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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-03-2009

Novedad editorial
Presentacin de "Crnicas del 6"

Javier Ortiz
Rebelin

Texto ledo durante la presentacin de "Crnicas del 6 y otros trapos sucios de la cloaca policial", en la librera libertaria La Malatesta (18 de febrero de 2009)


Hace unos cuantos das, Luis Herrero ex periodista derechista muy militante, y ahora eurodiputado no menos militante del PP fue expulsado de Venezuela acusado de estar incumpliendo sus obligaciones como observador internacional en el referndum convocado por Hugo Chvez. An a sabiendas de que un observador internacional tiene como primer y mximo deber ser exactamente eso, observador, y no meter baza dando y quitando razones sobre el acontecimiento que supervisa, no es mi intencin meterme hoy en disquisiciones sobre el grado de astucia o de tosquedad poltica de la decisin del gobierno chavista de expulsarlo del pas. A los efectos de este acto de hoy, llamo la atencin slo sobre un punto: Luis Herrero se permiti acusar a Chvez de dictador. Y eso me hizo gracia, porque Luis Herrero (o, para ser ms exacto, Luis Herrero-Tejedor) es hijo de Fernando Herrero-Tejedor, un personaje que, amn de fiscal en pocas tenebrosas, fue tambin secretario general del Movimiento, esto es, mximo jefe del partido nico que sustent el rgimen de Franco y que le sirvi de brazo poltico y represor. De modo que, cuando perora sobre dictadores este Luis Herrero de ahora, un individuo que jams ha renegado del pasado de su padre, qu lo hace: como crtica o como lisonja?

David Fernndez, en este Crnica del 6 y otros trapos sucios de la cloaca policial, hace referencia a la ascendencia de Julia Garca Valdecasas y a la trayectoria fascista de su padre, oprobio que fue de la Universidad de Barcelona. Doa Julia, recientemente fallecida, fue digna sucesora de su progenitor: hered su alma represora.

El pasado domingo, en una tertulia radiofnica, seal esa circunstancia y hubo quien me lo reproch: Hombre, uno no es responsable de sus antecesores, me dijo. No lo es, desde luego, salvo que los asuma y les d continuidad.

Soy muy consciente de ello, porque mi abuelo paterno, polica de pro, fue (aparte de gobernador civil en varias capitales y jefe del servicio de seguridad de Alfonso XIII) uno de los fundadores de la Escuela Superior de Polica, puesto desde el que aleccion a gente tan caracterizada como Melitn Manzanas.

La diferencia est ah: tanto Julia Garca Valdecasas como Luis Herrero se han declarado orgullosos de sus ancestros fascistas. En mi caso, jams he ocultado que tengo clarsimo que mi abuelo fue una mala persona, un mal bicho, maestro de torturadores. Aspecto ste que quiz explique mi fijacin por la lucha contra la tortura, de la que yo mismo he sido vctima. Todo lo cual seguramente explica que hoy est aqu, ayudando a presentar este libro.

El libro de David Fernndez es una joya.

En primer lugar, por la informacin que proporciona. Admito que, pese a mi inters por la informacin poltica en general y por los excesos policiales, en particular, desconoca muchas de las historias de las que David da cumplida razn, empezando por la existencia de ese grupo 6 de la polica en Catalua, especializado en provocaciones y malos tratos. Para quienes no os dediquis profesionalmente a estos asuntos y no los tengis todo el da bajo vuestro punto de mira, la lectura de este libro puede ser un autntico aldabonazo. Porque muchos hemos aportado el testimonio de historias estremecedoras de lo sucedido durante el franquismo, pero lo que se cuenta aqu forma parte de las cloacas de la llamada democracia: con Surez, con Calvo-Sotelo (tuvo poco tiempo, pero no lo malgast), con Gonzlez, con Aznar y tambin, desde luego, no os quepa la menor duda, con Rodrguez Zapatero. Porque a los presidentes les pasa como a los hombres: que son todos iguales.

El segundo gran mrito de este libro es su tcnica narrativa: va soltando sus misiles en forma de perdigonadas, breves, lanzadas en muy diversas direcciones, pero igual de demoledoras. Al final, es como el disparo de una escopeta de caones recortados. Lo alcanza todo. O, por decirlo de modo menos truculento: es como un cuadro puntillista, que logra un retrato fiel de la realidad a base de una enorme cantidad de trazos aparentemente aislados.

Tercer mrito, y no el menor: su valenta. No slo llama a cada cosa por su nombre, sino tambin a cada quien por su nombre. No tira ninguna piedra para esconder luego la mano. Si lanza una acusacin contra alguien, lo seala con el dedo. Y dice por qu.

Cuarto mrito: nos demuestra de manera pormenorizada que el terrorismo de Estado no es slo, como a veces se piensa, una aberracin que montan altos servicios secretos para cometer crmenes muy especiales contra personas tenidas (con razn o sin ella) por peligrosos enemigos del orden constituido, sino que es tambin una actividad sistemtica y rutinaria, destinada a amedrentar a toda la poblacin potencialmente rebelde y a servir de vlvula de escape a las ansias de prepotencia de unas fuerzas represoras entrenadas para serlo.

Ante este libro soy incapaz de mostrarme neutral, porque me pilla muy de dentro. Me coge por las entraas. No slo por la ingente cantidad de brutalidades y arbitrariedades policiales que relata, sino por el teln de fondo de pasotismo que revela. Es demasiada la gente que quiere que la Polica (la que sea: todas las policas) se las arregle para que la vida no le importune todava ms, sea como sea y a costa de lo que sea.

David pone algunos ejemplos muy ilustrativos. Yo he recordado, leyndolo, una secuencia de La Batalla de Argel, la estremecedora y en tantos sentidos inquietante pelcula de Gillo Pontecorvo, en la que el coronel Mathieu, cabeza de la represin contra el Frente de Liberacin Nacional argelino, pregunta, cuando se le pide que hable de los mtodos represivos que utilizan las fuerzas armadas francesas, qu es lo que quiere la mayora, si que le resuelvan los problemas o si discutir sobre cmo se los resuelven. En la Espaa actual, e incluso en la Catalua actual, y tambin en la Euskadi actual, hay demasiada gente que no quiere discutir sobre mtodos. Lo que quiere es que les quiten los conflictos (y a los conflictivos) de encima. Y si es por las buenas, bueno, y si es por las malas, pues se mira para otro lado, y ya est. No podra haber una cspide estatal tan perversa si no hubiera una base social tan degradada.

Todos los terrorismos de Estado son, en realidad, el mismo terrorismo. David Fernndez cita casos de los ms diversos gneros. Tambin podra hacerlo mucha otra gente. Hace escasos das, alguien descerraj con habilidad la puerta del piso de un periodista amigo mo que est haciendo un trabajo de investigacin que afecta a altos cargos de la Comunidad de Madrid. Quienes entraron en su casa registraron sus papeles e inspeccionaron su ordenador. No lo mataron, ni le conectaron electrodos en los testculos: es otra variante del multifactico terrorismo de Estado. Terrorismo de Estado de baja intensidad, podra llamarse.

Yo tengo una casa en Alicante muy cerca de donde un cazador dominguero encontr en 1985 los cadveres de Lasa y Zabala, presuntos miembros de ETA que fueron enterrados en cal viva. El Mundo sac la noticia. Eran otros tiempos y por entonces yo era subdirector de ese peridico. Poco despus del macabro hallazgo, me encontr con que alguien haba entrado en mi casa de la campia alicantina y se haba dedicado a hurgar todos mis papeles. Quienes fueran hicieron un trabajo limpio: incluso barrieron cuidadosamente los restos del ventanal que rompieron para entrar. Toda la papelera estaba revuelta, pero no robaron nada, y menos de valor (ni siquiera policial, porque yo no tena nada que ver con la investigacin periodstica del caso).

Son casos de terrorismo de Estado de baja intensidad. Pero estos dos que he citado por lo menos tienen algo que ver con lo que podran considerarse cuestiones de Estado. Hay muchsimas ms que se refieren a asuntos en los que ni el Estado, ni el Gobierno, ni la respectiva Comunidad Autnoma se juega nada de mayor trascendencia, salvo la fijacin del sacrosanto principio de autoridad: aqu mando yo, la Ley soy yo, se hace lo que yo diga y al que lo ponga en duda le parto la cara. Y no hace falta que lo ordene ningn general: basta con que sea un sargento o un cabo.

En la poca en la que Julia Garca-Valdecasas estuvo al frente de las fuerzas represivas en Catalua, se produjeron del orden de 700 detenciones relacionadas con actos de motivacin poltica y social. Segn clculos presentados en Barcelona en un seminario que se realiz en 2005, en la dcada anterior la cifra de detenidos fue de 2.000 personas, en nmeros redondos.

Excuso decir que muy pocas de esas detenciones se han traducido en sentencias judiciales condenatorias. En caso contrario, Catalua tendra ms presos polticos que Euskadi.

Pero, a fin de cuentas, qu es un preso poltico, o un preso social? Lo que est en cuestin no es lo que ha hecho o dejado de hacer el uno o el otro, sino la lgica aplastante que se les aplica a todos. Leo en el libro de David un par de apuntes. El primero se llama Economa de mercado y dice:

Condena de 600 euros a un polica espaol por matar a un joven que hua con un coche robado. Condena de 240 euros a una inmobiliaria por dos meses de mobbing (sin agua ni luz) en la calle Verdi de Gracia.

25 euros de multa a un concejal de la Plataforma per Catalunya por Intentar quemar una mezquIta.

El que la hace la paga?

20.000 euros por quemar un cajero automtico. Y 18 aos de crcel. La mitad para el asesino del joven militante antirracista Guillem Agull.

En el mundo del capitalismo maduro son ms importantes las cosas que las personas. Y si la cosa es un cajero automtico, preprate.

La economa antirrepresiva. Tirando bajo, a nosotros nos sale que entre procuradores, fianzas, abogado y procesos dilatados, la broma no ha bajado de 600.000 euros. 100 millones de pesetas.

Y David escribe a continuacin, bajo el ttulo Regla de tres:

Somos un pas pequeo. Y por eso proyectamos la represin al Estado. Y hacemos nmeros, prospecciones. Si los niveles de conflicto social y represin hubieran sido los mismos en todo el Estado espaol en este ciclo de luchas, qu radiografa obtendramos? Es ucrnico y utpico, pero estas seran las cuentas: 16.000 detenciones entre 1995 y 2005. 420 agentes dedicados nicamente a los movimientos sociales. 160 encarcelamientos. 40 presos. 8 suicidios. 56 infiltrados descubiertos.

Es otra manera de visualizar y proyectar una etapa. Y las conclusiones son bastante frtiles. Por elocuentes. No tiene toda la pinta de una moderna guerra de baja intensidad contra la disidencia poltica y social?

Hasta aqu la cita. Y la subrayo con mi respuesta: por supuesto que es una guerra contra la disidencia, pero su intensidad es ms baja o ms alta, en unos u otros periodos de la Historia, segn sea la intensidad de la propia disidencia. Ellos estn siempre dispuestos a todo. Todo depende de lo peligrosos que se muestren los que tienen enfrente.

Voy terminando. Pero no quisiera hacerlo sin referirme a uno de los asuntos que cita David cuando se refiere a la recurrente tendencia de los poderes constituidos a la utilizacin de agentes provocadores y de infiltrados. l habla de un individuo al que llama ngel Grandes Herreros, un polica que se hizo pasar primero por okupa y antimilitarista, que luego se las dio de solidario con Chiapas y viaj un par de veces a Mxico, que pas ms tarde por Euskadi y se mezcl con la kale borroka y se vino finalmente a Madrid, donde se le perdi el rastro de manera bastante enigmtica despus de que su novia muriera de un tiro de bala. Mi mujer suele decir que el mundo es un pauelo de mocos verdes, y eso me hizo recordar que una compaera suya de colegio, Maika Prez, muri de un tiro que sali de la pistola de su novio, polica, que haba estado en Barcelona, que viaj un par de veces a Mxico, que luego pas por Euskadi y que acab en Madrid. El individuo, de nombre de pila ngel, aunque con apellidos distintos, fue llamado a declarar ante el juez, pero se cuenta que lo que declar es que saba demasiadas cosas sobre la lucha antiterrorista y que, si empezaba a largar, poda resultar bastante comprometido para muchos peces gordos.

Lo nico indiscutible es que la causa por la muerte de Maika Prez duerme el sueo de los injustos.

Felipe Gonzlez dijo en cierta ocasin, con el teln de fondo de los GAL, que al Estado tambin se le defiende desde las cloacas. Mi criterio, reforzado por el libro de David Fernndez, es que al Estado se le defiende sobre todo desde las cloacas.



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