema mismo (4). Sin embargo, el Partido socialista se contenta con ofrecer un contra-plan equilibrado de medidas supuestamente sociales pero no en ningn caso radicales, en el sentido de que supongan una nueva redistribucin de riquezas en beneficio del trabajo. Nada se dice sobre la nacionalizacin del sistema bancario y la creacin de un servicio pblico en materia de crdito, nada sobre una reforma fiscal radical, nada sobre la necesidad de reorientar la construccin europea. Atacar el sistema mismo, sera atacar el poder absoluto del mercado, la propiedad privada de los grandes medios de produccin e intercambio, la competencia de todos contra todos. Hasta el liberal Nicolas Baverez define a la banca como un bien pblico de la mundializacin: por sus caractersticas, tiene la naturaleza de un bien pblico (5). Sera de esperar, en realidad, que conforme a esta naturaleza, este bien pblico fuera sometido a gestin pblica bajo control pblico. Para Baverez, por el contrario, el Estado debera asegurar a los bancos una inmunidad ilimitada por sus prdidas y asumir los riesgos ligados a su ganancias.

Atacar el corazn del sistema supondra dotarse de un blindaje social que proteja a los trabajadores de las consecuencias de la crisis. Para ello, habra que romper los grilletes de los criterios de Maastricht y del Pacto de Estabilidad, restablecer los controles polticos sobre el Banco central europeo, derogar el Tratado de Lisboa, reorientar de manera radical la construccin europea, comenzando por la armonizacin social y fiscal, e iniciar una proceso constituyente de verdad. Como mnimo, hara falta exigir la derogacin del artculo 56 del Tratado de Lisboa que prohbe toda restriccin a los movimientos de capital financiero, as como de la libertad de establecimiento recogida en el artculo 48, una libertad que permite al capital desplazarse all donde las condiciones le sean ms favorables y a las instituciones financieras encontrar asilo donde les plazca.

Una crisis que durar tiempo

Porque se trata de una crisis sistmica que anuncia el fin de un modo de acumulacin, las medidas de relanzamiento coyuntural tendrn un efecto limitado. Una salida a la crisis que conduzca a la emergencia de un nuevo orden productivo y de un nuevo rgimen de acumulacin no depende slo de la economa. Exige una nueva correlacin de fuerzas, nuevas relaciones geopolticas, nuevos dispositivos institucionales y jurdicos.

Si la crisis de 1929 fue la de la emergencia estadounidense, qu emergencia prefigura la crisis actual? la china? la de una de una organizacin multipolar de espacios continentales? La de un sistema de gobierno mundial?

Al tiempo que se invocan la necesidad de un nuevo orden monetario mundial y respuestas globales, el propio Giscard dEstaing reconoce que la gestin econmica de la crisis se ha vuelto, en Europa, ms nacional durante la crisis que antes de su estallido, y que los instrumentos de intervencin son esencialmente nacionales (6). La crisis agudiza, en efecto, las diferencias nacionales y libera tendencias centrfugas. En nombre de una necesaria correspondencia entre los espacios econmicos y sociales, Emmanuel Todd oficia de paladn de un proteccionismo europeo (7) que cree las condiciones para la recuperacin de los salarios y una oferta que genere su propia demanda. La cuestin no es doctrinaria o de principios. Proteger? S, pero quin, contra quin y cmo? Si Europa comenzara por adoptar criterios sociales de convergencia en materia de empleo, ingreso, proteccin social, derecho laboral, y armonizacin fiscal, podra, legtimamente, adoptar medidas de proteccin, no ya de los intereses egostas de sus industriales y financieros, sino de los derechos y conquistas sociales. Podra hacerlo de manera selectiva y puntual, adoptando como contrapartida acuerdos de desarrollo solidario con los pases del Sur en materia migratoria, de cooperacin tcnica, de comercio equitativo, sin ceder a un proteccionismo de ricos cuyo efecto principal fuera diseminar los estragos de la crisis entre los pases ms pobres.

Imaginar que una medida de proteccin aduanera entraara de forma mecnica una mejora en las condiciones sociales europeas, como si pudiera resultar tcnicamente neutra en el contexto de una lucha de clases exacerbada por la crisis, es de una enorme ingenuidad. Los trabajadores resultaran afectados por las trabas burocrticas y fronterizas sin obtener las ventajas sociales respectivas. Un proteccionismo de esta ndole no resistira mucho tiempo en razn de su impopularidad, o no tardara en derivar hacia una preferencia nacional (o europea) de tipo chauvinista.

Refundar el capitalismo o combatirlo

Todos los gobernantes, de ayer y de hoy, de derecha y de izquierda, han acabado por denunciar la locura sistemtica de los mercados. Sin embargo, su desregulacin no ha sido el producto de la famosa mano invisible, sino de decisiones polticas y de medidas legislativas concretas. Fue a partir de 1985, cuando era ministro de finanzas el socialista Pierre Brgovoy, cuando se concibi la gran desregulacin de los mercados financieros y burstiles en Francia. Fue un gobierno socialista el que, en 1989, liberaliz los movimientos de capital anticipndose a una decisin europea. Fue el gobierno de Jospin el que, al privatizar ms que los gobiernos Balladur y Jupp juntos, sent las bases para que el capitalismo francs pudiera acoger fondos de inversiones especulativos. Fue un ministro de finanzas socialista, Dominique Strauss-Khan, quien propuso una fuerte desfiscalizacin de las clebres stock-options, y fue otro ministro socialista, Laurent Fabius, quien la puso en prctica. Fue un Consejo europeo con mayora social-demcrata el que decidi en 2002, en Barcelona, liberalizar el mercado de la energa y el conjunto de servicios pblicos, aumentar en cinco aos la edad de la jubilacin y sostener los fondos de pensin. Fue la mayora del Partido socialista la que aprob la sacralizacin de la competencia grabada en el proyecto de Tratado constitucional europeo de 2005. Fue su voto, una vez ms, el que permiti la adopcin del Tratado de Lisboa, confirmando as la lgica liberal de la construccin europea.

Para los salvadores del Titanic capitalista, la tarea se anuncia ruda Un nuevo New Deal? Un retorno al Estado social? Sera olvidar muy pronto que la desregulacin liberal no fue un capricho doctrinario de Thatcher o de Reagan. Fue la respuesta a la baja de las tasas de beneficio provocadas por las conquistas sociales de la posguerra. Despus de 1973, la incapacidad de las polticas keynesianas para relanzar la actividad productiva deja el campo abierto a una sorprendente contra-revolucin conservadora, recuerda Robert Boyer (8). Volver al punto de partida sera reencontrarse con las mismas contradicciones. Como comenta irnicamente Jean-Marie Harribey: regular sin transformar no es regular.

Tras la crisis de 1929, para redistribuir las cartas de la riqueza y del poder y para anunciar una nueva onda expansiva, hizo falta nada menos que una guerra mundial. La puesta en marcha de un nuevo modo de acumulacin y el eventual impulso de una nueva onda larga de crecimiento comportaron el surgimiento de nuevas jerarquas planetarias de dominacin, un reacomodamiento de naciones y continentes, nuevas condiciones para la valorizacin del capital, una transicin del sistema energtico. Semejante trajn no puede resolverse a travs de la amabilidad diplomtica, en las alfombras verdes de las cancilleras, sino en el cambo de batalla, mediante luchas sociales. La crisis, como bien escribi Marx, supone el establecimiento por la fuerza de la unidad entre momentos [produccin y consumo] impulsados de forma autnoma.

En realidad, no es ms que un comienzo

La crisis financiera machacaba Nicols Sarkozy en su discurso de Toulon- no es la crisis del capitalismo. Es la crisis de un sistema alejado de los valores fundamentales del capitalismo a los que, en cierto modo, ha traicionado. Quiero decrselo claro a los franceses: el anticapitalismo no ofrece ninguna solucin a la crisis actual. El mensaje es claro: el enemigo no es el capitalismo sino el anticapitalismo.

El presidente volvi sobre la cuestin al hilo de su intervencin en el coloquio sobre la refundacin del capitalismo organizada a iniciativa suya el 8 de enero de 2009 por la Secretara de Estado: La crisis del capitalismo financiero no supone la del capitalismo como tal. No es un llamamiento a su destruccin, lo que sera una catstrofe, sino a su moralizacin. Sus palabras recibieron el vigoroso espaldarazo de Michel Rocard: Debemos comenzar por ah: nuestro propsito es salvar el capitalismo. Estas declaraciones de guerra social trazan una lnea fuerte entre dos campos. Es preciso elegir: o discutir con los poseedores como refundar, reinventar, moralizar el capitalismo, o luchar con los explotados y desposedos para derrocarlo.

Nadie podra predecir cmo sern las revoluciones futuras. Lo nico que tenemos es un hilo conductor. Se trata de dos lgicas de clase que se enfrentan. La del beneficio a cualquier precio, el clculo egosta, la propiedad privada, la desigualdad, la competencia de todos contra todos, y la del servicio pblico, los bienes comunes de la humanidad, la apropiacin social, la igualdad y la solidaridad.


Notas:

(1) Le Journal du Dimanche, 14 de diciembre de 2008. (2) Le Monde, 15 de diciembre de 2008. (3)La Tribune, 15 de enero de 2009. (4) Journal du Dimanche, 5 de octubre de 2008. (5)Le Monde, 26 de noviembre de 2008. (6) Le Monde, 13 de enero de 2008. (7) Emmanuel Todd, Aprs la dmocratie, Pars, Gallimard, 2008. (8) Libration, 29 de diciembre de 2008.

Traduccin para www.sinpermiso.info de Gerardo Pisarello



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