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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-06-2009

De Detroit al Amazonas
El colapso de la industria automotriz imperial de EE.UU.

Greg Grandin
Tom Dispatch

Traducido del ingls para Rebelin por Germn Leyens


Introduccin del editor de Tom Dispatch

En los aos veinte el eslogan de ventas no se andaba con miramientos: Ford, el coche universal. En la dcada de los cuarenta, a la espera de una poca dorada, se mostraba esperanzado: Hay un Ford en tu futuro. En los cincuenta y sesenta, tena miras amplias: Ford tiene una idea mejor. En los setenta, un ligero tono suplicante: Ford quiere ser la compaa de tu coche. En los ochenta, se haba convertido en una pregunta: Has conducido un Ford ltimamente? En 2004, era simplemente una mentira: Ford, construido para la carretera que te espera. Ahora, que sepamos, debiera haber sido algo como: Ford, hecho para el precipicio del futuro.

En retrospectiva los Tres Grandes, tuvieron otrora la misma autoseguridad imperial respecto al producto. Chevrolet, claro est, era el latido de EE.UU. Cadillac fue el estndar del mundo. Buick, el espritu del estilo de EE.UU. Y Pontiac: Somos la pasin de conducir. Bueno, ya no, mi amigo.

Todava tengo mi viejo Ford Taurus, pero el otro da, el Wall Street Journal public un artculo sobre Detroit sealando que, aunque todava pueda mantener el mismo lema, la Ciudad del Automvil, igual que las lneas anteriores, parece representar la ms triste de las historias. Tienes que abandonar la ciudad, seal Andrew Grossman del Journal, slo para comprar un nuevo Chrysler o un Jeep, ahora que los concesionarios locales han cerrado sus negocios. Lo mismo vale si quieres comprar un libro nuevo, ya que la cadena de libreras Borders, fundada a slo 60 kilmetros de distancia, cerr su tienda en Detroit en junio. Lo mismo vale para casi todo lo dems. Ya ni siquiera hay una tienda de comestibles de alguna cadena nacional en algn sitio de la ciudad. Y que me hablen de que EE.UU. se vaca!

El otro da present algunas recomendaciones para la lectura de verano. Tengo una sugerencia ms: considralo tu leccin de historia de EE.UU., totalmente extrao, profundamente cautivador, para los clidos meses del colapso automotor estadounidense. Hablo de Fordlandia, The Rise and Fall of Henry Ford's Forgotten Jungle City [Fordlandia, el ascenso y la cada de la ciudad en la selva de Henry Ford] de Greg Grandin. Como colaborador regular de TomDispatch, Grandin lo deja asombrosamente claro a continuacin, la historia que cuenta no podra ser ms relevante para nuestro momento difcil de catstrofe econmica y automotriz o ms extrao. Tom

Un viaje por las ruinas del imperio

De Detroit al Amazonas

Greg Grandin

El imperio termina con una retirada. No, como muchos supusieron hace unos aos, de Iraq. All, como en Afganistn, aguantamos hasta el final, pase lo que pase, atrapados en la mayor acumulacin de chatarra demasiado grande para fracasar. Pero, una retirada de Detroit.

Por cierto, la verdadera evacuacin de la Ciudad del Automvil comenz hace dcadas, cuando Ford, General Motors, y Chrysler comenzaron a transferir ms y ms de sus operaciones fuera del rea del centro hacia reas rurales ms difciles de sindicalizar y, finalmente, al extranjero. Incluso cuando la economa floreca en los aos cincuenta y sesenta, cada da 50 residentes de Detroit ya hacan sus maletas y partan de la ciudad. Para cuando cay el Muro de Berln en 1989, Detroit ya tena decenas de miles de lotes baldos y ms de 15.000 casas abandonadas. Impresionantes edificios Beaux Arts y modernistas fueron abandonados para que volvieran a la naturaleza, sus pisos y techos cubiertos por pasto. Ahora apenas sirven de recargadas pajareras.

En trminos mitolgicos, sin embargo, Detroit sigue siendo la cuna ancestral del celebrado capitalismo estadounidense. Y mirando hacia los aos por venir, la repentina desintegracin de los Tres Grandes en este ao seguramente ser vista como un golpe al poder estadounidense comparable con el fin del Raj, la prdida de India por Gran Bretaa, esa joya en la corona imperial, en 1948. Olvidemos la posesin de una colonia o de la bomba, en la segunda mitad del Siglo XX, la verdadera marca de una potencia mundial fue la capacidad de hacer un motor V-8 de precisin.

Ha habido abundantes disecciones de lo que anduvo mal en la industria automotriz, as como cariosas reminiscencias sobre los das juveniles de Detroit, sobre inmensos tailfins y carburadores de doble cuerpo. El ao pasado, el icnico Clint Eastwood incluso acab con el icnico trabajador automovilstico blanco en su cinta Gran Torino. Pocos de estos post mortem han dado a conocer, sin embargo, hasta qu punto Detroit fue crucial para la poltica exterior de EE.UU. no slo como sostn de la economa de alta tecnologa, de altos beneficios por la exportacin, de EE.UU., sino como confirmacin de nuestro sentido de nosotros mismos como primera potencia del mundo (aunque al vincular la desaparicin de Detroit con la repercusin de la guerra ilegal del presidente Nixon en Laos, Eastwood por lo menos lleg ms cerca que la mayora).

Detroit no slo suministr una corriente continua de smbolos del poder cultural de EE.UU., sino ofreci el conocimiento organizativo necesario para dirigir una vasta empresa industrial como una compaa automotriz o un imperio. A los eruditos les encanta citar al presidente de GM, Charlie Engine Wilson, quien dijo genialmente que pensaba que lo que era bueno para EE.UU. era bueno para General Motors, y viceversa. Pocas veces se seala, sin embargo, que Wilson hizo su observacin en su audiencia de confirmacin ante el Senado para ser Secretario de Defensa de Dwight D. Eisenhower. En el Pentgono, Wilson impuso el modelo burocrtico corporativo de GM a las fuerzas armadas, modernizndolas para librar la Guerra Fra.

Despus de GM, le toc a Ford tomar las riendas, y John F. Kennedy nombr a su director ejecutivo

Robert McNamara y sus nios precoces para que prepararan a las tropas estadounidenses para una larga lucha nebulosa, ao tras ao. McNamara utiliz el enfoque de administracin de sistemas integrado de Ford para lanzar una matanza mecanizada, deshumanizada desde los cielos contra Vietnam, Laos y Camboya, como la describiera una vez el historiador Gabriel Kolko.

Tal vez, por lo tanto, deberamos pensar en las ruinas de Detroit como nuestro Foro Romano. Tal como los arcos triunfales de Roma todava nos recuerdan sus pasadas victorias imperiales en Mesopotamia, Persia, y otros sitios, as los actuales edificios dilapidados de Motown invocan la supremaca en rpida desaparicin de EE.UU.

Entre los ms imponentes est la fbrica de Henry Ford en Highland Park, cerrada desde fines de la dcada de los cincuenta. Apodada Palacio de Cristal por sus muros de vidrio desde el piso al techo, fue donde Ford perfeccion la produccin en lnea de montaje, construyendo 9.000 Modelo T por da un milln hasta 1915 catapultando a EE.UU. a aos luz por delante de Europa industrial.

Tambin all Ford pag por primera vez a sus trabajadores cinco dlares por da, creando uno de los vecindarios de clase trabajadora de ms rpido crecimiento y ms prspero de todo EE.UU., repleto de excelentes casas de estilo Artes y Oficios. Actualmente, Highland Park parece una zona de guerra, con calles cubiertas de trozos de vidrio y flanqueadas por casas quemadas. Ms de un 30% de su poblacin vive en pobreza, y ms vale no conocer las cifras de desempleo (ms de un 20%) o los ingresos anuales promedio (menos de 20.000 dlares).

Hay un recuerdo de que no fue siempre as. Una pequea placa de registro histrico delante de la fbrica Ford dice: la produccin en masa pronto pas de aqu a todas las fases de la industria estadounidense y sent las bases para la abundancia de la vida del Siglo XX.

EE.UU. en el Amazonas

Para comprender verdaderamente hasta dnde ha cado EE.UU. de las alturas de su grandeza industrial y para comprender cmo esa grandeza condujo a estupendos actos de locura hay que visitar otro conjunto de ruinas lejos del cinturn de xido del medio oeste estadounidense; yacen, en lo profundo (y casi olvidadas) en, de todos los lugares imaginables, en la selva tropical del Amazonas brasileo. All, cubierto por enredaderas tropicales, est el testamento de Henry Ford para la creencia de que el Modo de Vida Estadounidense poda ser fcilmente exportado, incluso a uno de los sitios ms salvajes del planeta.

Ford posea bosques en Michigan, as como minas en Kentucky y West Virginia, que le daban el control sobre todos los recursos naturales necesarios para hacer un coche con la excepcin del caucho. De modo que, en 1927, obtuvo una concesin de tierras amaznicas del tamao de un pequeo Estado estadounidense. Ford podra haber establecido simplemente oficina de adquisicin, y comprado caucho de productores locales, dejando que vivieran sus vidas a su gusto. Es lo que hacan otros exportadores de caucho.

Ford, sin embargo, tena ideas ms grandiosas. Se sinti en la obligacin de cultivar no slo caucho sino tambin a los recolectores de caucho. De modo que se lanz a superponer el modo de vida estadounidense a Amazonia. Hizo que sus gerentes construyeran casas con techos de tejas al estilo Cape Cod para la mano de obra brasilea que contrat. Los inst a plantar jardines y huertas y a comer pan de trigo, arroz integral, melocotones de Michigan en latas, y harina de avena. Llam su ciudad en la selva, con orgullo apropiado, Fordlandia.

Eran los aos veinte, por supuesto, y por lo tanto sus gerentes impusieron la Prohibicin del alcohol, o por lo menos trataron de hacerlo, aunque no era una ley brasilea, como en EE.UU. en esos das. Los fines de semana, la compaa organizaba bailes de square dance y declamacin de poesa de Henry Longfellow. El hospital construido por Ford en la ciudad ofreca atencin sanitaria gratuita a trabajadores y visitantes por igual. Fue diseado por Albert Kahn, el renombrado arquitecto que construy una serie de los edificios ms famosos de Detroit, incluido el Crystal Palace. Fordlandia tena una plaza central, aceras, fontanera interior, cspedes cuidados, un cine, tiendas de zapatos, heladeras y perfumeras, piscinas, canchas de tenis, un campo de golf y, por supuesto, Modelos T que circulaban por sus calles pavimentadas.

El choque entre Henry Ford el hombre que redujo la produccin industrial a los movimientos ms simples a fin de producir una serie de productos infinitamente idnticos, el primero indistinguible del millonsimo y el Amazonas, el ecosistema ms complejo y diverso del mundo, fue chaplinesco en lo absurdo, y produjo un desfile de calamidades propias de una pelcula de Hollywood. Hay que pensar en Tiempos Modernos que se encuentra con Fitzcarraldo. Los trabajadores brasileos se rebelaron contra el puritanismo de Ford y la naturaleza se rebel contra su regimentacin industrial. Dirigida por administradores incompetentes que saban poco de la plantacin de caucho y mucho menos de ingeniera social, Fordlandia se vio plagada en sus primeros aos por el vicio, peleas con cuchillos, y disturbios. El sitio pareca menos Nuestro Pueblo que Deadwood, y burdeles y bares se propagaban por sus bordes.

Ford finalmente logr controlar su feudo homnimo, pero como insisti en que sus administradores plantaran los gomeros en filas cerradas en sus fbricas en Detroit, Ford acerc genialmente a sus mquinas para reducir los movimientos cre realmente las condiciones para la propagacin explosiva de los insectos y plagas que viven del caucho, y estos terminaron por devastar la plantacin. Durante casi dos dcadas, Ford invirti millones y millones de dlares en el intento de lograr que su utopa en la selva trabajara al estilo estadounidense, pero ni una gota de ltex de Fordlandia lleg a introducirse en un coche Ford.

Lo ms espeluznante de todo esto es lo siguiente: Hoy en da, las ruinas de Fordlandia se parecen en mucho a las de Highland Park, as como otras ciudades en el cinturn de xido que otrora resonaban con vida centrada en una fbrica ahora han retornado a la maleza. Existe, de hecho, un extrao parecido entre el depsito de agua oxidado de Fordlandia, su aserradero con los vidrios rotos y su planta elctrica vaca y los cascarones de las mismas estructuras en Iron Mountain, una decada ciudad industrial en la pennsula superior de Michigan que tambin sola ser una ciudad de Ford.

En el Amazonas, el hospital de Albert Kahn se ha derrumbado, la selva ha recuperado el campo de golf y las canchas de tenis, y los murcilagos se han establecido en casas en las que vivieron en otros das los gerentes estadounidenses, cubriendo sus paredes de yeso con una capa de guano. No hay una placa conmemorativa que marque su lugar en la historia, Pero Fordlandia, no menos que la ruina de Detroit, es un monumento a los titanes del capital estadounidense ninguno ms titnico que Ford que creyeron que EE.UU. ofreca un modelo universal, y universalmente reconocido, para el resto de la humanidad.

Misin en la selva

Sera fcil leer la historia de Fordlandia como una parbola para la arrogancia. Con una gran determinacin e indiferencia sobre el mundo que parecen demasiado familiares, Ford rechaz deliberadamente el consejo de expertos y se lanz a convertir el Amazonas en el Medio Oeste de su imaginacin. Mientras ms fracasaba el proyecto como tal es decir, la produccin de caucho ms lo defendan los funcionarios de Ford como misin civilizadora; se puede pensar en ello como una especie de distante muestra previa del conjunto en permanente expansin de justificaciones de los motivos por los cuales EE.UU. invadi Iraq hace seis aos. Pero Fordlandia penetra de un modo ms profundo en la mdula de la experiencia estadounidense.

Hace ms de 50 aos, el historiador de Harvard, Perry Miller, dio una famosa conferencia que intitul

"Misin en la selva." En ella trat de explicar por qu los puritanos ingleses partieron, para comenzar, hacia el Nuevo Mundo, en lugar de ir, digamos, a Holanda. Fueron, sugiri Miller, no slo para escapar a la corrupcin de la Iglesia de Inglaterra, sino para completar la reforma protestante de la cristiandad, que se haba estancado en Europa.

Los puritanos no huyeron al Nuevo Mundo, dijo Miller, sino ms bien trataron de dar a los fieles en Inglaterra un modelo que funcione de una comunidad ms pura. Dicho de otra manera, algo central desde el comienzo para la expansin en Amrica fue una profunda inquietud, un sentimiento de que algo ha andado mal en casa. Cuando la Colonia de la Baha de Massachusetts slo tena unas pocas dcadas, el descontento Cotton Mather comenz a aprender espaol, pensando que se podra crear una mejor Nueva Jerusaln en Mxico.

La fundacin de Fordlandia fue impulsada por una intranquilidad semejante, un sentido de desgaste, incluso en buenos tiempos, de que algo haba ido mal en EE.UU. Cuando Ford se lanz a su aventura amaznica, ya haba pasado la mayor parte de dos decenios, y una gran parte de su enorme fortuna, tratando de reformar la sociedad estadounidense. Sus frustraciones y descontento con la poltica y la cultura interior eran numerosas. La guerra, los sindicatos, Wall Street, los monopolios de la energa, los judos, los bailes modernos, la lecha de vaca, Teodoro y Franklin Roosevelt, los cigarrillos y el alcohol fueron algunos de sus numerosos blancos y quejas. Pero debajo de todos esos enojos imaginarios se agitaba el hecho de que la fuerza que el capitalismo industrial haba ayudado a desatar estaba socavando el mundo que esperaba restaurar.

Ford predicaba con la confianza de un pastor su nica y verdadera idea: que una productividad en crecimiento permanente combinada con una remuneracin en crecimiento permanente mitigara el penoso trabajo humano y creara prsperas comunidades de la clase trabajadora, y beneficios corporativos dependientes de la continua expansin de la demanda de los consumidores. Altos salarios, como dijo Ford, para crear grandes mercados. A fines de los aos veinte, el fordismo cmo lleg a ser llamada esa idea era sinnimo de forma de pensar estadounidense, envidiada en todo el mundo por tener un capitalismo industrial aparentemente humanizado.

Pero el fordismo contena en s las semillas de su propia destruccin: la ruptura del proceso de montaje en tareas cada vez ms pequeas, combinada con rpidos progresos en el transporte y la comunicacin, facilit que los fabricantes se salieran de la relacin de dependencia establecida por Ford entre altos salarios y grandes mercados. Los bienes podan ser producidos en un sitio y vendidos en otro, eliminando el incentivo que los empleadores tenan para pagar a los trabajadores lo suficiente para que compraran los productos que fabricaban.

En Roma, las ruinas aparecieron despus de la cada del imperio. En EE.UU., la destruccin de Detroit ocurri incluso mientras el pas se elevaba a nuevas alturas como superpotencia.

Ford percibi temprano esa desarticulacin y reaccion ante ella, tratando por lo menos de ralentizarla de maneras cada vez ms excntricas. Estableci por todo Michigan una serie de aldeas-industrias descentralizadas hechas para equilibrar el trabajo agrcola e industrial y rescatar el EE.UU. de los pequeos poblados. Pero sus comunas pastorales no podan competir ante el poder puro de los cambios en cuya concepcin Ford haba tenido un rol tan importante. De modo que se volvi al Amazonas para crear su Ciudad sobre la Colina, en este caso una ciudad en un valle de un ro tropical, reuniendo todas las numerosas variedades de su creencia en lo utpico en un ltimo y desesperado intento de tener xito.

Hace casi un siglo, el periodista Walter Lippmann observ que el impulso por rehacer el mundo, represent una cepa comn de caracterstica estadounidense primitiva, reforzada por una confianza nacida de logros sin igual. Luego continu con una pregunta que quera ser sarcstica pero que, en los hechos, fue demasiado proftica: Por qu el xito en Detroit no debiera garantizar el xito frente a Bagdad? Conocemos la ruina que acaeci en Detroit. Hasta dnde en Bagdad? Hasta dnde en EE.UU.?

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Greg Grandin es profesor de historia en la Universidad de Nueva York y autor numerosos libros, el ms reciente Fordlandia: The Rise and Fall of Henry Ford's Forgotten Jungle City, (Metropolitan 2009). Para contactos escriba a: [email protected].

Copyright 2009 Greg Grandin

http://www.tomdispatch.com/post/print/175086/Tomgram%253A%2520%2520Greg%2520Grandin%252C%2520The%2520Collapse%2520of%2520America%2527s%2520Imperial%2520Car%2520Industry



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