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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-05-2009

El mismo Benedetti

Carlos Fazio
La Jornada


Regresbamos a Mxico por carretera cuando la radio dio la noticia: Mario Benedetti haba muerto. Mir a Patricia que conduca y balbuce si acaso un no pudo ms. Despus, silencio. Volte hacia la ventana del vehculo. Observ las sombras chinescas de los rboles recostados sobre la montaa y ennegrecidos por la hora, mientras se escurra un lagrimn y llegaban de golpe los recuerdos. Evoqu la coherencia de Mario hasta el final. Su tica. Su humor lindo. Su irona penetrante, a veces cida, tan montevideana. Al paisito verde y herido de nuestra juventud. La vieja Facultad de Humanidades, all en Juan Lindolfo Cuestas, pegada al mar, donde Mario diriga el Departamento de Literatura Hispanoamericana y rondaba el fantasma de Carlos Vaz Ferreira. A mi hermano Ibero Gutirrez, acribillado por el escuadrn, su poesa trunca como la de Heraud, el peruano. A los barbudos de la Sierra Maestra , a Fidel, al Che. Al Bebe Sendic y los muros con estrellas tupamaras. La militancia. A Dery chiquita. Machado. Vallejo. Tierra y libertad. Zapata. UTAA.[1] El Movimiento Independiente 26 de Marzo. A Seregni, el Frente Amplio y la corriente combativa.

El pas de la cola de paja despertaba de la larga siesta batllista. Se terminaba el tiempo de las vacas gordas y asomaba la lucha de clases exacerbada en la Suiza de Amrica. Perdamos la inocencia. Se iba al carajo la imagen del Uruguay idlico, facilongo y campen. Jorge Pacheco Areco, el ex boxeador que ejerci el poder entre 1968 y 1972, marc el inicio de la democradura. Gobern bajo medidas prontas de seguridad. Es decir, bajo el estado de sitio permanente. Militariz los entes estatales y los bancos, intervino la enseanza, instaur la censura previa a los medios e implant por decreto el Registro de Vecindad. Nos haban vendido el cuento de un ejrcito que tomaba mate en los cuarteles. Pero pronto llegara Mitrione y sus mtodos de interrogacin. Y con l, la mquina. La cacera del hombre. Y tambin la censura y la mentira institucionalizada.

En sus letras de emergencia Mario Benedetti recordaba que la muerte haba dejado de ser un nio vietnamita quemado con napalm y cocacola en alguna zona desmilitarizada. Y era verdad. La represin y la muerte asolaban ya la patria de Artigas. Uruguay era Amrica Latina. Ms medidas de excepcin. La Ley de Seguridad. El Estado de Guerra Interna. El pas mordaza. El de la picana, el submarino y la capucha. Y Mario que insista desafiando al maln fascista: Con tu puedo y con mi quiero, vamos juntos compaero. Se haban acabado todas las variantes de la joda. El golpe de Bordaberry agudiz la contradiccin oligarqua-pueblo. En el oscuro invierno del '72, en la explanada de la Universidad , en nombre del Movimiento 26 de Marzo, solo, rodeado de la tensin del momento y de un puado de compaeros, Mario Benedetti nos habl de la guerra con sangre derramada y muerte en las calles y en los campos. Dijo que se reprima con el pretexto de la subversin, y pidi no dejarse ensordecer por el fragor de la batalla. No dejemos que la gran capucha de la desinformacin nos oculte la realidad. Detrs de la represin y la tortura hay tambin fuertes motivaciones econmicas. Llam a rescatar la dignidad y la soberana. Apel a la unidad que sirve para luchar. Y dijo, rotundo, jugndose el pellejo, revolucin es participacin.

Todava en marzo del '73, durante un acto de la Corriente del Frente Amplio, Mario, siempre optimista, habl del poder popular. No se pudo. Poco despus hasta la cultura pasaba a la clandestinidad. Benedetti, como tantos, march al exilio. A la Argentina de la Triple A , donde lo sorprendi el golpe de Videla. El Pito Michelini, el Toba Gutirrez Ruiz y William Whitelaw y su compaera Rosario fueron asesinados en Buenos Aires. De nuevo la peste del terrorismo de Estado. Y otra vez a salir con los ladrillos a cuestas y el cepillo de dientes. Mario a Per y luego a Cuba. Otros al Mxico-refugio, pas solidario de entonces. A reencontrarnos con el viejo Quijano del legendario Marcha. Y con Mario Benedetti y Daniel Viglietti en aquella primera histrica versin de A dos voces , en la sala Nezahualcyolt abarrotada, en 1978.

Recuerdo tambin aquel encuentro con Mario en La Habana , en Casa, en el '79. Me acompaaban Len Garca Soler y Agustn Granados, colegas periodistas. Bajamos de El Nacional al malecn, y mientras ellos conversaban, observaba el mar, ensimismado. Llegamos a la Casa de las Amricas y Mario nos recibi siempre fraterno y cordial. Fue un dilogo ntimo. Hablamos de gaviotas y pescadores. Del cielo azul habanero. De las olas que reventaban contra el muralln y los barcos all lejos. Evocamos la rambla, claro. Nuestro Montevideo. Despus pasamos la lista de los amigos comunes desperdigados de la dispora. Y con la nostalgia de andar lejos hermanamos Cuba y Mxico. Y como siempre, un abrazo y un hasta pronto. Ya de regreso, juguetn, su voz aguardentosa, Agustn dispar: Pinches putos! Vaya platicadita, las gaviotas, los barquitos! Y s.

La ltima vez que estuve con Benedetti fue el da que enterramos a mi madre en Montevideo: el 22 de abril de 2008. Viglietti y su compaera mexicana, Lourdes Villafaa, nos haban acompaado al cementerio del Buceo y de regreso al barrio tomamos un caf en el Baccaro. De pronto, Daniel dijo: Vamos a ver a Mario.

Por qu no vens? Mi hermana Alicia, alent: And. Te va a hacer bien. En los ltimos aos, con las idas a Uruguay para ver a mi madre, ya grande, inclua una visita a Mario en su departamento de la calle Zelmar Michelini esquina 18. Era parte de una rutina entraable que inclua, tambin, el local de Tristn Narvaja a ver a mis compaeros. Esa maana a Mario se le vea animado. Bromeamos. Ariel Silva, su secretario, coment los avances del libro en preparacin y ponder su disciplina de escritor. Todos all sabamos que la muerte acechaba.

Benedetti, generoso, admirable, haba sobrevivido a las perplejidades de fin de siglo y varios achaques. Y segua rumiando sus adioses y bienvenidas. Sus insomnios y duermevelas. Sus despistes y franquezas. Tena su irona intacta igual que su ternura y su sonrisa. El mismo Mario, modesto, sencillo, tico, con su calidad humana y el compromiso de siempre, hasta el final, defendiendo la palabra.

 

http://www.jornada.unam.mx/2009/05/24/sem-carlos.html




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