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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-07-2009

Golpistas que hablan de "normalidad"

Ainara Lertxundi
Gara


Primero dan un golpe de Estado. Entran en el palacio presidencial, lo capturan y lo mandan fuera del pas. El toque de queda por supuesto no falta ni tampoco la colaboracin de las elites y la jerarqua eclesistica, que para no variar, se ala con el poder dominante en ese momento. El manual, sin embargo, difiere de los clsicos golpes de Estado que se dieron en Centroamrica y Sudamrica en los setenta y ochenta. A ste le han querido dar un talante diferente, presentndolo como una profunda crisis poltica y como un paso necesario que encaja dentro de los lmites de la normalidad.

Tras usurpar el cargo de Manuel Zelaya, elegido en las urnas, Roberto Micheletti ha afilado an ms las uas y no parece dispuesto a soltar la vara de mando. Ahora bien, en un gesto de buena voluntad, le ha ofrecido una amnista, pero advirtindole de que jams volver a ocupar el puesto que tena y de que, en Honduras, lo nico que le espera es la justicia. No s muy bien a qu justicia se refiere, si a la de verdad o a la del poder judicial alineado con los militares. Tampoco ha tenido reparos en hablar de restitucin de la democracia, cuando es l uno de los actores principales de su ruptura.

Desde Costa Rica, su presidente scar Arias ha visto fracasar sus intentos de mediacin. De nada le han servido sus estrategias diplomticas ni recibir a ambos al mismo nivel, como si Honduras tuviera una presidencia bicfala. Arias incluso tuvo que negociar durante horas con Micheletti y mandar a un emisario suyo a la terminal del aeropuerto para tranquilizar al nuevo presidente, que finalmente dio plantn a Arias, yndose sin sacarse la esperada foto con Zelaya.

Ahora habla de conspiraciones e injerencias extranjeras, apuntando con el dedo hacia Hugo Chvez y, ms all, hacia el concepto de una nueva Amrica Latina. Pero, la nica conspiracin que de momento ha habido no est en el Palacio Miraflores de Caracas sino en los cuarteles y clubs lujosos de Tegucigalpa. Y aunque se intenten dulcificar, los golpes de Estado siguen siendo eso y las actitudes prepotentes nunca cambian.



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