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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-06-2009

La demonizacin del enemigo

Carlo Frabetti
Kaosenlared


Mis recientes artculos sobre la intolerable exigencia gubernamental de condenar a ETA -y solo a ETA- han sino reproducidos con profusin y han suscitado un gran nmero de comentarios (sobre todo el titulado Ni ETA ni E.T., inspirado en las preguntas de los periodistas sobre la candidatura de II-SP: www.kaosenlared.net/noticia/ni-eta-ni-e.t-entrevista-imaginaria-aunque-no-todo).

Creo que es una buena seal que un tema hasta hace poco tab sea objeto de animados debates en blogs y peridicos digitales; aunque de momento predominen las reacciones viscerales sobre las reflexiones ponderadas, al menos se ha abierto una brecha en el muro de silencio tan meticulosamente levantado por el poder. Y aunque debo, ante todo, dar las gracias a los cientos de personas que me han mostrado su apoyo por manifestar opiniones que despiertan las iras tanto de la derecha como de la izquierda sumisa, quiero drselas tambin a quienes han expresado su disconformidad con mis argumentos y, de ese modo, me han inducido a revisarlos y a profundizar en ellos.

Las crticas ms frecuentes a mi impugnacin de lo que he denominado condena por prescripcin gubernativa, vienen a decir ms o menos lo mismo que la siguiente, recin recibida por correo electrnico: Si en vez de pedirte que condenaras a ETA te pidieran que condenaras a los GAL o a Rubalcaba, tu reaccin sera muy distinta.

Pues bien, no es as. Si el PP ganara las prximas elecciones y el Gobierno de Rajoy me pidiera que condenara a los GAL, me negara en redondo. Por qu? Primero, porque rechazo la frmula de la condena extrajudicial; segundo, porque el Gobierno no tiene ningn derecho a pedir a los ciudadanos o a las organizaciones que condenen nada; y, tercero, porque condenar a los GAL y solo a los GAL equivaldra a decir que los GAL fueron (o son: no est claro qu tiempo verbal hay que usar en este caso) el mal por antonomasia, el nico crimen merecedor de una condena pblica. Y aunque el terrorismo de Estado se aproxima bastante al mal absoluto, incluso en ese caso lmite habra que evitar las condenas extrajudiciales y analizar los hechos en toda su complejidad.

No podemos caer en la vieja trampa, tan til al poder, de la demonizacin del enemigo. Por mucho rechazo que nos produzca una ideologa o una forma de actuar, por mucho que algo nos indigne o nos perjudique, no podemos confundir a las personas con sus ideas o con los grupos a los que pertenecen. Yo quiero que Rubalcaba se siente en el banquillo de los acusados por sus calumnias e injurias a II-SP (y, de paso, por su relacin con los GAL); pero me niego a condenarlo extrajudicialmente y a situarlo ms all de toda posibilidad de dilogo o negociacin; ni siquiera puedo excluir la posibilidad de que, en su fuero interno, l piense que hizo lo ms conveniente para su pas. A los que hacen dao hay que neutralizarlos, evitar que sigan hacindolo e intentar convencerlos de que se equivocan (como deca Scrates, el mal es un error); el castigo y la venganza son tan mezquinos como absurdos, y convertir a los enemigos en demonios es la mejor manera de impedir la paz. Esa paz hija de la justicia que los antiguos griegos llamaban Irene y que es la nica deseable, la nica posible.



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