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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-05-2009

O cmo claudicar sin ayuda y sin esfuerzo
Descanso obligatorio

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio (Cuba)


Maneje su carro con un solo dedo, conozca el mundo sin salir de casa, endurezca sus glteos sin levantarse del silln, hgase millonario sin esfuerzo, compre desde su hogar, lo hacemos todo por usted, hable ms tiempo, ms lejos, ms barato, beba, coma, duerma, rsquese, mire, no lo piense ms: haga dao, nosotros disparamos mientras usted descansa, produzca diez toneladas de basura con un solo euro, mate ms nios a menos precio, mutlese gratis, destruya el planeta desde la pantalla de su ordenador, no lea, no piense, no luche, no se canse, no viva: vea la televisin.

Con poco dinero y casi sin ningn trabajo, es verdad, se puede renunciar a la libertad e incluso a la supervivencia. Lo nico que no cuesta nada es la esclavitud; lo nico que no requiere esfuerzo es la derrota; lo ms cmodo de todo es dejarse destruir. Sin manos, desde casa, con un solo dedo, dejando resbalar apenas la mirada sobre una superficie plana se introducen muchos ms efectos que levantando piedras o cortando lea (o, claro, construyendo escuelas o curando heridas). Los monjes y eremitas medievales se retiraban del mundo, y lo contemplaban desde fuera, para no intervenir en l; las clases medias capitalistas, al contrario, se refugian en la contemplacin como en la ms eficaz y destructiva forma de intervencin. Por eso, y no por nostalgias reaccionarias o cristianas vocaciones de martirio, hay que desconfiar de todo lo que puede hacer uno mismo sin ayuda y de todo lo que podemos lograr sin demasiada fatiga. En una sociedad que da tantas facilidades para perder el juicio, que hace tan llevadero matarse y tan irresistiblemente placentero dejar caer las cosas al suelo, que proporciona tantas comodidades para que aumentemos nuestra ignorancia y concede tan generosos crditos y subvenciones para que despreciemos a los otros o hagamos ricas a las multinacionales, podemos tener la casi total seguridad de que si algo nos da pereza si algo nos molesta- es porque vale la pena. En una sociedad que nos obliga precisamente a no hacer ningn esfuerzo, que nos impone la pasividad ms divertida, que nos fuerza a no sentirnos jams incmodos, perturbados o vigilantes, que nos constrie tirnicamente a estar siempre satisfechos, podemos estar casi seguros de que precisamente todo aquello que no queremos hacer nos vuelve un poco ms libres. En una sociedad tan totalitariamente favorable, tan poderosamente benigna, tan dictatorialmente confortable, he acabado por adoptar este principio: si algo no me gusta, es que es bueno; si no lo deseo es que es bello; si no tengo ganas de hacerlo, es que es liberador. Cada vez apetece menos leer, ser solidario, mirar un rbol: he ah el deber, he ah la libertad. Cada vez nos cuesta menos ver la televisin, conectarnos a Internet, usar el celular: he ah una manifestacin tan feroz del poder ajeno y de la propia sumisin como lo son la explotacin laboral o la prisin.

Eso que el filsofo Bernard Stiegler llama proletarizacin del consumidor, privado del control sobre su ocio al igual que el obrero est privado del control sobre su trabajo, no puede separarse de ciertos medios las nuevas tecnologas- que conviene juzgar tambin desde este punto de vista antes de incorporarlas acrticamente a nuestra existencia como instrumentos de emancipacin. He dicho otras veces que la diferencia entre un martillo y una conexin a Internet es la que existe entre una herramienta, prolongacin del cuerpo en el mundo, y un rgano, que es siempre, por el contrario, la intromisin del mundo en el propio cuerpo. Es ms fcil manejar el propio rin que el propio martillo y por eso es ms difcil vivir sin un rin que vivir sin un martillo. Pero es ms fcil imponer nuestra voluntad a un martillo que a un rin y por eso es ms difcil ser esclavizado por un martillo que por un rin. La facilidad tecnolgica, como la facilidad consumidora (y por razones muy parecidas), es una dictadura orgnica frente a la cual nuestra nica libertad posible consiste en defendernos de ella. Frente a un martillo somos libres cuando nos decidimos a usarlo; frente a un rin, slo seramos libres si pudisemos decidir no usarlo. Por la misma razn, somos libres cuando abrimos un libro; pero slo somos libres cuando cerramos el ordenador (o el celular o la televisin).

Ahora bien, una libertad slo negativa frente a un rgano vivo es una locura; es casi un delito; es, en cualquier caso, una autolesin. No es libertad. La evidencia de esta limitacin de la voluntad introducida en nuestras vidas por la televisin o por Internet, tanto ms restrictiva cuanto ms se multiplican los canales y las pginas digitales, se manifiesta en el hecho de que la nica opcin verdaderamente libre frente a ellas (el off) es la violencia. En la antigua Roma, el fuego del templo de las vestales deba mantenerse siempre encendido como condicin misma de la continuidad de la vida; y su extincin, castigada de la forma ms severa, era al mismo tiempo una catstrofe y la causa de nuevas catstrofes. Hoy, la continuidad de la vida est garantizada por los flujos de imgenes ininterrumpidos de las redes informticas y televisivas; mientras nosotros dormimos, nuestro rin funciona; mientras nosotros dormimos, la CNN sigue emitiendo; mientras nosotros dormimos, Internet sigue activo. La Vida no est ya en los templos ni en las fbricas metalrgicas ni por supuesto- en el ojo siempre vigilante del Dios omnipotente; las nuevas tecnologas, frente a cuyas imgenes manufacturadas pasamos muchas ms horas que frente a nuestras montaas, nuestros hijos o nuestros novios, han sustituido y concentrado todos estas funciones biolgicas y religiosas. Ellas son la Vida, de la que intermitentemente, en ratos ciegos, cuando nos apartamos de la mesa o del saln para preparar la comida, ir al trabajo, frecuentar a los amigos o sencillamente tomar el sol, quedamos trgicamente fuera. Desconectarnos de Internet? Apagar la televisin? Distintos estudios sociolgicos han llamado la atencin sobre la angustia que, sobre todo en los sectores ms vulnerables, produce una pantalla oscura. La nica decisin verdaderamente libre que podemos tomar una vez las nuevas tecnologas han entrado en casa (la de apagarlas) se parece bastante a una eutanasia. Es como si todos los das tuvisemos que asumir la responsabilidad de dejar morir a un pariente hospitalizado; como si todos los das se nos exigiese el gesto repetido (castigo griego, como el de Ssifo o Prometeo) de desconectar nuestro cuerpo de los cables y aparatos que lo mantienen conectado a la Vida. Demasiada responsabilidad para que la asuman los ancianos, los nios, los solitarios, los deprimidos, los abandonados, los cansados, que son la mayora en este mundo.

La ilusin de la Vida habr que combatirla recuperando la sociedad misma en el exterior. Pero la tecnologa audiovisual no es slo una ilusin: es tambin un formato, un aparato. Y si la memoria poltica y moral de la humanidad puede borrarse de un plumazo, no ocurre lo mismo con la memoria tecnolgica. La humanidad futura sabr fabricar la bomba atmica; la humanidad futura tendr televisin y telefona mvil y riones informticos que no se dejarn nunca manejar del todo. Precisamente por eso es necesario recuperar la sociedad misma; porque la nica manera de frenar la tecnologa, e incluso de usarla a nuestro favor, es que la gestione una sociedad consciente y libre y no la voluntad individual de miles de apetencias y gustos y caprichos activados y emocionados- por la facilidad inmensa, y el placer insuperable, de hacerlo todo pedazos sin moverse del silln.

 

 

 

 

 

 

 

 



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