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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-03-2009

Plano o descripcin de ciudad

Jnatham F. Moriche
Rebelin


Para Santiago Caldern, antiguo conciudadano -aunque ello deba ahora concederse al olvido.

What sacrifice, at what price can the city be born? [A qu precio, a costa de qu sacrificio, puede nacer la ciudad?]

James D. Morrison, The lords, X

(i) La ciudad es extensin, posibilidad -de cada uno de nosotros. La ciudad es balance, hecho y smbolo consumado -de todos nosotros. La ciudad representa el cuerpo, la piel, los rasgos reconocibles de la esfinge ms silenciosa: la Historia. Habitamos la ciudad, y a travs de ella, de sus pautas, nos insertamos en la Historia. La Historia nos entiende slo como partculas de la ciudad: nicamente a travs de ella podemos hacerle llegar nuestros deseos, nuestras esperanzas o nuestro desesperar. Sabemos ya, pues, a quin hemos de dirigir nuestra pregunta: a la ciudad que habitamos. Qu puede decirnos ese espacio de la amplitud o estrechez de lo posible, del estancamiento o el progreso de las formas. Quines somos para haber levantado precisamente esta, entre las mltiples ciudades posibles.

La cuestin es: qu relacin se establece entre la ciudad y nuestra libertad? Pues la ciudad, hecha de una sola materia, se desliza y decanta entre dos formas: la forma de la libertad y la forma de la esclavitud.

Hay, ante nosotros, al plantear esta demanda de saber, dos modelos arquetpicos y antagnicos. Hay una ciudad que se alza majestuosa, ante la sinrazn de la Naturaleza, armada con todo el potencial de la humanitas: es la ciudad de Aristteles, un campo reflexivo-prxico de liberacin en el que las virtudes individuales y colectivas interactan magnificndose, pues ambas son solidariamente perfectibles. Y hay otra ciudad, la de Agustn de Hipona, que nos apresa an ms en nuestros vicios y perpeta nuestra servidumbre; siglos despus, Hobbes radicaliza la fbula del telogo y su ciudad santifica nuestro miedo, nuestra carencia y estupidez: en la ciudad canjeamos la materia preciosa de nuestra libertad por otras ms groseras -aquellas que, a diferencia de la libertad, son imprescindibles para la supervivencia. Cadena de Carne en Agustn, cadena de Poder en Hobbes, ambas ancladas con fuerza sobre la tierra.

No es necesario indagar mucho para encontrar la herencia de estos arquetipos de ciudad en nuestro presente. De un lado, la ciudad dialogada de Rawls y Habermas, grandes espacios comunicativos ventilados por eficaces herramientas informativas, deliberativas y movilizadoras; del otro, la ciudad panptica de Foucault y Lyotard, en la que la irisada radiacin del poder se infiltra en lo ms profundo del cuerpo, el sexo, el habla, el saber y el trabajo. Ambos son modelos que tratan de explicar -y moldear- lo posible. La Historia, en un veredicto inapelable, interpreta y recombina, superpone y neutraliza, los actos de los habitantes de la ciudad. Y a la vez, la Historia se ofrece, como resultado de s misma, en la forma de la ciudad -la materia somos nosotros. Esa forma, a la que seremos arrojados como ciudadanos, aproximndose a uno o a otro de esos arquetipos, delimitar el mbito de nuestra experiencia, la trayectoria del esfuerzo guiado por la rebelda, por la conformidad, por el ansia o el desaliento. "Existe", escribe Benjamin, "una cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra" (1): en la ciudad ha sido convocado ese encuentro.

(ii)

En la ciudad se expresa, de forma simultnea, plenamente interrelacionada, el conjunto de nuestro saber. El espacio urbano es siempre la delimitacin de una frontera, intelectual y operativa: "Cuando los urbanistas del siglo XVIII planificaron ciudades que deban operar sobre principios circulatorios", conforme a los avances de la ciencia natural, "Adam Smith hizo legibles y crebles las actividades econmicas adecuadas para esas ciudades" (2). La ciudad marca la frontera de posibilidades de produccin social que puede alcanzarse a partir de nuestros saberes legislativos, cientficos, tcnicos o morales. El poder, que en el seno de la comunidad urbana se expresa preferentemente mediante la capacidad de edificar o impedir hacerlo, otorgar, negar o condicionar la residencia, opera a travs de una figura indispensable en nuestro anlisis: el urbanista, el planificador, quien sabe transcribir, mediante la materia y trabajo, la forma que el poder desea dar a la ciudad. Su funcin es esencial, su capacidad crece con el poder que le financia y otorga autoridad: "La ciudad crece por composicin de lo que ellos construyen; y en esa ciudad yacemos encerrados viviendo nuestra experiencia de un modo limpiamente determinado por lo que ellos han sido capaces de imaginar" (3). Esa imaginacin actualiza las necesidades del poder: para el barn Haussmann, que en la dcada de 1850 abord la reordenacin de Pars al servicio de Napolen III, crear una ciudad hostil e impermeable a "la movilidad de una multitud sublevada" (4); para los modernos urbanistas norteamericanos en la tradicin de Robert Moses, diluir los conflictos identitarios y de clase de la ciudad actual en "la perfeccin dulce y vaca de las urbanizaciones residenciales que materializan la prosperidad satisfecha del sueo americano" (5).

Los urbanistas son despojados en estas ocasiones de su metarrelato heroico de heraldos de la racionalidad social, de discpulos de Aristteles volcados a la realidad de la materia urbana, para quedar en su desnudez de "decididores", capaces de "adecuar esas nubes de sociabilidad" que son las comunidades urbanas, en toda su variedad vital, a "matrices de input/output, segn una lgica que implica la conmensurabilidad de los elementos y la determinabilidad del todo", conduciendo inexorablemente nuestras vidas hacia "el incremento del poder" (6). Con ello atestiguan el profundo vnculo de la ciudad con la servidumbre, cmo la ciudad perpeta el poder y lo expande, alimentndose de nosotros, que desde la ms absoluta nada, hemos sido arrojados a ella.

(iii)

Pero la materia que constituye la ciudad es la materia en que se realiza tambin la libertad, aun en esos mrgenes que el principio de indeterminacin y las leyes de la termodinmica preservaran, ms all del valor y la resistencia humanas, en un rgimen de plena y omnmoda tirana. Las masas congregadas en las ciudades, arrojadas a las calles para el sostenimiento del sistema productivo, poseen siempre una capacidad creativa de la que recela el poder: los mismos adoquines con que se pavimenta la existencia urbana bien pueden ser contundentemente dirigidos por la turbamulta contra las fuerzas policiales. "La lucha de clases", nos dice Benjamin, "es una lucha por las cosas speras y materiales sin las que no existen las finas y espirituales" (7). Habla, para nuestro presente, de la lucha de los barrios marginales, de la ociosidad desesperada de las masas desempleadas o subempleadas de las reas en decadencia, del infraproletariado de las megaciudades, a las que el urbanista y sus patronos no ha concedido la gracia de la vivencia ciudadana ms que como parte pasiva del juego de la explotacin y el consumo. Habla de las revueltas de la poblacin negra de las ciudades norteamericanas (Los ngeles, Washington), en las que la traza de los barrios marca el lmite tambin de la validez de las garantas legales y las prerrogativas de las fuerzas del orden; tambin del abnegado afn de existir de quienes viven los frecuentes estados de sitio que provoca la reordenacin geopoltica de un mundo de globalizados y globalizadores (Sarajevo, Kigali, Yakarta, Grozni). La rabia, la animal voluntad de subsistir de estas poblaciones, sern al menor descuido del poder provechosamente reconducidas por la contrafigura del urbanista: el agitador urbano.

All donde el urbanista ejecuta un mandato de orden, el agitador promueve uno de desorden, en la direccin de liberar la emancipadora indeterminacin social que contienen el cuerpo urbano, el movimiento de las multitudes. El mandato del agitador es sencillo: "tomar la ciudad para la poltica y tomar al individuo para la potica" (8). Creacin y rebelda, a partir del discurso de lo prctico y lo potico, contra la retrica de hechos consumados de la ordenacin urbana y su constructiva rotundidad, que opera alterando la planificacin espacio-temporal que el poder vierte sobre el trazado de la experiencia de la ciudad, afrontando una bsqueda minuciosa y una reivindicacin anhelante de cuanto el dolor, las pasiones, la imaginacin y la reflexin, aportan a los mapas y alzados ciudadanos.

Llegados a este punto, advirtamos: nunca estuvo el urbanismo, ni el resto de los saberes humanos, tan ligado a las exigencias del poder. El agitador lo tiene, esta vez, casi todo en su contra. Antes que las Universidades, antes que las empresas de tecnologa punta, el poder es interdisciplinar: "la nueva geografa refuerza los medios de masas. El viajero, como el espectador de televisin, experimenta el mundo en trminos narcticos [...], se mueve pasivamente, desensibilizado en el espacio, hacia destinos situados en una geografa urbana fragmentada y discontinua" (9). Los espacios se disean en funcin de las necesidades de la publicidad, la propaganda, la explotacin econmica: abundan los centros comerciales, los estadios de ftbol, el ocio planificado del consumo de masas, en detrimento de los espacios reflexivos para el individuo y los espacios discursivos para la comunidad. La compra-venta y las emociones dirigidas se convierten en la autntica pragmtica del contrato social: el poder puede entonces prever el uso de los espacios, enviar a las masas a lugares de trabajo, estudio o recreo en los que se prolongan, sin restriccin ni refraccin alguna, los cdigos lgicos y prescriptivos del orden establecido -como las calles de Haussmann, como el panptico de Bentham, lugares ptimos para la vigilancia, para sofocar rebeliones declaradas o latentes, para almacenar sujetos sumidos en la impotencia, dirigidos como levas al frente indicado en la movilizacin.

(iv)

La ciudad es el espacio que constata la existencia del poder a la par que la posibilidad de la libertad. La Historia de la ciudad, de Europa, de la civilizacin occidental entera, se mueve en este arco contradictorio. Por eso existi Atenas, en la que brot con fuerza el germen del moderno pensar; la ciudad renacentista, donde el cuerpo recobr los placeres de la sensualidad y la esttica; la ciudad proletaria, donde millones de hombres conscientes plantaron cara, unos junto a otros, a la ignorancia y el despotismo. Por eso existi la ciudad engalanada para los autos de fe y los tormentos del Santo Oficio, como la ilustr Berruguete; la ciudad totalitaria, donde grandes espacios abiertos glorificaron la autoridad de la muerte en rituales de inseminacin de las banderas, como la film Leni Riefensthal; y tambin nuestra ciudad televisiva, acristalada, en la que caminamos como sonmbulos entre escaparates luminosos y fuerte vigilancia policial, en espacios sin emotividad en los que actuamos como meras trayectorias mensurables y predictibles.

Esta es, sin ambages, la ciudad que habitamos, la ciudad del poder y su gemetra y contable de almas, el urbanista -no deseamos generalizar, ni ofender, pero el urbanista con vocacin de agitador rara vez se congraciar con el poder y, en consecuencia, rara vez llegar a edificar. En nuestra existencia humana, como emocin primaria que deviene de lo ms hondo y verdico, del dolor, de la impaciencia, de la desorientacin, "el espacio se hace astillas en los sitios" (10). Pero en la ciudad moderna, o posmoderna, informacional, posindustrial, esto rara vez sucede del todo, nuestra presencia humana se hace indiferente ante el lugar, los objetos se acercan engaosamente a nosotros, los otros quedan desdibujados entre la multitud, el parpadeo del cristal lquido y el universalizado lenguaje de la paraloga publicitaria. En el horizonte de las pantallas, el espacio es falseado: aparece plano, infinito. La vida se observa en la lejana, tras el saturado espacio radioelctrico y el espacio magmtico de la nueva dimensin virtual. Apretujados unos contra otros, apenas llegamos a percibirnos.

Una ltima palabra, sobre el agitador urbano. Quizs l an cree en el "potencial ertico", en la "secreta energa destructora de lo dado, de lo que es pura banalidad aleatoria" (11), que sobrevive en los intersticios de la planificacin urbana, laboral, discursiva. En tiempos como estos, su tarea parece desgraciada, tanto como estril. Pero no sera piadoso, ni justo, arrebatarle sus esperanzas -tampoco prudente, pues en su efectividad radica el breve resto de las nuestras.

Al contrario, bsquenles: suelen habitar en rincones irregulares de la traza urbana, escasamente funcionales y de diseo incomprensible, posiblemente olvidados u ocultos de la recaudacin municipal. En esos agitadores pervive el amor a la ciudad, amor sexual, pasiones que ellos, como los atenienses ms honrados, enuncian indistintas. En sus sueos, se preserva intacta la imagen de la ciudad liberada: aquella en que finalmente los muros, las calles, las plazas, las casas, se funden, se abrazan, se comprometen con la vida.

Jnatham F. Moriche

http://jfmoriche.blogspot.com | [email protected]

- NOTAS -

[1] Walter BENJAMIN, "Tesis sobre filosofa de la Historia", en Discursos interrumpidos, vol. I, Taurus, Madrid, 1973, p. 178.

[2] Richard SENNET, Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilizacin occidental, Alianza, Madrid, 1997, p. 292.

[3] Flix de AZA, "Caen desde alturas inconcebibles", en Ajoblanco, 102, 12/1997, pp. 104-107.

[4] SENNET, op. cit., p. 351.

[5]  Luis FERNANDEZ-GALIANO, "Belleza Americana", suplemento Babelia, p. 21, en El Pas, 15/04/2000.

[6]  Jean-Franois LYOTARD, La condicin posmoderna, Ctedra, Madrid, 1998, p. 10.

[7] BENJAMIN, op. cit., 4, p. 179.

[8] Fernando R. DE LA FLOR, "Baudelaire, Pars y Mayo del 68: la ciudad como teatro poltico-potico", suplemento Batuecas, pp. X-XI, en Tribuna de Salamanca, 30/05/1998.

[9] SENNET, op. cit., pp. 20-21.

[10] Martin HEIDEGGER, El Ser y el Tiempo, FCE, Mxico, 1971, III, 22, p. 119.

[11] R. De la FLOR, art. cit.

[Publicado originalmente en Facttum: Revista de ensayo y filosofa, #2, Salamanca, 2001, pags. 20-22. Ed. digital en http://www.revistafactotum.com (en construccin)].



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