Hace veinte años, el 2 de diciembre de 1984, hacia la una de la
madrugada, en Bhopal, ciudad de un millón de habitantes situada en el
centro de la India, estallaba un depósito de metilisocianato (MIC) de
la empresa estadounidense Union Carbide. Unas treinta toneladas de ese
compuesto químico volátil, inflamable y explosivo, se liberan en la
atmósfera. La nube blancuzca de gas letal se extiende, llevada por los
vientos nocturnos, a través de unos cuarenta kilómetros cuadrados,
intoxicando a cuanto ser vivo, persona o animal, halla en su camino.
La
nocturnidad del accidente agrava sus consecuencias; muchos inhalan el
gas asesino mientras duermen y familias enteras fallecen en silencio.
Los socorros tardan en llegar y lo hacen con la mayor confusión,
despavoridos por la dantesca dimensión de la tragedia : 2.500 muertos
en las primeras horas y mas de 250.000 heridos¿ Es la peor catástrofe
química del siglo XX, y también un accidente industrial de dimensiones
históricas y hasta políticas, por la implicación de una empresa
multinacional norteamericana en un país del tercer mundo. Bhopal es,
además, sinónimo de crisis de la todopoderosa técnica, y de fallo de
los sistemas de seguridad en la manipulación de substancias peligrosas.
Con este desastre surgía, a escala planetaria, un nuevo temor
colectivo: el terror industrial.
«En la historia de las
colectividades -afirma el historiador Jean Delumeau-, los miedos
cambian, pero el miedo persiste». Hasta el siglo xx, los grandes males
de la humanidad tenían su origen en la naturaleza, el frío, los rigores
del clima; las inundaciones, las devastaciones, los incendios, el
hambre y azotes como la peste, el cólera, la tuberculosis y la sífilis.
Antaño, el ser humano vivía bajo la constante amenaza del entorno. La
desgracia lo acechaba cotidianamente.
La primera mitad del
siglo XX estuvo marcada por los horrores de las grandes guerras
mundiales de 1914-1918 y 1939-1945. La muerte a escala masiva, los
éxodos, las destrucciones, las persecuciones, los campos de deportación
y exterminio. Tras la Segunda Guerra Mundial y la devastación atómica
de Hiroshima y Nagasaki en 1945, el mundo vivió bajo la amenaza del
holocausto nuclear. Un miedo que fue apaciguándose poco a poco hacia el
final de la guerra fría y tras la firma de tratados internacionales que
prohibían la proliferación nuclear.
Pero la existencia de esos
tratados no eliminó todos los peligros. El 26 de abril de 1986, la
explosión de la central nuclear de Chernobil provocó un recrudecimiento
del terror nuclear. Más recientemente, el 1 de octubre de 1999, se
produjo un accidente en la planta nuclear de la localidad japonesa de
Tokaimura. Estupefacta, la opinión pública internacional descubrió que,
incluso en un país como Japón, reputado por su rigor técnico, se
transgreden principios elementales de seguridad y se arriesga la salud
y la vida de centenares de millones de personas.
El día en que
los historiadores de las mentalidades se pregunten por los miedos de
comienzos del siglo XXI, descubrirán que, a excepción del terrorismo,
que obsesiona a las sociedades desde el 11-S, los nuevos temores son no
sólo de orden político o militar (conflictos, persecuciones,
guerras...) sino de carácter económico y social: desastres bursátiles,
hiperinflación, quiebras empresariales, despidos masivos, precariedad,
recrudecimiento de la pobreza... Así como ecológico -trastorno de la
naturaleza, recalentamiento climático, calidad sanitaria de la
alimentación, contaminaciones de todo tipo...- y sobre todo industrial
: accidentes tan graves como los de Toulouse, Minamata, Seveso o el que
ahora recordamos con horror y compasión, de Bhopal.