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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-04-2009

El viejo mal de Colombia

William Ospina
Rebelin


Cmo hacerles entender a los gobernantes de nuestro pas que las guerras contra el crimen, la mano dura y el corazn grande ante el delito seguirn siendo intiles mientras no emprendamos un esfuerzo concertado, inteligente y generoso, no tanto por perseguir y castigar, sino por impedir que los jvenes se vuelvan delincuentes?

La principal causa de delincuencia hoy en Colombia es la falta de un orden incluyente en el cual los jvenes sientan que son tenidos en cuenta por la sociedad, que se les ofrece educacin, salud, respeto, el horizonte de un empleo digno, estmulos para su talento y oportunidades para realizar sus sueos. Todos esos guerrilleros, paramilitares y delincuentes comunes que se desmovilizan y resurgen como hongos despus de cada redada no son meras expresiones del mal, son la evidencia de un orden social donde a los jvenes no se les ofrece otro destino que las armas.

Por la educacin, por la salud, por la posibilidad de desarrollar sus talentos, tienen que pagar hasta el ltimo peso, pero por la violencia todos les pagan: la guerrilla, las bandas criminales y hasta el propio Estado.

Despreciar los recursos que ofrece la civilizacin para prevenir y controlar el delito es la ms antigua tradicin de la sociedad colombiana. Aqu la educacin debera ser gratuita, como en todos los pases decentes. La identificacin temprana de vocaciones y talentos debera ser una prctica corriente, la orientacin de los jvenes hacia la ciencia, la tecnologa, los oficios, las profesiones, la productividad y las artes debera ser la primera prioridad del orden social. Pero basta comparar el presupuesto del Ministerio de Defensa con el presupuesto del Ministerio de Cultura: para nuestros gobiernos, el poder de las armas es doscientas veces ms importante que el poder de las ideas, de las costumbres y de la convivencia. Si uno hace un rectngulo y lo divide en doscientos cuadros, dejando todos en blanco y llenando de color solamente uno, tendr ante los ojos la desconcertante relacin que existe en Colombia entre el presupuesto de la guerra y el presupuesto de la cultura.

De prevenir el delito no habla nadie; de castigarlo, hablan todos. Se les hace agua la boca diciendo cero tolerancia con el delito, y uno creera que estn hablando de empleo, de educacin, de prevencin, de dignidad de las comunidades: no, estn hablando de crceles y a lo mejor de tormentos. Les parece ms efectivo reprimir, perseguir, hacer redadas, encarcelar, dar de baja, porque todo eso puede hacerse en seguida, en tanto que la prevencin, la recuperacin y la reeducacin requieren esfuerzo, generosidad y una conciencia profunda de la dignidad de los seres humanos.

Y como cada gobierno slo dura cuatro aos (y el siguiente perodo nunca est seguro), nadie se siente con el nimo de emprender una profunda rectificacin del modelo de convivencia, que tardar unos pocos aos en dar sus frutos, y le apuestan todo a la ilusin del exterminio. Pero como ocurre con el narcotrfico: por cada jefe que cae, veinte se disputan en seguida su puesto, sus rutas, su mbito de influencia; cada vez que uno de ellos es extraditado, ascienden las nuevas promociones; a rey muerto, rey puesto, y el negocio no deja de ser prspero porque se eliminen del escenario talentos tan fcilmente reemplazables como los de un jefe de mafias.

Nos gobierna una idea de la humanidad basada en el resentimiento, en la lgica insana del furor y el castigo. Y lo que ms debera hacernos pensar es que ese mal no es nuevo. Cuando yo tena cinco aos, hace medio siglo, nos decan que Colombia sera un paraso en cuanto se diera de baja a Desquite y a Sangrenegra, los bandoleros que asolaban los campos. Yo mismo fui testigo del vuelo de los helicpteros que llegaban al norte del Tolima a pacificar la regin. Hace veinticinco aos me estremeca ver en fotografas de la prensa cmo sacaban cerca de Bogot pendiendo de helicpteros los cadveres de los guerrilleros dados de baja, o cmo hacan la exposicin de sus cuerpos como de piezas de cacera. Hace veinte aos sabamos que bastaba eliminar a Rodrguez Gacha y a Pablo Escobar para que Colombia descansara por fin.

Hoy nos dicen que la guerra en los campos est terminando, pero que todos los das nacen nuevas bandas de delincuentes en las ciudades. Ahora se llaman Los chicos malos, Los falsos, Los aguacates, Los Simpson, Los triana, Los chachos. 145 bandas en Medelln, 44 en Cali, muchsimas en las otras ciudades, y panfletos amenazantes en 20 departamentos. No es irracional el temor de que, con esta manera absurda de enfrentar el delito slo por la represin, con estas desmovilizaciones que no parecen estar acompaadas de serios procesos de recuperacin de los combatientes, y sin un esfuerzo serio por cambiar la situacin de los jvenes en las barriadas, lo nico que estemos haciendo es traer a las ciudades la violencia del campo.

Llegan nuevas oleadas de delincuentes, y empieza a hablarse otra vez de limpieza social, del terror en los barrios, toques de queda dictados por criminales annimos. Y no era de esperar que fuera as, cuando el Estado no tiene otro lenguaje para los excluidos que el de la violencia y de la guerra? Es urgente que se forme en Colombia una alternativa de civilizacin que rechace por igual todas las violencias, que no haga de la violencia la nica respuesta a las brbaras consecuencias de la injusticia. Los paos de agua tibia de una legalidad sin justicia no hacen ms que demorar el caos que crece, y que puede acabar por arrastrarnos a todos.


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