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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-05-2009

La subversin de la liberacin

Azmi Bishara
Al Ahram Weekly

Traducido del ingls para Rebelin por Sinfo Fernndez


Los filsofos escoceses de la Ilustracin, desde Ferguson hasta Adam Smith, nos ensearon que emociones tales como el anhelo de reconocimiento y afecto por parte de los otros, as como la envidia y la avaricia, son deseos humanos naturales y desempean un papel crtico en la construccin de sociedades y relaciones sociales. Como osados y petulantes estudiantes de filosofa que ramos, nos burlbamos de esas explicaciones tan simplistas acudiendo a las races de las ideologas y a la lucha de clases. Sin embargo, la experiencia nos ha enseado que esas motivaciones, aunque mundanas y mezquinas, son un acicate importante en los mundos de la poltica, la cultura y la ciencia, y no digamos ya de la economa, especialmente con el paso de la evolucin humana a la edad del individualismo. El poder de lo ordinario no tiene rival en ninguna otra fuerza social. La sociedad y la historia no pueden explicarse nicamente en trminos de clases, ideologas rivales, modos de produccin y similares. Aunque son muy importantes, hay otra serie de factores que han de tenerse tambin en cuenta: la cuestin del reconocimiento es un ejemplo; la generacin de la identidad social es otro.

Pero incluso el psiclogo ms inexperto estara de acuerdo en que esas emociones, como el deseo de reconocimiento, el deseo de impresionar y el anhelo de amor, cuando van ms all de lo normal, llegan a desarrollar obsesiones que en gran medida indican un complejo de inferioridad. Reconocera tambin que esas obsesiones podran reflejarse en una excesiva adulacin o que, si llegaran a reprimirse, daran lugar a alteraciones de la conducta que podran acabar estallando de forma violenta.

Pero mientras que lo anterior puede ser correcto en lo que se refiere a los individuos, aplicar las mismas motivaciones el anhelo de reconocimiento y el deseo de impresionar a los otros- a los grupos humanos es antinatural desde que la palabra es. El intento se basa en la presuncin de que el grupo es un individuo con mente, sentimientos y motivaciones que desea impresionar y conseguir el reconocimiento de otros grupos. Pero tratar a todo un pueblo o civilizacin como si fuera una especie de ser superior permite una grave distorsin de uno y otros y genera una total confusin. La relacin entre culturas es o bien una relacin entre percepciones e imgenes preponderantes en esas culturas (la produccin de imgenes es una industria como cualquier otra con sus propios factores de motivacin y herramientas de produccin) o una relacin entre diversos individuos desde el interior de esas culturas. Un individuo de una cultura que se considera atrasada puede, de hecho, ser intelectualmente, o de cualquier otra manera, superior a un individuo de una cultura que habitualmente se percibe como avanzada.

Sin embargo, por desgracia, este hecho se olvida fcilmente o trata de ocultarse. La tendencia es que las personas de una cultura superior miren desde arriba a los representantes de una cultura inferior que aspiran a ser reconocidos y se consideran ellos mismos inherentemente bien dotados en virtud de su etnia, a pesar del hecho de que hay otros que pueden estar ms dotados que ellos mismos. En cambio, la implantacin artificial de un complejo de inferioridad entre un pueblo mediante un lavado de cerebro que les lleve a pensar que son de alguna forma inferiores cuando se les compara con otros pueblos sanos y prsperos, tiene por objeto generar una conducta obsequiosa hacia esos otros. En consecuencia, cualquier banalidad que lleven a cabo y cualquier perogrullada que pronuncien los miembros de esa supuestamente cultura superior representar un golpe de genialidad hasta que se pruebe otra cosa, mientras que se da por hecho que cualquier miembro de la supuestamente cultura inferior es un idiota mientras no se pruebe lo contrario.

En poltica, esta dinmica puede dar lugar a situaciones ridculas. Por ejemplo, no es extrao que se considere a los occidentales, sin tener en cuenta su grado o nivel de implicacin poltica, como la personificacin de la opinin pblica global (en s misma una construccin artificial) cuya aprobacin es necesario conseguir. En consecuencia, el desprevenido occidental deviene en objetivo de algn adulador ingenuo o, quiz, de una ingenua gimnasia verbal que intenta congraciarse y obtener su favor. Todo esto puede adoptar la forma de emulacin o adulacin o menosprecio hacia uno mismo, que suponen una muestra de sumisin o de declaracin de impotencia. Cualquiera que sea su significado, el resultado final es una imitacin ciega del objeto del halago, la inflamacin de sus egos y el refuerzo de su estatus imaginario de seres superiores. Mientras tanto, el sentido de inferioridad entre quienes intentan congraciarse se convierte en un impedimento para la evolucin de su propia cultura y un obstculo en el camino de su propio desarrollo creativo.

Tales son los tipos de situaciones a que da lugar un orientalismo a la inversa, en el cual se percibe ntegramente a Occidente como una nica entidad monoltica que ha echado el cerrojo ante las presumiblemente cerradas, homogneas y similarmente monolticas entidades como la cultura rabe, oriental o islmica. En el contexto de este conflicto, el comportamiento rabe ha puesto de manifiesto varios fenmenos respecto al deseo de ganarse el favor de Occidente. Ha elegido elaborar tres de ellos:

El primero es un orden rabe que al cortejar la aprobacin de los polticos europeos y estadounidenses logra, de forma casi invariable, lo contrario. Ese tipo de enfoque despierta desprecio e irrisin. Por ejemplo, nos encontramos con funcionarios rabes que adoptan los aires de la aristocracia britnica. En una era en la que la forma de hablar, el amaneramiento y los rituales de la clase alta britnica se han convertido en terreno abonado para la parodia entre los mismos britnicos, los hijos de los jefes tribales y generales rabes se parecen, en el mejor de los casos, a esos que llegan a la fiesta cuando todos los invitados se estn marchando. Despus estn todos esos que ridiculizan a sus propios pueblos frente a sus interlocutores europeos o estadounidenses, definindoles despectivamente como seres atrasados, capaces slo de entender el lenguaje de la fuerza y similares. En dramtico contrapunto, nos encontramos tambin con el funcionario ocasional que se esfuerza en causar buena impresin revistindose de un autntico atuendo rabe. Esto requiere docenas de metros de coloridas telas reunidos en ondeantes trajes sacados directamente de la imaginacin de un pintor orientalista del siglo XIX. Desde luego, los mismos mtodos se han utilizado tambin como gesto de desafo. A menudo me he preguntado por qu todos los dirigentes rabes que se sitan bajo el punto de mira occidental necesitan estallar en una versin de la dakba, o disparar una pistola al aire frente a las masas o cambiar de traje con cada regin que visitan o cualquier otra mamarrachada.

El segundo fenmeno es la aficin del funcionariado rabe en hacer que el pueblo rabe crea que Occidente les es hostil porque ellos tienen una mala imagen en Occidente. Les hacen creer que esa mala imagen es algo que aparece como surgido de la nada en vez de estar conformado por toda una interaccin de intereses y posiciones polticas. Como consecuencia, el problema que tienen los rabes es su imagen en los medios. Miren cunto le ayuda la imagen favorable que tiene Israel, dicen, aadiendo que por eso debemos hacer cuanto est en nuestra mano para mejorar nuestra propia imagen. Es verdad que los medios de comunicacin de masas y la cultura en Occidente perpetan una imagen del enemigo rabe que tiene gran impacto en la opinin pblica de esos pases. Sin embargo, la respuesta correcta no es mejorar la imagen de los rabes mediante esfuerzos por conseguir la aprobacin, tal y como se mencionaba anteriormente, sino sacar a la luz el racismo subyacente en esa cultura y los mecanismos de distorsin y desinformacin que se utilizan para propagar esa imagen negativa de lo rabe y lo musulmn. Finalmente, el nico camino para hacer que otros tengan una imagen ms favorable de nosotros es cambiar sus actitudes, lo cual no significa tener que doblar la cerviz ni emprender una batalla para demostrar que somos iguales a ellos. Por mucho que hagamos pretendiendo que somos como ellos no nos har a los rabes como ellos: al contrario, slo sirve para agravar el complejo de inferioridad y su previsible conducta mientras se concede a la otra parte el poder de juzgarnos de acuerdo con sus esquemas. Si en todo este asunto hay algo que tenga relacin con mejorar la imagen, entonces la parte que debera mejorar su imagen es la que coloniz, persigui y fragment las tierras de los otros.

El tercer fenmeno es una tendencia a confundir la demanda de reconocimiento de los derechos con la demanda de reconocimiento de la identidad, o la demanda de justicia con la demanda de reconocimiento de nosotros o de nuestros representantes. Dedicar lo que queda de este artculo a este ltimo punto:

En cualquier lucha por la justicia y los derechos que implique libertades e igualdad hay grandes posibilidades de que se confunda el reconocimiento de los derechos con el reconocimiento de la identidad y, en una fase posterior, el reconocimiento de la identidad de grupo con el reconocimiento de los representantes de ese grupo. Esto se debe a que hay una lucha organizada dirigida por un liderazgo educado y politizado capaz de defender las demandas de su pueblo, de organizar y comprometerse en la lucha para satisfacer esas demandas, cuyos miembros pueden ser o no originarios de los grupos oprimidos a los que representan. El problema es que puedan llegar a ser vulnerables a confundir el reconocimiento de los derechos que tienen que defender con el reconocimiento de ellos mismos como dirigentes y como partido legtimo en el escenario poltico domstico, o como partido legtimo en un proceso de negociacin que afecta, digamos, a movimientos de liberacin.

Naturalmente que los dirigentes tienen que gozar de reconocimiento como tales en caso de celebrar negociaciones. Sin embargo, el reconocimiento del liderazgo debe proceder del reconocimiento de los derechos que representa y no al contrario. En el caso de un movimiento de liberacin que surge victorioso de la batalla, el reconocimiento del liderazgo debe surgir de la necesidad de que entren en vigor los derechos adquiridos mediante este logro. Sin embargo, si la batalla se hace interminable sin conseguir el resultado deseado, o si el liderazgo se tambalea, ese liderazgo puede ser vulnerable a un peculiar proceso de cambio a travs del cual el reconocimiento de los dirigentes sustituye a los derechos que se supone que esos lderes han de defender. As, el reconocimiento del liderazgo se produce a costa de la propia causa por la que esos lderes tienen razn de ser.

Cundo podemos decir que nos enfrentamos a un liderazgo de ese tipo? Muy fcilmente. Cuando ese liderazgo hace cosas como las que se exponen a continuacin:

- Emprende operaciones de resistencia armada no con el objetivo de conseguir la victoria sino de permanecer como una especie de peste hasta que la parte contraria se vea obligada a reconocer que la fuente del conflicto es tambin la parte capaz de acabar con l. En este contexto, no es importante mantener a largo plazo un movimiento clandestino de base; de hecho el mismo concepto queda marginado. Lo que cuenta es simplemente la capacidad para organizar ataques, sin estrategia ni efecto acumulativo algunos sino con el nico propsito de llevar este mensaje al enemigo: Si quieres que vuelva la calmas, tienes que negociar con nuestros dirigentes.

- Tratar siempre de persuadir a la comunidad internacional de que la clave para resolver el problema reside en el reconocimiento de este liderazgo y el hincapi que se hace en este punto supera con mucho el que se pone en la necesidad de reconocer los derechos nacionales del pueblo para acabar con la ocupacin, para reconocer el derecho al retorno de los refugiados y para admitir valores tales como la igualdad y el rechazo del racismo y el sionismo. De hecho, queda palmariamente claro que para este liderazgo los derechos en cuestin no son sus objetivos sino ms bien las fichas de negociacin con las que se juega con el objetivo de asegurarse el reconocimiento.

- Se esfuerza siempre en demostrar que puede mantener el orden. Pero sus acciones a este respecto son tales que el pueblo bajo su autoridad descubre pronto que el liderazgo que sus hijos haban defendido con sus vidas con la esperanza de que finalmente consiguieran sus derechos est ahora imponindoles medidas de seguridad que son ms estrictas y ms violentas que las implantadas por la potencia ocupante.

- El mismo liderazgo que ataca al enemigo (de forma que algunas veces incita al odio racista contra el enemigo) se inclina y se codea con cualquier delegacin extranjera para ganarse su admiracin y aprobacin, aunque esa delegacin no est all para negociar sino para plantearles cuestiones a los supuestos dirigentes como si les estuvieran sometiendo a juicio.

No es aqu mi propsito sealar con el dedo a ningn liderazgo rabe o palestino. Todos los dirigentes son proclives a caer en esos fallos si no se evalan continuamente o si el pueblo cuyos intereses se supone que tienen que promover tampoco lo hace. Es asombroso, y produce consternacin, para alguien que ha experimentado en primera persona lo que es la vida bajo una cultura de persecucin y que ha condenado y rechazado esa cultura en solidaridad con los objetivos de esa persecucin, observar a muchos de los representantes del pueblo perseguido pelearse como perros por lograr la aprobacin de los perseguidores.

Enlace con texto original en ingls:

http://weekly.ahram.org.eg/2009/947/op2.htm



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