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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-04-2009

Ciberfetichismo y cooperacin

Csar Rendueles e Igor Sdaba
Rebelin


1. Fetichismo ciberntico e ideologa liberal

Una de las formas ms desacreditadas de explicacin sociolgica es el determinismo tecnolgico, la bestia negra de las corrientes antihistoricistas contemporneas junto con el evolucionismo. En las ltimas dcadas, la mera insinuacin -por otro lado, bastante razonable- de que el nivel de desarrollo de la ciencia til posee alguna capacidad explicativa sobre las relaciones sociales dominantes se ha considerado sntoma inequvoco de sevicia epistemolgica, idiotez moral y sintona esttica con el archipilago gulag.

Por supuesto, todo cambia tan pronto los oleaginosos engranajes de la maquinaria pesada y las oficinas bartlebinianas que (no) determinaban a obreros manuales sin chispa multicultural y a empleados de cuello blanco afectos a la aurea mediocritas dejan paso a un bruido horizonte de iphones, monitores de plasma y conexiones de alta velocidad. La conceptualizacin hegemnica de las sociedades contemporneas como del conocimiento -una definicin claramente elaborada por alguien que piensa que la descarga de archivos del P2P requiriere habilidades fusticas- puede o no ser acertada. Lo extravagante es la combinacin de esta comprensin con una crtica del determinismo tecnolgico. Exactamente los mismos intelectuales que condenaban sin paliativos los intentos de explicacin de las grandes estructuras sociales en virtud de sus distintas relaciones con el aparato productivo moderno, utilizan ahora toda clase de analogas tecnolgicas -redes, nodos, interactividad...- mientras pretenden moverse en un horizonte espiritual audazmente posthistrico.

El resultado es un fetichismo ciberntico difuso y asombrosamente huero que se ha extendido como un reguero de plvora. La tecnologa no es, desde este punto de vista, un dispositivo contingente de intervencin social de consecuencias materiales ambiguas, tal y como los luditas defendieron con gran clarividencia. Tampoco el instrumento y la materializacin del avance inexorable de la razn universal, como supuso todo Occidente con resultados tan fascinantes como aterradores. Ms bien se trata de un sometimiento cursi a los caprichos del mercado tecnolgico que inunda nuestras vidas con una inacabable cacharrera digital sistemticamente infrautilizada y crecientemente obsolescente: de la cadena de montaje fordista al catlogo de Media Markt.

Uno de los elementos distintivos de este modelo es la aceptacin acrtica de la capacidad intrnseca de las tecnologas de la comunicacin contemporneas para facilitar la sociabilidad. Estas tecnologas seran elementos centrales de un repertorio de vnculos sociales de nueva generacin capaces de remediar la labilidad social caracterstica del industrialismo y que -bien complementada por psicofrmacos, asistentes sociales y un permanente estado de histerismo pedaggico- nos aproximara por fin a un crculo virtuoso de libertad y creatividad individual, solidez comunitaria y desarrollo econmico. Las nuevas tecnologas seran as una encantadora astucia de la razn que, dos siglos despus, pondra punto final a la cuestin social.

No parece casual, en este sentido, que los prolegmenos del ciberfetichismo coincidan en el tiempo con la respuesta entrpica neoliberal a la gran crisis general del modelo econmico de postguerra que se inici en la dcada de los setenta del siglo pasado y cuyas consecuencias a largo plazo atisbamos ahora. Poco sorprendentemente tambin, los primeros episodios de la debacle financiera global -el pinchazo de la burbuja asitica en los aos noventa- fueron el ruido de fondo del bluf de las puntocom. El turbocapitalismo especulativo libre de friccin -de friccin social, se sobreentiende- pareca sentirse a gusto en las clidas aguas de la Red 2.0. Por fin haba encontrado un contexto comunitario capaz de soportar la mercantilizacin general acelerada, la conmocin ininterrumpida de todas las relaciones sociales.

Por supuesto, se trata, en primer lugar, de un diagnstico errneo, aunque no inocente, de las tecnologas precedentes. El mantra de la interactividad dota de una ptina de automatismo e inevitabilidad a lo que a menudo son decisiones no tomadas o estrategias conscientes. La conversin de talleres y oficinas en mecanismos de sometimiento y alienacin y no, ms bien, en lugares de encuentro y realizacin personal no es una consecuencia irrevocable de ciertos desarrollos cognoscitivos, sino una decisin poltica, si se prefiere, un episodio de la lucha de clases. Simtricamente, no hay nada en los cdigos fuente de los programas que gestionan las redes sociales que los haga inmunes a convertirse en instrumentos de aislamiento y control como, por otra parte, saben bien los oficinistas que padecen los programas corporativos de mensajera instantnea.

Sobre todo, el fetichismo ciberntico implica como peticin de principio una concepcin del vnculo social de profundas races liberales. La sociabilidad se entiende desde esta perspectiva como un fenmeno secundario, una consecuencia de la interaccin intencional individual primaria, para cuyo fomento bastara, por tanto, con establecer los nexos adecuados. Tal vez, incluso, tecnolgicamente adecuados. Puede que estemos asistiendo a un renacimiento de la dimensin poltica de la utopa liberal cuyas declinaciones econmicas, en cambio, cada vez resultan ms hostiles e improbables. Est surgiendo un nuevo individualismo tecnolgico que ha aprendido bien las lecciones del multiculturalismo postmoderno y es capaz de reproducir un simulacro epitelial de los efectos reconfortantes del comunitarismo. El cemento de la sociedad surgira en este contexto de la mera concurrencia en un espacio telemtico lmpido -sospechosamente parecido al mercado, claro- de individuos autnomos sin otra relacin que sus intereses comunes.

Este punto de vista acerca de las relaciones entre ciencia, tecnologa y sociedad ha tenido una enorme difusin. La prueba del nueve es su popularidad tanto entre los enfoques sociolgicos crticos como entre las posiciones polticas antagonistas: incluso los ms apocalpticos parecen haber aceptado con alborozo la retrica de la interactividad y la reticularidad como instrumentos de emancipacin. Es muy llamativo, pues uno de los pocos elementos de consenso de esa pesadilla epistemolgica llamada izquierda sociolgica ha sido tradicionalmente la consideracin del vnculo social como un fenmeno primario que no se puede descomponer con pleno sentido en el choque atmico de las acciones significativas individuales. La renuncia a esa clave de bveda en el contexto de las tecnologas de la comunicacin es reveladora. De hecho, la corriente principal de los movimientos en favor del conocimiento libre constituye un ejemplo meridiano de la ideologa ciberntica contempornea. El nuevo liberalismo informtico entiende Internet como un vergel cognoscitivo a depurar de lastres analgicos (monopolios, censura, lmites legales al uso del material digital...) y no ms bien como un espacio de conflicto sociolgicamente tupido a definir polticamente. Es como si los defensores del copyleft se hubieran tomado demasiado en serio el ideal comunicativo habermassiano, un terreno conceptual que, en el mundo analgico, tiende a considerarse como un ritual retrico adecuado nicamente para la sociedad civil, la comunidad internacional, la alianza de civilizaciones y otros contextos de ficcin.

2. Propiedad intelectual y conflicto social

Lo paradjico de esta ideologa ciberfestiva es que tiende a ocultar el autntico alcance de los conflictos relacionados con el conocimiento y la tecnologa, es decir, en realidad, difumina la importancia social de la tecnologa contempornea. Hasta hace muy poco, las guerras de la propiedad intelectual e industrial (PI) resultaban infrecuentes y muy especializadas, monopolio de picapleitos empresariales y artistas plagiarios. Hoy ocupan un lugar central en la agenda poltica y social: las disputas por la propiedad de frmulas, cdigos, cadenas de bits, secuencias genticas, derechos de autor de cintas, libros o partituras, cnones de soportes y bibliotecas, biotecnologas, semillas e industria agroalimentaria, redes P2P, etc., ya forman parte de nuestra cotidianeidad. Un extracto de un aterrador panfleto orwelliano dirigido a estudiantes y editado por la Organizacin Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) puede resultar esclarecedor:

Los conflictos de la PI de ningn modo se circunscriben a la industria del entretenimiento. No se trata slo de que la vida poltica est vertebrada por medios de comunicacin a cuyo pluralismo y autonoma afecta de forma crucial la concentracin empresarial que fomentan los regmenes monopolistas de la PI. Incluso si agrupamos cnicamente, aunque no sin cierto realismo, los medios informativos ms clsicos dentro del negocio del espectculo, hay una gran cantidad de acontecimientos aparentemente perifricos -desde la reconstruccin de Irak(2), a las reuniones del G-8 en San Petersburgo en 2005, pasando por las ltimas tendencias en ingeniera gentica extrema- cuya lectura conjunta traza un paisaje en el que la reformulacin global del rgimen de propiedades inmateriales ocupa un lugar privilegiado. Su centralidad se debe, principalmente, a la creciente dependencia del ciclo econmico del valor que estos activos producen. Por ejemplo, los tres sectores que ms divisas generan a EE UU -las industrias qumicas, del entretenimiento y del software- se basan en algn tipo de proteccin o propiedad intelectual. No son fenmenos asociados a un nmero reducido de industrias culturales y laboratorios de investigacin de vanguardia, sino que infiltran casi todos los segmentos econmicos en alza. Puede que no sea muy aventurado pensar que van a estar entre los conflictos rectores del siglo XXI en tanto que elementos esenciales de la acumulacin capitalista contempornea.

Las transformaciones que se han etiquetado como postfordistas, globalizantes o de nuevo rgimen productivo flexible -la aparicin, en suma, de eso que Richard Sennett denomina capital impaciente- estn ntimamente vinculadas con el incremento de los regmenes de propiedad intelectual e industrial, tanto en intensidad como en extensin. Frente a la imagen de saqueo generalizado del patrimonio intelectual y de explotacin manchesteriana de los creadores que predican los lobbies de la PI, lo cierto es que en las ltimas dcadas hemos asistido a un endurecimiento brutal de la proteccin de la legislacin del copyright. De un lado, se ha ampliado la duracin y el reconocimiento pblico de la PI, al tiempo que se fomentaba la persecucin penal de las infracciones; de otro, se ha intentado incorporar todos los nuevos mbitos estrella de la ola tecnolgica al campo de la apropiacin privada: biotecnologas, industria alimentaria, farmacia, software, arte digital, genmica... Estos procesos de privatizacin estn dando lugar a un enfrentamiento global en torno a la gestin econmica y social del conocimiento que afecta a un nmero de personas cada vez mayor.

Por qu, entonces, a pesar de su importancia, los conflictos de la PI tienden a quedar diluidos en el nuevo utopismo ciberntico? En realidad, la estructura profunda de estas luchas es antigua, pertenece a un dominio de problemas esencial para el desarrollo y supervivencia del capitalismo histrico. Las guerras de la PI deberan entenderse ms como una exacerbacin de un proceso continuo que en trminos de ruptura. Aunque es habitual mencionar las discusiones ilustradas entre Diderot y Condorcet como su prehistoria, lo cierto es que los conflictos actuales no tienen que ver slo con cuestiones jurdicas relativas a la legitimidad o conveniencia de determinados regmenes de explotacin, sino tambin -tal vez sobre todo- con las dimensiones no mercantiles y a menudo ocultas de los procesos de creacin de valor.

El sistema de produccin capitalista entraa numerosos aspectos que van mucho ms all del orden de intercambios comerciales en el mercado o de las relaciones salariales en el trabajo. No se trata tanto de que el capitalismo tenga su propia cultura -un complemento simblico de aire weberiano a su materialidad-, cuanto de que las transacciones estrictamente mercantiles son parasitarias de sistemas sociales complejos, se componen de cadenas de valor global muy expansivas. Se trata del tipo de intuiciones que han guiado una extensa tradicin de estudios que abarca desde la primera hornada de tericos del imperialismo -Hobson, Luxemburg y Hilferding, entre otros- hasta los tericos del desarrollo desigual pasando por los sustancialistas antropolgicos con Karl Polanyi y su anlisis de las mercancas ficticias a la cabeza. Un ejemplo cotidiano ampliamente investigado es el trabajo domstico no remunerado, sin el cul sera inconcebible el desarrollo histrico y la supervivencia de la economa moderna. Lo mismo ocurre con numerosos conocimientos y habilidades, tcnicos o informales, que forman un depsito heterclito de recursos comunes elaborados a lo largo del tiempo y de titularidad poco definida que la economa capitalista explota mercantilmente pero es incapaz de generar. Nuestra economa vive permanentemente en una tensin procedente de su relacin con contextos comunitarios de cuya fecundidad depende su supervivencia pero que se ve impelida a colonizar destructivamente en aras de su propia reproduccin ampliada. La vampirizacin capitalista requiere la movilizacin de imaginarios, comunidades y relaciones sociales y una constante revolucin legitimatoria que justifique su constriccin a la lgica mercantil. Por eso, uno de los pocos rasgos permanentes de la ideologa capitalista, tan sutilmente dctil, es la minimizacin del papel que desempean sus condiciones sociales de supervivencia y el encumbramiento de los procedimientos tcnicos formales, muy en particular, aquellos vinculados al desarrollo tecnolgico. En ese sentido, el fetichismo ciberntico puede considerarse la culminacin de una amplia tendencia de todo signo terico y poltico a pensar las relaciones de produccin en trminos exclusivamente tecnolaborales, sin tomar en cuenta las ramificaciones de las mercantilizaciones generalizadas que exceden los lmites del entorno productivo manufacturero.

3. La cooperacin imposible

Si hay una palabra fetiche dentro de los movimientos contemporneos de defensa del conocimiento libre es cooperacin. Los grandes hitos del conocimiento libre, como Wikipedia o Linux son, efectivamente, proyectos colaborativos con un alto grado de anonimato y parecen surgir de una masa social indeterminada como genuinas conquistas comunitarias. Es cierto que existen algunas objeciones empricas a esta visin tan optimista. Los estudios cuantitativos demuestran que, por un lado, aunque en estos proyectos existe una gran cantidad de colaboradores espordicos, el nmero de participantes estables es mucho ms reducido de lo que parece a primera vista y, por otro lado, tienden a estar ms jerarquizados de lo que habitualmente se reconoce. Los liderazgos, las asimetras cognoscitivas y el papel de los expertos son el otro gran secreto de las comunidades de conocimiento abierto -el primero es el sesgo socioeconmico, cultural y de gnero de sus participantes- del que nunca se habla con claridad pero que afecta radicalmente a su naturaleza. Es posible, en este sentido, que los principales experimentos de cooperacin masiva exitosa sean las redes P2P, es decir, tecnologas que facilitan, generalizan y potencian formas de donar y compartir hasta cierto punto extradas del mundo analgico, antes que la generacin de contenidos y comunidades novedosas.

En cualquier caso, la centralidad -ya sea emprica o exclusivamente ideolgica- de la cooperacin en este contexto es interesante, pues recupera uno de los grandes campos de batalla sociolgicos, una lnea de fractura fundamental que se encuentra en el origen de las ciencias sociales como dominio epistmico polticamente conflictivo. La nocin misma de ciencia social surgi en el seno de corrientes decimonnicas que se enfrentaron a la economa poltica liberal y cuya principal sea de identidad era precisamente la cardinalidad terica y prctica de la cooperacin. En contra de Mandeville y Smith, de la concepcin del vnculo social como subproducto de la interaccin individual y del mercado como modelo privilegiado de relacin colectiva, los paleosocilogos comunitaristas propusieron la anterioridad ontolgica de los fenmenos colaborativos. As que la mera eleccin del trmino cooperacin debera situar a los movimientos del conocimiento libre en un terreno en el que la sociabilidad es un fenmeno primario de fuerte potencia explicativa y no un problema a solucionar mediante su reduccin a motivaciones individuales.

Sin embargo, el modelo de cooperacin dominante normativa y tericamente en los movimientos del conocimiento libre es bsicamente mandevilleano y liberal, proyecta el atomismo mercantil sobre los procesos de colaboracin. Aunque es injusto generalizar, en esta esfera la cooperacin tiende a entenderse como la concurrencia en un espacio comunicativo extremadamente depurado de individuos unidos tan slo por intereses similares: la programacin de software, las cuestiones legales, la creacin artstica, la redaccin colectiva de artculos para una enciclopedia Las tecnologas de la comunicacin se presentan seeramente como un sofisticado mecano generador de sociabilidad a partir del cruce de estas acciones individuales fragmentarias. Tras el halo de futurismo y postmodernidad del fetichismo tecnolgico, late la fantasa burguesa de un contacto comunitario parcelado que, adems, deje inalterado el mbito privado, la vieja aspiracin a que la labor pblica econmica, poltica o cultural se desarrolle en contenedores estancos que no comprometan a sus participantes ms all de dicha actividad (un director de recursos humanos que colecciona videoarte feminista podra ser su ideal de vida).

En este sentido, la colaboracin ciberntica no es muy distinta de los patrones de cooperacin dominantes en otros terrenos. Frente a las reivindicaciones modernas de justicia social y emancipacin poltica -autnticas matrices comunitarias con importantes claroscuros que proponan la participacin en un proyecto colectivo y a menudo exigan una intensa transformacin personal-, las organizaciones pertenecientes a lo que se ha dado en llamar el tercer sector ofrecen tcnicas administrativas para mantener contacto con la colectividad a tiempo parcial, son formas de ejercer un inters personal -loable y seguramente necesario- antes que proyectos de vida comn cimentados por normas y compromisos retroalimentados.

Tal vez por eso la colaboracin ciberntica a menudo se plantea en trminos de altruismo. En realidad, el altruismo no tiene que ver necesariamente con la cooperacin. Una forma sencilla de mostrarlo es recordar que el altruismo est tan sujeto al dilema del prisionero como el egosmo(3). Resulta significativo porque el dilema del prisionero es un teorema de imposibilidad que establece nuestra incapacidad para explicar la cooperacin a partir de la interaccin de conductas optimizadoras individuales. Dado que, de hecho, la cooperacin existe, el dilema del prisionero demuestra que se trata de un fenmeno primario no analizable por descomposicin en egosmo o altruismo en los trminos que propone la teora de la eleccin racional (aunque no necesariamente en otros).

Por supuesto, la teora de la eleccin racional no es la nica versin posible del individualismo metodolgico y an menos del liberalismo poltico, pero se trata de una fundamentacin clara y rigurosa que permite explorar los lmites de esta perspectiva en la teora y en la prctica, unos lmites que tienen que ver precisamente con la comprensin de los fenmenos cooperativos. En efecto, para las versiones estndar de la racionalidad prctica -o, ms exactamente, para las extremadamente exticas versiones de la racionalidad que se han popularizado en las universidades-, la cooperacin no individualista es un fenmeno problemtico incluso en sus versiones ms triviales. Desde la perspectiva de la naturaleza humana dominante en las ctedras de economa, la colaboracin con uno mismo -algo que el comn de los mortales da por supuesto salvo en caso de grave enfermedad mental- es una formidable fuente de aporas. Un ejemplo bien conocido es la paradoja del fumador. Como cada cigarrillo supone una contribucin infinitesimal a una posible enfermedad futura, el fumador nunca tiene motivos racionales en un momento determinado para no fumar un cigarrillo, ya que el dao que le causa cada cigarrillo es menor que el beneficio que le proporciona. Sin embargo, la suma total de todos estos actos causa un perjuicio total -una enfermedad mortal- que excede los beneficios totales, de ah la paradoja.

4. Cibercolectividades liberales

El punctuns dolens pragmtico de la teora de la eleccin racional es que, desde sus presupuestos tericos, la identidad personal emprica cotidiana, nuestro yo real sujeto a normas sociales, emociones, recuerdos de infancia o perspectivas de futuro es, literalmente, una colectividad. El yo del fumador actual que saborea con fruicin su cigarrillo es distinto del que se esfuerza en dejar su hbito o del enfermo de enfisema que se arrepiente de sus aos de tabaquismo, con independencia de que una y la misma persona experimente todos esos estados a lo largo de su vida. En palabras de Bernard Williams, la perspectiva correcta de la propia vida es la del momento actual. El yo tcnico de la teora de la eleccin racional es un mero punto vaco atemporal que se debe reactualizar constantemente so pena de incoherencia formal. El fracaso emprico del individualismo metodolgico estricto demuestra refutativamente que, al menos en su estado actual, las ciencias sociales y las prcticas polticas no pueden renunciar a alguna forma moderada de colectivismo metodolgico.

Sin embargo, el fetichismo tecnolgico parece proporcionar a las ciencias sociales un instrumento para, por fin, disponer de una versin de la identidad personal que ana densidad sociolgica y el rigor formal de la teora de la eleccin racional. Es como si Internet ofreciera el material necesario para, tericamente, reconstruir el vnculo social a partir de un individualismo estricto y, normativamente, generar comunidades slidas desde presupuestos polticos radicalmente liberales. Los proyectos cooperativos cibernticos estn basados en procedimientos tcnicos aparentemente indiferentes a las identidades personales empricas. El anonimato y la inmediatez permiten colaborar, compartir y formar parte de una comunidad cuando uno quiere, si es que quiere y con la personalidad preferida. La tecnocooperacin parece el producto de una serie rapsdica de decisores racionales perfectos sin ms pasado o futuro que el de sus preferencias actuales. La teora de la eleccin racional se enfrenta a la apora de dar cuenta formalmente de individuos reales que slo puede concebir como colectividades porque estn articulados por la sociabilidad, son insignificantes al margen de su dimensin cooperativa. Las tecnologas de la comunicacin ofrecen un velo ideolgico para solucionar este problema descomponiendo la personalidad emprica en una serie de identidades bien compartimentadas y, sobre todo, planteando un mecanismo tcnico para recomponer la actividad social por medio de artefactos participativos.

En este sentido, el fetichismo ciberntico desempea una funcin literalmente anloga a la del mercado de trabajo: es un dispositivo pragmtico para liberar la actividad cooperativa -laboral o cognoscitiva- de lastres antropolgicos, un procedimiento para convertir en una transaccin formal un tipo de vnculo tradicionalmente basado en relaciones de dependencia mutua colectiva. A diferencia de lo que ocurre en el campo de la cooperacin analgica de las organizaciones caritativas, donde resultan manifiestas las contradicciones implcitas en la colaboracin individualista fragmentaria, las tecnologas de la comunicacin permiten la ficcin de un nuevo tipo de comunidad, un modelo de organizacin social novedoso compuesto de fragmentos de yo, de infinitsimas de identidad personal, del mismo modo que Wikipedia se elabora a partir de las infinitsimas de erudito que cada participante posee.

Un contraargumento sencillo a esta idea pasa por recordar que, en el fondo, toda comunidad es ficticia. Ocurre, sin embargo, que hay ficciones y ficciones, como hay trabajo intelectual y trabajo intelectual. Ocupar un puesto de teleoperador durante ocho horas al da se parece bastante ms a trabajar en una cadena de montaje industrial que a ser profesor universitario, por mucho que ambos sean trabajos inmateriales. Del mismo modo, no hace falta ser un antinaturalista acrrimo para aceptar que las familias extendidas, las agrupaciones laborales o las iglesias tienen dimensiones imaginarias, pero tambin parece razonable pensar que estas ficciones sedimentadas a lo largo de milenios y con un sorprendente rango de universalidad se parecen bastante a realidades antropolgicas slidas.

Por eso, al igual que en el mbito laboral, ms all de los eslganes a favor de la cooperacin es importante preguntarse cules son las condiciones reales necesarias para compartir, trabajar conjuntamente y colectivizar ciertos bienes y servicios cognoscitivos. Redes de comunicacin digital universales? Un umbral mnimo de participantes? La lenta sedimentacin de una motivacin ideolgica? El reconocimiento de una capacidad innata? Existe una propensin natural, un incentivo simblico o una palanca mecnica mgica que nos propulse a la cooperacin cognitiva?

5. Utopas cibernticas y conflictos analgicos

Un descubrimiento entre divertido y espeluznante para cualquiera que se adentre en el mundo del conocimiento libre es la gran agresividad de las discusiones que se producen en este terreno. Los debates ms o menos nimios y generalmente muy tcnicos acerca de licencias, protocolos o formatos a menudo se convierten en desesperadas batallas dialcticas donde salen a la luz abismos infranqueables entre las distintas posiciones. Por supuesto, Internet es un psimo entorno para la discusin civilizada. No obstante, esta especie de irritabilidad ciberntica permanente podra ser un sntoma de la fragilidad de las comunidades que crean las tecnologas sociales de nueva generacin. Muchas de las iniciativas que se emprenden requieren marcos institucionales que desbordan la libre concurrencia fragmentaria ciberntica. As, a menudo los participantes en estos proyectos se desilusionan al observar la inflexibilidad del mundo para plegarse a los desarrollos cognitivos colaborativos. Por ejemplo, la migracin a software libre de los recursos ofimticos de una empresa es una decisin compleja que en absoluto tiene que ver nicamente con cuestiones tcnicas, sino que entraa aprendizajes, negociaciones, resistencias... En otros casos, las estructuras comunitarias tradicionales existen ocultas y se ponen de manifiesto cuando se produce algn conflicto y, por ejemplo, salen a la luz las motivaciones personales de los distintos participantes en un proyecto cooperativo. Son esos momentos en los que uno acepta con cierto vrtigo que el foro en el que llevaba meses participando como parte de su militancia anarquista es, en realidad, una lista de discusin de informticos de derechas cuyo principal afn es demostrar sus conocimientos sobre sistemas operativos.

Los referentes exitosos operan como iconos revolucionarios, a menudo se idealizan y se desactiva la reflexin sobre sus lmites. Linux se ha convertido en una metfora vrica, la toma del Palacio de Invierno del capitalismo cognitivo. Sin embargo, cada vez resulta ms evidente la dificultad de generalizar o extrapolar el paradigma del software libre ms all de un mbito de actuacin mucho ms limitado de lo que pareca hace algunos aos. La idealizacin del programador libre ha dificultado la bsqueda de modelos de trabajo adecuados para mbitos con condiciones de produccin material completamente distintas a las de la programacin de software, por ejemplo, procesos difciles de fragmentar en paquetes de tareas, con barreras de acceso econmicas, materiales o temporales (proyectos estacionales, sincronizados o con plazos de entrega breves) o que requieren contacto cara a cara. El paradigma de lo libre no slo se enfrenta a las barreras externas del modelo propietario, tambin tiene sus propios lmites internos relacionados con sus referencias y sus sistemas de organizacin. Paradjicamente, los procedimientos de cooperacin ciberntica carecen de la flexibilidad y la eficacia pragmtica de las sedimentaciones cognoscitivas vinculadas a un marco colectivo tradicional. Lo grave de esto es que impide explotar plenamente las grandes potencialidades de los esfuerzos realizados recientemente y cortocircuita la posibilidad de generalizar estos modelos novedosos de colaboracin. En el fondo, por mucho que se intente eludir, la gran asignatura pendiente de los movimientos contemporneos de conocimiento libre es su relacin con el mundo analgico, es decir, la relacin de la cooperacin ciberntica con los vnculos sociales convencionales.

Hasta ahora, el problema se ha planteado mayormente en trminos de la remuneracin del trabajador intelectual. La gratuidad no es lo mismo que la libertad y la ausencia de mecanismos de retribucin limita la posibilidad de liberar informacin y saber a espacios productivos y cognitivos muy concretos (bsicamente, aquellos con condiciones sociolaborales privilegiadas que permiten a sus miembros disponer de tiempo y recursos que dedicar a la comunidad: programadores informticos, profesores universitarios, etc.). No obstante, el problema es ms amplio y consiste en la dificultad de compatibilizar una cooperacin telemtica cuyo principal atractivo es su inmediatez y parsimonia con redes sociales analgicas muy abigarradas. Se trata de un problema urgente y nada acadmico. Por ejemplo, One Laptop Per Child (OLPC) es una iniciativa privada dirigida a fabricar masivamente ordenadores porttiles de coste muy reducido especficamente diseados para ser utilizados por nios de pases pobres. El plan ha desencadenado intensas discusiones tcnicas en cuyo transcurso su principal limitacin apenas se ha mencionado: sus posibilidades de xito estn condicionadas a la existencia de estructuras educativas y gubernamentales fiables que difundan y canalicen esta innovacin tecnolgica, es decir, instituciones eficaces que distribuyan los ordenadores a travs de los programas pblicos apropiados. La paradoja, por tanto, es que OLPC slo se podra implementar con facilidad en pases ricos con sistemas educativos asentados donde no es necesario o, por supuesto, en los pocos pases pobres que cuentan con una firme estructura institucional, como podra ser el caso de Cuba. La iniciativa OLPC parece haber realizado un descubrimiento poco emocionante: no slo que los pases pobres tienen ms necesidad de cambios polticos que de una revolucin tecnolgica sino, sobre todo, que la consideracin de algo como avance tecnolgico no es independiente del rgimen econmico y social, de las relaciones de produccin en las que se inscribe.

En trminos ms generales, los movimientos de conocimiento libre podran y deberan convertirse en la punta de lanza del abandono de la principal y ms negativa caracterstica del fetichismo ciberntico dominante: la ficcin de que las tecnologas de la comunicacin y los conocimientos asociados tienen un sentido neutro al margen de su contexto social, institucional o poltico. En el fondo, esta es la idea que subyace al escaso inters de muchos de los participantes en estos proyectos por explorar las declinaciones econmicas, polticas o comunitarias de sus aportaciones cooperativas. Por supuesto, la pretensin de que es posible el desarrollo tecnolgico sin un contexto institucional asociado es una opcin poltica perfectamente definida, concretamente la que ha dominado el mundo durante los ltimos treinta aos. Pero sin duda existen alternativas. Por ejemplo, los defensores de las redes P2P no tienen por qu limitarse a anunciar en tono oracular y con amplias dosis de olimpismo (por no decir clasismo) que los empleados de las discogrficas y tiendas de discos trabajan en un sector tecnolgicamente obsoleto destinado a su desaparicin en el mercado darwiniano. En este contexto apenas se han explorado las inmensas posibilidades laborales que abrira una apuesta estatal por las plataformas de mediacin editorial adaptadas a las nuevas tecnologas de la comunicacin. La reivindicacin de una inversin pblica masiva en estudios de grabacin, mediatecas y gabinetes de edicin pblicos que utilicen intensivamente los recursos contemporneos -crowdsourcing, P2P, licencias vricas- podra hacer cambiar de posicin a agentes sociales hasta ahora refractarios o poco sensibles a los movimientos de conocimiento libre. En suma, tal vez deberamos abogar por un modelo de cooperacin menos elegante y automtico, al que incluso se podra tachar de reaccionario, que acepte la necesidad de asumir el elenco de dilemas y desafos que marcaron las comunidades polticas modernas. Un modelo de colaboracin en el que las soluciones tecnolgicas lo sean a problemas en cuya definicin las distintas posibilidades polticas desempeen a cara descubierta su autntico papel.


Notas

(1) Captulo de Igor Sdaba (ed.), Dominio abierto. Conocimiento libre y cooperacin,  Madrid, Crculo de Bellas Artes, 2009 (www.circulobellasartes.com). Texto editado bajo una licencia Reconocimiento - No comercial - Sin obras derivadas 2.5 Espaa de Creative Commons.

(2) Antes de la transferencia de poder en Irak, Paul Bremer (Director de la Reconstruccin y Asistencia Humanitaria a Irak) promulg aproximadamente un centenar de rdenes con naturaleza de ley. La nmero 81 sobre Patentes, diseo industrial, informacin confidencial, circuitos integrados y variedades vegetales estableca que slo se permitiran plantar variedades protegidas que, curiosamente, coincidan con las introducidas en el pas por grandes corporaciones del sector como Monsanto, Sygenta, Bayer y DowChemical.

(3) Por ejemplo, una pareja de enamorados atraca un banco, son detenidos e incomunicados. La polica slo tiene pruebas circunstanciales contra ellos y si no confiesa ninguno de los dos slo podra condenarlos a un ao de crcel. Si uno confiesa y el otro no, el que confiesa ser condenado a diez aos y el otro saldr libre. Si los dos confiesan el fiscal est dispuesto a ser benvolo y pedir slo cinco aos de crcel cada uno. La pareja se ama apasionadamente y su prioridad es que el otro salga libre sin parar mientes en uno mismo. En esta situacin, ambos sern condenados a cinco aos. Haga lo que haga cada uno, la mejor opcin del otro es confesar. Pero de este modo obtienen un resultado peor para el otro de lo que hubieran conseguido cooperando para salvarse.



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