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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-03-2009

Los movimientos en la transicin hegemnica

Ral Zibechi
La Jornada


En un reciente artculo Immanuel Wallerstein vuelve sobre uno de sus temas favoritos: la crisis actual y su relacin con la transicin hegemnica y sistmica que estaramos atravesando (La Jornada, 15 de febrero de 2009). Como suele suceder, sus argumentos son slidos y convincentes y dan pie para reflexionar sobre el papel de los movimientos en un periodo de agudas convulsiones.

El argumento central es que la crisis es algo as como un tornado que nos obliga a refugiarnos en algn lugar seguro. Sostiene que cuando pase la tormenta llegar el momento decisivo, ya que la devastacin nos forzar a tomar decisiones con consecuencias de larga duracin: La pregunta fundamental es cmo vamos a reconstruir. Esa ser la batalla poltica real, dice el socilogo. Se trata del tipo de sociedad a crear sobre las ruinas de la actual.

Aunque el artculo no lo menciona, desde una posicin antisistmica la reconstruccin corresponde a los movimientos sociales. Entre otras razones, porque el tornado en curso volver, o ha vuelto ya, impotentes a los estados nacin para atajar la crisis o para reducir sus impactos sobre los sectores populares. Por otro lado, si fueran los estados los encargados de la reconstruccin, parece evidente que volveran a edificar un mundo muy similar al actual, como lo muestra la experiencia de los estados que nacieron de la descolonizacin en el tercer mundo, as como los que llevaron adelante la fracasada experiencia del socialismo de Estado.

Son los movimientos de los de abajo los que pueden crear un mundo nuevo, o sea diferente al actual, por una sencilla razn: son los portadores del mundo nuevo, aun en pequea escala, por medio de iniciativas ms o menos integrales, con diversos grados de profundidad, permanencia y extensin. Un mundo nuevo es un tapiz tejido de relaciones sociales no capitalistas. Por lo tanto, no es comparable con lo que ya conocemos. Es otra cosa: en construccin-deconstruccin permanente, en resistencia frente al capital y al Estado, por lo tanto frgil, inestable, inacabado, imperfecto.

Los mundos nuevos que laten en el interior de los pueblos organizados en movimientos no son sitios de llegada, sino apenas escalas espacio-temporales en un proceso de luchas y resistencias interminables, que a su vez impulsan y sostienen esas luchas y esas resistencias. No es fcil definirlos, ni es el caso hacerlo, pero cuando estamos all, cuando los vivimos y compartirmos, no hay duda de qu se trata.

Para que estos movimientos sean capaces de jugar un papel decisivo en el momento decisivo, cuando pase el tornado al que alude Wallerstein, deben darse ciertas condiciones. La primera es que existan, que hayan sobrevivido los momentos ms destructivos de un sistema en extincin. No importa mucho que los mundos nuevos sean grandes o pequeos, sino que permanezcan. Buena parte de la energa del sistema est destinada a exterminarlos por la va militar o a desfigurarlos y cooptarlos por la va blanda de los planes sociales. El objetivo del sistema es eliminarlos, ya sea por muerte o porque desaparezcan sus diferencias, que es una forma ms cruel, si cabe, de muerte.

La segunda condicin indispensable para la construccin de un mundo nuevo es que mantengan sus diferencias con el Estado y el capital del modo ms puro posible. Para eso deben ser radicales a la hora de conservar sus rasgos propios y no ceder nada que los haga similares a la sociedad actual. Los mundos nuevos que viven en los movimientos son los miles de emprendimientos en la salud, la educacin, la produccin, la justicia, el poder, que existen en los territorios y espacios controlados por esos movimientos. No importa si estn en remotas reas rurales o en las ciudades. Pueden ser fbricas recuperadas por sus obreros, asentamientos de campesinos sin tierra, comunidades indias autnomas, o los ms diversos colectivos (juveniles, de mujeres, sin techo, desocupados) trabajando en las mltiples reas en las que los de abajo resisten y, para mantener viva la resistencia, se reinventan diferentes.

En este punto, mirando el da despus del tornado, cuando haya que recoger las miles de piezas del destrozo, ordenarlas, descartar las partes intiles por simtricas con el mundo que provoc el desastre, recuperar aquellas que todava pueden cimentar el mundo otro, los movimientos que se mantuvieron radicalmente diferentes sern un punto de referencia ineludible a la hora de la reconstruccin. En dos sentidos: por un lado, lo que estn haciendo, en particular las formas de poder asentadas en la asamblea como razn ltima, servirn de inspiracin para otras y otros de abajo que, aun no habiendo vivido la experiencia de movimientos, sentirn que existen otros modos de vivir y de sentir, colectivos, comunitarios, no mercantiles, donde la lgica de los valores de uso haya desplazado completamente la de los valores de cambio.

Por otro, porque en medio del caos sistmico que caracteriza las transiciones hegemnicas, como las define Giovanni Arrighi, los espacios comunitarios pueden ser un principio de orden que estimule la propagacin de nuevos modos de vida, menos jerrquicos y opresivos que los actuales. Dicho de otro modo: si cuando lleguen los momentos decisivos (cada quien encontrar la metfora ms apropiada para nombrarlos) no existiera una porcin de la humanidad de abajo haciendo y viviendo de otra manera, segn los modos del mundo que anhelamos, lo ms seguro es que en ese momento, por inercia cultural y por la sobrevivencia aun parcial de la clases dominantes, se reconstruya un mundo muy similar al actual.

Sin embargo, nada de lo anterior es seguro. En medio de la tormenta, cuando los paradigmas conocidos y los instrumentos de navegacin dejaron de orientarnos, por honestidad intelectual se debe admitir que existe amplio margen de error. Tambin ah hay que elegir con quin equivocarse: hacerlo junto a los movimientos de los de abajo es, seguramente, el mejor camino.


http://www.jornada.unam.mx/2009/03/27/index.php?section=opinion&article=021a2pol



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