Portada :: Economa :: Especial "El capitalismo cruje"
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-04-2009

La miseria del monetarismo
Demasiado grandes como para dejarlos caer?

Arno J. Mayer
CounterPunch



Culpar al desastre de las hipotecas subprime en los EEUU del desplome financiero y econmico global de 2008 es como imputar el estallido de la I Guerra Mundial al asesinato del Archiduque Fernando. En ambos casos, un discreto acontecimiento fue la chispa que encendi una gran conflagracin. Pero la mecha estaba ya all.

En el arranque del siglo XXI, el capitalismo norteamericano sigue prevaleciendo y marcando el paso. Mas perturbaciones cada vez ms frecuentes en la economa mundial socavan el pretendido apoliticismo de los econmetras que presumen de legitimar y ajustar el capitalismo en tiempos normales. Las convulsiones agudas obligan invariablemente a regresar a la economa poltica clsica, que echa sus races en la filosofa moral y en la tica, tal como las practicaron Adam Smith, David Ricardo, Karl Marx, John Maynard Keynes y Friedrich von Hayek. Aun cuando los economistas, ministros de finanzas y banqueros centrales actualmente reinantes son adictos a la manipulacin de los tipos de inters y de la oferta monetaria, esos trucos monetaristas son, por s propios, de poca utilidad: el presente desorden exige una intervencin poltica concertada.

En plena I Guerra Mundial, el primer ministro francs Georges Clemenceau dijo que la guerra era asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los generales. Anlogamente, la gran recesin de nuestros das es cosa demasiado grave como para confiarla a los colegas de Robert Rubin y Henry Paulson, Alan Greenspan y Ben Bernanke, Lawrence Summers y Timothy Geithner. No es que los polticos anden para nada menos sumidos en su hoyo. Pero es responsabilidad suya tomar las riendas de los problemas, ubicando a los economistas matemticos y a los asesores financieros en las dependencias del servicio, no en el saln principal. De otro modo, lo que hacen es reclutar a los benditos titanes y campeones del consenso de Wall Street-Washington para estabilizar el sacudido establishment financiero y granempresarial, y que los zorros sigan guardando el gallinero!

Evidentemente, en los EEUU, tanto demcratas como republicanos mantienen inclume la fe en el poder benigno de la mano invisible sin cadenas, aunque pocos quieren acordarse de la persistente preocupacin que en Adam Smith infundan las desigualdades sociales y econmicas. Como declarados partidarios del libre mercado que son, insisten en que la actual crisis no es estructural, sino contingente, y que sus races hay que buscarlas en fallos del sistema regulatorio (un sistema regulatorio contra el que los dos grandes partidos norteamericanos, actuando en representacin de poderosos intereses y lobbies particulares, conspiraron durante dcadas, hasta lograr desmantelarlo). Como se poda prever, en vez de perseguir a los montaraces altos ejecutivos empresariales y a los negligentes supervisores de los mercados de valores, la elite en el poder da palos retricos a los genios malignos de la codicia sin freno: especuladores, jugadores de ventaja, tramposos y tiburones. Como Jess expulsando del Templo de Dios a los usureros, ahora proponen sacar a los transgresores de nuestros das de Wall Street, el templo del capitalismo cismundano. Levantan el fantasma de la Gran Depresin de 1929, a fin de amodorrar a los movimientos sociales populares, de izquierda o de derecha. Y oponen Wall Street a Main Street para evitar el debate sobre el vasto hiato que separa a los 10.000 de la clase alta, por un lado, de las clases medias asalariadas, los trabajadores manuales con ingresos fijos y los trabajadores pobres, por el otro. Con el 5% ms rico de norteamericanos que ingresan ms de un tercio de todos los ingresos personales, e ignorando a menudo el salario mnimo inveteradamente estancado, resulta asombroso que el discurso poltico se centre en el sufrimiento de las familias de clase media. Hasta John Sweeney, presidente del sindicato AFL-CIO, subraya la necesidad de contrarrestar el poder de las grandes corporaciones empresariales y revertir el declive de la clase media. Y le primer ministro neolaborista de Gran Bretaa, Gordon Brown, urge a Washington y a Londres a aprovechar el momento para llevar a cabo la mayor expansin que jams haya visto el mundo de los ingresos y los puestos de trabajo de la clase media. Ay de quien se avilante a mencionar a las clases trabajadoras o medias-bajas, por no hablar de los pobres: por ahora, en Norteamrica, las calles estn tranquilas, las lneas de piqueteros son ralas, las sentadas, raras y los mtines urbanos, calmos.

A pesar de Bernanke y de su mentor Milton Friedman, las causas del crac que trajo consigo la Gran Depresin guardan poco parecido con las que propiciaron la cada de 2008. A resultas de la I Guerra Mundial y de la Revolucin Rusa, las sociedades europeas entraron en una prolongada crisis marcada por la turbulencia econmica, la rebelin poltica y la desconfianza cultural, una etapa en la que parecieron desplomarse los fundamentos mismos del capitalismo. Es notable que, en el ojo mismo de la tormenta, John Maynard Keynes, que en 1929-30 andaba todava intensamente ocupado con las tasas de inters, regresara abruptamente a la economa poltica que haba atravesado sus proftico libro Las consecuencias econmicas de la paz (1919) [traduccin castellana: Barcelona, Crtica, varias ediciones; T.]. En la Teora general del empleo, el inters y el dinero, publicado en 1936, tom en cuenta una crisis orgnica que entraaba el desempleo disparado, el malestar del mundo del trabajo, la discordia ideolgica y la lucha poltica. Keynes mir tambin a la emergente economa colectiva y planificada de la Rusia sovitica, la anttesis del capitalismo que l trataba de revitalizar y preservar.

En efecto, la idea de planificacin econmica gan partidarios en Occidente, aun si orientada a distintos objetivos: los pases avanzados recurrieron a ella para estabilizar sus economas, mientras que los soviets sitiados lo abrazaron para forzar la rpida industrializacin y el rearme militar de Rusia. La planificacin fue adoptada tambin por regmenes populistas de derecha: como respuesta a los dos primeros planes quinquenales del Kremlin, la Alemania nazi lanz por su cuenta un plan cuatrienal para estimular la recuperacin econmica del Tercer Reich y su reparacin para la guerra. En general, sin embargo, el concepto de planificacin lleg a ser una consigna comn a la izquierda que aspiraba a encontrar una salida progresista-reformista de la crisis: el New Deal en los EEUU y los Frentes Populares por toda Europa. Todos aceptaron la premisa keynesiana de que las crisis capitalistas graves y agudas, no pudiendo autocorregirse salvo a costos inaceptables, obligaban a la intervencin de gobiernos y bancos centrales.

Evidentemente, los EEUU de nuestros das no estn, ni de lejos, atravesando una crisis tan honda y tan ancha como la de los aos 30, que fue, a la vez, una crisis econmica, poltica, social, cultural e ideolgica. Pero eso no significa que los economistas monetaristas ortodoxos estn mejor equipados para tratar de reparar el sacudido sistema. As como su teora y sus modelos computerizados fracasaron a la hora de integrar las dimensiones no econmicas de la Gran Depresin, tampoco pueden explicar las turbulencias de un capitalismo radicalmente diferente del de los aos de entreguerras y posguerra. Habiendo sobrevivido a os sombros aos 30, a la II Guerra Mundial y al caos posblico de 1945-55, el capitalismo creci por la va de concentrar cada vez ms, de hacerse ms transnacional y global. Y el imperio norteamericano en expansin se convirti en su eje y fortaleza.

Ese factor imperial determina los puntos fuertes y los puntos dbiles de la Norteamrica de nuestros das. Habindose acercado, pero sin rozarlo todava, al punto de colapso, el imperio norteamericano est condenado a ser cada vez menos rentable econmicamente y a gozar de menos y menos consenso. El coste de mantener un imperium sobredimensionado en una poca de crecientes rivalidades entre grandes potencias es alto. Adems del gargantuesco presupuesto militar regular, Washington tiene que financiar guerras continuas, as como un sinnmero de misiones de ayuda exterior, inteligencia y uso de fuerza de baja intensidad. Esas cargas exacerban los dficits presupuestarios financiados por prestamistas extranjeros, pblicos y privados, incluidos los fondos soberanos de riqueza, lo que desestabiliza al dlar.

El fiasco subprime y el acumulativo hundimiento crediticio transnacional no seran sino clsicos estallidos de burbuja, si no fueran intrnsecos a la empresa y a la cruzada imperiales norteamericanas. Mientras las clases altas cosechan los beneficios del imperio, las masas cargan con una parte desapoderad de los costos. Frgiles como son los salarios y el empleo en una economa en vas de desindustrializacin, slo unas formas engaosamente baratas y opacas de crdito hipotecas, prstamos conforme al valor estimado de la vivienda, tarjetas de crdito han logrado impedir que los estratos bajos pusieran en cuestin las vastas sumas despilfarradas en la mission civilisatrice norteamericana.

Los tericos marxistas llegaron a predecir, llenos de confianza, que la aceleracin de los ciclos de auge y estallido en el capitalismo era indicio de su inminente colapso. En nuestros das, la elite en el poder hace suya esa prediccin para sus propios fines: presidentes de consejos de administracin, banqueros, economistas, polticos y tertulianos mediticos alertan de que, a menos que los gobiernos intervengan con vigor, el capitalismo globalizante se ir a pique. Tales alarmas son confundentes, tambin porque, bajo el capitalismo, la poltica y la economa anduvieron desde el principio interconectadas. La ostensible separacin de esas esferas es un mito que se desdibuja cada vez que el ciclo econmico cae en tremolina.

En fecha tan temprana como 1910, el terico socialdemcrata Rudolf Hilferding public su tratado sobre la intensificacin de los ciclos en el capitalismo con el notable ttulo de El capital financiero: un estudio sobre la ltima fase del desarrollo capitalista. No era el primer pensador marxista que contrapona el capitalismo desembridado de mercado libre a su forma ms avanzada, marcada por una galopante concentracin financiera, industrial y comercial. Pero fue tal vez el ms lcido. Muchos socialistas y marxistas, incluidos Jean Jaurs, Lenin y Rosa Luxemburgo, postularon que las clases dominantes europeas, desafiadas por una clase obrera cada vez ms militante, presionaran a sus gobiernos para que se lanzaran a derivas imperiales, en parte para canalizar el descontento interno hacia el sistema internacional. Buena parte de la izquierda europea de la poca esperaba con tensin que las rivalidades imperialistas llevaran a una guerra europea catastrfica que generar levantamientos revolucionarios. Sin minimizar la probabilidad de un giro as de las cosas, Hilferding pona el acento en la articulacin lograda por el orden establecido, a despecho de las pugnas entre las clases dominantes en los gobiernos. En su interpretacin, resultaba probable que el capitalismo y el Estado en que se apoyaba salieran fortalecidos de unas crisis peridicas que inducan a intervenciones polticas en la economa. Como Keynes luego de la Gran Guerra, conceda de mala gana la tenaz persistencia del capitalismo, aun a pesar de sus muchos y recurrentes desmayos. Y lo cierto es que no slo cape la Depresin, sino la Guerra de los Treinta Aos del siglo XX, la Guerra Fra, el shock de la descolonizacin y la rebelin de los condenados de la Tierra. Sobre todo una vez que la Europa occidental y central fuera restaurada merced al bombeo del Plan Marshall y a golpe de blandir la amenaza comunista, el capitalismo logr escalar a cumbres sin precedentes y difundirse por todo el planeta. No slo contuvo al comunismo, para finalmente prevalecer sobre l, sino que puso sitio a la socialdemocracia, cuyo legado, en forma de Estado social o de bienestar, se halla hoy bajo asalto en varios pases de Europa.

En un punto central, los marxistas de todas las corrientes dieron en el clavo: mientras sobreviva el capitalismo, la consolidacin y la concentracin ganarn terreno en los sectores clave de las economas avanzadas, incluido el epicntrico sector financiero. A medida que continuaba el proceso, el mundo de los negocios creca en mayor interrelacin con el Estado, reforzado por unos almenados gobiernos durante los recurrentes perodos de declive. Esos desplomes constituyeron mojones en el camino hacia varios tipos de capitalismo de Estado, incluidas, eventualmente, esas curiosas formas que han adoptado la Rusia postsovitica y la China post-Mao. Puede que el Estado no posea o controle el grueso de los medios de produccin y finanzas. Pero, aun en la sedicente Norteamrica del laissez-faire, el complejo constituido por los militares, la industria y el Congreso no es sino un brazo de un gigantesco pulpo de intereses megaempresariales vinculados al Estado que llega a los cuatro costados del imperio.

La magnitud de la crisis que golpe al capitalismo en los aos 30 es virtualmente inimaginable aun en medio de la presente, que es la peor contraccin experimentada desde entonces. Durante el Gran Crac de 1929, las acciones en el mercado de valores de Nueva York cayeron a una velocidad de vrtigo. En su nadir de 1932, el ndice Dow Jones de valores industriales se haba desplomado cerca de un 75%. Hacia 1933, cuando el Congreso aprob la Ley Glass-Steagall que ordenaba la separacin entre la banca comercial y la industrial, unos 4.000 bancos haban quebrado, una cuarta parte de la fuerza de trabajo estadounidense estaba sin trabajo y el ingreso nacional se haba desplomado un 50%.

La gigantesca ola procedente de los EEUU pronto se abati sobre Europa. En el momento del Crac de Wall Street de octubre de 1929, la Alemania de Weimar contaba ya con un milln y medio de desempleados. Cuando fue aprobada la Ley Glass-Steagall, ese nmero haba crecido hasta rebasar los 6 millones, cerca de un cuarto de la poblacin trabajadora; los nacional-socialistas y los comunistas haban conseguido, respectivamente, 13.400.000 votos y 3.700.000 votos en las elecciones presidenciales, y Adolfo Hitler era Canciller. Otros pases europeos haban sucumbido igualmente a la tormenta, aunque en menor grado en la mayora de los casos. Aun suponiendo que los EEUU se hubieran recuperado rpidamente, se puede dudar de que los beneficios hubieran logrado cruzar el Atlntico a tiempo para tranquilizar a una Europa sacudida por el fascismo y el comunismo y atrapada polticamente entre Berln y Mosc. O de que hubieran atravesado el Pacfico para contribuir a calmar las aguas en Japn y evitar la invasin de Manchuria.

En nuestros das, el mundo que goza de elevados ingresos los EEUU, la UE y Japn se halla libre de conflictos ideolgicos mayores, en parte porque el capitalismo tiene vara alta sobre el mundo entero. Antes, naciones comunistas como China y Rusia, naciones mucho tiempo protosocialistas como la India y hasta naciones islmicas tomaron el camino hacia el capitalismo poltico o de Estado. La globalizacin se ha puesto en cabeza, lo que se refleja en el crecimiento de las corporaciones transnacionales, en las transacciones financieras transfronterizas y en las telecomunicaciones a la velocidad de la luz. En las economas avanzadas, los sectores de servicios y conocimiento se estn imponiendo a la manufactura y la industria, reduciendo radicalmente el nmero de trabajadores manuales sindicalizados, cuyos puestos ocupan ahora empleados de oficina en el sector privado, difciles de organizar. Los salarios y las remuneraciones se han visto deprimidos por la reserva trabajo en expansin de los pases de mercados emergentes y por el trabajo inmigrante que de esas naciones se distribuye por el mundo entero. En efecto, la globalizacin gratuita acelera el debilitamiento del poder de contrapeso del mundo del trabajo en todo el llamado mundo desarrollado.

Y sin embargo, a pesar de los cambios enormes del capitalismo, los poderes existentes insisten en sealar grandes paralelismos entre el Crac de 2008 y el Crac de 1929. Irnicamente, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, est acreditado por su investigacin acadmica sobre la Gran Depresin. Propone hacer todo lo que est en su mano para evitar los yerros que llevaron del Viernes Negro al abismo del colapso econmico. De aqu su decisin de no perder ni un minuto a la hora de salvar unas instituciones financieras que son harto ms grandes, concentradas e internacionales de lo que eran hace 80 aos (y en el proceso, se harn ms grandes todava). La apuesta por un darwinismo socio-econmico movido por lo que Joseph Schumpeter llam el "perenne vendaval de la destruccin creativa", ha permitido a los grandes volverse ms grandes y fuertes a expensas de los ms dbiles y pequeos, sealadamente en el sector financiero, donde un puado de grandes bancos ha conseguido encaramarse a la cumbre. Gracias a una seleccin natural apuntalada por el Estado, Citigroup, Goldman Sachs, el Bank of America, J.P. Morgan Chase y Wells Fargo que dispone del 40% de las acciones de la banca nacional- han hecho caja. Lo mismo ha ocurrido con la American International Group (A.I.G.), la mastodntica compaa de seguros que, a travs de Goldman Sachs, est vinculada con todo el sistema bancario occidental y opera en ms de cien pases. En el sector industrial, Washington no ha dudado en arrojar ms de un salvavidas a General Motors y a Chrysler. Este tipo de facilidades, acompaadas de prdidas masivas de empleo y recortes de salarios, son consideradas un asunto menor. Lo cierto, sin embargo, es que Citigroup ha dejado en la calle a 52.000 de sus 300.000 empleados en todo el mundo, y las reducciones de plantilla en General Motors son de similar magnitud. Mientras tanto, y a resultas de la presin por reducir costes, siguen producindose fusiones gigantescas.

Est claro que lo que en Estados Unidos se exalta como un capitalismo democrtico es en realidad un sistema que, en la medida en que se ha visto forzado a competir con economas no occidentales apoyadas y guiadas por el Estado, como la china, la india o la rusa, se ha vuelto cada vez ms propicio a la concentracin y a la intervencin estatal. En los inicios de los aos 20, al tiempo que se pona en marcha la NEP y se privatizaban diferentes sectores de la embrionaria economa planificada y colectivista de la Unin Sovitica, Lenin insista que sus "puestos de mando" -industria pesada, banca, comercio exterior y ferrocarriles- deban continuar bajo propiedad y control estatal. Hoy en da, son cada vez menos las grandes empresas, muchas de ellas de dimensin mundial, reservadas a los puestos de mando del aparato estatal en la economa estadounidense. Por el contrario, son los gobiernos quienes, presionados por grupos privados de presin muy bien financiados y asesorados, salen a respaldar sus intereses y a rescatar sus empresas en caso de que las cosas no marchen bien.

Prcticamente toda la clase poltica ha sugerido que hay que responder a la crisis financiera global mediante la re-regulacin de unos mercados y transacciones supuestamente desbocados. Nadie cuestiona, sin embargo, la singular racionalidad del capitalismo estadounidense, basada en la bsqueda irrestricta de beneficio y en la creacin destructiva. Durante sus 18 aos al frente de la Reserva Federal, Alan Greenspan no slo consider incontrovertible que los mercados de riesgo y la persecucin del propio beneficio conduciran en ltima instancia a la auto-regulacin. Tambin dio por supuesta la aceleracin del proceso de destruccin creativa que ha acompaado la expansin de la innovacin econmica y que se refleja en el desplazamiento de las inversiones de capital desde tecnologas en decadencia hacia tecnologas de punta. Ni siquiera hoy, la lite de los economistas acadmicos y sus financiadores se atreve a cuestionar los imperativos de hierro de una globalizacin capitalista orientada al beneficio y a la eficiencia, cuyo objetivo es hacer del mundo un sitio seguro para un consumismo sostenido en la difusin de las tarjetas de crdito.

Tras los atentados del 11 de setiembre de 2001, y al tiempo que declaraba la guerra al terror, el presidente George W. Bush invitaba a los estadounidenses a que fueran de compras y visitaran Disney World, en Florida. El 8 de marzo de 2009, en medio de la gran recesin, el presidente Obama los exhortaba, por su parte, a no dejar de consumir de golpe apresurndose a guardar el dinero bajo el colchn. Cuatro das antes, en su discurso a la sesin anual del Parlamento chino, el Primer Ministro, Wen Jiabao, acompaaba el anuncio de un nuevo paquete de estmulos a la demanda con un discurso que alentaba a los chinos a ser menos frugales y a gastar ms en bienes y servicios.

Aparte de rescatar a mega-empresas que tienen la fortuna de ser "demasiado grandes como para dejarlas caer", la clase poltica occidental ha exhibido pocas ideas ms all de las ayudas, los ajustes e incentivos fiscales, el aumento del gasto pblico, el recurso al proteccionismo moderado, la regulacin de los mercados financieros o un cierto rigor con los parasos fiscales. En todos los casos, como ha recordado el presidente Obama, se trata de medidas plenamente consistentes con los principios del libre mercado". La imposicin de estndares de regulacin ms estrictos, sin embargo, no parece ser una receta segura si de lo que se trata es de reparar el actual descoyuntamiento y de prevenir futuras crisis. Como bien advirti Marx, es probable que la frecuencia y la magnitud de las convulsiones del capitalismo aumenten con su irreversible globalizacin. Si ya es difcil controlar a los banqueros, gestores de fondos, aseguradores e intermediarios en un solo pas, disear y poner en prctica un sistema global de regulacin financiera para 192 estados soberanos con diferentes niveles de desarrollo y con intereses econmicos, prioridades sociales y agendas polticas en conflicto entre s, se presenta como una empresa imposible.

A pesar de ello, la clase poltica, los economistas, los responsables de los bancos centrales y los intelectuales pblicos de casi todas las naciones claman por una respuesta global al actual colapso financiero y econmico mundial. El 15 de noviembre de 2008, slo diez das despus de la eleccin presidencial estadounidense, el todava presidente Bush ofici como anfitrin en una cumbre preliminar de lderes del G-20, esto es, de las 20 primeras economas del mundo. Algunos lderes europeos apelaron de manera grandilocuente a la refundacin o renovacin del capitalismo. A puertas cerradas, no obstante, se centraron en cuestiones ms prosaicas como la necesidad de mayores controles y transparencia. Para los medios y de cara a la galera, despotricaron contra los creativamente destructivos magnates bancarios y empresariales, y se mostraron dispuestos a limitar, con prudencia, sus salarios, primas, y dems paracadas de oro. De ese modo, las lites presentaban los actuales espasmos del capitalismo como un hecho azaroso, personal o moral, ms que como una cuestin sistmica, socio-econmica y poltica. Aceptado este diagnstico, la alternativa, ms que la reforma profunda, pasaba a ser la purificacin, el exorcismo y la rehabilitacin a travs de una mezcla de regulacin estricta de los mercados financieros en el mbito estatal y suave en el transnacional. En cualquier caso, como se sabe, desde que Adn y Eva fueron expulsados del paraso, esta clase de intentos de purgar la avaricia y la corrupcin del mundo han sido tan intiles como querer atrapar el viento con una red.

La creciente tendencia a las crisis es algo inherente al capitalismo financiero de libre mercado y globalizado. Sin embargo, dada la ausencia de un modelo coherente y creble de economa, de poltica y de sociedad alternativas, el mundo no parece, a pesar de las predicciones en contrario, encaminarse hacia una encrucijada histrica. Son pocos los partidos polticos y los pensadores capaces de articular, de un modo razonable, una crtica sistemtica al capitalismo contemporneo o de proponer un programa amplio de reformas. Es un sinsentido que un presidente pro-negocios como el francs Nicols Sarkozy venga a decir que "es una locura" afirmar que "los mercados tienen siempre razn" y que "se asiste al ocaso de una cierta idea de globalizacin vinculada al fin de un capitalismo financiero que impuso su lgica en el conjunto de la economa". Nada indica, de hecho, que el prodigioso poder financiero, econmico, militar, cultural e ideolgico de Washington vaya a desplomarse de la noche al da a favor de Europa, Japn, China, Rusia o de aqullos que, en general, culpan a la insaciabilidad de Estados Unidos por la actual pandemia. A pesar de las rivalidades econmicas y de los desacuerdos diplomticos, las clases dirigentes de las naciones ms desarrolladas carecen de una visin muy diferente a la de sus contrapartes norteamericanas. Por eso, no tienen inters alguno en un sbito colapso de los Estados Unidos y en el fin del dlar como moneda de reserva global. Comenzando por Beijing, que a pesar de haber lanzado la idea de una moneda de reserva super-soberana, est atrapada en una frrea interdependencia con la economa norteamericana. Como para el resto del mundo, tambin los Estados Unidos son demasiado grandes como para dejarlos caer.

El Crac de 2008 supone un punto de inflexin en el capitalismo que se expresa, entre otras cuestiones, en el paso de intervenciones microeconmicas de mbito estatal a intervenciones macroeconmicas y multinacionales coordinadas en una escala ms amplia. Por el momento, el nfasis ha recado en la necesidad de polticas transfronterizas dirigidas no simplemente a estabilizar las principales economas y mercados financieros mundiales, sino a revivir las intermitentes economas de ingresos bajos y medios de los pases Blticos, Europa del Este y, en general, el mundo en vas de desarrollo. En este contexto, la ideologa puede dejarse de lado sin problema: mientras los lderes de la Unin Europea, con ms vehemencia que sus colegas allende el Atlntico, fustigan a los regmenes autoritarios de China, los pases del Golfo y Rusia, tienen pocos miramientos a la hora de presionarlos para que contribuyan al rescate del capitalismo democrtico. Antes de la cumbre de Washington, Gordon Brown y Sarkozy reclamaron que las economas capitalistas autocrticas inyectaran parte de sus reservas monetarias en las arterias del sistema crediticio internacional. Significativamente, durante la escala en China de su primer y apresurado tour imperial, la Secretaria de Estado Hillary Clinton demand a Beijing que continuara comprando bonos del Tesoro de los Estados Unidos no slo porque fueran una buena inversin, sino tambin porque estamos en el mismo barco[de manera que] o nos recuperamos juntos o nos hundimos juntos. Gracias al supervit de su comercio exterior, China tiene una reserva cercana a los dos billones de dlares -casi seis veces las reservas del Fondo Monetario Internacional-. Rusia y los pases del Golfo, por su parte, han amasado millones y millones en monedas fuertes, si bien sus reservas se han reducido a la mitad. En cualquier caso, si llegan a echar una mano, adems de buscar slidas contraprestaciones en trminos financieros, exigirn un alto precio poltico, comenzando por una presencia ms fuerte en los puestos de mando del orden econmico-financiero global post-Bretton Woods.

Por lo que respecta a los Estados Unidos, si las races de la crisis fueran slo fiscales y econmicas, podran sortearla con relativamente poco dolor y sin mayores dificultades. Sin embargo, a finales de septiembre de 2008, Washington acumulaba ya un dficit presupuestario de 455.000 millones de dlares. Se calcula que durante este ejercicio fiscal dicho dficit ascender como mnimo a los 700 millones de dlares, a los que habra que sumar un dficit comercial desbocado y unos pagos de intereses que conforman una deuda nacional multi-billonaria. Esta hipoteca sobre el futuro, que detrae fondos esenciales para la salud pblica, la educacin y la seguridad social, podra reducirse a travs del recorte de unos gastos militares que continan siendo equivalentes al del resto de pases del planeta unidos. El presupuesto base del Departamento de Defensa para el ejercicio 200-2008 fue de unos 440.000 millones de dlares, y las guerras en Irak y Afganistn insumen unos 12.000 millones de dlares por mes. A ello hay que sumarle los miles de millones de dlares que se gastan en asistencia militar y econmica as como en operaciones secretas.

Vale la pena recordar que, si bien en 1929 los Estados Unidos eran ya una nacin acreedora, su presupuesto militar era insignificante y, sin un imperio que mantener, podan ahorrarse gastos. Aun as, hizo falta la planificacin econmica de la Segunda Guerra Mundial, la euforia posblica y el impulso imperial para que la prosperidad pudiera irrumpir. Hoy, el imperio est alcanzando su cenit pero tambin est entrando en su curva descendente. Aunque la eleccin presidencial de 2008 se desarroll en medio de dos guerras costossimas y de considerables dificultades econmicas, ninguno de los candidatos mencion el monto exorbitante de los gastos imperiales. Por el contrario, John McCain y Barack Obama pugnaron por mostrar quin sera capaz de perseguir con mayor firmeza el inters imperial de los Estados Unidos, un inters al que ambos candidatos se referan invariablemente como el inters nacional. Las diferencias entre ambos partidos y sus seguidores se revelaron ms bien tcticas y de estilo. A poco de asumir la presidencia, Obama declar que Amrica mantendra su dominio militar, haciendo lo que hiciera falta para mantener la ventaja tecnolgica [] de las fuerzas armadas ms potentes de la historia mundial y poder, as, derrotar y disuadir tanto a enemigos convencionales como no convencionales.

Claramente, el imperio norteamericano no ser sacrificado sin ms al altar de la responsabilidad fiscal. Por el contrario, ser el objetivo de un presupuesto equilibrado el sacrificado a la supervivencia del imperio, sobre todo porque, cuando se trata de excreciones imperiales, no se puede olvidar que el imperio sirve a diferentes propsitos. Adems de resultar rentable para sectores fundamentales de la economa, permite promover el prestigio de los Estados Unidos, la cohesin social y la influencia cultural. Por supuesto, el imperio entraa una pesada carga civil que no puede expresarse en dlares: la creciente corrupcin del proceso poltico a manos de los grandes intereses econmicos, comenzando por el de aquellos grupos de poder copiosamente financiados por la banca. Para recordar los efectos de esta plaga, vale la pena volver sobre los Discursos sobre la primera dcada de Tito Livio, de Maquiavelo, o las Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los romanos y de su decadencia, de Montesquieu.

Aunque el imperio estadounidense ha traspasado su pico histrico, sigue siendo una superpotencia con una capacidad militar lo suficientemente imponente como para compensar su erosionado pero todava considerable poder blando o inteligente. Como bien observ Gibbon, los imperios no declinan ni caen de una vez. Por eso, como sugiri tras completar su magistral Historia de la decadencia y cada del Imperio Romano, en 1788, en lugar de preguntar por qu Roma fue destruida deberamos sorprendernos de que haya sobrevivido durante tanto tiempo.

Finalmente, cabe plantear la cuestin de si el imperio estadounidense deber afrontar, como el romano, rebeliones provenientes de lo que Arnold Toynbee llam el proletariado interno y externo. Mientras que en Estados Unidos, el centro de Europa y Japn dichas rebeliones se podran producir a resultas de la frustracin de las creciente expectativas sociales, en el mundo en vas de desarrollo es ms probable que estallen como consecuencia de la cruda pobreza y de las penurias espoleadas por la explosin demogrfica, sobre todo en tiempos de desempleo galopante, salarios menguantes y volatilizacin de los precios de los alimentos. Alrededor de un 20% de los 65.000 millones de habitantes del mundo viven hoy con 1 dlar por da; un 50%, lo hace con menos de 2 dlares, la mayora de los pases en desarrollo. Ms que los desacuerdos religiosos o tnicos, son esta miseria material, sumada a la crisis ecolgica, las que pueden disparar una violencia popular desestabilizadora. En marzo de 2009, en la vspera de la cumbre del G-20 en Londres, el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, dej claro que, para afrontar el mayor hundimiento de la economa y del comercio mundiales desde 1945, las economas de las naciones emergentes del Tercer Mundo necesitaban inversiones en redes de seguridad, infraestructuras y pequeas y medianas empresas que creen empleos y contribuyan a evitar las turbulencias sociales y polticas. O dicho en las ms precisas palabras de la carta abierta dirigida a la cumbre de Washington por el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon: Si cientos de millones de personas pierden sus medios de vida y sus esperanzas en el futuro como consecuencia de una crisis en la que no han tenido responsabilidad alguna, la crisis humana que sobrevendr no ser slo econmica.

Arno J. Mayer es profesor emrito de historia en la Universidad de Princeton. Autodefinido como marxista disidente de izquierda, es autor, entre otras obras, de The Furies: Violence and Terror in the French and Russian Revolutions, 2001.

Traduccin para www.sinpermiso.info: Gerardo Pisarello


Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter